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Para qué más

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Desde hace algunos años vive en Lima el poeta y activista chileno Francisco Casas. Casas fundó, en 1986 con el desaparecido Pedro Lemebel, el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis. La documentación que podemos encontrar sobre este colectivo nos brinda luces sobre su motivación mayor: la denuncia mediante la provocación. Lemebel y Casas llevaron a cabo esa tarea en un contexto por demás duro y peligroso, como lo fue la dictadura de Pinochet.

He leído poemas sueltos de Casas, pero este acercamiento poco me ayuda a formar una opinión mayor sobre la posible importancia de su poesía. Lo que sí he leído, hace pocos días, es la novela que publicó a fines del año pasado: La noche boca abajo (Mansalva).

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Quizá la publicación despierte algunas opiniones e inquietudes en cuanto a lo que hace un tiempo se discutía sobre el término “novela de poeta”, que originaba una variedad de conceptos, muchos de los cuales antojadizos y que venían condimentadas con harta ignorancia sobre la tradición novelística y más sobre el desconocimiento de poetas que incursionaron en el registro novelístico. Uno de los puntos de los que suele hablarse va relacionado a la extensión del texto, como si el tamaño importara para conferir de valor o no a la narración. LNBA podría ser considerada una novelita, del mismo modo un relato largo. Hay preferencias para todos los gustos, pero sugiero no perdernos en esas taxonomías, que poco o nada ayudan al fin natural de la lectura: la conexión con el lector.

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El autor nos presenta a un narrador homónimo que no duda en mostrarse como un buscador del placer en un Barranco tan nocturno como posero, en principio pensaríamos que es alguien dispuesto a quemar su existencia entre tragos y el escrutinio de todas las drogas posibles, sin embargo, el trabajo de Casas en la prosa nos brinda una dimensión que no tendríamos que asociar a la belleza verbal, sino a la intensidad, más cuando su narrador se enamora de un joven que, aparte de los estertores del primer encuentro, genera en él un sentimiento que creía perdido: la esperanza en el amor. Es pues el tono de la prosa que dota de fuerza a la voz narrativa dañada y enajenada, dejando de esta manera en el subsuelo la atmósfera inicial pautada por el deseo y la furia vital. Casas sortea ese destino pese a las caídas, como cuando su narrador apela a la ironía, forjando un diálogo cómplice con el lector, sorprendiéndolo: no, no es una novela de litros de alcohol y drogas por consumir, sino una sobre la fe en el amor, sin importar si hay o no correspondencia en los sentimientos.

En su brevedad, Casas dice muchas cosas, la mayoría de ellas incómodas y que habría que apreciarlas en el ánimo de sus silencios. Para qué más.

G. Ruiz Ortega

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