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Fernando Iwasaki: “Mi idea del ensayo es la del paseo, la conversación”

Fernando Iwasaki

Fernando Iwasaki

 

Reconocido como un gran prosista de ficción, el escritor peruano Fernando Iwasaki es también un extraordinario ensayista. Su última entrega, que ganó el IX Premio Málaga de Ensayo, Las palabras primas (Páginas de Espuma, 2018), no solo es un deleite en la dimensión de la escritura, sino también un estímulo para pensar en la tradición del idioma, a saber, su protagonismo en esta era digital. Iwasaki recorre con soltura y profundidad una variedad de temas que suscitan un acontecimiento: la genuina complicidad del lector. Sin duda, nos encontramos ante un libro de ensayos llamado a quedar.

G. Ruiz Ortega

Uno de los aspectos que más destacan en este libro, del mismo modo en tu obra ensayística, es el uso que haces del humor y la ironía. Vendría a ser la marca de agua para tus lectores.

Los lectores de Borges, Chesterton, Savater y Bertrand Russell sabemos muy bien que el humor no resta ni profundidad, ni trascendencia. Sin embargo, no hay que recurrir a modelos de otras tradiciones, cuando en el Perú hemos tenido a Héctor Velarde, Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza, quienes también fueron capaces de escribir textos risueños y divertidos constelados de inteligencia y conocimiento.

También percibimos una creencia en los principios, o base de tradición, en el ensayo, que nos lleva a pensar indefectiblemente en Montaigne, es decir, el ensayo como la parcela de la duda, en donde no se admiten certezas. La publicación tiene este aliento pero lo vemos más en el capítulo “Oh, más que dura que password a mis quejas”. Aquí habla sobre los elementos digitales que ya han configurado nuestras vidas, los cuales analiza pero tampoco se cierra en una verdad, no impone su postura contra esta nueva manera de comunicación.

Es que no tendría ningún sentido hacerlo. El mundo digital ya es el presente, ni siquiera el futuro. No obstante, advierto más incompatibilidades entre programas y aparatos de distintas generaciones, que entre herramientas analógicas y por lo tanto pre-digitales. Por ejemplo, entre la última versión de Word (docx) y las anteriores (doc). A mí me compensa seguir utilizando mi Word 2003, así como mi programa de correo Eudora 5.1, porque continúan funcionando de maravilla para el uso que les puedo dar, ya que soy un usuario muy básico.

¿Las palabras primas es un libro de resistencia? Aquí se va hacia atrás para explicar el presente. En este sentido, pienso que es una estrategia, en la que resalta su formación de historiador.

Los historiadores y los psicoanalistas necesitamos retroceder para explicar el presente. Muy cierto; aunque no para resistir sino para adaptarnos mejor a las nuevas situaciones. Por otro lado, no es cierto que el progreso digital haya llegado a todas las esferas de la vida cotidiana. Muchos adolescentes pueden tener acceso a celulares de alta gama, pero asisten a clases donde no hay ni computadoras ni pizarras digitales. Todos los aparatos que facilitan la comunicación están pensados para el ocio, el entretenimiento y las redes sociales. Por lo tanto, si no desarrollamos instrumentos y estrategias para que esa tecnología enriquezca el aprendizaje científico y el conocimiento, se creará un abismo digital entre las aulas y el mundo exterior que incrementará la desigualdad. Por esa resistencia sí merece la pena luchar.

Algo que los críticos han notado en tu poética es el cruce de referencias idiomáticas. En lo personal, lo llamo un sano conflicto que le ha permitido trabajar su prosa y estilo. En el capítulo “El flamenco y América Latina. Un habla de ida y vuelta”, dice que vive en Andalucía desde hace veinte años y que esta experiencia le ha permitido encontrar una riqueza lingüística desconocida.

Como a cualquier peruano que viva en Argentina o México, que también son países hispanohablantes. Lo interesante de Andalucía es que actualmente forma parte de una periferia que también nos concierne a los peruanos, porque el Perú no es uno de los escenarios centrales de la cultura en español. Y en realidad no debería decir el Perú sino Lima, porque Lima no está en la liga donde juegan Madrid, Barcelona, Miami, Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá y Santiago de Chile. No obstante, dialogar con Bilbao, Montevideo, Sevilla, La Habana, Málaga, San José o Quito, no me parece ningún desdoro. Todo lo contrario. Deberíamos ser capaces de colocar a Cusco, Arequipa o Huancayo en diálogos fértiles con Cartagena, Oviedo, Guadalajara, Santander, Guayaquil o Salamanca. Las redes universitarias y las ferias del libro podrían cumplir aquí un rol extraordinario.

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Hubo un tiempo en que se decía que el libro como objeto iba a desaparecer. Sin embargo, a medida que han pasado los años nos queda claro que el medio es lo de menos y lo que va a sobrevivir es la riqueza del idioma, la dimensión reveladora de la palabra.

 No creo que el libro impreso y encuadernado desaparezca. Ahí están para demostrarlo las pequeñas editoriales independientes que no sólo rescatan títulos señeros y autores de categoría, sino que además nos regalan ediciones bellísimas. Si al buen vino le sientan de maravilla materiales nobles como el roble y el cristal, la buena literatura se aprecia mejor en papeles verjurados y tipografía elegante. A mí me parece que en la diversidad está el gusto y así celebro que haya gente que prefiera la literatura en pantalla y el vino en caja de cartón. Tiene que haber de todo. Ahora bien, el soporte es lo de menos, porque la Ilíada seguirá siendo la Ilíada en pergamino, incunable, edición de quiosco y libro electrónico.

Hace un momento te hablé de la ironía y el humor que empleas en tu escritura. Hago memoria y entre lo que te he leído, es posible percibir una patente oralidad. No es una intención involuntaria, sino una decisión tuya de querer conectar así con el lector. Estás lejos de los que creen que escribiendo difícil uno demuestra más sabiduría.

Si por oralidad entendemos sencillez, estoy de acuerdo; pues muchas veces se confunde la oralidad con lo coloquial y en tal caso hablaríamos de otra cosa. Creo que escribo como hablo y como dicto mis clases. Lo que ocurre es que existe una prosa académica que tiene su propio vocabulario, muchas veces inaccesible para los lectores profanos o no familiarizados con las teorías que dominan el ensayo académico. Mi idea del ensayo es la del paseo, la conversación y -por qué no- la de la clase, como nos enseñaba Luis Jaime Cisneros.

De las muchas referencias a los clásicos, resalta la figura de Cervantes, a quien mencionas en no pocos textos del libro.  Sabemos de la importancia de los clásicos, pero en una época como esta, en donde el idioma conoce otras clases de riquezas expresivas, muchas veces desconociendo la tradición, ¿se hace necesario volver a los clásicos?

Creo que en Las palabras primas Cervantes, Borges y el Inca Garcilaso son los grandes protagonistas. Para mí ellos son clásicos, tal como también lo serían Stendhal, Italo Calvino, César Vallejo, Pablo Neruda u Óscar Wilde. Y Arguedas y Mariátegui son nuestros clásicos peruanos, porque cada tradición tiene sus propios clásicos. Cuando una sociedad o generación pierde la referencia o las conexiones con los clásicos, se crea una suerte de limbo que hoy por hoy pienso que lo habitamos quienes todavía leemos a los clásicos, porque la gran mayoría los ignora o no ha escuchado hablar de ellos jamás. Sin embargo, quiero precisar que en países del Tercer Mundo como el nuestro la ignorancia es una fatalidad, pero en los países desarrollados la ignorancia es una elección consciente y deliberada.

En el apartado Incas e Hidalgos nos hablas de muchos pensadores peruanos. Sabes que no tenemos una fuerte tradición ensayística, más allá de algunos nombres estelares. ¿A qué crees que se deba ello?

Fíjate que no estoy de acuerdo y sí creo que tenemos grandes ensayistas. José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre y Francisco García Calderón para empezar. Pienso en Alberto Flores Galindo, Gonzalo Portocarrero, Guillermo Nugent, José Matos Mar, Aníbal Quijano, Pablo Macera y por supuesto Mario Vargas Llosa, cuya obra tiene una dimensión ensayística que no podemos soslayar. Por otro lado, los ensayos literarios de Luis Loayza o de Julio Ramón Ribeyro me parecen extraordinarios. Y entre los autores de mi generación incluyo a Eduardo Chirinos, Peter Elmore y José Antonio Mazzotti, cuyos ensayos he leído con admiración. Me acabo de traer de Lima Persona de José Carlos Agüero, y considero que es un ensayo fastuoso, como los de Marcel Velázquez, otro joven ensayista peruano.

La publicación tiene un espíritu: la difusión. Los apartados y capítulos, ninguno de ellos se va por el oscurantismo, pero lo curioso es que rescatas modos de hablar (y no me refiero a los entrecomillados) no frecuentes en el proceso de exposición de los textos. Aquí percibo una actitud de combate, una postura ante la facilidad lineal que se viene pidiendo últimamente, una escritura “clara”, que muchos entienden como fácil. Las palabras primas se lee rápido pero el lector retiene mucha información.

Encontré el tono de mis ensayos en El Descubrimiento de España (1996) y desde entonces no lo he abandonado. Por ejemplo, acabo de publicar ¡Aplaca, Señor, tu ira! Lo maravilloso y lo imaginario en Lima colonial (FCE), y aunque se trata de una monografía histórica y por lo tanto académica, he trabajado muchísimo el tono de la prosa para que sea lo más sencilla posible. Así, en otros ensayos como Republicanos (2008), Nabokovia Peruviana (2011), Mínimo común literario (2014) y Nueva Corónica del Extremo Occidente (2016) mi objetivo siempre ha sido mantener esa claridad en la escritura. No lo considero una actitud de combate, pero sí una actitud vital.

Hay varios senderos que nos permiten escribir en distintos registros, pero uno está presente, tanto en la poesía, la narrativa y el ensayo: el apunte al vuelo. Los textos de Las palabras primas tienen esa frescura de la nota que bien podemos asociar al aforismo. Ahí, considero, está la esencia de su carácter risueño.

El apunte al vuelo, la viñeta volandera, los perfiles literarios… profeso una devoción especial por la bagatela, el fragmento o cualquier cosa que se parezca a las virutas y esquirlas del taller del escultor. Los artistas plásticos siempre miman sus materiales: las tierras de colores, la imprimación de sus telas, los lienzos, las maderas… Los luthiers saben que para construir una guitarra no basta con las maderas nuevas, porque necesitan fragmentos de maderas antiguas para colocarlos debajo de las tapas armónicas. Quiero creer que mis textos aspiran a ser algo parecido: un carboncillo por afilar, el trozo de una escultura o el hueso que un luthier incrustará en el mástil de un charango.

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