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Morales Saravia / Sánchez Hernani: Dos voces, una misma pasión

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Por: Guillermo Niño de Guzmán

La poesía peruana constituye no sólo una de las mejores tradiciones poéticas de Latinoamérica sino también una de las más ricas y activas de las últimas décadas. Si bien sobresalen nítidamente figuras como Vallejo, Eguren, Martín Adán, Oquendo de Amat, César Moro y Westphalen en las décadas del 20 y 30, y Sologuren, Eielson, Belli, Delgado y Guevara en los años 50, a partir de los 60 surgen otros autores cuya obra no desmerece la calidad de las promociones anteriores. Lejos de pretender incurrir en el viejo y ocioso problema de las generaciones, nos limitaremos a decir que con los 60, entre los cuales podemos mencionar a Heraud, Cisneros, Hinostroza, Ojeda y Hernández, se produjo una verdadera explosión en nuestra poesía que será plenamente ratificada en la década siguiente. En efecto, los años 70 quedarán como un periodo de lo más fructífero y brillante en lo que a poesía se refiere. Basta aludir la labor de movimientos como “Hora Zero” y “Estación Reunida”, que no solamente insuflarán el ambiente con una poesía desnuda y violenta, pues también se esforzarán por canalizar a través de ella su percepción de la realidad social y su protesta enérgica contra los moldes impuestos por el imperialismo y la sociedad de consumo. Además lo interesante es que la poesía deja la audiencia reducida, es decir la élite, para abrir nuevos caminos de recepción y comunicación con un público cada vez más mayoritario. En este sentido resultan muy importantes las ediciones baratas de libros de poesía y revistas literarias que aparecen con una frecuencia inusitada. Asimismo, los recitales y la labor que cumplen los Talleres de creación poética, aglutinan y estimulan a nuevos y talentosos autores.

Probablemente nunca antes ha surgido en un lapso reducido tal cantidad de jóvenes poetas con un nivel bastante bueno. Curiosamente, no se puede decir que la década esté dominada por uno o dos autores sobresalientes; ocurre simplemente que son muchos los que guardan un nivel más que bueno y aun cuando no señalen derroteros individuales excepcionales evidencian sin embargo una personalidad definida dentro del contexto. Dicho de otro modo, esta década no habrá dado una figura de la talla de Vallejo y posiblemente podrá objetarse que las vertientes cultivadas no sean tan disímiles y respondan más o menos a la misma orientación. No obstante, lo que sí es indiscutible es que los poetas surgidos en este periodo muestran un dominio y un talento poco corriente en quienes se inician en este difícil arte. En lugar de abrumar a los jóvenes poetas, nuestra espléndida tradición parece haber servido de catalizador, estimulando y exigiendo, lo cual hace suponer que esta generación dará lo mejor de sí en esta nueva década del 80, mucho más maduros y con la experiencia del tiempo, tan trascendental para el trabajo de poeta.

Dentro de esta nueva promoción (pensamos sobre todo en los últimos cinco años) destacan nombres como Mario Montalbetti, Mito Tumi, Carlos Orellana, Edgar O´Hara, Carlos López Degregori, Luis Alberto Castillo, Enrique Sánchez, Alfonso Cisneros, Roger Santiváñez, Cronwell Jara, Jorge Luis Roncal, José Morales, Inés Cook, Armando Arteaga y muchos otros más. Precisamente queremos referirnos en esta nota a dos de ellos: José Morales Saravia (Lima, 1954) y Enrique Sánchez Hernani (Lima, 1953). El primero debuta con su poemario Cactáceas (Ruray Editores, Lima, 1979), mientras que el segundo ratifica la promesa de su libro inicial con un volumen titulado Violencia del sol (Ruray Editores, Lima, 1980).

Cactáceas es un libro a toda luz interesante. Y lo es porque representa una vertiente diferente, la más personal de los años 70. Morales ha logrado un poemario difícil, muy ambicioso, donde ha primado el plano formal sobre el expresivo. Al autor le preocupa sobre todo construir un lenguaje, ampliar los recursos idiomáticos para crear poesía. En buena medida es un libro muy intelectual porque el propósito del autor prevalece sobre la expresión poética propiamente dicha. Sin embargo, el esfuerzo es bastante meritorio porque Morales trasciende los límites de la lengua y las convenciones gramaticales para lograr su cometido. Rompe el discurso, crea frases alambicadas, busca resaltar lo sonoro, inventa neologismos, hilvana un tono a veces preciosista pero rebosante de imágenes y sensualidad que permiten recordar a Saint-John Perse.

Otro punto a su favor es el mundo sobre el cual poetiza. Porque no hubiera tenido mucho sentido remover las estructuras para seguir diciendo lo mismo. Muy consciente de esto, Morales ha gestado un mundo extraño, no menos intrincado que su lenguaje (y justamente en perfecta consonancia con él), en el cual, asombrosamente, el hombre ha permanecido al margen. ¿Cómo es posible esto?, se preguntará sin duda el lector. La respuesta no deja de ser extraña también. Morales se ha volcado sobre el mundo vegetal, creando un espacio poblado por pencas, cabuyas y sábilas, que supone un conocimiento necesario de Botánica, pues aquellas pertenecen a la familia de las cactáceas. De allí el título del libro. En rigor, se trata de una poesía deshumanizadora, en el mejor sentido de Ortega y Gasset. Tentativa a menudo deslumbrante y a menudo también riesgosa porque la opción seguida va en detrimento de la emoción y el sentimiento, el primer libro de José Morales muestra a un poeta muy talentoso y con una personalidad claramente definida, lo que aumenta la expectativa por su próxima publicación y lo coloca entre los cuatro o cinco poetas más interesantes de una década que ha dado más de una treintena de buenos poetas.

Violencia de sol confirma la calidad que Enrique Sánchez Hernani mostró con su primer libro, Por la bocacalle de la locura (1978). Sociólogo de profesión y egresado de San Marcos (al igual que Morales), Sánchez ha desplegado una consecuente tarea política y respondiendo en parte a ella formó parte del fallido movimiento “La Sagrada Familia”. Esta preocupación política se percibe claramente en su poesía. Pero Sánchez tampoco es aquel tipo de individuo obcecado por la lucha de clases y la revolución mundial. Más bien, su opción frente a la realidad es el resultado de una actitud lúcida y consciente, producto de una comprensión cabal de su mundo y de una notable formación teórica. Antes que nada, Sánchez es un poeta. Y como poeta puede afirmar que “más que un trabajo continuo la literatura es para mí una obsesión que me produce placer. Y en mi poesía procuro atrapar la demencialidad y la ternura con que constantemente nos agrede la realidad”.

Sucede que Sánchez privilegia la experiencia poética sobre otras formas de aproximación a la realidad. Aunque reconoce que hay enfoques científicos y racionales, él opta en primera y última instancia por la irracionalidad del virus poético. Su mirada teñida de la más viva y rica poesía recae sobre las cosas cotidianas con sencillez y naturalidad. Pocos como él han atrapado ese vértigo poético, intenso fulgor que actúa como una especie de filtro para observar la realidad. Así, Sánchez puede imaginar una conversación entre Hans Arp y Lenin, recrear un encuentro con Ernesto Cardenal, crear un “concierto para público viajante en un ómnibus”, hacer un poema con el guerrillero nacionalista negro sudafricano Solomon Mahlangu de protagonista, lamentar la muerte de su abuela, elevar una oda a Stalin o parodiar brillantemente a sus compañeros de generación. La imaginación de Sánchez no tiene fronteras y su vigor y talento poético es sin duda notable. Al menos, el rigor técnico de su expresión lo convierte en uno de los poetas con mayor dominio de los rudimentos de su oficio. Libro sólido, cuyos poemas no decaen en ningún momento, Violencia de sol ha ratificado a su autor, quien era una auténtica promesa desde que aparecieron sus primeros poemas en las revistas universitarias a principios de la década pasada.

Transcripción literal. Revista Oiga. 19 de enero de 1981.

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