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Blanca Varela, la actitud

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Blanca Varela

 

Blanca Varela pertenece a esa constelación de autores que consideramos cercanos. No es gratuita esta impresión, cada año podemos ver la aparición de nuevas camadas de lectores a la búsqueda de su poesía, sea en ediciones completas o unitarias. Como país, Perú no patinó: la reconoció como una de sus voces poéticas mayores. Quien escribe, por ejemplo, recuerda que desde el colegio ya le hacían leer y memorizar algunos poemas suyos. En otras palabras, a Varela se le comenzó a insertar en el imaginario cultural, cosa que hay que saludar, porque a excepción de César Vallejo, no todos los vates pueden ingresar aunque sea nominalmente a dicho imaginario.

Cuando murió hubo renuencia en los lectores e interesados, que no aceptaban su partida. Motivos hay varios, pero uno por el momento: Varela se fue en su mejor momento, recibiendo el reconocimiento internacional y siendo testigo de que su poesía había traspasado las paredes de los cenáculos y la academia. Además, la poesía de Varela ya se había convertido en actitud, en una suerte de marca, lo que supone un triunfo para su poética, que como bien sabemos, es hermética en su morfología y mágicamente peligrosa en sus silencios.

Varela partió sabiéndose grande, mas esa condición no la pudo consolar en sus últimos años, que vivió resistiendo la ausencia de su hijo Lorenzo de Szyszlo.

Como poeta, lo que digamos aquí no será más que una firma de la obviedad de su epifanía.

Lo que en estas horas destaco de Varela es su compromiso con la palabra y, más aún, con ella misma como persona. Podríamos especular a qué se debe este compromiso, recordemos que era una mujer ajena a los saraos literarios y totalmente entregada al privilegio que pocos seres humanos son capaces de reflejar: ser dueña de su opinión y decir lo que piensa.

Quienes la conocieron fueron partícipes de su inteligencia espontánea, del mismo modo de su corrosivo humor. Ni hablar cuando se veía obligada a criticar, práctica de la que no salvaba ni el mejor posicionado. Esta actitud la protegió de lo que más detestaba: el arribismo y las variantes de este. Varela detestaba el poder y más la construcción de una carrera poética porque lo suyo siempre la relación cómplice con el lenguaje, he allí el motivo por el cual publicó poca poesía. Nada más lejos de Varela que el parecer y sus engendros mutantes del figurar. ¿Qué habría que consumir para imaginarla tejiendo relaciones de poder por lo bajo (y vaya que tenía relaciones de poder)?

En Varela podemos ver, aparte de la formación de una legitimidad basada en el voltaje lírico, una conducta de respeto a la poesía. Para ella la poesía era revelación y silencio. Escribir y publicar sin apuro y que el texto genere su propio camino en los lectores. Varela jamás forzó referencialidad. A esta Varela también hay que mirar (e intentar imitar), en especial los nuevos poetas peruanos, que confunden fama con reconocimiento, frivolizando el ejercicio poético en las redes sociales, colectivos, recitales y otros antros del aplauso fácil. Respeto, relación y comunión en poesía. Por eso Varela es quien es, por eso se la necesita tanto.

G. Ruiz Ortega

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