ensayos/recomendaciones

Máquina, colonialismo y tortura: Kafka

“La precondición subjetiva de la oposición, el juicio no coordinado con antelación, agoniza mientras sus gestos sean puestos en escena como un rito grupal. Stalin solo necesita carraspear para que tiren a Kafka y Van Gogh a la basura.”

Adorno, Minima Moralia

Por: Richard Parra

I

El relato En la colonia penitenciaria de Franz Kafka (1919) se desarrolla en el ámbito geopolítico del colonialismo europeo. Narra el arribo de un anónimo explorador a una isla ocupada por los franceses, en la que, casi como protocolo de bienvenida, un alto oficial colonial lo convoca a presenciar la cruel ejecución de un soldado condenado por desobedecer e insultar a sus superiores.

El relato de Kafka, sin embargo, no culmina con la anunciada tortura y muerte del procesado, sino con la del propio oficial francés, quien, acatando la tiránica ley que defiende con obsesión, y se diría que hasta con la propia vida, se autocondena y termina muriendo salvajemente tras ser introducido en una atroz máquina.

A esta subversión narrativa, el relato Kafka la califica de venganza. Sin embargo, el cuento evita tonos heroicos o moralistas, o simpatías melodramáticas. Asume, antes bien, la forma de una broma pesada y cuenta, con escabroso humor, por ejemplo, que, cuando la máquina está martirizando al oficial colonial, esta funciona mal y se hace trizas.

De este modo cruel (pensar en el “Teatro de la crueldad” de Artaud), tanto el oficial, que es un agente de un poder opresivo, y la máquina, que materializa el terror teológico, tecnológico y burocrático del colonialismo francés, sucumben por fuerza de la propia ley. Se diría también por su naturaleza absurda, tramposa y embustera. En la colonia penitenciara relata esta implosión.

II

La máquina para ejecutar disidentes es el invento de un comandante ya muerto, una suerte de sabio ilustrado o renacentista (se menciona que es soldado, juez, constructor, químico y dibujante), a quien el oficial francés y otros funcionarios reverencian e invocan con nostalgia.

A pesar del carácter rotundamente material de la máquina, el relato menciona que a esta la anima “una fuerza interior” y trabaja “absolutamente sola” sin interrupciones. En tal sentido, posee una aparentemente autonomía del trabajo humano y una dimensión cuasi-sagrada: es una utopía de la deshumanización del trabajo.

Se dice también que la máquina consta de tres piezas (la Cama, el Diseñador y la Rastra). Que posee agujas, engranajes, correas y mordaza. Sin embargo, es difícil imaginar su estructura, si es que la posee (Deleuze y Guattari lo niegan), y pensar cómo funciona, aunque el asombrado narrador cuenta que la máquina trabaja tan silenciosamente que pasa inadvertida.

Una reveladora tarea de esta máquina de muerte es “escribir” sobre el cuerpo del condenado la ley que transgredió. Esta escritura, realizada con agujas de manera reiterada (se escribe primero un “borrador”, por ejemplo), es un momento climático que alude a la violencia sexual, a la tortura inquisitorial católica y a un corrupto éxtasis místico.

Según la utopía totalitaria del oficial colonial francés, el condenado descifrará la escritura no con sus ojos, sino “con sus heridas”. De tal modo, ya no es la conciencia la que lee: es la propia violación-tortura-escritura la que se lee a sí misma e impone totalitariamente al sujeto (o a lo que queda de él) una verdad colonial, siempre falsificada[1].

Kafka critica y desmantela la violencia de esta escritura aclarando que una cualidad del sistema colonial es convertir la violencia en espectáculo. Por eso, el relato describe la tortura como una “función” (en el sentido teatral del término). En efecto, menciona que la Rastra está fabricada de vidrio para permitir a los espectadores ver “cómo va tomando forma la inscripción sobre el cuerpo”. En suma: la violencia colonial toma en un momento la forma de una pornografía de la violencia.

III

Es sintomática la extrema sumisión y resignación de los condenados y los funcionarios de la colonia francesa (descrita como un “valle sin sombras”). El condenado, por ejemplo, muestra fascinación, culto y deseo por la máquina que lo eliminará. El oficial, por su lado, experimenta una machacante ansiedad. Se muestra obsesionado con que los “procedimientos” penales no fallen y con que sus acciones sean autorizadas por sus superiores. Como diría Marx en los Manuscritos Económicos, al oficial colonial, su actividad personal (ejecutar y comprobar el buen funcionamiento de la máquina) ya no le pertenece más. Es independiente de él y, al final del relato, como se comprueba, se dirige contra él.

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Franz Kafka

En otras palabras, para que el sistema colonial produzca estos súbditos requerirá de una teología política, así como de la consagración de una forma postmoderna de poder que combine racionalidad técnica y espectáculo. Por lo mismo, el castigo sufrido dentro de la máquina será visto como una prometida redención. Y, en esa lógica, la participación en su espectáculo producirá una truculenta y falaz catarsis.

Tal parece que la fantasía del poder es mostrar a los condenados y la máquina que los elimina como una trastocada unidad, útil a la reproducción y perduración del poder imperial. Sin embargo, al morir, el alienado oficial, quien supuestamente ha interiorizado la violencia de ley al extremo, no experimenta trascendencia, ni redención. Aquí, pues, yace la ironía radical de Kafka. Más aún, la muerte del oficial no se contará como una ejecución. Será más bien, en sus propias palabras, una “ejecución incompleta”, un simulacro.

Para el oficial, a diferencia de otros condenados, la tortura y la muerte son eventos triviales que apenas perturban su gesto. Por eso, al morir, mantiene “la misma expresión de siempre, la mirada tranquila y convencida, y atravesada en medio de la frente la punta de la gran aguja de hierro”. Así, pues, en lugar de redención y trascendencia, al momento de morir, el oficial contra sus afiebradas ilusiones, recibe una sobresaturación de trivialidad, de experiencia mundana y desengaño. Su “gran relato” colonial y homicida, de tal modo, se muestra desguarnecido e inoperante. Es una ficción aplacadora. Pura ideología.

IV

Cierta crítica formalista podría concluir que, con Kafka, se está frente a un autor de lo absurdo o lo fantástico. Que sus relatos son curiosos juegos verbales, laberintos textuales, procedimientos imprevistos, ansiosos palimpsestos, cuyo origen no es otro que la singular imaginación y destreza letrada de un intelectual ensimismado, de un afectado genio sin lazos filosóficos, eróticos, espirituales o históricos con su experiencia social (Kundera).

La crítica ideológica dogmática, por su lado, verá en Kafka a un voluntarioso escritor empeñado en denunciar burocracias alienantes, sistemas políticos totalitarios, patriarcados castrantes, tradiciones empobrecedoras y una irreversible instrumentalización de la existencia. Esta crítica leerá las ficciones de Kafka como metáforas de un compulsivo Leviatán que produce industrialmente sujetos reducidos a la nada.

Pero, en Kafka, no hay una mímesis como reflejo lineal de concepciones mesiánicas o mecanicistas del progreso. Kafka recela de los materialismos empíricos, de la ordenada documentación periodística, de una mímesis mutilada de mitología, de las catarsis normalizadas por el espectáculo y la propaganda política. Como lo esclareció Borges, en la literatura de Kafka, el mito y la literatura son espacios opacos que ponen en entredicho no solo la realidad, sino los métodos racionales de entenderla.

Aunque Kafka asume formas literarias de la tradición judía como la parábola y la alegoría, sus historias no son ejemplos de virtud, ni caminos de redención, ni hagiografías. Por el contrario, reconstruyen el mundo como laberíntico infierno material; recorren azarosos caminos sin horizontes políticos preestablecidos; exploran, no la singularidad épica de un héroe, sino su condición ordinaria, su trágico minimalismo; transitan la ruta del desengaño, la ironía y la risa. Los relatos de Kafka confrontan la realidad, entendida esta como manifestación instrumental del dominio tecno-científico sobre la naturaleza. Desmantelan subjetividades históricas típicas —sean estas cartesianas, ilustradas, nihilistas o religiosas— y los procesos de producción y reproducción de sujetos e ideologías.

Sin embargo, la literatura de Kafka no es abstracta, compuesta de generalizaciones reductivas, una literatura de ideas o tesis. Su escritura es sintética, pero no armónica ni reconciliadora de supuestos contrarios. Es una escritura paradojal, mas no escolástica ni académica. Tampoco es legal, letrada, en el sentido colonial. Mucho menos un repertorio o una arrogante archivística.

V

El relato En la colonia penitenciaria culmina con la visita del anónimo explorador a la tumba del comandante que inventó la máquina. La escena, en lugar de afectada y solemne, es jocosa, truculenta, gratuitamente cruel. En ella se cuenta que el comandante no está sepultado en un cementerio, sino bajo la mesa de una confitería frecuentada por obreros pobres. Su lápida, sintomáticamente, tiene inscrita una profecía mesiánica que afirma que el comandante resurgirá y conducirá a sus partidarios a la reconquista de la colonia. Sin embargo, esta profecía no se lee como tal, sino como una broma pesada, chiste pedestre, como retórica vacía y gesto escabroso.

Por eso, hacia el final, el explorador, que durante todo el relato experimentó extrañeza, horror, indignación y asco, no cede ante la alienación y el patetismo del soldado y el condenado que le solicitan que los ayude a escapar de la colonia en su barca. Por el contrario, el explorador, en un acto aparentemente mezquino, no les permite saltar a su barca. Este acto, sin embargo, es soberano, un gesto de radical autonomía mediante el cual el explorador se niega a ser un dispositivo de la máquina y a participar de la narrativa totalitaria y trascendental del colonialismo.

[1] Adorno ya señaló en “Apuntes sobre Kafka”: “Las heridas que la sociedad infiere al individuo son leídas por este como cifras de la no-verdad social, como negativo de la verdad. Su potencia es potencia de descomposición”.

 

Obras citadas

  • Adorno, Theodor. Minima Moralia. Reflections on a Damaged Life. Trad. E.F.N. Jephcott. New York: Verso, 2005.
  • —, “Apuntes sobre Kafka”. En: La crítica de la cultura y la sociedad. Trad. Manuel Sacristán. Barcelona: Ariel, 1962. pp. 260-92.
  • Borges, Jorge Luis. “Kafka y sus precursores”. En: Borges esencial. Barcelona: Real Academia Española, 2017. pp. 393-95.
  • Deleuze, Gilles y Guattari, Félix. Toward a Minor Literature. Trad. Dana Polan. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2006.
  • Kafka, Franz. “En la colonia penitenciaria”. En: La condena. Trad. J.R. Wilcock. Madrid: Alianza, 1972.
  • Kundera, Milan. El arte de la novela. Barcelona: Tusquets, 2007. Trad. Fernando Valenzuela y María Victoria Villaverde.
  • Marx, Karl. Manuscritos de economía y filosofía. Trad. Francisco Rubio Llorente. Madrid: Alianza, 2001.

 

 

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