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“Walt Whitman ya no vive aquí” / Eduardo Lago

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De las publicaciones que no puedo dejar de recomendar, de lejos: Walt Whitman ya no vive aquí. Ensayos sobre literatura norteamericana (Sexto Piso, 2018) del escritor, crítico y traductor español Eduardo Lago.

En principio, estaríamos ante una guía de lecturas y autores sobre una de las tradiciones literarias más fecundas del mundo. Sin embargo, a medida que recorremos sus páginas vamos descubriendo una cualidad hoy en día ajena en el ensayo: la omnipresencia del punto de vista. Así es, puede parecer extraña y hasta estrafalaria la impresión, pero basta ver lo que hoy se vende como ensayo para darnos cuenta de que asistimos a insípidas tesis volteadas,  papers desgrasados y otras maravillas del atarantamiento discursivo.

Lago no solo demuestra conocimiento de los senderos que han pautado la ficción, la poesía y la no ficción norteamericanas, su ya señalada omnipresencia del punto de vista descansa en un factor que debemos celebrar: la generosidad por compartir, empresa que, dicho sea, lleva a cabo con carácter. Ese carácter, postura ante el texto, transporta al lector a una dimensión de enriquecimiento: interesarse por el tema y cuestionar los juicios de valor de Lago.

No podemos estar más que agradecidos. WW hace del lector un protagonista pasivo y activo. Esta característica cumple una doble función: sus páginas deleitan al conocedor y generan curiosidad en quienes no conocen la tradición literaria gringa. Hablamos pues de un mérito, porque en otra pluma esta cartografía literaria caería en las ciénagas de la muletilla de código y en la nubosidad del bostezo.

Pensemos en la entrevista inédita a David Foster Wallace. No es gratuita que la publicación empiece con ella. Es una señal sobre los temas y opciones formales que vienen definiendo a la narrativa estadounidense en los últimos cuarenta años. El encuentro adquiere de a pocos un nivel de compenetración, en el que percibimos la comodidad de DFW con un interlocutor que no solo lo ha leído, sino que también especula sobre sus satélites de influencia. No por nada, DFW le manifiesta al final de la sesión que los cruces de opiniones tranquilamente podrían durar “dos días”.

Siendo Estados Unidos un país continente, resulta complicado para cualquier crítico poner orden a tanta riqueza y potencia que, en este caso, nace de sus expresiones literarias. Lago aborda todo este espectro desde la impresión y el asombro, en otras palabras, desde el primer amor de la lectura. Es por ello que nos topamos con una cartografía personal que se nutre del profundo conocimiento de autores convertidos planetas de cabecera. Veamos: lo que piensa de la Escuela de la dificultad al presentarnos toda una gama de voces como Thomas Pynchon, Don DeLillo, Robert Coover y John Barth, herederos de Vladimir Nabokov en definición de DFW. Lago establece un arco para poder entender esta vertiente, que parte con la publicación en 1955 de Los reconocimientos de William Gaddis, pasando por la aparición en 1973 de El arcoíris de la gravedad de Th. Pynchon y culminando en 1996 con La broma infinita de D. F. Wallace. Como bien señala, nos enfrentamos a poéticas complejas que requieren de un lector entrenado. El autor cumple con la advertencia pero es en este punto en que su prosa suscita el milagro: el compromiso del lector interesado. No es poca cosa, lo que en teoría pudo ser nominal deviene en práctica, el triunfo de la seducción, el convencimiento por conocer más de los escritores y títulos de los que nos habla.

Se colige entonces que nos encontramos con una prosa reposada y una actitud pedagógica lejana de la imposición de quien alucina que ha leído más. Esta actitud la vemos en todo el libro, en este sentido, prestemos atención a la semblanza de Truman Capote, en la que nos entrega una mirada distinta de lo que el lector ya cree saber del hacedor de A sangre fría. Esa es la estrategia de Lago: abordar lo conocido desde otra mirada, que vemos en estado de gracia en el ensayo sobre Sylvia Plath y Ted Hughes, del mismo modo cuando diserta sobre La maravillosa vida breve de Óscar Wao Junot Díaz.

Tal y como señalamos líneas atrás, WW propone un orden a una tradición, pero este es desarrollado por medio del espíritu de la generosidad por compartir lecturas. Esa es la razón por la que presenciamos influencias y vertientes ajenas al tronco de los ensayos, en otras palabras: no leemos textos unidimensionales y el lector cae en una sana confusión: lee creyendo que está en una mesa hablando con los amigos acerca de sus lecturas, la conexión en silenciosa intimidad. Hay pues un efecto, un acicate que estimula, el cual no es producto del azar, sino de la pasión de Lago. Claro, esta pasión tampoco no está libre de la polémica: podemos estar o no de acuerdo. Por ejemplo: las páginas sobre Jonathan Franzen.

Si crees que Lago se posiciona como voraz lector impresionista en esta primera parte llamada El país de las últimas cosas, pues te equivocas, porque esta experiencia emocional se eleva en la segunda, en donde el impresionismo de lector marca la “cardiografía” de la escritura. En La ciudad de las historias somos partícipes de la cacería del hombre que va tras la experiencia para convertirla en escritura. Queda claro que apreciamos una postura con la vida: verla mediante la literatura y viceversa. El espacio, Nueva York, es el centro en el que Lago se reconoce como persona, lector y observador. Este asombro le debe mucho al registro del diario, o, en todo caso, a la libertad del apunte (el discurso de cuaderno y la versión sin orden cronológico), que nos recuerda en parte al espíritu de su magnífica novela Llámame Brooklyn (2006).

En una entrevista que le hice (ver aquí), Lago declaró que pretendía con WW entregar una guía de lectura. Cumplió ese propósito. Pero también es cierto que WW ya es inagotable en la galaxia de la relectura. No lo pienso mucho, no lo pienses más: este es un librazo.

G. Ruiz Ortega

Imagen destacada de E. Lago, tomada de aquí.

 

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