opinión

Al pie de la letra

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Vladimir Nabokov

 

Decía Valery “que la mejor manera de ensayar sobre una ficción, es simplemente no ensayar sobre ella”. Esta paradoja, encierra, en principio, el cuestionamiento a las lecturas hechas en clave. Quizá por esto último, algunas de las clases de literatura de Nabokov sean un conjunto de malentendidos y de interpretaciones que parten de un punto de vista demasiado literal y encariñado con la “verosimilitud” de la realidad en la estética de la novela moderna. En sus clases sobre Cervantes, por ejemplo, (y no pensemos ya en sus clases de literatura rusa), Nabokov da una opinión provocadoramente negativa de El Quijote. Solo al comenzar, la acusa de ser una novela “sobrevalorada, ingenua, repetitiva, llena de una insoportable e inverosímil crueldad. Esta repugnante crueldad ha convertido al libro en uno de los más duros y bárbaros que jamás se hayan escrito (…) El pobre Sancho, apaleado por todas partes, pierde al menos cinco veces los dientes, etcétera”. Pues bien, Nabokov tiene toda la razón, pero solo hasta cierto punto. Tal vez hasta el punto de la interpretación literal de la ficción de Cervantes. Sin embargo, se equivoca en todo lo demás, ya que los lectores de El Quijote no estamos frente al naturalismo de Zola o al de Blasco Ibáñez en donde la crueldad, descrita a todo detalle, se transforma en un documento que intenta representar un pedazo de la realidad estrictamente social o política de su época. Con El Quijote, en cambio, estamos frente a un universo creado por los sortilegios del narrador que inventa, exagera, agiganta y se deja llevar por miles de fantasías por su propia desmesura imaginativa. No podemos tomar al pie de la letra (como lo hace Nabokov) lo que se cuenta en esa ficción, pues precisamente es una ficción no literal. La novela de Cervantes está animada por el espíritu de lo no cierto y lo no serio, por el imperativo de la inverosimilitud a su máxima potencia. En otras palabras, es un elogio a fantasía humana y una evasión completa –ya lo dijo Milan Kundera– de nuestra enervante realidad.

J. J. Maldonado

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