Rescate

Delirio de poeta

El tiempo difumina imágenes, seres y cosas. El recuerdo de los hombres, frágil y voluble, reconstruye como mejor o malamente puede: Ángel Fernando de Quirós fue poeta. Patricio destartalado. Noble y sensato. Fue fundador de la Independencia. Méritos suyos (como fortuna) le fueron regateados con mezquindad. Espíritus altos de su época, sin embargo, le dieron su estima. Arequipeño, fue intransigente. Lima, donde vivió y murió, prefirió no llamarlo poeta y sí loco. Sabía que un poeta es un loco y por eso escribió Delirios de un loco.

 

Por: Edmundo de los Ríos

 

Temblor grande abatió Lima. Eran tiempos de primeros lustros después de proclamada la Independencia. El poeta se encontraba, litigando sin pausa, en los recovecos del Palacio de Justicia –donde no le hacían justicia, donde lo embrollaban hasta perder la razón, donde jueces y abogados y tinterillos prevaricaban, a él que reclamaba en derecho la herencia que le correspondía. Tembló la tierra. Pavorosamente. El edificio parecía desplomarse entre polvaredas. Los magistrados salieron pies en polvorosa a ponerse a buen recaudo en la calle. De rodillas estaban, implorando; los brazos en cruz, misericordia pedían.

Y ahí estaba el poeta, iracundo, y nunca más convencido de que la Providencia le hacía la justicia que los hombres le negaban. Entonces levantó los brazos hacia el cielo, y alta la voz clamó sobre todas las plegarias: “¡Señor! ¡Que no se calme tu ira! Aquí pillaste a todos los pícaros juntitos. Conviértelos en tortilla aunque me lleves de encuentro”.

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“Delirios de un loco” fue el poema que publicó en 1857, en la Tipografía El Pueblo, en la calle de Cascarilla 106, y tenía 24 páginas. Pero su obra, se asegura, constaba de 20 000 sonetos. Ángel Fernando de Quirós había nacido en Arequipa, en 1799. El 3 de junio de ese año fue bautizado. Era hijo de don Blas de Quirós, abogados de la Real Audiencia de los Reyes, y de doña Antonia Nieto. Fue un espíritu precoz y asaz insólito. Estudió en el Seminario de San Jerónimo, en Arequipa, y ante el escándalo de curas se pronunció contra el dominio español. Y quiso huir repetidas veces para unirse a las huestes independentistas. Fue inútil: lo detenían y reprendían severamente las autoridades realistas.

El 18 de setiembre de 1812 recibió la primera tonsura; es decir, la trasquilada que dan a los aspirantes al sacerdocio. Pero él era de la tierra y no del cielo. Cuando en 1814 el brigadier Mateo García Pumacahua se levantó en armas en el Cusco, él quiso luchar por la libertad, pero otra vez fue impedido. Aún no había cumplido ni 15 años. A los 15, recibió parte de la heredad paterna y emprendió negocios. Tampoco funcionó. Su temperamento era demasiado pródigo con los dineros, y ya entonces le plantearon la primera –cual sello indeleble— interdicción por la ambición familiar (la interdicción restringe los derechos de una persona por considerársele menor de edad, loco o imbécil).

En ese entonces, siendo De Quirós todavía quinceañero, el general San Martín había desembarcado en Paracas. El muchacho intentó plegarse a la expedición libertadora. Nuevamente fue apresado, aunque esta vez enfermó gravemente. Hizo, pues, “toda clase de sacrificios por la libertad a expensas de mi vida y de la pérdida de mi carrera”.

El 25 de marzo de 1840 se embarcó para Lima. Iba a la capital para que la justicia cancelara las interdicciones que lo calificaban de loco. Todas sus tribulaciones judiciales las hacía conocer públicamente en los periódicos de la época. Su ropaje de hombre de bien fue deteriorándose, padeció hambre pero caminaba resuelto aunque le tronaran las tripas. Y en cantinas, calles y plazas recitaba improvisados sonetos por una copa o unos centavos; fue suertero de la de a mil. Y poco a poco, con tanto trajín, su levita traposa y su sombrero tarro rasguñado y su barba alborotada lo convirtieron ante los ojos de una Lima remilgona en un poeta de burla, en un loco trashumante. Vivió en el Rímac, en un cuarto destartalado. Se había comprado un ataúd y ahí dormía. Y ahí fue encontrado muerto el 28 de setiembre de 1862. Al día siguiente, “El Comercio” dio cuenta: “Don Ángel Fernando de Quirós ya no existe. Ha muerto como ha vivido, olvidado de sí mismo, pero acompañado con su corazón y siguiendo con su entusiasmo todas las causas en que la humanidad y la libertad tenían algo que ganar o perder”. Fue un Quijote. Fue un Diógenes en las calles de Lima. Y como tenía que ser –absurdos de la vida— sólo después de muerto, la Suprema Corte falló a su favor; una lejana sobrina recibió la herencia por la cual el poeta tanto luchó.

Vecindario anónimo lo enterró. “El Comercio” y una librería abrieron una suscripción para editar su poesía completa. No fue posible. Ni siquiera aún ahora. Solo tres personas se anotaron: Francisco de Paula González Vigil, Francisco Javier Mariátegui y Félix Cipriano Coronel Zegarra. Para qué más.

 

 

Publicado en Caretas # 1049. 20 de marzo de 1989.

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