ensayos

Las lenguas originarias y su influencia en el arte y cine contemporáneo

En esta oportunidad me voy a referir a la lengua como ese espacio-universo donde nos adentramos  en nuestra propia consciencia de ser. La lengua es el territorio interno desde donde conectamos, creamos y compartimos nuestro mundo. El pensar, sea la que sea la lengua desde donde se realice, asume su devenir en la cambiante y siempre sorprendente mutabilidad de su naturaleza. Hablar de lenguas ya es entrar también a la visión de distintos universos unidos por ese misterio y esa belleza de la subjetividad humana, y es, sobre todo, acudir a la presencia misma de la diversidad en la unidad, a la presencia de las claves de la creatividad propias de este cosmos.

Seres de consciencia somos, nos concebimos en la reflexión, en la caricia de las palabras cuando son estas motivo de generosidad, de sueños, de visiones compartidas, y también es la lengua el campo de batalla desde donde se gestionan las oscuras demagogias de la opresión y la usurpación de lo más recóndito de nuestro ser: aquella forma única desde el cual cada uno vive y percibe el universo. Entonces, las lenguas -que son como gotas de agua dentro del gran mar de la consciencia y sus aconteceres- se creen únicas y se asumen mar, que es como decir que se asumen distantes y por sobre las demás; y entonces en ello ya se anuncia gran pena y gran desorden y gran angustia. Y esta es la angustia y la tristeza que se revela en nuestros tiempos de excesiva autoexplotación, de excesivo desgaste de las propias imágenes.

Hablar de lenguas originarias es remitirnos también no solo a una visión de las lenguas que son los océanos de los cuerpos presentes, quizá ya no físicamente, pero sí en el elan, en la sonoridad material de esas resonancias, sino que es asimismo un hablar de lo múltiple en un mundo cuya inmersión en las razones económicas busca igualarlo todo, homogeneizarlo todo, en suma, descartar todo matiz que permita esa necesaria incomodidad de lo incomprensible, de lo opaco, de lo que está más allá de nuestra comprensión y que exige, como al buen nadador, ejercitarse en la precaución y en el saber ver y saber escuchar las olas de las distintas mareas de las lenguas, de los mundos que aparecieron alguna vez con toda su magnífica e incuestionable centralidad y que ahora, mal llamados periféricos, se angostan ante la aplastante maquinaria del poder hegemónico. Digo “Poder” cuando hablo de una industria que propone estilos de vida ya caducos, destructivos, sin contemplaciones a la sacralidad de la tierra, a nuestra interconexión como tejido de vida y a la posibilidad inherente del humano de conocer el cosmos a través de su intensa autoexploración bajo la metodología revelada por sus ancestros y renovada permanentemente, en ese ir y venir de la propia creatividad e inspiración que a cada generación se le insufla desde lo invisible. 

Pero es también lengua originaria en la medida en que asumimos que cada acontecer de la consciencia, raíz y fruto de la misma, no es otra cosa que una expresión de ese origen más allá, trascendente, divino, lengua de los dioses, que hablaron los dioses y de las que el humano transitar ahora evoca en sus ritmos y oclusiones, la sombra de aquella magia primigenia que otrora fuese la constructora, la hacedora, la transformadora del mundo. Es lengua originaria porque en su consciencia de sí se asume deudora de los dioses generosos y terribles, se asumen también ofrenda, regalo exquisito de los divinos seres para mayor gloria de sus esencias. Lenguas originarias son las cavidades desde las cuales escuchamos una memoria que alguna vez tejió rumbo y estrella en el amplio horizonte donde la humana grey buscaba su alimento y su sentido, buscábamos entonces nuestro mayor abrazo: aquel que entre los chamanes y maestras inspirados, nos dábamos con los celestiales y los celestiales acudían entonces a compartir su conocer con nosotros; y el conocer se sabía dádiva estelar, el conocer se contemplaba rito, fiambre del espíritu, gracia sin otro fin que el de la propia claridad de ese caminar hacia los cielos. Lenguas originarias que en sus evocaciones traen espacios de estrellas y de extrañísimos duelos y de gestas y de apreciaciones que, en estos tiempos de luces led y cercanías digitales, nos enseñan otras luces, otros fuegos imprescindibles con los que aliviar el alma en su abatimiento constante ante su propio olvido. Decir lengua originaria significa también la enunciación de un recuerdo, decir lengua originaria es también nombrar la potencia de otras visiones, de otras formas de acercarnos, de crear conjuntas versiones de nosotros mismos. 

Toda forma de arte se halla inmersa en la gestación y fluctuación de los movimientos propios del organismo complejísimo de la lengua, tal como refería el poeta de Reinos y Sin Título, el ingenioso Eielson, quizá “la lengua sea esa maravillosa y excepcional obra, la más alta creación del espíritu humano”, y toda lengua se modifica en la activación del arte, en esa movilización de energía psicoespiritual propia del arte. Así, de ese modo, lengua y arte constituyen una simbiosis, como la facultad del ver se articula ineludiblemente a la estructura del ojo y a la urdimbre neuronal.  Y en esa relación de estrechísimo vínculo acontece lo que creo es el más extraordinario y cotidiano hecho de nuestras vidas: la transformación de la naturaleza –me refiero incluso al ámbito de nuestras existencias personales e internas- en arte. Hace casi ya un siglo uno de los grandes pensadores del arte tradicional, Ananda Coomaraswamy, afirmaba que el arte no era otra cosa que “aquella manera correcta de hacer las cosas”. Es decir, una suma de intenciones, de perseverancia y sobre todo de investigación en aquello que es necesario no solo para la vida material, sino también para aquella vida contemplativa, espiritual que nutre y enlaza a cada ser humano con ese inagotable universo de los otros: personas, calles, paisajes, cielo, estrellas, y las recónditas galaxias.  Sin embargo “esa manera correcta de hacer las cosas” no debe entenderse como restricción de leyes inamovibles o criterios intocables a los cuales el humano deba ceñirse irremediablemente. La manera correcta de hacer las cosas del que participa el arte es un camino fluctuante, como lo es el desarrollo de las lenguas, como lo es la historia de todo proceso humano colectivo o individual. Es aquella manera la que se revela apretujada y sutil en los recodos de las lenguas, a la espera de un corazón despojado de prejuicios y que aborde con mirada inocente la renovación de lo transmitido o el recuerdo de lo olvidado.

Me gusta imaginar esta humanidad, como ya hace muchos años atrás lo hiciera Saint Exupery a través de uno de los personajes de su conmovedor Petit Prince, el zorro, cuando le refiere que los humanos somos flores sin raíces y que por eso no podemos quedarnos en un lugar por mucho tiempo y nos sentimos, en el más amplio de los términos, desarraigados, en esta extraña condición de seres entre el cielo y la tierra.  Las lenguas, nuestro lenguaje en sí, son una expresión también de esa movilidad, de ese viento creador, del viento cósmico inaudible aún para la percepción humana acostumbrada a los resquemores de soles y tormentas pero ya en su próximo tránsito a la búsqueda interestelar, a lo largo del universo, si es que logra recuperar la más profunda de las artes: ese arte de la convivencia, ese arte de la verdadera receptividad. 

Es eso lo que quizá nos lleva -en el fondo- a ahondar hoy (en tiempos de locura mercantil y enajenamiento psíquico a través de las sombras del consumo inagotable y la guerra sin fin, sombras nuevas de la caverna de esta modernidad) en la recuperación, en la difusión y en el tratamiento artístico de experiencias contemporáneas a partir de la riqueza y vibración de las lenguas originarias.   Tan es así que podría afirmar que la influencia que poseen las lenguas originarias en el arte y cine contemporáneo no es otra que la de inocular en su materialidad audiovisual, háptica y verbal la cualidad de la memoria de ese origen, la cualidad de, en un siglo de discursos apocados y de fatalismos por doquier,  repotenciar nuestra capacidad vital, una repotenciación de nuestro enraizamiento invisible con esos genuinos lazos de la vida como: son el cuidado de todos los seres vivos, la construcción de una íntima y cada vez más profunda dimensión de ternura en nuestras vidas y la disolución del miedo como motivador de cambio o controlador de nuestros sentidos. En definitiva, la influencia de las lenguas originarias en el arte  se puede enunciar como esa manifestación de lo mítico que viene a interferir con esta racionalidad de lo instrumental, con esta racionalidad de lógicas post humanas donde los científicos juegan a ser los amos y señores de la vida y pretenden emular los rasgos misteriosos de la inteligencia en las portentosos ordenadores cuánticos o en las interfaces de la inteligencia artificial que ya proponen, actualmente, los modelos financieros y sociales del planeta.

También las lenguas originarias, en tanto que dimensiones de nuestra conciencia que se asientan en una determinada región y que expresan una historia específica se constituyen en espacios de tensiones y de conflictividad ideológica. En otras palabras, en un tiempo donde la lógica cultural de un sistema profundamente opresor como el nuestro que reclama su origen en el sin origen y su valor en lo sin valor, la existencia o mejor dicho, la visibilización de una  obra de arte, en suma, de un dispositivo de irradiación psicoespiritual con un discurso distinto al imperante, es muestra de una resistencia y de una actitud de resistencia ante los hechos que buscan desplazar lo que alguna vez fuera concebido como lo humano. 

Esta dimensión política de influencia de las lenguas originarias es un aspecto que se entrecruza con lo dicho anteriormente. Porque lo político, como legitima ocupación del bien común y como gestión de sensibilidades para una mejor convivencia,  no es menos importante ni necesitada de lo espiritual como el arte. Comprendo, bajo esta perspectiva, la acción política como una forma de acción que debe nutrirse nuevamente de los aportes afectivos y visionarios de la expresión artística y, asimismo, doblemente importante, nutrirse del arte en germen y en florecimiento que las lenguas originarias portan en su trama, en su  piel y cuerpo  energético. 

No quiero con esto idealizar los mundos de las llamadas lenguas originarias como los mundos perfectos destruidos por la invasión o la codicia de la mentalidad puramente comercial o desacralizadora. Entiendo que las sociedades ancestrales han tenido también sus propias guerras e injusticias, pero es importante reconocer que es ahora dónde nos debatimos ante el peligro inminente de la extinción por un accidente ya sea de la denominada por el filósofo y urbanista, Paul Virilio, bomba genética o bomba internet, y es en este terrible peligro donde, como bien afirmaba el gran poeta alemán Friedrich Holderlin, puede también crecer lo que nos salva. Ese crecimiento es una exploración que en gran medida le incumbe al arte, a todas las artistas y a todos los artistas, es decir a cada ser humano que se ocupe de irradiar una intención de belleza en el vasto mundo de lo infinito. Y en ese camino las lenguas originarias nos ofrecen la potencia de esas otras visiones, la experiencia de otros momentos de crisis y su respectiva superación y aprendizaje.

Me gustaría culminar con un poema de Jorge Eielson, es un pequeño fragmento de “Nazca” y que forma parte de su libro Celebración. Creo que en él se sintetizan muy bien los anhelos de lo que hasta el momento hemos compartido en este espacio.

Tal y cual como nosotros

Que jamás sabremos

A quién debemos la noche

La indescriptible belleza

De cada instante y cada cosa

En qué supremo minuto

Apareció nuestro corazón

Sobre la tierra

Más fulgurante y más antiguo

Que el universo entero

Y sobre todo por qué el monarca

Señor del tiempo y las estrellas

Se cubre la nuca de arcilla

Y por qué toda su gente

Venera tanto el calzado

Que la pisotea

Pero el soberano

Tras de observar el cielo noche y día

Y recorrer todas las líneas

De la pampa terrena

Entendió finalmente

Que él también era una línea

Un hilo más del encaje divino

Y que era sólo un monarca

De nada

Trujillo, 20 de julio de 2019

Por: Florentino Díaz Ahumada

 

 

 

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