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Mora (1948 – 2019)

Quien escribe conoció por primera vez de la importancia continental del movimiento Hora Zero mediante Tulio Mora. Corría el año 1997, me encontraba buscando libros en uno de los galpones de Jr. Camaná cuando un amigo me dijo que iba a realizarse un recital de poesía en la Asociación de Artistas y Aficionados.

En aquella ocasión Mora era uno de los poetas que leería, pero también el moderador de la mesa en la que se encontraban cinco vates del interior del país. Mora leyó varios textos de su poemario Cementerio General, que no pude apreciar a cuenta de la manera en que los leía. Había en el poeta una suerte de silenciosa violencia anímica, como si esta lo llevara a contener un grito de furia, el cual terminaba perjudicando la atención de los asistentes. Al final del recital, no me acerqué a saludarlo, pero sí memoricé un par de señas: el título de su poemario y el movimiento literario al que pertenecía.

Días después me lancé a la caza de sus libros en la Biblioteca Nacional, ubicada en la Av. Abancay. Presté atención a CG, no solo a la revelación del nervio poético sino también a lo que para aquel momento no resultaba muy atractivo para los nuevos poetas: la proyección del compromiso social que cuestiona la realidad del presente haciendo uso de personajes históricos. Ese poemario fue mi puerta de ingreso a la galaxia de Hora Zero, interés que se acrecentó tras la lectura que años después hiciera de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

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Tulio Mora

De a pocos, las cosas fueron adquiriendo un sentido y las respuestas llegaban solas. Por ejemplo, supe a qué se debía la emoción contenida de Mora en el recital donde lo vi por primera vez. Como dije, era 1997, año medular en que nos dimos cuenta de qué iba la falsa democracia de Alberto Fujimori. Todas las marchas y protestas contra la dictadura tenían un punto de reunión: la Plaza San Martín, ahí se dirigían los gremios laborables y las organizaciones estudiantiles. Por eso, cuando vi a Mora leyendo sus poemas, su mente y su corazón se encontraban más en las calles que en el auditorio de la asociación.

*

De los contadísimos escritores peruanos a los que podemos catalogar de comprometidos con su circunstancia, uno de ellos fue, en todo sentido, Tulio Mora. Hacía gala de una coherencia activa, no aquella que se despliega en la revolución de cafetín y en la valentía de la intimidad amical. En otras palabras, Mora era un artista e intelectual de armas tomar, un disconforme que asumía el ejercicio poético no solo dependiente de la epifanía verbal. Esta impresión la podemos corroborar en quienes lo conocieron, pero en los que no tuvimos esa oportunidad, tenemos un documento que en estos instantes nos podría servir de luz para acercarnos a la persona detrás del poeta. En este sentido, sugiero que lean sus declaraciones en Poesía en Rock. Una historia oral. Perú 1966 – 1991 de Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen. Allí podemos ver el testimonio de un hombre en contra de las injusticias sociales y también uno muy exaltado en cuanto a sus conceptos sobre la “utilidad” de la poesía.

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HZ: Juan Ramírez Ruiz / Jorge Pimentel / Enrique Verástegui

Ya sea por esas declaraciones y por las que hemos podido ver en muchas entrevistas a lo largo de los años, Mora había decidido tomar una postura en cuanto a su discurso como intelectual, del que fuimos testigos atentos en la difusión del movimiento Hora Zero. Bien sabemos que lo que le sobró a HZ fue calidad, y valga la redundancia, la obviedad para refrendar lo dicho, no olvidemos sus tres poemarios emblemáticos en que se sustentó su prestigio y resonancia: Kenacort y Valium 10 de Jorge Pimentel, Un par de vueltas por la realidad de Juan Ramírez Ruiz y En los extramuros del mundo de Enrique Verástegui. Fue Mora quien se encargó de ordenar el discurso de difusión del movimiento y llevó a cabo esta tarea durante los periodos de fuerza y crisis del mismo a razón del alejamiento de JRR. Es decir, visto de lejos y cerca, nos hallamos ante una actitud de desprendimiento porque pudo dedicarse a su labor poética valiéndose de su aura de pertenencia a HZ. Felizmente, no fue así. Porque si algo nos queda claro sobre HZ a la fecha, y sin importarme lo que la seguridad vaya a generar, es que HZ fue el suceso literario más importante del siglo XX en Perú. Basta revisar nuestra historia literaria para aseverar que este movimiento fue el único que se propuso construir un puente entre la poesía y el gran público. Quien lo dude, no lo calificaré de mezquino, menos de ignorante, solo de desinformado. Basta un viaje a la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional para conocer la verdad, que alivia y duele, según el caso: recitales de poesía a los que concurrían cientos de personas entre jóvenes y mayores. Los poetas de HZ eran tratados como rock stars. La identificación de los lectores y el público con el movimiento fue incuestionable. Además, los medios mostraban interés a lo que se hacía en HZ, interés que no debemos asociar al relacionismo, sino a la contundencia de la propuesta de sus integrantes, que proyectaban una actitud consecuente con su manifiesto “Palabras urgentes”, texto histórico que arremetió en contra de los círculos de poder cultural de los 70s.

La epifanía verbal que nació en el seno horazeriano tuvo en Mora a su principal promotor, quien nos heredó un libro que debería ser considerado hoy como un imprescindible documento de consulta: Hora Zero. Los broches mayores del sonido, monumental publicación en donde el autor ordena lo que no solo fue un fenómeno poético, sino también cultural.

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Líneas atrás nos referimos a la actitud de desprendimiento de Mora en pos de HZ. Podríamos hablar también de sacrificio. Y ahora que el poeta ya no está, las preguntas se imponen por su peso: ¿Mora se valía de HZ para sustentar su presencia en el circuito? ¿Por qué reaccionaba como reaccionaba cuando el legado de HZ era cuestionado? Ambas inquietudes nos generan una sola y contundente respuesta: le jodía la injusticia, el chanchullo valorativo y los sentimientos menores que ninguneaban un proyecto poético que tuvo a la sociedad peruana como fin a “poetizar”.

 

 

Podíamos estar o no de acuerdo con sus reacciones. Son precisamente estas reacciones las que terminaron relegando el valor de su poesía, convirtiéndolo en víctima de injustificadas mezquindades, pero ese es el precio que tuvo que pagar por no traicionar sus convicciones. Mora se la jugó por un ideal poético que consideraba justo y el tiempo le dio la razón, siendo testigo en vida de su empresa.

En 2013 fui invitado, junto con un buen amigo, a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a dar una conferencia sobre la situación actual de la literatura peruana. Esta conferencia se realizó en el marco de la Antisemana de la Literatura. No era un evento oficial del departamento académico de la Escuela de Literatura, sino uno organizado por los propios alumnos, es decir, por la población que legitima el discurso literario que se les brinda. En aquella ocasión cumplimos con nuestra participación, pero lo interesante vino al final de esta. Organizadores y lectores se nos acercaron para ofrecernos un testimonio cruel sobre el ninguneo que sufren los poetas setenteros en el plan de estudios, que solo aborda estratégicamente a los insulares y en el que ni siquiera se menciona a Hora Zero. No es pues una ligereza de mi parte, es lo que muchos testimoniaron aquella noche. A varios de estos jóvenes los vi con el ejemplar original de Los broches… de Mora, y a otros con fotocopias anilladas del libro.

El programa de aquella Antisemana tenía para su clausura a los poetas de Hora Zero. ¿Qué fue de ese recital? ¿Cómo salieron los horazerianos de ese enfrentamiento con los lectores de las nuevas generaciones? Pues el auditorio se llenó y muchísima gente no pudo ingresar. Y me pregunto, con involuntaria malicia: ¿existe movimiento, grupo, collera o los “amigos de siempre” que pueda igualar una legitimidad sustentada en la lectoría y no en el arcoíris relacionista? Sencillamente no. No existe. Ni el poderío académico es capaz de mirar hacia un lado ante la contundencia de la realidad. Cada vez que se anuncia un recital de HZ, y la mayoría de estos con pocos días de anticipación, el marasmo del circuito deja de ser tal. Auditorios repletos de jóvenes, eso, jóvenes que van a alimentarse de poesía y rebeldía.

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T. Mora

Es cierto que el impacto actual de HZ se cobija en la luz de su poesía, pero también en el proselitismo de Mora. No es poca cosa, gracias a él las generaciones venideras sabrán que de HZ existe una cartografía, un discurso que ordena el suceso.

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En la tarde del domingo conversé con algunos amigos sobre el legado poético de Mora. Como ya señalamos, él ya cumplió en su propósito horazeriano. Esto no quiere decir que haya descuidado su poesía, que se impone a la de muchos de sus detractores (Oración frente a un plato de col y Cementerio General) y que tiene lectores que encuentran en ella lo que no en cientos de poemarios: la oportunidad de creer en el poder de la palabra poética y su impacto que cuestiona nuestra vida en relación con el otro. Sus lectores deben ser más. Esa será nuestra tarea.

G. Ruiz Ortega

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