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El arte de la reseña o la reseña del porrista

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Amigo reseñista, en su muy interesante libro de ensayos El arte de la distorsión, Juan Gabriel Vásquez escribe un apartado sobre el arte de hacer reseñas literarias. El colombiano dice que “la reseña, en su humilde manera, en su tímida extensión, puede llegar a ser una obra de arte”. Desde luego, esta idea no es nueva. Supongo, amigo reseñista, que recordarás el prólogo de La guerra contra el cliché de Martín Amis, en donde se sostiene que hubo un tiempo en que la gente se tomaba en serio la crítica literaria y, por eso mismo, “las reseñas se escribían como si fueran cuentos, novelas o poemas”. Algo bastante parecido decía uno de los grandes reseñistas del siglo pasado, Henry Louis Mencken: “cuando escribo reseñas me siento como un Hemingway escribiendo cuentos”.

¿Por qué te recuerdo ahora todo esto, amigo reseñista? Porque te he leído y parece que has olvidado algunas de las claves de la reseña literaria y, sobre todo, porque el lector, a quien deberías servir de guía y entregar, por lo menos, un documento medianamente estético, está tragando podredumbre intelectual, bazofia revestida de lenguaje y lugares comunes que hacen mención “a la musa inspiradora” como todo argumento. A tener cuidado, amigo reseñista. Esta no es una mesa de Don Lucho.

Bien es cierto que no soy un “reseñista profesional” (como alguna vez leí, con mucha pena y ternura, que un escritor peruano se definía así luego de que lo vapulearan por una reseña poco feliz que le hizo al libro de su amiga), pero sí que soy un lector de reseñas literarias. Bueno, si quieres “un lector profesional de reseñas y ensayos”, para seguir en la misma línea que nuestro tierno escritor.

Ahora bien, como “lector profesional” que soy, amigo reseñista, me he dado cuenta de que a todos los “lectores profesionales” de reseñas literarias, nos estás dando gato por liebre. Es decir, nos estás estafando. Y no me refiero a un timo sobre la importancia o medianía del libro que reseñas –esa ya es otra historia–, sino a la forma en la que tu reseña se presenta, a ese garabateo y a esa burla del oficio que gente como Frank Kermode o John Updike han tratado de llevar (con mucho esfuerzo físico y mental) a un plano estético.

Amigo reseñista, quiero creer que has tenido una mala temporada y que eso ha afectado tus reseñas. Estoy seguro de que algo anda mal y que no estás pensando que escribir una reseña es poner palabra sobre palabra y decir cualquier cosa sin sustento alguno. Créeme, los “lectores profesionales” todavía confiamos en ti, todavía te damos un crédito.

Sé que aún eres consciente y recuerdas lo que, en cierta ocasión, dijo Ferdinand Mount, editor del Times Literary Supplement en una entrevista. Mount sostuvo que una de las curiosidades de su carrera era haber descubierto lo difícil que era encontrar buenos reseñistas en el medio. “Suena como si fuera una tarea muy fácil [el escribir reseñas], pero sorprende ver cuánta gente es simplemente incapaz de llevarla a cabo, o la lleva a cabo de manera muy deficiente”. De modo que, amigo reseñista, vuelvo a confiar en ti y vuelvo a asegurar que tú no piensas que escribir reseñas es algo tan fácil como poner cualquier garabato en un papel.

Teniendo en claro todo esto, amigo reseñista, concordarás conmigo que, en principio, hacer una reseña no es hacer una sinopsis del libro abordado, mucho menos colocar en el cuerpo del texto que “las musas lograron tal prodigio” o que un libro es genial porque “conmovió al lector” o porque el autor se tomó foto contigo. Eso, lo sabes, no es una reseña. ¿Recuerdas a George Steiner? Yo sé que sí. Él sostiene que un buen reseñista es quien tiene la tarea de decir al público: “Esto es de verdad. La razón es esta. Por favor, léalo”. Pero por supuesto, su otra tarea es también decir: “Por qué es buena, cuál es la idea –sustentada con un poco de esfuerzo e inteligencia– por la que vale la pena acercarse a este libro”. Por consiguiente, amigo reseñista, una reseña es la sustentación de una idea, es la plasmación textual de un concepto o juicio sobre el libro leído, es una cuestión totalmente alejada de tus impresiones primerizas, un elemento ancilar a la reflexión y no a la simple emoción.    

En otras palabras, la reseña no es un relleno de balbuceos, tincadas o garabateos originados por tu primera impresión, sino todo lo contrario, es interpretar la obra abordada, es señalar posibles significaciones (estéticas, políticas, sociales, éticas, etc.), es ser un puente entre autor y lector, es componer una pieza que tenga, a su vez, cierto rigor literario.

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¿Y qué significa, amigo reseñista, eso del “rigor literario”? Dos cosas: la bibliografía y la estética. Sabes muy bien que no puedes escribir una reseña sin tener referentes o lecturas, sin tener una noción mínima de lo que es la metodología comparatística o la filología. Cuidado aquí, amigo reseñista, no seas tendencioso. Esto no significa que hagas una tesis de San Marcos o que llenes tu reseña con fuentes, notas al pie de página y cites una y mil veces a Bajtín o a Lukács en formato APA. No, nada de eso. Lo sabes bien. Esto quiere decir que, por lo menos, conozcas libros que se emparenten con el libro que estás reseñando, que hayas repasado un poco los sistemas o mecanismos de la ficción, que tengas un mínimo de conocimiento de narratología para saber cómo está construido un texto. Dicho de otro modo, necesitas leer, tener lecturas, si no, disculpa por repetirme, tu único argumento será decir que “el hada ha concedido la bendición a este autor” y mostrarás, sin mucho esfuerzo, tus falencias y limitada bibliografía.

En cuanto a lo estético, amigo reseñista, es algo que no necesita mayor explicación. Es simple: escribir bien y ser lo más elegante posible a la hora de hacer tus símiles o intentos de sarcasmo. ¿Qué de elegante o de sarcástico se puede encontrar cuando un reseñista compara a Reimond Manco, Chiquito Flores o Polvorita Carrión con el autor de una novela? ¿Qué nivel de discusión se puede hallar en una reseña cuando el reseñista pide que le devuelvan la plata del libro para irse a comprar unos chilcanos en el Barbarian? ¿Qué de inteligente tiene decir que la autora de tal novela es, de buenas a primeras, una “escritora maldita”?      

Las reseñas, me parece, son también ejercicios de estilo. Ya lo decía Cyril Connolly, quien no por nada escribió un libro titulado Noventa años reseñando novelas: “La función del reseñista no solo consiste en aportar observaciones y significados sobre el texto reseñado, sino también crear en el lector el placer de estar saboreando una prosa muy cercana a un texto narrativo de gran valor”. Ejemplos tenemos de sobra: Enrique Vila-Matas, Antonio Muñoz Molina, Bernard Pivot, James Wood. Lógicamente, amigo reseñista, ambos sabemos que no eres ni la sombra de ninguno de los citados, pero por lo menos esfuérzate por seguir su ejemplo, por aprehender las lecciones de los maestros. Y esto porque es vergonzoso, triste y de una chatura intelectual que, dentro de tu reseña, pongas estrellitas a modo de calificación escolar, o que pidas que la editorial te devuelva la plata porque el libro no te gustó, o que digas, sobre todo que lo digas como si fuera ingenioso, que jamás te equivocas en tus predicciones literarias.

Reseñistas como Lorena Amado, Bernard Pivot o la otrora papisa de la crítica literaria en el New York Times, Michiko Kakutani, se esfuerzan, en cada línea de sus reseñas, por demostrar que la obra abordada –por más mala y aborrecible que esta sea– merece respeto, un respeto que se exterioriza a través del estilo y de una crítica inteligente, analítica y con ideas que sostengan la opinión del reseñista quien, naturalmente, puede ser sarcástico con la obra, si quiere, pero nunca un bufón de Francisco I. Piensa a fondo en ello, amigo reseñista.  

Pero sobre todo piensa en los consejos de Nabokov para evitar el impulso de la impresión primeriza al momento de hacer una reseña. El autor de Pálido fuego solía decir que “no es posible leer un libro, solo releerlo, pues en la primera lectura nuestra mente está demasiado ocupada en el proceso dificilísimo de pasar los ojos sobre el papel y al hacerlo construir imágenes, cronologías, personajes; en la segunda lectura, ya conocemos todo eso y podemos fijarnos en los placeres menos evidentes, elementales, de la sonoridad y la retórica y las resonancias estructurales, de ese juego de pequeñas satisfacciones auditivas y geométricas que es el texto de un buen estilista”. Algo parecido pensaba Julio Cortázar, amigo reseñista. Debes recordar la carta (¿reseña?) que le escribió a Mario Vargas Llosa a propósito de su lectura de La casa verde. Allí el autor de Rayuela explicaba a Vargas Llosa por qué había demorado en escribirle sobre su manuscrito. Dice: “He dejado pasar una semana después de la lectura de tu libro, porque no quería escribirte bajo el arrebato de entusiasmo que esta me provocó”. En efecto, amigo reseñista, tú mejor que nadie sabes que no es bueno dejarse guiar por esa impresión primeriza, por esa emoción elemental, pues bajo ese efecto solo se puede escribir con una exaltación que nubla las ideas, que conlleva al adjetivo fácil y que exhibe esa marca de agua que lleva todo reseñista sin oficio: el impresionismo exacerbado. Por eso mismo, deja pasar un tiempo antes de ponerte a escribir, amigo reseñista, ordena tus ideas, reflexiona sobre lo leído. Cálmate, nadie te apura. Nadie, al menos en Perú, está esperando tu reseña, nadie se muere por leerte o por si te demoras un mes en hacer la crítica de un libro.

Por último, amigo reseñista, una reseña literaria llena de alabanzas puede funcionar, sí, pero funcionar siempre y cuando esté bien sustentada, si existe una idea por delante, si presentas alguna interpretación subtextual o narratológica. Pero, si por el contrario, solo vas a soltar alabanzas con argumentos como “la historia me fascinó”, “las musas lo acompañan en cada frase”, “es la escritora maldita”, “me identifiqué con el personaje”, cuidado, eso hará notar tu falta de lectura, tu poco conocimiento de la teoría literaria y, sobre todo, el poco respeto que le tienes al editor que te publica, al autor que reseñas y al público lector.

Es muy cierto que alabar es un deporte complicado, por eso hay que ser realmente bueno para escapar del peligro de la propaganda y del culto fácil a un escritor para que este, a modo de recompensa, te entregue un like de Facebook y te etiquete en su post. Recuerda, amigo reseñista, cómo se quemó un autor peruano y sus reseñistas virtuales hace un par de años por hacer todo este show circense.  

Pero la cosa más importante de todas, amigo reseñista, serán siempre las lecturas. Sí, lee, amigo reseñista, lee las lecturas compulsivas de Felix de Azua, lee los artículos de Cortázar, lee los ensayos de Saer, lee las reseñas de Ignacio Echavarría, de Lorena Amaro, de Bernard Pivot, ¡lee, por Dios! a la silenciosa Michiko Kakutani, al obsesivo William Gass y al didáctico James Wood. Y si no sabes quiénes son los tres últimos, querido amigo, bueno, por lo menos siempre queda Wikipedia.

 

 

J. J. Maldonado

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