Cine/ensayos

Pesadilla y Depresión: “La noche del cazador”

4e60d1bc17431e597d59cb0e7181c0e9

 

The Night of the Hunter. Dir. Charles Laughton. United Artists. 1955. Criterion Collection, 2014.

 

La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) es una inquietante historia que entreteje cuentos de hadas, canciones de infancia, un relato gótico de aprendizaje y una sombría trama criminal.

El espectador no contempla aquí niños angelicales. Estos más bien son hijos de la Gran Depresión capitalista y la extrema pobreza, son la marginada prole de desesperados criminales, niños acechados por la violencia sexual, el hambre, la explotación y la codicia.

La inocencia de los hermanitos John y Pearl está delineada por su ignorancia del valor del dinero. John no lo gasta. Pearl recorta muñecas de papel con los billetes. Como extensión de esta cualidad, John y Pearl no entienden sus relaciones sociales como intercambio, cosificación y relación instrumental, como sí lo concibe su antagonista, el trastornado reverendo Harry “Preacher” Powell (Robert Mitchum).

Ahora bien, la inocencia en esta película posee un inquietante matiz. Los niños expresan urgente necesidad de afecto, pero también atracción por el mal. A su modo, llevan inscritos en su esencia los alegóricos tatuajes de Preacher: el dialéctico complemento y conflicto entre el amor y el odio que los define.

Los niños no son pues subjetividades acartonadas: Pearl y Ruby, a pesar de la aprensión que les produce Preacher, sienten una perturbadora atracción por él. Pearl, a quien Preacher quiso arrancarle el brazo, no deja de considerarlo un nuevo padre. Ruby, a quien Preacher ha seducido y corrompido con dulces y revistas de cine, llega a decir —a pesar de que sabe que Preacher es un asesino en serie— que lo ama.

El niño John desde un inicio se muestra receloso de Preacher. Mantiene además una tozuda promesa a su fallecido padre (Peter Graves), un hombre desesperado, convertido en ladrón y asesino de policías. Dicha promesa al padre, sin embargo, posee un alto costo para John: le acarrea una real amenaza de muerte.

Por un lado, su padre lo obligó a empeñar su vida mediante un autoritario mandato. Por otro, Preacher busca doblegarlo por la fuerza para que quiebre su promesa y revele la ubicación de los 10,000 dólares robados por su padre (escondidos sintomáticamente dentro de la muñeca-doble-hija de Pearl, obsequio paterno que sublima la estructura edípica de la película).

Sin embargo, hacia el final, John parece ceder al fatal hechizo de Preacher: llora histéricamente por su arresto del mismo modo que lloró por su padre, haciéndolos —mediante este paralelismo— asimétricos dobles, reflejos especulares con funciones equivalentes e invertidas.

En esta pesadilla de hondos contrastes, de opacas luces y sombras densas, los niños expresan cierto encanto por el mal. Incluso revelan un velado deseo sexual por Preacher (como también lo manifiestan Willa, Icey y la comunidad). No son pues niños virtuosos. Y su horizonte final no es la redención, sino que, con la muerte de Miz Cooper (Lillian Gish), mostrada al inicio del filme, se sugiere que el círculo de marginación y violencia no se clausura.

En La noche del cazador el malestar persiste. Por eso, el epílogo, a pesar de su aura bondadosa, de historia de Navidad, de consumado aprendizaje y crecimiento por parte de John y Ruby, es también infeliz, pesimista. Las ominosas sombras de Preacher y la Gran Depresión estadounidense no desaparecen.

a90467cb56cf174930188c712884b077

Shelley Winters como Willa Harper

Narrativamente, el terror y la violencia se concentran en Preacher: un psicótico que fantasea hablar con Dios. Un supuesto iluminado que asegura acatar una misión divina. Su truculenta retórica cristiana, que disfraza los hechos y sus crímenes como designio de la Providencia, falsifica su codicia asesina y misoginia.

A pesar de sus aspectos monstruosos, de ave de rapiña, lobo feroz y Nosferatu, Preacher es una presencia histriónica, payasesca, disforzada. Desde un realismo vulgar, su verosimilitud está pues en entredicho. Pero este factor de irrealidad, sumado al tono tragicómico, a sus góticos decorados (Wiene), a sus opresivos silencios (Griffith) y a su fantasmal iluminación (Murnau), otorgan espesor mítico al relato, su condición de traumática memoria infantil, de pesadilla fundacional.

El retorcido carisma y atractivo sexual de Preacher tienen como correlato esencial una amargada negación del cuerpo, el goce y su asco de esas “cosas con vello rizado”. Su discurso destila desmedido odio al sexo expresado como canción sagrada, culposa oratoria y gruñido animal, depredador. Dicho discurso (castrado) se manifiesta también en un inquietante apéndice, una aterradora, aunque precaria prótesis: su fálica navaja automática.

La violencia de Preacher posee una dimensión espiritual. Preacher es un falso profeta: manipula a Willa a casarse con él y a alienarse a una narrativa mesiánica cristiana que la reduce a sujeto subalterno, que la hace detestar las pulsiones de su cuerpo y la lleva prácticamente a entregarse como cordero sacrificial. Preacher la asesina en una suerte de trastocado rito y la estigmatiza de bebedora, juerguista y promiscua. Luego adultera su memoria, se victimiza aprovechando el opresivo ámbito social (que lo autoriza como criminal) para sus miserables intereses.

 

 

En La noche del cazador no solo es la crisis del capitalismo lo que traza lo social. También es la culpa, la mala conciencia, el autoengaño, la agresión y un destructivo conformismo. Uncle Birdie (otro fallido sustituto paterno) es un melancólico viudo dipsómano que teme denunciar el asesinato de Willa por miedo a que lo incriminen y linchen debido a su turbio pasado. Desconfía del sistema y conoce las pulsiones agresivas de una comunidad deseosa de redención e irracional venganza.

La alternativa al terror y la crisis la constituye Miz Cooper, la mítica narradora, una presencia maternal redentora, antítesis de Preacher y un colapsado sistema indolente y egoísta. Miz Cooper les enseña a los niños a sostenerse comunitariamente en un frágil ámbito bucólico. Los protege usando la palabra de Dios y una escopeta. Los acoge como sustitutos de su hijo perdido, no los reprime, ni los cría bajo el terror teológico y criminal de Preacher.

Miz Cooper, sin embargo, guarda un perturbador paralelismo con Preacher. En un momento sus sacros cantos se superponen. Son complementarios dobles, dos facetas de ese cristianismo siniestro desmantelado por Nietzsche en El Anticristo. Ambos componen la dudosa cadencia de un inclemente universo al mismo tiempo corrupto y trascendental.

 

Richard Parra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s