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Balzac o “La Comedia Humana”

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Honoré de Balzac

 

 

«Sin saberlo, que lo quiera o no, que esté o no de acuerdo, el autor de esta obra inmensa y extraña es de la fuerte raza de los escritores revolucionarios”, dijo Víctor Hugo en su homenaje fúnebre ante el ataúd de Honoré de Balzac, en una lluviosa mañana de verano de 1850 en el cementerio Père Lachaise. Pero ¿qué tenía de revolucionario Balzac para recibir este calificativo de parte de una de las figuras señeras de la literatura francesa del siglo XIX? Pues mucho: el hecho de haber dado su vida a la escritura y confundirse con ella en un ritual devorador que le fue tomando cada vez más horas de sus días, o más bien de sus noches, que era cuando escribía; su voluntad de alcanzar la gloria literaria, su necesidad de seducir gracias a su genio de escritor, su resolución de representar todas las situaciones previstas en el código civil —como él mismo sostenía—, esto es, reflejar las variantes de la relaciones sociales de su tiempo, ese tiempo que empezaba a ser atroz debido a la importancia del dinero que, como nunca antes en la Historia, impregnaba los intercambios de las gentes: herencias, matrimonios, contratos, deudas, bancarrotas, con su carga de pasiones, sacrificios, arribismo, ingratitud. Balzac veía en ello la humanidad de los años 1800 – 1840, una comedia no como la de Dante sino desmesurada, su Comedia humana, esa novela compuesta de una cincuentena de novelas clasificadas por él mismo en “Estudios”: analíticos (ensayos con algo de ironía: Pequeñas miserias de la vida conyugal), filosóficos (La piel de zapa), y de costumbres, estos últimos los más numerosos y subclasificados en “Escenas”: de la vida privada (El coronel Chabert, Gobseck); parisina (César Biroteau, Ferragus); de provincia (Eugenia Grandet), política (Un asunto tenebroso) y militar (Los chuanes), casillas en las que iría colocando sus creaciones.  

Aunque plenamente identificado con París, Honoré de Balzac nació en una provincia, en Tours, el 20 de mayo de 1799. Su padre, Bernard – François, funcionario civil del ejército, ocupaba un cargo importante al que había llegado gracias a su tenacidad y arribismo que, a despecho de su origen campesino, le habían permitido ser secretario de un notario en Albi, luego de un fiscal en Toulouse, y, una vez en París, acceder a la administración real, estatuto que no solo le será ratificado en los turbulentos años de la Revolución francesa, sino que le valdrá un ascenso y ser destacado a Tours. Bon vivant, cincuentón, dueño ya de una sólida posición económica, se casa con Anne  -Charlotte – Laure, muchacha guapa y coqueta, hija de unos comerciantes acomodados que prácticamente se la entregan sin hacer caso de los treinta años de diferencia de edad. De este matrimonio nacerán Honoré, Laure y Laurence. En 1814 Bernard – François será designado a un nuevo cargo en París, entonces los Balzac se instalan en la capital y desde ese momento Honoré la convertirá en el epicentro de cuanto será importante para él, la urbe dominante de la futura Comedia humana, ese París al que como Rastignac, el joven provinciano y ambicioso, uno de sus personajes emblemáticos, lanzará un desafío: “¡Y ahora, tú y yo!”.

Pocos después la familia deja la capital pero Balzac se queda para concluir sus estudios de derecho y trabajar donde un abogado, pero antes de graduarse le pide a Bernard – François dos años de permiso para dedicarse a la literatura y crear una obra de valor: permiso acordado, aunque vencido el plazo el escritor en ciernes seguía en ciernes, sin obra ni sustento financiero. Honoré toma lo malo como bueno y se ve libre para escribir, pero será una falsa libertad que, ciertamente, le permitirá escribir, mas solo como un mero escribidor, autor de novelitas firmadas con seudónimo, de comentarios en gacetillas. Un día de 1829 envía a un editor Los Chuanes, novela histórica sobre la insurrección bretona contra la novísima república francesa en favor de un regreso a la monarquía. El libro, el primero firmado como Honoré Balzac, tiene buena aceptación en la prensa pero no se vende demasiado; unos meses después publicará Fisiología del matrimonio, crítica, un poco en serio y un poco en broma, del matrimonio como una institución antinatural que somete a la mujer: será su primer éxito de ventas y él un autor apreciado particularmente por el público lector femenino.

En 1830 publica la novela corta El Verdugo, y esta vez, entre su nombre y apellido coloca la partícula “de”, para darse un aire noble; pero, ya antes que Honoré, su padre había modificado legalmente el apellido: Balssa, de sonoridad campesina, devino en Balzac. Los títulos se sucederán febrilmente, lo mismo que las aventuras galantes, la vida literaria y las iniciativas empresariales, elementos de la trinidad con la que quería alcanzar la gloria, el amor y la riqueza. En 1935 Papá Goriot marcará un hito en la arquitectura de la Comedia Humana: aplica por vez primera “el regreso de personajes”, y así, con mayor o menor protagonismo, el extraño Vautrin, el arribista Rastignac, el doctor Bianchon, el poeta Lucien de Rubempré, junto a otros, volverán una y otra vez. Quizá sean tres las piezas de la Comedia Humana que la resumen: Esplendores y miserias de las cortesanas e Ilusiones perdidas, junto a la citada Papá Goriot.  

De alguna manera, Honoré de Balzac había alcanzado en vida, sino la gloria, un sitial de respeto entre sus pares y la admiración de un vasto público lector. En cuanto al dinero, fue siempre un gran dispendioso, al borde de lo irresponsable pues cuanto ganaba lo gastaba en trajes, alquileres exorbitantes, bibelots, coches; casi siempre vivió endeudado, mudándose con frecuencia para evadir a sus acreedores. Y el amor, lo tuvo siempre, casi siempre de parte de mujeres mayores que él que lo protegieron, ayudaron y estimularon, sucedáneas de Anne – Charlotte – Laure, poco dadas a las efusiones maternales. Pero su amor mayor fue “La extranjera”, una admiradora que le escribió en 1832 desde Ucrania. No tarda en establecerse entre ellos una apasionada correspondencia que se concreta con un rendez-vous en Suiza un año después: Eva Hanska no podrá evitar la decepción ante ese hombre regordete de rostro sin gracia y cabellos como crines aunque de fortísima personalidad. Se volverán a ver un par de veces más, entregándose al amor, pero tendrá que pasar una década y cuatrocientas cartas antes de un nuevo encuentro. En 1848 Eva Hanska enviuda y en 1850, poco antes de la muerte de Honoré, se casan en París, aunque ya no había amor, como en algunas de sus novelas. Si habría que elegir al mayor personaje de La Comédie humaine este, sin duda, sería Honré de Balzac.

Jorge Cuba Luque

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