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Salve, Churchill

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W. Ch.

 

Winston Churchill regresó por partida doble. Y no necesariamente por sus libros, sino más bien por la magia del cine y la televisión. Quizá las mejores interpretaciones hechas durante el 2017 sean las que encarnaron al exprimer ministro británico, autor de ese valioso mamotreto de más de cuatro mil páginas titulado La Segunda Guerra Mundial. Los genios: Gary Oldman en Darkest hour y John Lithgow en The Crown. Ambos, a su manera, han logrado conectar al público con aquel hombre imposible, sanguíneo y furibundo que hacía temblar con su voz y sus enojos a toda la fortaleza de Buckingham. A menudo se piensa que una gran actuación tiene la única obligación de conmover. Sin embargo, se olvida que repeler o desconcertar también forma parte de aquel oficio. Oldman y Lithgow logran arrancar con su papel todas las sensaciones posibles (desde la identificación hasta el mismo repudio) en el espectador. De hecho, se podría decir que con la interpretación que ambos actores han hecho de Churchill han alcanzado el summun del genio actoral, algo poco frecuente y demasiado esperado desde los papeles realizados por actores como Gregory Peck o Humphrey Bogart. Si hubiese que elegir entre el Churchill de The Crown o el de Darkest hour, habría que quedarse, definitivamente, con el de The Crown. Y no porque la interpretación de Oldman en la película sea menor, sino porque con la de Lithgow en la serie se puede disfrutar de otra etapa (la última) de Churchill en los palacios ingleses. Tal vez el periodo más difícil del ministro, pues fuera del contexto bélico o caótico de la Segunda Guerra Mundial, le toca enfrentarse consigo mismo, con la decadencia de la edad y, sobre todo, con la única persona (después de Clementine Hozier, su mujer) que podía meterlo en cintura: Isabel II. En The Crown tenemos al Lithgow más alucinado, al hombre que puede improvisar los tartamudeos o bravuconadas de un Winston furioso o letánico, las impotencias de un Winston sin fuerza para seguir gobernando una nación, las desventuras de un Winston negándose a ver el crepúsculo de su vida, la pasión de un Winston capaz de bajar a los suburbios para encontrar las respuestas a los dilemas que la retórica ni los palacios pueden resolver. Con estos homenajes audiovisuales, Churchill ya no será más ese fantasma que se paseaba a escondidas por los barrios bajos de Inglaterra, sino será “ese león rugiente que se pasea por todas las calles del mundo” como siempre lo soñó.

 

J. J. Maldonado

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