obituarios

Verástegui (1950 – 2018)

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No extraña que la tradición poética peruana esté considerada como una de las mejores del mundo. Tenemos una voz mayor, César Vallejo, y detrás de él a una pléyade de plumas que fungen de columnas discursivas que sustentan el prestigio, si es que alguien se atreviera a ponerla en duda.

Tenemos poetas para todos los gustos y estilos, pero pocos pudieron alcanzar la resonancia que obtuvo Enrique Verástegui, sea como poeta y figura. Si tuviéramos que buscarle un hermano poético, no hay mucho que pensar: Martín Adán. Ambos comparten características que encontramos en artistas que aparecen cada cincuenta años: el genio y la locura.

A la edad de 21 años, Verástegui se dio a conocer con el poemario En los extramuros del mundo. Esta publicación no solo significó un acontecimiento literario, también la consolidación del movimiento que integraba en aquel entonces: Hora Zero. Las revistas y diarios de la época ofrecen las pruebas fehacientes de lo que originó el libro: la celebración de la aparición de una voz distinta, que en teoría recogía la misma experiencia de sus compañeros generacionales, pero que a la vez se distinguía de ellos a cuenta del hechizo árido de sus poemas y la sensibilidad de la furia contenida que guiaba el ánimo de los poemas. Este pequeño libro fue el punto de partida de un reconocimiento que no solo se limitó al circuito cultural peruano, sino que generó un impacto continental, lo leyeron quienes tenían que leerlo, como Octavio Paz y Roberto Bolaño, entre otros.

Para Verástegui, la poesía era un registro más a explorar. Existía en él una inquietud creadora e intelectual que lo llevó a sumergirse en géneros como la novela, el ensayo, el cuento, la filosofía y las ciencias. Su obra fue un poliedro de lados irregulares, en los que la rúbrica de su mirada quedaba como la marca, la huella de su tránsito creador.

Ahora que ha fallecido, no solo habría que rendirle homenaje en lo obvio, la relectura de su obra, sino seguir esa extraña suerte de coherencia que siempre tuvo con su curiosidad: la entrega hasta sus últimas consecuencias. O llámalo pasión desbordada, que sumada a su señalada locura, nos brindó a un Verástegui que prefiero olvidar: el poeta de la anécdota, de la conducta graciosa que animaba los saraos.

En las pocas veces que crucé palabras con él, como aquella lejana noche del 2009 cuando se hizo entrega pública del mecanoscrito de su ensayo En saber de las rosas, el cual había sido encontrado por un librero en La Parada, pude ser testigo de su insaciabilidad de conocimiento, de la desconexión con el mundo en el que sabía el rol a cumplir para el público: la estrategia inmediata para regresar a casa para seguir leyendo y escribiendo. La mente de Verástegui se encontraba en otro lugar y es precisamente a ella a la que hay que frecuentar: la obra publicada, la lectura de esta entre líneas para ser partícipes de los mecanismos intelectivos que guiaban la privilegiada inquietud de su escritura.

Lo vamos a echar de menos.

G. Ruiz Ortega

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