ensayos

«Las uvas de la ira»: la sátira bíblica

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Por: J. J. Maldonado

 

Entre los diálogos más maravillosos de personajes de ficción en las novelas canónicas del XIX, hay dos pequeñas joyas que especialmente marcan al lector por su perfecto artificio. No es para nada curioso ni casual que ambos diálogos –teológicos y existenciales en su totalidad– pertenezcan a la tradición rusa, quizá la tradición más importante (a la par de la francesa) que monopolizó el nivel artístico de la novela durante la era decimonónica.

El primer diálogo está referenciado a Crimen y castigo y trata sobre esa tensionada e histérica charla filosófica que sostiene Raskólnikov y Porfirio Petróvich acerca de la licencia que deberían tener algunos “Superhombres” para poder asesinar a las personas por cuestiones intelectuales o sociales, y en absoluto beneficio de un bien mayor para la humanidad y para el genio que lo organiza.

El segundo pertenece a Guerra y paz y se encuentra en la primera mitad del libro, en donde el tornadizo e inexplicable Pierre Bezukhov (ateo que se convierte al cristianismo radical) se encuentra con un francomasón y discute sobre la posible existencia de Dios y del mismo hombre como su hijo predilecto. Imposible para el lector olvidar la sentencia desmesurada del fracomasón en plena éxtasis cristiana: “¡No es la mente la que comprende a Dios! ¡Es la vida la que lo hace comprender!”.

A estos dos diálogos podríamos agregar uno más, aunque ciertamente este pertenece a una ficción del siglo XX pero por su épica y estructura narrativa, bien podría pertenecer al XIX. Me refiero a la charla de Tom Joad y el lujurioso expredicador Jim Casy en Las uvas de la ira.

John Steinbeck sitúa esta charla al inicio de la novela, mostrando desde ese primer momento las claves en las que se moverá toda la ficción. Durante este diálogo los guiños bíblicos no serán gratuitos, pues más allá de que se acuse a esta novela como un documento de denuncia y agitación, sus relieves apuntan más hacia lo literario, que en este caso podríamos definir como una sátira bíblica, en especial la ironización de los libros del Pentateuco. El problema de los personajes de Steinbeck en esta novela no se centra en llegar a la “Tierra prometida”, sino en tener que salir de allí. Y su éxodo se extiende a través de las palabras, no por medio de sus viajes u odiseas. De ese desencuentro, quizá, el intercambio referencial con el segundo libro de Moisés.  

En el diálogo de Tom y el predicador esta remisión no es explícita, pero se la intuye. Y precisamente en ese juego tácito radica la fuerza y el encanto de la novela. La conversación que plantea el autor gira en torno al problema teológico y vital del hombre en la Tierra. Steinbeck se pregunta: ¿Realmente lo que se conoce teológicamente como Trinidad, representa a un ente divino o, en todo caso, representa a la humanidad? ¿Lo que se conoce como Espíritu Santo no será tan solo el Espíritu humano? ¿El Espíritu no será una sola gran alma de la que todo el mundo forma parte?

Dos seres casi analfabetos, tirados en medio de una carretera muerta, seca; aplastados por el sol y el polvo y la sequía de Oklahoma, protegidos solo por un nudoso nogal sin hojas y por un buche de whisky, conversan con una sabiduría sin pretensiones ni pontificaciones. Solo dos vagabundos en medio de la nada, burlándose de lo que se etiqueta como pecado o virtud. De hecho, esta ficción es una de esos grandes relatos contaminados por la religión, y no por la religión oficial, sino por el de ese protestantismo salvaje del sur de los Estados Unidos que muy bien supieron plasmar William Faulkner y Flannery O´Connor. A los profetas de esa religión (encantadores de serpientes, cristianos librepensadores, profetas independientes, estafadores, locos, ganapanes y, a veces, auténticos inspirados) Steinbeck los llama “los verdaderos escogidos”, y en cierta manera lo son, al igual que ese expredicador steinbeckniano que abandona a Dios por caer en la lujuria más venal y prostibularia de su pueblo.

Es sabido que  en este diálogo se hace referencia a un conocido himno norteamericano que se titula “Las uvas de la ira”. Este himno proviene de una cita del Apocalipsis que dice: “Y el ángel arrojó su hoz en la tierra/ y vendimió la viña de la tierra,/ y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios”. Para los personajes de esta novela, “la ira de Dios” ha caído sobre Oklahoma y, también, sobre ellos, consumiéndolos para siempre en el gran lagar terrestre. Ciertamente, tanto para Steinbeck como para Flannery Oconnor o Faulkner, la religión no fue jamás el opio, sino la poesía del pueblo.

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