recomendaciones/Rescate

Ribeyro ataca de nuevo

Que Julio Ramón Ribeyro es el cuentista más importante del Perú es un hecho que no requiere ninguna demostración. Sin embargo, la semana pasada, la multitud que acudió a la presentación del cuarto tomo de La palabra del mudo no hizo sino reafirmar la inmensa popularidad del autor de estos entrañables relatos que son el fruto de 40 años de febril trabajo creador. “Quienes me conocen, saben que soy un hombre parco”, dice Ribeyro. “El mundo, en consecuencia, además de los personajes marginales de mis cuentos, soy yo mismo”.

Por: Guillermo Niño de Guzmán

Parece el título de una serial, pero lo cierto es que Julio Ramón Ribeyro vuelve al ataque. Después de quince años ha decidido entregarnos un nuevo volumen de La palabra del mudo (Milla Batres, Lima, 1992), rubro bajo el cual se agrupa la obra cuentística de uno de los mayores narradores latinoamericanos.

El año pasado este cronista tuvo la suerte de compartir varios momentos con el escritor en París, ciudad en la que el autor de Los gallinazos sin plumas reside hace cuarenta años. No es fácil intimar con Ribeyro, como muchos lectores suyos pueden suponer. Hay en él una reserva natural que impide establecer una comunicación directa con un creador que, sin embargo, ha logrado descubrirse en sus cuentos como ningún otro narrador peruano ha podido hacer.

No se trata de una pose, empero. Ribeyro es quizá el escritor peruano más sencillo y auténtico. Existe en él una actitud tan humana que puede sorprender a cualquiera. Ribeyro, ciertamente, es un anacoreta, como él mismo lo ha afirmado, pero su compromiso vital es mucho más fuerte de lo que uno podría sospechar.

En realidad Julio Ramón Ribeyro ha cumplido con creces su sueño de ser un aventurero. Si uno sigue su itinerario vital (el cual se podría apreciar con la lectura de sus diarios íntimos, de inminente publicación) se encontrará con un hombre que, a pesar suyo, vive intensamente, afrontando la experiencia de cada día como si fuera el último de su vida.

¿Por qué Ribeyro nos logra cautivar de tal manera? Es difícil contestar esta pregunta y probablemente él tampoco tenga una respuesta convincente. Me animo a suponer que su manera de asumir la vida cotidiana, tan libre de condicionamientos y presiones, lo presenta como un hombre sencillo y vulnerable, con el cual sus lectores pueden conseguir una rápida identificación.

57ed8e56a8f59

Julio Ramón Ribeyro

No obstante, no se crea que su camino ha sido fácil. A sus 62 años, Ribeyro duda más que nadie. Su honestidad como artista es tal que no le permite gozar de esa posición privilegiada que ha alcanzado. “Yo siempre estoy insatisfecho”, nos dice, sin el menor asomo de falsa modestia. “Si hago una mirada retrospectiva, noto que he llevado una vida de aventura haciendo diversos trabajos, viviendo a salto de mata, cambiando constantemente de residencia, asumiendo una existencia al azar sin un derrotero previamente trazado”.

De cualquier modo, uno no puede evitar contrastar la imagen del éxito que hoy lo acompaña con la de aquel joven escritor que abandonó su carrera de abogacía y optó por el camino solitario del artista en un medio tan alejado y hostil como el continente europeo. Obviamente, Ribeyro nunca sospechó su actual situación y hasta ahora no se siente cómodo en cuanto al reconocimiento. “Para mí”, afirma, “la fama es irreparable como diría Pavese. Uno es varias personas a la vez. Una parte de mí se siente halagada por esas manifestaciones tan cálidas de los lectores, pero otra parte de mí rechaza eso pues atenta contra una tendencia tan arraigada en mí como es la de pasar desapercibido. Esa fama me parece tan exagerada como inmerecida”.

Los críticos han insistido en que la obra ribeyriana se caracteriza por la visión del fracaso. “Sin embargo”, opina él, muchos no se han dado cuenta de que el humor también está presente. Todos mis personajes sufren chascos, en especial en este último libro, chascos que, curiosamente, contribuyen a atenuar el elemento trágico y aportan un tinte humorístico e incluso ameno”.

El cuarto volumen de su obra cuentística reúne dos colecciones. La más reciente, incluida bajo el título de Relatos santacrucinos aborda la época de su infancia. Evidentemente, sólo un viejo maestro, con un oficio tan espléndido y una actitud tan sensible puede permitirse volver sobre aquel periodo de su vida y recrearlo en el ámbito de la ficción, forzando las convenciones del género.

No se trata de una simple mirada nostálgica, pues la evocación (salvo en el caso de “Los otros”, un cuento entrañable sobre los amigos cuya vida fue segada por la muerte prematuramente) tiene un cariz dichoso. El narrador ofrece un panorama de la vida ideal de un niño en el barrio de Santa Cruz, ajeno todavía a los avatares de la madurez. Y, justamente en el relato que abre el volumen, “Mayo, 1940”, Ribeyro logra suscitar en nosotros esa conmoción que significó el terremoto que asoló ese año la ciudad, más aún por la transformación que significó en su trayectoria humana, es decir, la marca que separaba el paso de la adolescencia a de la madurez.

La segunda colección inserta en el libro, Sólo para fumadores, pone énfasis en una actitud reflexiva. El autor, en el relato que da título a esta serie, hace un alarde de suficiencia técnica al enhebrar un relato que combina admirablemente la narración ficticia con el testimonio personal. No cabe duda que esta obra puede considerarse como una de las cimas del arte ribeyriano, no sólo por su aparente sencillez sino por una eficacia que delata a un viejo maestro fogueado en el oficio de narrar. Creo que, sin temor a parecer exagerado, Ribeyro labra un retrato del adicto al tabaco tan intenso como el de Italo Svevo en La conciencia de Zeno.

Asimismo, el autor de Crónica de San Gabriel se arriesga a introducir al escritor como personaje en la ficción. “Los escritores tienen una especie de pudor”, reconoce él, “que les impide recrearlos en sus relatos. Pero, ¿por qué no hacerlo? Henry James, por ejemplo, cuenta varias peripecias de escritores”. En este sentido, Ribeyro supera el reto al describir los padecimientos del joven creador de “Ausente por tiempo indefinido” que decide aislarse del mundo para poder dedicarse a la literatura. Lo curioso es el desenlace, pues el protagonista se da cuenta que su aislamiento de la realidad es más bien perjudicial. “Si bien se necesita la soledad para escribir”, dice Ribeyro, “también se requiere una confrontación directa con la cotidianidad. Cuando está instalado en su sistema de vida rutinario y no se busca nuevas experiencias, la existencia pierde interés e intensidad y, a su vez, la obra literaria también”.

3794900632

En suma, quizá todo ello esté concentrado en “La casa en la playa”, el relato más ambicioso del volumen, el cual refleja una añoranza por la vida primitiva para quien ha vivido sumergido en el mundo cosmopolita de la gran metrópoli europea, así como un emotivo homenaje a la costa peruana y la belleza enigmática de su paisaje desértico. El chasco está presente, esa frustración tan presente en la obra de Ribeyro, pero también el poder de la utopía. Aunque los personajes fracasan en su intento por hallar la playa para fijar su residencia soñada, al final uno de ellos afirma tajantemente que “si no encontramos la playa desierta, nuestra casa sólo existiría en nuestra imaginación. Y por ello mismo será indestructible”.

No podía haber conclusión más lúcida y definitiva. De igual modo, la obra de Julio Ramón Ribeyro se yergue ante nuestros ojos como una construcción tan sólida como contundente, maravillosamente indestructible. En medio del estremecimiento de un país que se deshace, sus cuentos adquieren una rara trascendencia, aquella que sólo atañe a unas piezas de ficción que resultan más reales e invictas que la vida misma.

Mala época ha elegido el escritor para instalarse en Lima al cabo de cuatro décadas de ausencia. Sin embargo, desde su mirador barranquino otea la bahía con cierta esperanza, él, que siempre se caracterizó por su escepticismo. Por ello no es inusitado encontrarlo paseando en su bicicleta por entre las brumas nostálgicas del balneario. Desde luego, ya no es la ciudad de otrora, un cataclismo peor que el del ´40 remece sus cimientos. Ribeyro lo sabe y no vacila en salir al frente. Estoico, fiel a su código, soporta sus embates como un viejo veterano boxeador que vuelve a subir al ring para afrontar la última gran pelea.

Publicado en Caretas / 1212 / 25 de mayo de 1992.

Imagen destacada, tomada de aquí.

Anuncios

Un pensamiento en “Ribeyro ataca de nuevo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s