obituarios/opinión/recomendaciones

Sergio Pitol: lector protagonista

SergioPitol-750x430

Supongo que más de uno venía preparándose para este momento. Desde hacía un tiempo los lectores del escritor mexicano Sergio Pitol sabíamos que había optado por el aislamiento en Xalapa, lejos de sus amigos, a la espera de la muerte. Sin embargo, una cosa es prepararse y otra es ser testigo de la inevitable presencia de la realidad, la ausencia definitiva del hombre a quien se llegó a querer gracias a sus libros.

Como yo, no somos pocos los que no llegamos a conocer en persona a Pitol. No tuvimos la suerte que otros sí, pero compartimos con ellos el afecto, cariño y admiración dejó por medio de una obra visible y otra que no. La vista, sea en ficción y en ensayo; la escondida, su labor como traductor de autores centroeuropeos, principalmente.

En esta segunda faceta, considero que a Pitol le debemos más de lo que podríamos suponer. Ahora la atención está puesta en su dimensión narrativa y ensayística, y vamos a tener que esperar un tiempo para darnos cuenta de lo mucho que nos ha entregado como traductor. Gracias a sus traducciones pudimos acceder a un magisterio, una suerte de amable formación que nos permitió conocer a autores polacos (Brandys, Andrzejewsky), ingleses (Firbank, Ackerley) húngaros (Dery), italianos (Berto, Malerba, Vittorini)  y rusos (Pilniak), es decir, nos llevó a una tradición paralela a la ya conocida y asumida en el imaginario como clásicos. Si una cualidad podemos destacar de estas traducciones, es que reflejan una amabilidad y sensibilidad con el lector. Cuando Pitol traducía, éramos partícipes de su mérito: no se percibía su impronta, simplemente nos sumergíamos en la experiencia del estilo y asunto del autor abordado. Esta apuesta por la transparencia o, en todo caso, por la mimetización con la voz ajena, nos brindó una de las señas que lo identificaron como escritor y, seguramente, también como persona.

Pitol fue un extraordinario escritor. Pero me quedo con el Pitol ensayista y memorialista. Antes de leerlo en este terruño ajeno a la ficción, confieso que no me sentí conectado con su poética creativa. Había una barrera, especie de cortina gris que impedía que me gustara su ficción, lo que no quería decir que esta fuera deficiente. Sencillamente, no había radiación. Bien lo señaló Ribeyro cuando aseveraba que hay autores a los que debemos leer en su momento. En este sentido, reservo mi reencuentro con el Pitol de ficción para las próximas semanas, seguramente la experiencia de vida me tendrá listo para esa dosis que muchas plumas consagradas no han dudado en celebrar en estas últimas horas.

Mi experiencia con el mexicano cambió radicalmente cuando en noviembre de 2004 me regalaron por mi cumpleaños El viaje. Gracias a esta publicación se cimentó, a saber, mi interés por el diario, pero no aquel dependiente del recuento, sino el fundamentado en la frontera entre la memoria y la emoción que generan los libros leídos y que marcaron no solo el gusto, también la manera en que se asume la vida. Me quedó claro que Pitol era de las personas que decidieron ver la vida por medio de sus escritores predilectos. No llevo la cuenta de las veces que he releído este título, mas esta serie de relecturas me sirvió como preparación. Me explico: cuando el lector queda sorprendido tras una lectura, se guarece de posibles decepciones para lo que lea del autor más adelante. Con estos cuidados, fui tras la búsqueda de sus ensayos y memorias, y en este periplo recibí genuinos ladrillazos en la cabeza, como aquel que me hizo sangrar más: El arte de la fuga, que sin duda alguna posiciono entre los textos capaces de reconfigurar la visión de la vida a cualquiera. Nos enfrentamos aquí a un Pitol en total estado de gracia, hablando de sí mismo para hablar de sus amigos y de su relación con la lectura, transmitiendo con naturalidad, sin necesidad de efectismos; un Pitol mimetizado consigo mismo, a galaxias de quienes escriben y hablan de libros para mostrar una inútil superioridad que los delata como inevitables lectores sin voz.

Líneas atrás dejé un rastro sobre su oficio de traductor y su condición de ser humano. Tanto El viaje y El arte de la fuga me dejaron la certeza de que estábamos ante una persona generosa, un hombre que sabe que es un grande de las letras hispanoamericanas pero al que no le interesa imponerse como tal con la anécdota imbécil y el disfuerzo histriónico. Pitol compartía conocimiento y el lector abandonaba sus páginas con la única intención de leer de todo lo que él había leído. Pero faltaba más: la experiencia con su escritura creció con El mago de Viena, toda una bestialidad que a uno lo hizo cambiar de condición, transitando de fanático a hincha dispuesto a defenderlo de quienes no compartían entusiasmo con esta propuesta alimentada de transgresión genérica.

Fíjate: “Yo adoro a los excéntricos. Los he detectado desde la adolescencia y desde entonces son mis compañeros. Hay algunas literaturas en donde abundan: la rusa, la irlandesa, la polaca, también la hispanoamericana. En sus novelas todos los protagonistas son excéntricos como lo son sus autores. Laurence Sterne, William Beckford, Jonathan Swift, Nicolai Gogol, Tomasso Landolfi, Carlos Emilio Gadda, Witold Gombrowicz, Bruno Schulz, Stanislaw Witkiewicz, Franz Kafka, Ronald Firbank, Samuel Beckett, Ramón del Valle-Inclán, Virgilio Piñera, Thomas Bernhard, Augusto Monterroso, Flann O´Brien, Raymond Roussel, Marcel Schwob, Mario Bellatin, César Aira, Enrique Vila-Matas son excéntricos ejemplares, como todos y cada uno de los personajes que habitan sus libros, y por ende las historias son diferentes de los demás”.

Párrafos como este encontramos en las páginas que cierran el proyecto Trilogía de la memoria. Nos hallamos ante la sencillez de un Pitol que admira, además, el lector no tarda en sentirse identificado con esta admiración que calificamos de genuina debido a la cercanía y coherencia con su condición de lector. Ya se ha destacado la sugerencia diáfana de su prosa y de la constante búsqueda en la misma en el mestizaje de registros, pero también es momento de prestar atención a su protagonismo como lector, en donde situaciones como el tomar una taza de café, el anote en una libretita y el subrayado al margen se visten de revelación y perdurabilidad. Esta trilogía no solo deja herencia (si algo nos queda claro es que se convertirá en un libro de cabecera), sino también una actitud celebratoria que no tendría que contaminarse con puerilidades: leer, solo eso.

G. Ruiz Ortega

Anuncios

2 pensamientos en “Sergio Pitol: lector protagonista

  1. Pingback: Sergio Pitol, homenajeado en México > Poemas del Alma

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s