opinión

Ribeyro cercano

56d8f-000311532w

JRR

Más de uno se pregunta en qué radica la vigencia de Julio Ramón Ribeyro. Esta inquietud se hizo presente la noche del pasado viernes 7 en el auditorio de Petroperú, en donde se le rindió homenaje. Al acto asistieron más de trescientas personas que desde muy temprano se dieron cita en la institución estatal.

Quien escribe participó en el homenaje y me resultó imposible ocultar el pánico escénico ante una multitud compuesta por jóvenes, en cuyos rostros divisábamos ansiedad admirativa, del mismo modo el conocimiento por la obra de Ribeyro. Sin embargo, lo que se notó más fue el cariño que se le tiene, cosa que no debe extrañar, puesto que desde hace buen rato JRR dejó de ser únicamente excepcional experiencia literaria, convertido ahora en sensibilidad colectiva: en suerte de amigo cercano que nos acompaña y de quien queremos saber más, no importa cuántas veces se nos diga lo mismo que ya sabemos, siempre hay un detalle a descubrir de él.

*

Nuestro acercamiento a Ribeyro comienza en la etapa escolar. Al respeto guardamos cuentos que a la fecha nos resultan memorables, como tinta indeleble en la memoria. Pensemos en “Silvio en el rosedal”, “Alienación” y “Solo para fumadores”, que nos permiten tener una noción de la génesis de nuestra adicción por su poética, que la mayoría ubicamos principalmente en la tersura de su prosa, que asociaríamos a la claridad y linealidad decimonónica desprovista de peso.

*

A diferencia de otras plumas, JRR suscita cercanía, proyectándonos una familiaridad que no depende de la experiencia literaria. Nos hace creer que lo contado también puede ser contado por nosotros mismos y he aquí la diferencia hechizante: Ribeyro no nos contagia las ganas de escribir, solo nos impele a seguir leyéndolo hasta agotarlo.

En lo personal, y reconociendo la importancia de Ribeyro como uno de los más estupendos cuentistas latinoamericanos del siglo XX, nunca he sintonizado con lo que obtuvo en las distancias cortas. Bien sabemos que gustar no es lo mismo que reconocimiento literario. Te pueden llamar la atención poemas, novelas y cuentos, incluso puedes aprender de ellos, pero eso no quiere decir que sientas conexión.

Ahora, el Ribeyro que siempre me ha gustado es aquel que transita por lo terruños del extrañamiento. En este sentido, las (re)lecturas de Dichos de Luder, Prosas apátridas y el monumental libro La tentación del fracaso refuerzan en cada vuelta esta impresión.

Cuando a los diecinueve año leí lo tomos de su diario, en una jornada maratónica que comenzó a las diez de la mañana y que acabó a las siete de la noche, en la sala Jorge Basadre de la Biblioteca Nacional ubicaba en aquel entonces en la Av. Abancay, supe que debía abordar a Ribeyro de otra manera. Me refiero pues a un cambio de actitud hacia su proyecto, no para quebrar mis criterios emocionales, sino para saber qué es lo que alimentaba a una poética que en su aparente brevedad había sabido ser copiosa. (No perdamos del radar sus ensayos, artículos, prólogos, ni su teatro.)

*

Mediante los diarios somos partícipes de lo que para mí es el verdadero insumo que nutre absolutamente toda su obra: el temperamento.

No me interesa saber las circunstancias biográficas en las que tuvo que escribir, no tienen importancia ante la evidencia de lo que nos heredó.

Este temperamento es lo que condujo la tonalidad y el ritmo en los registros que exploró. El arsenal de este temperamento lo vemos precisamente en La tentación del fracaso.

*

A la fecha, habría que definir lo que son estos diarios. Nos enfrentamos a un proyecto que no se identifica en la continuidad, por el contrario, es la intermitencia de su proceso lo que define a este. No hay que escarbar en especulaciones, el acercamiento de Ribeyro a estos diarios estaba pautado por el estado de ánimo.

Más que un proyecto de diario, LTF es un recuento selectivo de impresiones. Si Ribeyro escribía toda vez que le daba la gana, estos diarios son la mejor prueba de ello. No hay una constancia como sí lo podemos ver en otros diaristas más consagrados al género (recordemos a Amiel y en estos tiempos a Trapiello, por ejemplo).

*

Si nos detenemos en las entradas de los diarios, seremos involuntarios actores de una inmediatez de escritura que se nutre de un estado larvario e impresionista.

Ribeyro pensaba lo que iba a escribir, pero lo que hacía más era sentir.

En esta levedad entre concepto y código, que nos recuerda a los aforismos de Lichtenberg, yace el puente de contacto entre Ribeyro y los lectores.

No nos hagamos problemas, no nos prestemos a la jugarreta del ilustrado caletismo discursivo. Ribeyro detestaba el oscuro pensamiento impostado. A esta epifanía en la escritura, la llamamos naturalidad.

*

Minutos antes de subir al escenario, se emitieron dos reportajes sobre JRR. Ambos preparados por la televisión de señal abierta, inubicables en los bosques de Youtube. En el segundo de ellos, en donde el periodista Eloy Jáuregui conversa con nuestro autor, hallaremos la piedra angular de esta actitud con la escritura: Ribeyro declaró que a él solo le importaba escribir y que publicar no es lo que está en sus planes, puesto que no es un hecho que le quite el sueño. En otras palabras: Ribeyro no se la creía cuando escribía.

*

Un breve repaso por los registros que exploró, nos brindará una certeza sobre el estado de su escritura, incluso en el ensayismo y el articulismo: despreocupación por escribir. No entendamos lo dicho como defecto, sino como virtud y postura no solo con la vida, también hacia el ejercicio literario. Esta despreocupación por (des)agradar es lo que termina cociendo la sustancia de su libertad como escritor que solo escribía cuando le apetecía. Esa es una de las razones por las que asumimos LTF como una de las mayores expresiones discursivas que escapan a las pautas del diario, nomenclatura que sirvió para encorsetar, nada más.

*

En tiempos en los que cunde la desesperación por publicar, en los que pipiolos y canosos escritores están más atentos a las frivolidades de la atención inmediata, sería saludable (profiláctico) regresar a JRR, no para apreciarlo como el gran autor que es, que a estas alturas ya huele a despropósito, sino para redescubrir la médula de la justificación de la palabra en acción, no como acto revelador, sino como fin estético con el poder conectar, ya sea con el lector… o contigo mismo.

G. Ruiz Ortega

… 

Imágenes: destacada, de aquí; post, de aquí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s