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A. G. Porta: “Nunca he renunciado a la libertad de escribir lo que quiera”

Hormigas salvajes y suicidas (Acantilado, 2017) es la novela que más he disfrutado en estos meses, que tiene el hechizo de reconciliarte con la experiencia de la lectura entre tanto producto lineal y predecible. Novela que obedece a muchos registros, por ello, compleja, pero también seductora en la atmósfera que depara su estilo. En ella, nos encontramos con hombres y mujeres desarraigados, pero dispuestos a darlo todo en su última lucha, como los policías retirados Lucena y Blaya, del mismo modo nos topamos con el sinuoso coronel Resano, que inquiere por lo sucedido con los policías, tarea que cumple la escritora Albertine por medio de un “informe” de lo que pudo haber pasado con ellos, pero esto no es más que un pretexto para presentarnos la médula: las grietas de la dimensión humana sin concesión alguna.

Con esta estupenda novela, el escritor español A. G Porta pone fin a un ciclo novelístico compuesto por seis títulos precedentes (Braudel por Braudel, El peso del aire, Singapur, Concierto del No Mundo, Geografía del tiempo y Las dimensiones finitas), consiguiendo un festivo pero también oscuro reencuentro con tópicos y personajes de una obra dueña de una coherencia interna que celebramos por la firmeza de su carácter narrativo.

G. Ruiz Ortega

Una de las primeras impresiones que tuve al terminar de leer tu novela Hormigas salvajes y suicidas fue la de haber sido presa de una cacería de sensaciones encontradas. Esto, obviamente, no es una descripción, sino un halago que relaciono a la libertad que ofrece la novela como género.

Si interpreto bien tu comentario, se trata de algo a lo que nunca he renunciado, a esa libertad que te permite escribir sobre lo que quieras, bajo la forma que quieras y el lenguaje y el tono que creas más conveniente. Según mi opinión, ninguna de mis novelas se adapta a un género concreto. Es cierto que de algunas podría decirse que son policiacas, o que una de ellas podría ser de ciencia ficción; a la que escribimos con Bolaño se la ha comparado con Pulp Fiction (aunque la escribiéramos una década antes y Bolaño dijera que se trataba de una novela de amor)…

No te interesan las nomenclaturas.

 En fin, nunca me ha interesado eso de los géneros, aunque respeto que haya quien se sienta cómodo con ello o incluso lo motive y acaso le provea de una buena razón de ser, ya sea editor u autor.

Si bien es cierto que la trama y estructura son complejas, en las que hallamos un híbrido entre la epístola y el testimonio, entre otros registros.

Admito que la trama de Hormigas salvajes… sea hasta cierto punto complicada, aunque creo que lo es en un único aspecto. En realidad hubiese preferido resolver el engaño, y el asentimiento que hace del mismo el propio Blaya, de un modo más sencillo, pero o no supe resolverlo o no existía otro modo de llevarlo a cabo sin romper de algún modo la estructura, el ritmo de los acontecimientos, incluso esa voluntad del personaje de aceptación pasiva del destino. Pero sobre la estructura, aceptaría que no se trata de una estructura habitual en la narrativa, pero para nada es una estructura compleja.

La novela exhibe un nervio, digamos sensual, en cuanto a la atmósfera que suscita el lenguaje.

Yo creo que lo que cuesta de entender (pero a lo que el lector ya se ha acostumbrado al cabo de tres páginas) es que se trata de un relato basado en una voz interpuesta, que es de la que Albertine se sirve para contarle al coronel la historia que a su vez le ha narrado el ex comisario de policía Blaya. Eso obliga a un tipo de lenguaje al que no estamos acostumbrados. Tal vez sea esa atmosfera a la que te referías.

En este sentido, esto me lleva a querer saber cómo asumes la escritura de una novela: si en caso piensas antes en la estructura.

En general cuando comienzo una novela tengo una imagen un tanto borrosa, pero con un concepto muy claro de lo que va a ser (piensa que desde el inicio, en 1994, buena parte de mis obras publicadas hasta hoy estaban pensadas como un conjunto que se relacionara entre sí). Una novela suele iniciarse con una idea inmersa en una bruma que se va despejando a medida que avanzo. No hay nada improvisado porque enseguida monto una estructura en una pizarra de gran tamaño que tengo en mi estudio. Pondré un ejemplo: en Hormigas salvajes… sabía con anterioridad que quería tratar el encuentro de tres personajes (Blaya, Lucena y el coronel) que habían aparecido ya anteriormente en otras novelas pero que nadie hasta el momento relacionaba entre sí; sabía que a estas alturas estarían jubilados y que les llevaría a correr una aventura, y sabía que era una novela que cerraba un ciclo en mi obra, ya que aquí haría coincidir a Braudel, a McGregor (que también es el Ángel Ros de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, la novela que escribimos con Bolaño), y también a Albertine (que aunque perfectamente reconocible, aparece bajo distintos nombres o descripciones en otras novelas). En el fondo era un modo como otro de cerrar una época de los propios personajes a la vez que también es una novela que cierra un ciclo de novelas. El resto era bruma o nebulosa o como se le quiera llamar. Para que veas un poco como funciono, añadiré, aunque sea de un modo anecdótico, que lo primero que escribí de las Hormigas fueron unas páginas en las que Blaya iba al encuentro de Lucena en una playa de Rosas, y que allí le preguntaba a modo de saludo si conservaba el arma, porque tenían trabajo. Esa escena que en mi primera idea había de iniciar la novela, en la versión definitiva aparece hacia el final.

¿Y en cuanto al tono?

Sobre el tono, he de decir que para mí casi es lo más importante de una novela. Una buena historia puede fracasar por el tono. Es decir, si el autor no encuentra el tono que le corresponde precisamente a esa historia, fracasa. Y ya puestos, intento que cada novela tenga el suyo propio. Puedo ilustrar lo del tono que se corresponde a cada obra con un ejemplo. Si uno lee a Foster Wallace, pongamos por caso sus cuentos, verá que es capaz de hablar sobre cualquier cosa y de un modo que nunca desentona. Lo que hace es encontrar el lenguaje y el tono que encajan con el tema y la historia que va a plantearnos.

Siguiendo en el tono, exhibes una musicalidad que no asocio al estilo narrativo, sino a la poesía. La poesía es medular en tus comienzos como escritor. Como dicen, las (buenas) costumbres quedan.

Creo que esa musicalidad de la que hablas apareció de un modo natural en cuanto descubrí que se trataba de una novela que utilizaría –como ya he dicho antes– una voz interpuesta. Una cosa llevaba a la otra de un modo natural, no forzado. He de decirte que probé con otros tonos y estilos (eso suelo hacerlo en casi todas las novelas) y en el caso que nos ocupa siempre acababa regresando al inicial porque parecía el más apropiado para la ocasión.

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A. G. Porta

 

¿Te fastidia que se diga que los personajes de tus novelas aparecen entre ellas? En lo personal, es también un saludo a la coherencia narrativa, al universo que has venido construyendo, pero al mismo tiempo es como si se distrajera al lector del valor que cada una muestra. Por ejemplo, considero que esta es tu novela mayor.

Sinceramente no me importa que se hable de las conexiones entre mis novelas. Ahí están, existen y por lo tanto cualquiera puede hablar de ellas. En cierto sentido son anecdóticas, por eso personalmente no suelo darle mucha publicidad al asunto. Como cada obra funciona independientemente de las demás, nunca me he preocupado de ese detalle.

¿Y lo que te podría incomodar? Te lo pregunto porque percibo que eres una persona discreta.

Otra cosa es la incomodidad que suelo sentir cuando se habla de mí, aunque sea bien, de modo que he de reconocer que no me encuentro muy cómodo con cualquiera de las campañas que puedan hacerse para dar a conocer mis libros. Me ocurre también cuando yo mismo he de hablar de ellos, porque considero que cada lector ha de encontrar su propia visión de una obra y prescindir de la del autor. Ahora, es natural que la editorial busque fórmulas para dar a conocer los libros, y ese es un trabajo suyo en el que procuro no inmiscuirme. A mí, que a ese conjunto de títulos que cierran las Hormigas… lo hayan bautizado como el “Universo de A.G. Porta” me parece un tanto grandilocuente, si bien no supe ofrecerles otro y lo aprobé. Yo creo que lo mío es algo mucho más humilde que un universo, pero entiendo que lo hagan y que lo vendan así.

Hablamos, entonces, de un proyecto qua has sabido cuidar.

La idea de darle continuidad al Ángel Ros de los Consejos… viene de 1994 y ha sido con esta prolongación que han ido apareciendo buena parte de las novelas que he venido publicando a lo largo de estos años. Ya entonces en mis esquemas preveía obras como Concierto de un No Mundo y Braudel por Braudel. Luego se fueron añadiendo al carro El peso del aire, Singapur, Geografía del tiempo, Las dimensiones finitas y, como colofón para cerrar el ciclo, Hormigas salvajes y suicidas.

De los personajes que encontramos en la novela, presté atención al policía retirado Lucena, cuya configuración obedece a lazos con la de Thomas Pynchon, suerte de hippie perdido, desarraigado y deleznable.

Una vez decidido que el modo de enlazar esas obras que todavía no tenían ninguna conexión entre ellas sería a través de algunos de sus protagonistas, aunque no se tratara de los principales, y que el camino más sensato sería haciendo que fuesen viejos conocidos, lo que quería era mostrar tres tipos de personajes absolutamente distintos: un Blaya a merced de la vida, un coronel que parece manejar los hilos de la historia, y un Lucena que es un hombre de acción que piensa, como su querido Julio César, que puede cambiar o contribuir a cambiar el mundo. Lucena es uno de esos tipos que siendo horrorosos dan mucho juego porque no se detienen ante nada, a los que no les preocupan para nada sus propias contradicciones y arrollan con todo lo que se les pone por delante.

Entre las influencias que percibo, me fue difícil no pensar en una mezcla entre lo que suele llamarse narrativa popular (policial y espionaje), como también de aquella narrativa más aceptada como referencial. Asistimos a un diálogo de influencias que no marcan presencia, sino que discurren con naturalidad.

Sobre las influencias, confieso haber sido influenciado por todos y por todo cuanto he leído. De todos modos no logro verme reflejado en ninguno de los autores a los que sigo y amo. Supongo que un buen día después de muchos años de práctica de escritura encontré mi propia voz y aquí estoy. También he de confesar que la hallé así, sin más. De pronto había escrito un par de páginas que me parecieron buenas desde el principio. No quiero decir que después no las corrigiera mil veces, lo que quiero decir es que de pronto me di cuenta de que aquellas frases funcionaban en el tono y que todo era coherente entre sí sin intentar emular a nadie. Tal vez acababa de sobrepasar las 10.000 horas de vuelo o algo parecido. Sucede y no sabes por qué ha sucedido en ese momento y no en otro, y, además, es mejor no preguntárselo y seguir rellenando páginas sin mirar atrás.

Esto me lleva a una inquietud: ¿cómo es tu método de trabajo? Por el estilo y atmósfera, puedo especular de que eres un autor que (re)escribe mucho.

Sobre el método pretendo ser organizado. Escribo cada día un par de horas. A veces más y a veces menos. Voy construyendo la novela a partir de borradores que primero redacto a mano en cuadernos, y que luego transcribo al ordenador y reescribo multitud de veces a lo largo de los años. Por ejemplo, de estas Hormigas…, una novela cuya escritura se ha ido dilatando entre el verano de 2002 y el verano de 2014, conservo ocho versiones o borradores que fueron escritos y reescritos cada uno de ellos varias veces. Es un proceso que avanza meticulosamente entre escrituras y reescrituras a mano, en el ordenador y luego sobre papel, puesto que hay un momento en el que imprimo la novela y reviso la coherencia del conjunto, algo que también llevo a cabo línea a línea y frase a frase. También pretendo distinguir entre fases creativas y fases de corrección, de afinar estructuras o incluso resolver contradicciones, etcétera.

Entre las muchas versiones que llevas a cabo, no descuidas el ritmo.

Lo que dices sobre mi atención al ritmo, yo lo veo como una vigilancia extrema a no mezclar estilos y ser coherente con el que venga utilizando desde el inicio de la obra. Algo que también sirve con los modelos de escritura. De todos modos, incluso con tantas correcciones y revisiones siempre se escapan cosas. Un ejemplo de esto último me lo hizo ver mi editor Jaume Vallcorba al comentar el original que le mandé de El peso del aire. Fíjate que es una novela que aunque nada tenga que ver con el estilo de los Chandler o Hammett (puede que sea más Highsmith), lo que es seguro es que no guarda ningún parecido con Agatha Christie. Pues Vallcorba me hizo ver que, habiendo llevado mi obra de un modo digamos que más parecido a los primeros, hacia el final, Blaya resolvía el caso como si fuera un Hércules Poirot o una Miss Marple. No funcionaba, por más que cumpliera los requisitos policiacos. Así fue que lo cambié por un final más acorde con el resto de la obra.

Es cierto que nos hallamos ante un recuento, hasta podría pensarse que asistiríamos al detalle de una serie de peripecias, mas esa supuesta acción no cuaja, porque entra la que creo es la principal protagonista de la novela: la reflexión en la que se sustenta la dimensión humana, la exposición de fisuras emocionales y la puesta en bandeja de conceptos en los que se abordan tópicos barnizados por la esencia de la vida.

Existe una historia formal que sirve para vestir unos personajes que ya se hallan hacia el final de sus vidas y que se hacen preguntas (o que expresamente no se las hacen) sobre qué hacemos aquí en este mundo, sobre las incoherencias propias y las ajenas. En fin, sobre todas las cosas sin hallar una respuesta final que no sea la del destino. Un poco es eso de conciliar la conciencia individual con el mundo. Las cosas son como son y la participación de los protagonistas en los hechos es meramente superflua. Quiero decir que si ponemos la lupa en cada personaje aparece una vida en toda su amplitud y profundidad, cuyo drama es que en el fondo, por más que se empeñe, esa vida no puede hacer nada para cambiar lo esencial de la historia, ya que de cualquier modo va a ser arrollada por ella.

Hormigas-salvajes-y-suicidas-A.G.-Porta_cubierta-Editorial-Acantilado

Como te comenté hace un momento, el testimonio y la epístola son los sustentos estructurales de Hormigas salvajes y suicidas. Hablamos de registros que dan pie a la libertad para narrar y en ella puedo olfatear un posible sustento anímico de escritura, el registro escondido: el ensayo, que tan bien se acoplan a las reflexiones sobre la memoria, la muerte y el amor…

Cierto que tratándose de la historia final de alguien que en cualquier caso se siente al borde de la muerte (vaya a morir luchando o se quede en casa), daba pie a reflexionar sobre todos estos temas: cómo se le ha ido la vida entre las futilidades del día a día, etcétera. Creo que una cosa llevaba a la otra y desde mi punto de vista me hubiese sido muy difícil escribir la novela sin tener en cuenta todas esas preocupaciones que a la vez eran como de fin de ciclo, no sólo del personaje sino también del conjunto de novelas. Eso que han venido a llamar mi Universo.  

¿Qué piensas cuando se dice que eres un autor metaliterario? La novela lo es, pero es ajena al cronometrado listado de referencias y a la manipulación de la figura del escritor. Por ejemplo, Albertine, que es escritora pero que no encuentra el desfogue expresivo hasta que comienza a contar al coronel Resano sobre la operación homónima, que da título a la novela.

Es curioso que se me etiquetara como autor metaliterario en algún momento en el que yo ni siquiera sabía qué era un autor metaliterario, y menos que yo perteneciera a ese sustrato. No sé, lo único que me interesa de esto es que ya introduje esa clase de reflexión metaliteraria en el primer borrador de los Consejos… y que surgió de un modo natural dentro de mi literatura. Es mi forma de expresión sin intentar ir más allá. No me he planteado ser un autor de unas características determinadas. Si el resultado puede asociarse a algo, pues bueno, qué se le va a hacer.

Aquí veo una metáfora: Albertine recién se siente escritora al escribir su “informe”, que como tal no lo es, puesto que carece de la mirada objetiva que signan precisamente a los informes.

Lo de Albertine viene de lejos, porque se trata de un personaje que aparece en Concierto del No Mundo (ahí quiere dejar de ser pianista para dedicarse a la escritura) y luego de algún modo también aparece en Geografía del tiempo y en Braudel por Braudel y, ya de manera mucho más explícita, en Las dimensiones finitas. Para mí era natural que fuera a través de ella que se redactara la novela-informe que – tratándose de un informe a un muerto–, podía adoptar las características que ella deseara.

Ante todo esta es una novela sobre el pasado, una suerte de ejercicio de memoria y en tal trance se da cabida a la especulación de hechos, de lo que pudo ser y no fue.

Yo creo que en la idea inicial –esa nebulosa en la que digo que al principio se sustenta la obra– ya existe ese tono de final de ciclo. Luego, en la pizarra anoto hechos más concretos, como en qué momento va a cruzarse la vida de Blaya con el coronel o con Lucena, cómo va a suceder eso; cuándo aparecerán las putas rusas por allí en medio y qué va a suceder con ellas; cuándo le van a diagnosticar cáncer; qué impacto va a tener esto o aquello en el lector si aparece antes o después, esa clase de cosas anoto en la pizarra junto con la estructura de las partes y cómo han de ser, si cartas, correos electrónicos y también qué descubrimos de diferente en cada una de esas partes, puesto que cada uno de los personajes vive la historia de un modo distinto. En cambio, el latido del corazón de Blaya lo voy escribiendo a medida que avanza la novela porque él va evolucionando con ella hasta que se le acaba la cuerda. A veces los personajes corren solos y te llevan de la mano. Es un tópico, pero lo cierto es que es así. Al menos en mi caso me resultaría imposible tener esto escrito de antemano en la pizarra.

Imágenes del autor: destacada, aquí; de post, aquí.

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Un pensamiento en “A. G. Porta: “Nunca he renunciado a la libertad de escribir lo que quiera”

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