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Obra compartida: Philip K. Dick y los hermanos Scott

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Philip K. Dick

 

 

Por: J. J. Maldonado

No hay que pensarlo dos veces para saber que la tensión entre novelas y series de televisión es lo que caracteriza el desarrollo más reciente de la ficción norteamericana. Lo interesante de esta “fricción”, sin embargo, es que algunas veces un elemento influye en el otro para continuar con esa suma de representaciones artísticas que, todavía, se mantiene activa y con buena salud en el mundo moderno. Un par de ejemplos. Lost de J. J. Abrams contribuyó a la creación de la enorme novela Brilla, mar del Edén de Andrés Ibañez, con un resultado sorprendente dentro de lo que podría considerarse la “industria literaria”. Caso contrario fue la luz que brindó El hombre en el castillo de Philip K. Dick para la producción de la serie con título homónimo de los hermanos Ridley y Tom Scott. Este relato, más que ser una copia fiel o una reproducción integra de la novela de K. Dick, parece ser una recomposición del libro, sin apartarse, desde luego, de su carácter distópico y político.

Durante el recorrido de El hombre en el castillo de los hermanos Scott, el televidente puede descubrir algunas de las claves que separan a la serie de la novela. O, en todo caso, descubrir la nueva lectura que los Scott dieron al relato dickeniano. Para empezar, la alteración de la biografía inventada de los personajes, lo que nos lleva a la exposición de componentes completamente opuestos al original. Le sigue a esto una manipulación bastante inteligente del relato y de los destinos de cada uno de los protagonistas. Luego, una actualización y reemplazo de íconos pop para otorgar mayor contemporaneidad a la historia. Un descarado juego de subtramas y, sobre todo, una narrativa que brinda mayor acción a los episodios en los que Philip K. Dick encarrila en la contemplación.

Todo esto en lugar de entorpecer la serie, le brinda mayor relieve e ingenio creativo. Además, la hace por momentos mucho más interesante que el libro, en donde el autor tiende a hablar más para sí mismo que para el lector. De hecho, Philip K. Dick parece guardar píldoras de información en algunos de sus nudos argumentales, lo cual deja pasmado al público, ya que muchas veces no llega a cerrar los cabos que suelta al iniciar su historia. No sorprende, puesto que una de las características del autor de Ubik es la de exhibir ideas y conceptos antes que imponerse como un fino orfebre de estilo.

 

 

Si bien el mundo alternativo y el argumento que plantea K. Dick en el El hombre en el castillo es de por sí muy atrayente y promete mucho movimiento, por momentos el libro cae en la tranquilidad, en la calma sedante que ralentiza la lectura. Este efecto se maximiza gracias a una prosa bastante fría, imperturbable y lineal. Más allá de ese epitelio de lenguaje, se puede hallar una inteligencia libre de nieblas y una lúcida presencia de las tradiciones más antiguas y estables que, con mucha pericia, domina y exterioriza el autor. En ese sentido, se impone un equilibrio que sostiene la novela, ya que K. Dick comparte con el lector esa experiencia de zambullirse en una obra de contenido moderno, del tipo postiluminista capaz de prescindir de las llamadas ilusiones necesarias, como la creencia en Dios (a quien reemplaza por el I Ching) o el “absolutismo” de la realidad.

La serie de los hermanos Scott, por el contrario, guarda una coherencia integral en la narrativa. Dentro de su estructura no existen cabos sueltos o resquicios que denuncien su falta de interés por el destino de sus personajes (como, por ejemplo, en el caso de Juliana o Frank Frink en la novela). Aunque la serie todavía no está terminada, se puede vislumbrar en ella una mayor comprensión de los motores internos que propulsan los actos de los seres que pueblan su ficción. De ahí que, en muchos sentidos, El hombre en el castillo de los Scott llegue a ser mucho más amable con el público que la versión original.

No obstante, en lo que pierde la serie de televisión frente al libro es por lo siguiente: la falta de humor e ironía. En la novela podemos hallar brillantes apartados que sacan más de una carcajada a través de la socarronería inteligente. Basta pensar en ese delicioso y luciferino capítulo donde K. Dick realiza pequeñas reseñas biográficas de sus candidatos a Führer, en las cuales desfilan personajes tan inefables como Hermann Goering, Joseph Goebbels, Reinhard Heydrich o Arthur Seyss-Inquart.

Pero más allá de las diferencias o aciertos formales, si algo comparten estos dos relatos son esos viejos cuestionamientos borgianos planteados en Tlon Uqbar Orbis Tertius: ¿Cómo actúa la ficción en la realidad? ¿Cómo esta se cuela en el mundo real? ¿Cómo pues se la busca o se la encuentra? Tanto para Borges como para Philip K. Dick, es imposible vivir en la realidad pura. De modo que el artista tiene que verse en la obligación de crear utopías, ilusiones, ucronías, ficciones, etcétera, para encontrar las respuestas a esas preguntas. Ya lo dijo también T. S. Eliot en sus Cuatro cuartetos: “la especie humana no es capaz de soportar mucha realidad”. Y, para Philip K. Dick y los hermanos Scott, menos aún en literatura y los seriales.     

 

 

 

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