Rescate/reseñas

Un nuevo novelista peruano

Alfredo Bryce Echenique 1

Alfredo Bryce Echenique

 

N. de R. –Un académico de la lengua española escribe sobre uno de los más jóvenes valores de la narrativa peruana contemporánea. Alfredo Bryce Echenique, de quien ya nos ocupáramos en esta sección con motivo de su libro de cuentos Huerto cerrado, confirma, con su recientísima novela Un mundo para Julius, nuestras palabras acerca de su centelleante porvenir narrativo. Creemos de particular valor la nota que reproducimos a continuación, porque ella es escrita por alguien ajeno al cotarro literario, a las pequeñas mezquinas guerras de prejuicios que adoban nuestras estrechas avenidas literarias. Antonio Tovar, de la Real Academia Española, declara no conocer al autor de la novela, pero se siente, desde las primeras páginas de su obra, “dominado” y no vacila en llamar a Alfredo Bryce Echenique “gran creador”.

Por: Antonio Tovar (De la Real Academia Española)

 

 

El lector queda dominado desde las primeras páginas. Alfredo Bryce Echenique sabe conducirlo, arrastrarlo, en el seno de una aristocrática familia limeña, en la que se han juntado uno, dos, más fortunes, a lo largo de más de quinientas páginas.

No sabemos del autor más de lo que nos dicen las cubiertas del libro: nació en Lima, 1939, estudió en colegios ingleses y norteamericanos de aquella capital, se graduó en San Marcos y luego se vino a Europa, donde en la actualidad es profesor de la Universidad de Nanterre. En sus dos apellidos tenemos el reflejo de la crisis en que la sociedad tradicional de algunos países hispánicos ve disolverse, sin ganar quizá ninguna nueva, sus viejas cualidades. La vieja estructura de la familia, basada, claro es, en la separación de clases y de razas, se pierde, y lo que la sostenía de pura relación humana afectiva se evapora con el endurecimiento de las nuevas generaciones.

La influencia de los países más adelantados, las alianzas de negocios, se llevan como el viento los restos de la cultura patriarcal, hoy imposible. En ese torbellino vive la familia del pobre Julius, el menor de los hermanos, el alma sensible en que vienen a incidir las tragedias de todos.

No sabemos hasta qué punto la novela se basa en recuerdos personales, pero el gran creador que es Bryce Echenique ha sacado tantos datos como de una encuesta sociológica de sus recuerdos infantiles, de sus años en los colegios seguramente más caros de Lima, de su abrirse a la vida en aquella ciudad inarmónica y asombrosa. Pero, antes de todo, ese espíritu de observación, de toda esa crítica social de todo análisis de los hechos humanos en la capital peruana, está su capacidad poética para recordar, para pintar, para crear figuras, escenas, tipos, diálogos, todo un mundo que se graba con su lirismo en la memoria del lector.

El alma de Julius, el hijo menor de Susan, enfermizo, orejudo, inteligente y sensible, se abre a la vida entre la servidumbre de la vieja casa, que conserva patriarcales vínculos en cuanto queda de régimen jerárquico y de estratificación social, incompatible con la crítica y los avances de nuestro siglo. El autor ha sabido crear con sus recuerdos este alma, que se abre a un mundo cruel. Pero en ella resuena líricamente el amor a la madre, frívola y egoísta, incapaz de todo lo que sobrepase una momentánea ternura, y la adhesión afectuosa a las mujeres y los hombres del servicio, que han llenado la infancia del niño de cuidados y mimos.

La sociedad hispanoamericana, con su mezcla de razas, con sus climas agobiadores o exagerados, sin estaciones y sin temple, con sus suplementos de pecado original, que hallaban, quizás un poco racistas, los teólogos de siglos ya lejanos, da esta flor que es el pobre Julius, ante el que se abre un mundo atroz, su mundo, el que le espera.

Es muy difícil para el turista que recorre las calles céntricas del Lima, y viaja en un autobús o un taxi por los distintos barrios de la desordenada capital virreinal, percibir el complicado fondo de la ciudad, los estratos feudales que se han sobrepuesto: razas y colores, indios negros, zambos, cholos, blancos, rubios, lo que parece nada más desorden, mezcla, alboroto y pobreza que no llega a ser polícroma bajo el cielo nublado y el destemplado ambiente del trópico invernal. Son los novelistas actuales los que nos lo descubren. Y entre ellos ocupa un lugar de primera fila Alfredo Bryce Echenique. Tiene, como los mejores de ellos, el Lust zum Fabulieren, la narración placentera y que mana suelta, casi siempre de la boca de los personajes mismos, variados, ocurrentes, auténticos, descubriéndonos sus pensamientos.

Y lo logra Bryce Echenique con una gran economía de medios. No necesita de la historia entera de un país con sus épicos tonos, ni la vida completa de la capital, ni la de regiones exóticas. Se conforma con una familia nada más, con su servidumbre. Son los retratos de cinco, de ocho, de catorce, de dos docenas de personas, unos pocos personajes episódicos, que representan con todo derecho un mundo entero, una civilización entera, que es y que fue así, mientras se halla en profunda crisis. Es una epopeya, pero lograda con medios reducidos. Lo que se pierde en amplitud se gana en concentración, en olor a humanidad en todos estos pequeños y vulgares héroes. Para todos hay comprensión, salvo para los más odiosos: los hermanos de Julius, y su amigo el norteamericano, y aun para éste y para el hermano mayor, Santiago, hay algo de explicación. Es el gamberro de Bobby el que merece todo el odio del lector, es él el que en el alma sensitiva de su pobre hermano menor clava las agujas más dolorosas, destruyendo los recuerdos más caros de su infancia, unos recuerdos que Bryce Echenique sabe tratar como los poetas más exquisitos de antes de la Primera Guerra Mundial, como en las páginas más cuidadas de los cuadernos de Rainer María Rilke.

La situación de los países hispanoamericanos es en muchos casos tan crítica, que es en estas novelas donde mejor resulta. Más que cifras y estadísticas, más que sesudos libros sociológicos, es el lirismo de un libro como éste el que nos explica lo que pasa y lo que puede pasar allá. No he copiado un solo párrafo del libro, aunque habría que copiar muchos. El lenguaje está tan lejos de la lengua hablada como lleno de coloquialismos, y en un tono tan lírico que nos hacen gracia las confusiones de c y s y las hipercorrecciones de ear en vez de iar: “Le molestaba que andaran”, “locetas”, “pescuezito”, encausara por encauzara, vacearse por vaciarse. El autor sabe tan bien el idioma, que puede dar sabor a su novela con tales dialectismos.

Un mundo para Julius. Barral Editores, Barcelona 1970.

Transcripción literal. Revista Oiga # 407. 22 de enero de 1971.

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