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Entrevista a Blanca Varela: El puerto del poeta

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Blanca Varela

 

Ha escrito libros de poesía, pero Blanca Varela, en su casa barranquina –cualquiera que hable con ella se da cuenta— no aprende la vida de los libros, ella obtiene sus recursos improvisando, viviendo. De su obra, no muy sonada pero trascendente, ha dicho Octavio Paz: “La poesía no tiene ni nombre ni fecha ni escuela. Ella también es un árbol y una isla. Una conciencia que despierta”. Pero ella un poco que se resiste a aceptar elogios: “Yo escribo para pasar desapercibida y creo que lo consigo; escribo para “mi otro lado”, esa parte invisible que tenemos y a la cual pocos le dan tiempo; para mí el escribir es regalarle tiempo a ese otro que llevo en mí. A través de lo que escribo mantengo contacto con ese “otro”, allí protesto, converso, me expreso, me atrevo. No soy hombre, no soy mujer, rehago la vida, soy libre…”.

Pero también creo que uno escribe buscando un destinatario externo. ¿Verdad?

Sí, es cierto lo que dices, en mi caso los destinatarios son gente de mi misma calaña.

Defínelos.

Bueno, es tan difícil definir, pero como sospecho que vas a insistir con la pregunta te diría que me encantan, me siento parte de los que se saben extraviar en la simpleza. Y te confieso que creo que no hay muchos. Yo no creo que todos se conmuevan por lo mismo, yo no pienso que muchos sostengan que una buena escuela es tener hambre y estar solo. No, no me estoy quejando de nada –me cuesta tanto trabajo hablar— pero pienso que mis tiempos de hambre y esa soledad que te da el escribir te permiten llegar a ciertas reflexiones a las cuales no llegan quienes desconocen la dureza de la vida. El confort en el que aparentemente vivo es, en verdad, aparente. Es decir, yo aprecio la belleza de todo lo que nos rodea, la vista al mar y la amplitud del espacio, pienso, te digo, no me son imprescindibles, sí, igual no podría tener esto y yo sería la misma. Eso sí me es una certeza.

¿La única?

No, debe haber algunas otras. Sé que cuando no escribo vivo en el centro de una guerra. Soy también una madre de familia preocupada por la suerte de sus dos hijos. Sé también que habito, soy ciudadana de un país con un hondo y desgarrador problema de paternidad, estamos todos llenos de traumas, deudores, todavía, de un padre español y de un padre indio. Yo también debo llevar esa cicatriz. Blanca Varela no es excepcional, es un ser ordinario también afectado por la contaminación, el dolor, las malas digestiones históricas y los refinamientos, y los desbordes, y todo…, quizás mi refugio, lo encuentre en esa sensibilidad animal que, creo, me acompaña. ¿No te tomas un café?

De ti, de tu poesía, sólo conozco elogios: eres un personaje entrañable en Pobre gente de París, el libro de Sebastián Salazar Bondy y, por otro lado, Octavio Paz no se cansa de calificar tu poesía como altamente trascendente. ¿Cómo te cae eso?

Mira, el escribir es como las grandes pasiones, como hacer el amor. Tú no haces el amor para tener hijos. (Quede claro que también he hecho el amor para tener a mis hijos.) Uno hace el amor para tener sensaciones, para compenetrarse, para entender al otro, en fin, así uno no escribe para tener buena crítica o para que te elogie fulano, uno escribe porque así te lo pide el cuerpo, el alma, los sentidos… Igual, uno no vive para coleccionar amigos o momentos felices. El amor, el escribir, los amigos, son cosas de las que se vive y de las que se muere. Son cosas que no están allí para ser comentadas o para llevar a exposiciones o museos… Vivir también es una lucha, una profesión hermosa. Y mira, a mí muchas veces, por lo que estoy a cargo del Fondo de Cultura, o porque he escrito algunas cosas, me han llamado, me llaman todavía, escritora, editora… pero la verdad es que yo no tengo profesión, estudié literatura en San Marcos y me casé con Szyzslo a los 19 años y nos fuimos a París. Allí, con algunos amigos –ahora se me viene a la cabeza Eielson, Sebastián y  Cortázar, que por esa época no había publicado–, aprendimos que el arte también podía ser una desintoxicación. Nunca fuimos, en su sentido estricto, intelectuales. Era una vida vibrante, tensa de pobrezas y emociones que todavía me acompañan. Yo había sido pobre, yo era pobre; pero por ejemplo ya recién subidos al barco “degustamos” el tratamiento que los ingleses reservan para la “colour people”, y claro, nos quedaba el mar, el azul del mar, las paradas en algunos puertos, La Habana, el colorido de las islas, pero se aprende mucho cuando se viaja en barco, y más si es de tercera clase, la última, de un barco que se llamaba La Reina del Pacífico. No, no te voy a hablar de Blanca Varela, la personaje del libro de Sebastián, te diré sí, que Lima la horrible es un libro muy importante, sí mucho del Laberinto de la soledad de Paz, pero también creo que Sebastián, el mejor amigo que he tenido, era un magnífico poeta… No, no me gusta la política como en el Perú la entienden. Sendero Luminoso aprovecha la falta de meditación de quienes dirigen la política. Nuestros políticos no tienen un proyecto serio, en general se dedican a discutir puestos públicos, botines, no ideas… Pienso ahora que SL carece de grandeza popular, por ejemplo, de la revolución mexicana. ¿Qué espero? Que después de tanta conmoción y muerte, meditaremos, y el país será otro… y, la verdad, ya no sé qué más decirte…

Uno, ya de vuelta a la redacción, luego de esta entrevista, no sabe cómo terminar, qué decir de esta mujer que alguna vez ha escrito: Aquí en la costa tengo raíces / manos imperfectas / un lecho ardiente en donde lloro a solas.

 

Jorge Salazar

 

Entrevista publicada en Caretas 761. 15 de agosto, 1983.

Imágenes, 1 y 2.

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