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Entrevista a Alfredo Bryce Echenique / No me esperen en abril

Alfredo Bryce Echenique nos recibe en la sala de su departamento en San Isidro, rodeado por los objetos que atesora tras exilios y mudanzas. A un metro de nosotros cuelga el lienzo pintado por Herman Braun-Vega, portada del primer tomo de sus Antimemorias. En este, un joven Bryce aparece sentado con ese look de Woody Allen y una página de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz entre manos. Detrás de él se despliega un balneario que bien podría ser Europa o el Perú. Una confusión propicia para esta tarde que se percibe negra. Pocas horas atrás, el suicidio del ex presidente Alan García ha golpeado a partidarios y detractores por igual.

Encontrar a Bryce Echenique luciendo, no la habitual corbata de moño, sino deportivo buzo gris de motivos fosforescentes con el cual parece entrenar para su inminente gira de despedida por Sudamérica, parece una invitación a cambiar el shock coyuntural por el asombro que despiertan sus historias.

 

María José Caro / Gabriel Meseth

 

¿Sigue afirmando que escribir es la quintaesencia de la vagancia?

La vagancia es aparente, yo he sido riguroso. Miren lo que me pasó en la isla de Menorca. Había alquilado un departamento para escribir y por las noches bajaba a un bar, agotado. Ahí me comía un sándwich y me tomaba varias copas. Un día el dueño del bar me dice: “Es usted el cliente más raro que he tenido en toda mi vida”. Y yo, ¿por qué? “Usted llega borracho, bebe aquí y se va sobrio”. Era verdad. Yo llegaba tropezándome contra las mesas, me tomaba mis copas y ya me relajaba de esa gran tensión por tanto escribir.

Vivió en París en mayo del 68. El mismo año que publicó su primer libro de cuentos, Huerto cerrado. ¿Fue también una revolución personal?

Cierto que lo fue. Recuerdo una protesta contra la guerra de Vietnam en la que intervinieron Sartre y Vargas Llosa. Yo estaba en el público y de repente vi a Julio Cortázar, a quien había leído y me había fascinado. No me acerqué a saludarlo. En parte por estupidez, y para qué. Lo importante no era conocerlo sino leerlo. Sentía que yo escribía atado al sujeto, verbo y predicado. Julio era todo lo opuesto. Sus cuentos me liberaron.

¿Qué aprendió de Cortázar?

Que uno no debe buscar su realidad, aquella que lo parió, como base real de lo que está escribiendo. Si te alejas de tu país, si te vas a París y lees a mil autores nuevos, puedes escribir de otras cosas. Pues sí, Cortázar lo hizo. Pero cuanto más escribía sobre París, más escribía sobre Argentina. Yo también busqué librarme de la cosa nacional, del compromiso con mi país. Mi traductor al francés, Jean Marie Saint Lu, leyó mi primer cuento ubicado en París y me dijo que había escrito una ciudad insólita porque en el fondo estaba hablando del Perú. Ese desdoblamiento es profundo y enriquecedor.

Pertenece a esa logia desafortunada de escritores que perdieron manuscritos. ¿Qué recuerda de los cuentos que le robaron?

Puedo deducir que los que salieron después fueron mejores. En esa época veía mucho a Vargas Llosa, quien me apoyó mucho y fue muy generoso conmigo. Quedamos en que iba a pasar el verano en Italia para escribir mi primer libro. Solo, sin que nadie interrumpa mi santa paz. Apenas volviera a París, lo llamaría para darle el manuscrito. Cuando le di la noticia de que me lo habían robado, ¡el que se puso mal fue él! Le daban sudores fríos, había que pasarle una esponja.

¿Sigue negando el lugar que ocupó usted en el Boom?

Llegué tarde, nunca me sentí parte de sus profetas. Vivía en París y el Boom fue gestado en Barcelona por Carlos Barral, quien me publicó Un mundo para Julius.

¿Conserva un ejemplar de esa primera edición plagada de erratas?

No, eso fue terrible. Tenía como 780 erratas importantes. Recuerdo que, en vez de decir “Los árboles bordeaban la avenida”, se leía: “Los árboles bombardeaban la avenida”. O a fulana, que cada año se le debía ver “más avejentada”, se le veía “más aventajada”. Cuando le mandé a Barral un telegrama con la noticia, me respondió: “Desolado descubrimiento. Quemo edición”.

¿Y el sillón Voltaire donde se sentó a escribir Martín Romaña y Octavia de Cádiz?

Lo tengo todavía. Me lo regalaron en París, un premio literario de los libreros de Francia. Lo he salvado de todas mis mudanzas, siempre ha viajado conmigo.

¿Han cambiado sus rituales de escritura?

Requiero de soledad. La mayor parte de mis libros han sido escritos en lugares donde no vivía, sobre todo en islas. La idea de aislarme me gusta mucho.

Mario Vargas Llosa ha encontrado el amor a los ochenta años. ¿Tiene la esperanza de volver a enamorarse?

Sí, creo en el amor. Ahora mismo estoy disfrutándolo. En el pasado, por supuesto. Hubo una alumna que conocí en un colegio de París donde yo daba clases. Una linda amistad, aunque la diferencia de edad era grandecita. Caminábamos mucho, vivía en la misma calle de la escuela. Una de mis mudanzas me sacó de París y dejé de verla. Cuando volví, la busqué. Me dijo que estaba casada, pero que siempre había querido casarse conmigo. Pero yo había desaparecido, pues. Ahora la busco por Internet, me he dado cuenta de que es la persona que más he querido en mi vida. He tenido épocas que he ido a París a buscarla como aguja en un pajar. Encontré a otras personas con su nombre, pero no he dado con ella. 

ALfredo-Bryce-EcheñiqueWEB

Alfredo Bryce Echenique

 

Se asume un escritor sin cábalas ni supersticiones, pero tiene una predilección por los números redondos. A sus ochenta años, advierte que su trigésimo libro reunirá su correspondencia bajo el título de Cartas desde la hondonada. Este homenaje al género epistolar, herido de muerte por la tecnología, será el último libro que publique. Aunque ya pidió permiso para retirarse, al concluir su trilogía de Antimemorias con una colección de viñetas en las que persigue recuerdos familiares, amores desaforados y amistades perpetuas.

Su tercer anecdotario postula su vida como una tragicomedia de equivocaciones. Da fe de ello la vez que se hospedó donde Mauricio Wacquez. Olvidó cerrar la puerta y dejó escapar a todos los gatos para luego, desesperado, llenarle la casa de felinos impostores. Entre tantos desencuentros citados en su nuevo libro, destaca aquel con un joven estudiante de sociología llamado Alan García Pérez, que guitarreaba El cóndor pasa por el barrio de Pigalle vestido con chullo y poncho.

“Piedad para los que sufren”, reza una canción que recuerda usted en este episodio, lo cual suena hoy profético. ¿Podría haber escrito este final para Alan García?

No lo creo… Aunque, últimamente, sí imaginaba que podía suicidarse.

¿Qué lo hacía intuir ese destino trágico?

Alan había intentado escapar tantas veces y, cuando le fallaron los pedidos de asilo, ya no podía. Estaba desesperado, eso lo notaba.

Un mundo para Julius cumple pronto cincuenta años. El Perú de esa novela, ¿aún existe?

No, no creo que exista ya.

Se define a sí mismo como un “fin de raza”. ¿Cómo se despide una especie en extinción?

Creo que mi familia ha estado en vías de extinción desde hace mucho tiempo y ahora prácticamente ha desaparecido. Fue una familia muy grande y entrañable, que se veía mucho y sabía divertirse. Recuerdo salir por el balcón que daba a un parque con glorieta, y desde ahí ver las reuniones en las que cada uno llevaba una fuente de comida. Me he quedado con esa imagen.

Además de un Presidente de la República, en su árbol genealógico se encuentran Flora Tristán y su nieto, Paul Gauguin.

Gauguin pasó mucho tiempo en casa de los Echenique, ha circulado en mi familia el rumor de que enloqueció ahí. Era costumbre de la época que las familias ricas cuidaran a un enfermo en casa. Y los Echenique tenían a un loco, que una noche se escapó y se metió al cuarto de Gauguin para intentar matarlo. El pintor tenía trece años, decían que de ahí le venía el trauma.

¿Cuál de sus libros cree que sobreviva al tiempo?

Primero hay que creer en los milagros, a mí me gustaría que sobrevivan todos. Pero creo que la cosa está entre Julius y Martín Romaña.

¿Son sus personajes más queridos?

El que más quiero, Pedro Balbuena. Tantas veces Pedro salió de un tirón, sabe Dios de dónde. Es mi libro favorito. Y el favorito en Japón, le hacen ediciones preciosas en papel de Biblia. El japonés y el Braille son los idiomas más raros a los que me han traducido.

¿Cuánto influyó su padre en usted?

Mi padre fue muy aventurero. Desapareció del Perú a los 18 años, y regresó veinte años después con un bagaje de anécdotas que él no contaba porque era introvertidísimo. En esos encuentros familiares le daban whisky y lo hacían hablar. Y entonces contaba las vivencias más increíbles del mundo. Nadie le creía, pero por coincidencia todas probaron ser verdad. Cosas tan absurdas como que había sido torero en España. En una plaza de pueblo, el toro lo había lanzado a las gradas y había caído sobre una vieja y la había matado. O que cantó en la Ópera de Milán junto a Caruso, lo que también se confirmó.

Por su padre se graduó en Derecho con una tesis sobre la compensación en el código civil, calificada por él mismo como su primera novela. Le preguntamos por, hechas las sumas y restas, la gran ganancia de su vida. Detrás de los anteojos redondos, sus ojos se abren para responder. “Definitivamente, los amigos”.

Lo hace de cara a dos marquitos de plata que descansan en su biblioteca. Uno guarda la imagen de Julio Ramón Ribeyro, más hermano que amigo. El otro, un fotograma con la escena final de Casablanca, para recordar que siempre le quedará París.

Entrevista completa. Parte de la misma publicada en Culto de La Tercera.

Imágenes: destacada de aquí, de post, aquí.

 

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