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Federico Falco: “El cuento es el género que más disfruto”

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Federico Falco

De las voces narrativas en español del nuevo siglo a tener en cuenta: el argentino Federico Falco (Córdoba, 1977), quien goza de anuencia valorativa entre críticos y lectores. Pensemos en algunos de sus títulos: La hora de los monos (2010) y Cementerio perfecto (2016), del mismo modo en las antologías sobre su obra, como Flores nuevas (2014) y La actividad forestal (2016). Falco ha sabido hacerse fuerte en el que parece ser su género natural, el cuento. En esta conversación, llevamos a cabo un breve repaso de su trayectoria, de lo que hay en la mente de una de las plumas que sin duda va a sobrevivir al escrutinio del tiempo.

G. Ruiz Ortega

A la fecha estás considerado como uno de los mayores exponentes del cuento hispanoamericano. Es mediante poéticas como la tuya que el género breve ha ido quebrando un prejuicio editorial: la novela es más interesante que el cuento. En lo personal, podría decir que lo más interesante de la narrativa actual en español está en el cuento. ¿Opinas lo mismo?

La verdad es que no lo sé. Como lector, el cuento es el género que más disfruto, entonces suelo estar más al tanto o prestarle más atención a la publicación de libros de cuentos, pero tengo la sensación de que en otros géneros también estan pasando muchas cosas interesantes: en la crónica y en el ensayo, por ejemplo, en cierta novelística. Las fronteras entre géneros, además, cada vez tienden más a borronearse. Esas hibridaciones y cruces siempre me parecen de lo más productivo y suelen llamar más mi atención, antes que un determinado género en estado de máxima pureza.

Hace varios años compartí mesa en una feria de libro de Lima con el extraordinario narrador Luciano Lamberti. En esa ocasión él dijo que la distancia con la capital Buenos Aires le había permitido la formación de una personalidad en su escritura. Tú también comenzaste a escribir, hacerte conocido y edificaste tu prestigio desde Córdoba.

En mi caso en particular, y creo que también en el caso de Luciano, vivir en Córdoba, en ese momento en específico (estamos hablando de la post crisis del 2001) nos dio mucha libertad. Era una época donde era muy difícil hacer, publicar, etc. Pasaban cosas, por supuesto, pero en general la sensación que teníamos es que las cosas en verdad interesantes (editoriales independientes, ciclos de lectura, una literatura más arriesgada, etc) sucedían en Buenos Aires. No sé si esto último es totalmente verdadero o sólo una percepción un poco idealizada que teníamos en ese momento, pero lo importante es que, por lo menos en mi caso, yo sentía que lo que escribía no le importaba mucho a nadie. Y esa sensación de que “no importaba”, de que nadie estaba controlando lo que escribíamos, ni pidiendo coherencia estética ni nada, nos dio, creo, mucha libertad para que cada uno pudiera armar su propio canon de lecturas, hacer sus propias búsquedas, experimentar y probar cosas.

¿Crees que la distancia es una aliada ideal para la creación? Claro, es obvio que la distancia no es garantía de que se vaya a hacer una obra maestra, de lo contrario tendríamos a todos los escritores y artistas viviendo fuera de las metrópolis.

Más allá de esa situación en particular, yo sí creo que, en general, los procesos creativos necesitan, en algún momento, un apartarse, un “vivir en secreto”, un estar en soledad o lejanía. Después ya vendrá la instancia del abrirse, del hacerlo público, del compartirlo. Pero, sobre todo en un primero momento, me parece necesaria una cierta intimidad con los materiales, como para proteger la fragilidad de lo que está naciendo, darse libertades o la posibilidad de tomar riesgos.

Como te comenté hace un momento, si el cuento en español tiene resonancia editorial se debe a autores como tú. No eres ni por asomo un advenedizo circunstancial del género. El cuento ha sido y es tu género natural, incluso tu muy buena novela corta Cielos de Córdoba tiene mucho de la relojería que exige el género.

Sí, Cielos de Córdoba, si bien empezó como una novela de mayor extensión, al final, tal vez por deformación profesional,  terminó siendo algo mucho más cercano a un cuento que a una novela.

De entre los autores que consideras influencia (no solo del imaginario argentino), ¿cuál crees que ha sido tu faro mayor?

Eso depende de las épocas, los momentos. Hay una serie de autores a los que siempre vuelvo, más allá de que lo que escriba esté o no influenciado por sus estéticas: entre los argentinos, Antonio Di Benedetto, Juan José Saer, Hebe Uhart, Sara Gallardo. Y después, Chéjov, por supuesto. Flannery O’Connor, John Cheever, Natalia Ginzburg.

En tu narrativa hay un componente, llamémosle, “rural”, en el sentido ajeno a los insumos que podríamos asociar a lo citadino. En Cielos de Córdoba hay mucho de este aspecto y su protagonista, Tino, es un crisol de dudas, muy observador y con una sensibilidad pautada por la curiosidad. El lector termina recordando la geografía rural y también el conflicto de sus personajes, a saber, Tino.

En Cielos de Córdoba me gustaba que Tino fuera un “extranjero”, alguien que no había nacido en ese paisaje sino que había llegado a las sierras desde la ciudad y se la había apropiado. Muchas veces, estamos tan acostumbrados a lo que nos rodea que lo damos por sentado, ni le prestamos atención. En cambio, la mirada de Tino me permitía narrar el paisaje con ojos de alguien a quien todavía ese paisaje cotidiano lo sorprendía. No sé cuanto de esto quedó al final en el texto, pero era algo que en algún momento del proceso de escritura pasó por mi cabeza.

 

En la Cátedra Roberto Bolaño de la UDP, en cuya última edición participaste, el narrador chileno Simón Soto señaló en la lectura de tu obra que la naturaleza es uno de los ejes centrales de tu narrativa. Mediante la naturaleza, se infiere, encuentras una suerte de violencia interior con la que configuras no solo personajes, también la prosa.

Por mi propia historia de vida, por los lugares en los que crecí, la naturaleza, la vida al aire libre, ciertos paisajes, ciertas labores vinculadas al trabajo de la tierra, siempre estuvieron muy cercanas a mí. Nunca planeé que aparecieran  o se volvieran el eje de lo que escribo. Es algo que se fue dando naturalmente. Un poco porque es lo que conozco, un poco también porque durante mucho tiempo estuve alejado de esos lugares, y escribirlos era una forma de volverlos a tener conmigo, de combatir la nostalgia. Más allá de eso, me atre esa especie de sutil combinación entre lo bello y lo violento que muchas veces coexiste en la naturaleza.

¿Tienes alguna anécdota o situación al respecto?

Desde hace un tiempo estoy viviendo parte de la semana en el campo y, hace un par de semanas, unos chimangos, una especie de alconcitos muy comunes por aquí, anidaron sobre el techo que protege el calefón de mi casa. Ahora sus pichones ya están bastante grandes, pero mientras tanto, me resultó fascinante seguir toda la historia de su nacimiento, del comportamiento de los padres. Son animales diligentes en el cuidado de sus pichones, casi amorosos y, al mismo tiempo, animales despiadados, cazadores letales. Los días de viento juegan y se persiguen en el aire, y es un placer verlos. Entre ellos se acompañan y cuidan a sus pichones, pero si por casualidad llegara a nacer una nueva camada de gatitos en la pila de leña, es muy probable que los chimangos se abalancen sobre ellos, y huyan con alguna pequeña cría por el aire.

En tus inicios incursionaste en la poesía. Tienes dos poemarios. La poesía exige una orfebrería en la palabra, también una tonalidad. En este sentido, ¿cuánto influye en tu narrativa?

Escribo muy poca poesía y, en general, queda por ahí, perdida entre archivos. Soy reacio a publicarla. Esos dos libros, (en realidad, un libro y una pequeña plaquette) fueron algo así como “deslices de juventud”.

¿Y cuál es tu relación actual con ella?

Lo que sí hago es tratar de leer un poco de poesía todos los días, sobre todo antes de sentarme a escribir. Me ayuda a bajar decibeles, a “entrar en la zona”, predispone la escritura. Hay en la poesía una síntesis, una afinación del lenguaje, una precisión para decir y nombrar sensaciones y sentimientos que admiro y disfruto muchísimo. No sé si realmente eso me ha influenciado en lo que escribo, pero desearía que sí.

Tienes una obra, que a este paso, te va a sobrevivir. De los muchos relatos por los que has recibido saludos críticos, uno resulta por demás excluyente: “Asiático”. ¿Me podrías contar sobre su proceso de escritura y cómo fue que lo ideaste?

No sé si “idear” es una palabra que usaría. Nunca existió tal momento, en el sentido de que nunca “proyecté” el cuento antes de sentarme a escribirlo. Usualmente, y también en el caso de “Asiático”, me largo a escribir sin saber muy bien de qué se trata la historia o qué va a ocurrir. Con “Asiático” en particular, unos cuantos años antes de escribirlo había hecho un viaje atravesando Santiago del Estero y, por alguna razón, siempre sentí que había algo muy literario en esos paisajes, en esas situaciones. Si no recuerdo mal, empecé a escribir directamente con el personaje saliendo de Córdoba y lo hice seguir la misma ruta que yo había seguido. De a poco, a medida que avanzaba, se me fue ocurriendo su historia, qué lo impulsaba a viajar, qué estaba buscando. Siempre soy muy desorganizado para escribir: voy y vengo en el tiempo, escribo por bloques o por fragmentos. Fue lo mismo en esta situación. Recuerdo que la escena en la iglesia, al principio del viaje, era larguísima. Tres o cuatro páginas que al final, volaron.  Con este cuento en particular tenía mucho miedo a no encontrar el tono con que hablaban los personajes. El habla de Santiago del Estero es muy particular, su vocabulario, los tiempos verbales que utilizan. Así que cuando terminé una versión más o menos decente, se la llevé a una chica santiagueña que vivía en mi mismo edificio y le pedí si me podía ayudar con eso. Yo le leía cada uno de los parlamentos y ella me corregía y me decía: si son de tal clase social, o de tal zona, no lo dirían así, usarían este tiempo verbal, o esta particular sintaxis, etc.

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