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El museo de los errores

Por: J. J. Maldonado

En su muy divertido artículo titulado Disparates literarios, el tipógrafo y lexicógrafo José Martinez de Sousa dice que al escribir “se pueden cometer errores que suelen denominarse ‘lapsus cálami’, es decir, errores de pluma, equivocaciones involuntarias producidas mientras se escribe”. Al parecer a estos “errores de pluma”, en tipografía y bibliología, se los suele tildar de “mochuelos” y consisten en “textos deshilvanados a causa de que el compositor de los mismos salta de una línea a otra y omite parte de aquel” o, también, en textos que juegan precisamente al “error” voluntario.

En el artículo, Martinez de Sousa cita algunos ejemplos recogidos del supuesto libro “Museo de errores” de un tal Max Sengen, del cual se tiene muy poca información. Los ejemplos, de entrada, son realmente deliciosos. Dice uno de ellos: “El cadáver esperaba, silencioso, la autopsia” (Octave Feuillet). Y otro: “Empiezo a ver mal –dijo la pobre ciega” (Balzac). Y otro: “Tenía la mano fría como la de una serpiente” (Ponson du Terrail). Si mal no recuerdo, Roberto Bolaño recrea una lista similar en 2666 y hace, a través de sus personajes, un elogio tremendo a la belleza de los “mochuelos” literarios.

¿Por qué menciono todo esto? Primero, porque no logro imaginar el escándalo que se armaría en nuestra escena libresca, empeñada en combinar el lumpen virtual con la indignación estratégica, si alguno de los mochuelitos citados apareciera, de pronto, en el libro de un autor contemporáneo o un hipotético ganador de un concurso literario, sobre todo si viene de alguna editorial trasnacional. Si bien reconozco que estos “mochuelos” –graciosos y hermosos en todo sentido– son descuidos que pueden sobresaltar a un lector más avisado, no son finalmente un factor de peso para definir el valor de una ficción, mucho menos si se trata de una novela. Resulta absurdo gastar fuerzas y “atención crítica” en un asunto que correspondería más a la corrección de estilo o algo por esa línea. Por lo general, paso por alto estos despistes cuando leo y procuro enfocarme en la sustancia de un texto, huyendo siempre de esa suerte de anorgasmia del típico cazador de gazapos.

Supongo que por eso me sorprendió cuando, hace un par de semanas, en una parte del escenario “cultural” limeño sucedió algo curioso y cargado de mala onda. De un momento a otro, una página de “memes literarios” publicó una fotografía en la que se exhibía “los groseros errores” de la novela ganadora del Premio Alfaguara 2019 (Mañana tendremos otros nombres de Patricio Pron) por una acumulación de “habías” en la primera página.

La fotografía enloqueció a más de un lector (me gustaría considerarlos así, pues usualmente postean fotos de portadas de libros, selfies en librerías, frases literarias, videos de entrevistas a Saer, Piglia y, oh por Dios, a Onetti), que fue empujado a realizar una suerte de protesta virtual, compartiendo y analizando “a fondo” la publicación de la página de memes, encerrando con circulitos en rojo incluso las terminaciones en “ía” como elemento cacofónico.

Curioso, digo, que un post como aquel generara discusión en el escenario limeño y no, por ejemplo, el esperado regreso de Lizardo Cruzado con su potente No he de volver a escribir.

Sea como fuere, hace unos días estuve leyendo Las palmeras salvajes de Faulkner, en la traducción Borges, y en su mejor parte (la segunda historia: El Viejo) me topé con una interesante acumulación de “habías” en menos de dos páginas, todos dentro de párrafos autónomos. Naturalmente, cualquiera se da cuenta de que Borges (y Faulkner en este caso) no busca la aliteración, tampoco el juego del error, solo usa los “había” como simple conector lingüístico y ya. Ninguno de los dos se hace problemas y simplemente se dejan llevar por el impulso narrativo –torrencial en todo momento–, como la misma inundación que arrastra los pueblos en la novela. Imagino ahora el escándalo y la rasgadura de ropas de nuestros intelectuales de redes sociales si, de pronto, leyeran este relato. ¿Dirían acaso que Borges era un pésimo escritor y un horrendo traductor? ¿Condenarían a Faulkner en el infierno y cerrarían la novela para siempre? ¿Maldecirían a Javier Marías, Muñoz Molina o Hebe Uhart por haber saludado en su momento esta traducción al castellano? Con lo visto públicamente, parece que sí. 

Felizmente a Borges (a Faulkner, o al a veces descuidado James Joyce) como a Pron no les hace falta condenas ni felicitaciones. Tampoco preocupaciones tan menores como repetir veinte veces un conector lingüístico. Quizá todo eso nos falte a nosotros, los lectores, tan dados a realizar “mochuelos” en la vida real como en plataformas virtuales, y quienes con nuestras críticas de Facebook parecemos formar, desde hace ya bastante tiempo, parte de la lista de ese fantasmal escritor austriaco dentro de su maravilloso e imposible Museo de errores.

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