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Cormac McCarthy, la epopeya de la negación

Por: Joe Iljimae

 

En el siglo XIV, el rey Roberto I de Escocia obsequió a Irlanda un valiosísimo fragmento de la Piedra de Scone[1] en muestra de su agradecimiento por la colaboración bélica de los irlandeses en la Batalla de Bannockburn. Este trozo de roca fue puesto bajo el cuidado del rey Cormac McCarthy, señor absoluto de las tierras de Blarney, en el viejo condado de Corck. Al principio, McCarthy descuidó la protección de la piedra y dejó que hasta los niños jugueteasen con ella en las caballerizas o en los lujuriosos prados de su reino. Según algunos documentos de la época, el rey de Blarney creía ver en aquel fragmento de roca la banalidad de su patria y la simpleza de las victorias en la guerra. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para que reconsiderase sus ideas y mandase a construir un poderoso castillo a fin de preservar aquella piedra de origen místico, pues un día mientras vagaba por sus tierras se dio con la sorpresa de que los hombres o mujeres que besaban la roca obtenían inmediatamente “el don de la elocuencia”. Sí, era casi para no creerlo. Aquellas gentes antes limitadas y anodinas eran ahora paladines de la creación verbal y del idioma. En vista de ello, el rey Cormac McCarthy decidió proteger la “Piedra de la elocuencia” porque supo, de parte de sus sabios y alquimistas, que solo el lenguaje podía salvar a toda una nación.   

Cinco siglos más tarde, un solitario y vagabundo norteamericano llamado Charles McCarthy cambiaría su primer nombre por su equivalente gaélico “Cormac”, contaminándose así con la leyenda del rey de la “Piedra de la elocuencia”, aquel hombre que otorgó a su pueblo la protección de las fuerzas tutelares del poder de la palabra.        

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Antes de ser Cormac, el huidizo Charles McCarthy había roto con su familia y malvivía ejerciendo trabajitos que en lugar de rescatarlo lo iban convirtiendo poco a poco en un paria y en un hombre completamente desarraigado. Entonces ya había desertado de la Universidad de Tennessee para enrolarse en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en Alaska. Cuatro años después retornó a Knoxville y se dedicó a viajar en una camioneta destartalada, a buscar problemas en los bares y a pasar el rato leyendo a Faulkner en moteles de mala muerte. No tardó mucho en comprender que él también quería hacer cosas excepcionales como ¡Absalom, Absalom! y dedicar así el resto de su vida a un oficio tan solitario como lleno de elocuencia: la literatura. Desde entonces, Charles sería Cormac, Cormac McCarthy, aquel genio norteamericano que ha sabido llevar el lenguaje a niveles épicos mediante obras maestras como Meridiano de sangre o Suttree.

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Considerado hoy en día como uno de los mayores escritores de mitad del siglo XX, McCarthy ha logrado mantener viva aquella leyenda que pesa sobre su nombre desde tiempos medievales. Elocuencia, desmesura verbal, violencia del lenguaje, exploración idiomática. Todo esto representa la poética de Cormac McCarthy, la cual se alimenta de una larga genealogía verbal forjada por autores como James Joyce, William Faulkner, Rabelais, Melville y Homero. De hecho, las mejores novelas de McCarthy son una absorbente continuación de aquellas ficciones de lenguaje truculento y barroco que  agotan sus propios límites. Y es que, precisamente, en la literatura del autor de Todos los hermosos caballos la elocuencia o –todavía más– la grandilocuencia, es un componente necesario para sostener el universo muchas veces macabro de sus historias, pues en ellas no solo basta la exposición de la crueldad y de las perversiones, sino también el empleo de un lenguaje tensionado y deliberadamente arcaico que violente su atmósfera en consonancia con la anécdota.

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Cormac McCarthy

A saber, por la cantidad de homicidios, peleas, ensañamientos, incestos, violaciones o infanticidios que se describen con escalofriante minuciosidad y que rondan la mayoría de sus libros, podríamos decir que el leitmotiv de Cormac McCarthy es la disección de la violencia en su más vasta expresión. Pero también, como sostiene el escritor Ignacio Martínez de Pisón, es la búsqueda de “la pureza pretérita del hombre libre en contacto con la naturaleza”. Dicho de otro modo, es la esencia primitiva del ser humano frente a su conducta racional. Sí, aquel lado bárbaro y bestial que a veces se libera a todo freno y transforma al hombre en un animal hambriento de violencia y destrucción. Estas señales de identidad han estado claras desde sus novelas iniciáticas como El guardián del vergel y La oscuridad exterior. En ambas ya se puede apreciar los gérmenes que dominarían en adelante gran parte de su territorio literario.       

El crítico y teórico estadounidense Harold Bloom ha dicho en su ensayo Cómo leer y por qué que perseverar en los libros de McCarthy es “un logro imaginativo canónico”, pues nos lleva a comprender la “sangrienta tragedia universal”. Nunca nada más exacto. Quizá a partir de esta impresión Bloom anteponga Meridiano de sangre a todas las novelas escritas a partir de la mitad del siglo XX en Estados Unidos. Él dice: “Me parece la auténtica ficción apocalíptica norteamericana, más relevante aún en el 2000 que hace quince años. El libro refuerza el cumplido renombre de Moby Dick y Mientras agonizo, ya que Cormac McCarthy es un digno discípulo de Melville y Faulkner. Arriesgo que ningún otro novelista norteamericano vivo, ni siquiera Thomas Pynchon, nos ha dado un libro tan fuerte y memorable como Meridiano de sangre –tanto como yo aprecio Submundo de Don Delillo, Zuckerman encadenado, El teatro de Sabbath y Pastoral americana de Philip Roth y El arco iris de la gravedad y Mason & Dixon de Pynchon. Tampoco la reciente trilogía de la frontera del propio McCarthy –que comienza con la soberbia Todas los hermosos caballos– ha igualado a Meridiano de sangre, insuperable culminación del western en el mundo”.

Así pues, violencia y lenguaje son dos palabras que configuran la poética McCarthy y que, bajo su férula, se traducen también como muerte (por violencia) y vida (por lenguaje), cuestiones que permean toda esta obra vesánica y llena de anarquía efervescente. En consecuencia, acercarse al tremendismo lírico de McCarthy es firmar sentencia para ser decapitado por aquella luciferina tradición de escritores que han sido condenados por el “don de la elocuencia” o, mejor aún, por el don de la espiritualidad verbal.

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Cuando David Foster Wallace leyó Suttre por primera vez, soltó un grito de admiración y dijo que era una de las mejores cosas que había leído en su vida desde el Ulysses de James Joyce. Según su biógrafo D.T. Max, Wallace descubrió bastante tarde a McCarthy, cuando daba clases de Escritura Creativa en Amherst. “Es un poco como Faulkner de ácido”, escribió de inmediato, “pero igual de barroco que el mejor Melville”. Para el autor de La broma infinita, el “retrato descarnado del alcohólico en Suttree era enormemente más interesante que el del Cónsul de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry[2]”. Lo que más le gustó de Cormac McCarthy fue aquel “inglés antiguo, tan mío y tan tuyo, que sale de una manera absolutamente bella y sin educación y sin gracia”. Con todo, fue tan grande el impacto que Suttree originó en su memoria, que Wallace pensó hasta en producir una película del libro. Además, como hacía con todas las novelas que le gustaban, dibujó bobadas en la carátula, llenó de marginalia las páginas y le puso lentes, colmillos y bigotes a la foto del autor. En una de sus tantas entrevistas dijo acerca de Suttree: “Se trata de cuatrocientas páginas de la prosa lapidaria más densa que puedas imaginar sobre personajes que están al nivel de los idiotas funcionales y que están siempre bebiendo intestinos podridos”.

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Sea como fuere, sabemos por su biografía que al niño prodigio de Ithaca le encantaban  las novelas líricas realistas como Heredarás la tierra de Jame Smiley, Atando cabos, de E. Annie Proulx, El día de la independencia de Richard Ford o Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, pues él pensaba que “ninguna época está libre de su trasfondo de introspección lírica y de angustia existencial”. De ahí que Suttree se convirtiera en su biblia o su santo relicario, ya que al igual que McCarthy, para Wallace la verdadera religión se encontraba única y exclusivamente en el lenguaje.

Pero ¿por qué mencionar la conmoción de David Foster Wallace frente a los libros de McCarthy? Bueno, quizá porque este fue uno de los grandes genios contemporáneos de Norteamérica que supo captar y aprovechar como pocos la novelística de su propia tradición. Pues fuera de toda su estridencia e histrionismo, Wallace contaba con un don especial para proveerse de una suerte de detector de joyas literarias que, al final, rescataba de los escondrijos de las bibliotecas en las que se atrincheraba a leer. Una de estas grandes joyas rescatadas fue, para gracia suya, Suttree.

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Publicada en 1979, Suttree es la cuarta novela de Cormac McCarthy. La aparición de este libro le consiguió en 1981 una Beca MacArthur, premio que se otorga a ciudadanos estadounidenses que “demuestran méritos excepcionales y que prometen un continuo y mejorado trabajo creativo”. Con el dinero de la beca, McCarthy pudo irse a México para realizar la investigación que le suponía la escritura de su próxima ficción, Meridiano de sangre.

Compuesta en el transcurso de dos décadas, Suttree es quizá la novela más voluminosa y extendida de McCarthy, la cual resplandece por su estilo y su descripción alucinada a lo largo de poco más de seiscientas páginas. La revista The New Yorker la comparó con el Finnegans Wake por “su gramática intensa, su circularidad y su aire carnavalesco”. Al parecer, en ninguno de sus otros libros Cormac McCarthy tuvo tanta intención de concentrarse en el estilo como sí lo hizo con Suttree. Aquí la anécdota (que es bastante difusa y “mediocre”) se convierte en puro pretexto para filtrar un torrente lingüístico en las páginas del libro. McCarthy goza jugando con la desproporción gramatical, con la hinchazón verbal, además tiene momentos en los que olvida la historia del borracho Cornelius Suttree para lanzarse de lleno a la acumulación atropellada de palabras que inundan y ceban el texto.

La novela narra la historia de Cornelius Suttree, un hombre parco y rectilíneo que repentinamente (y casi sin razón) abandona su vida de lujos para irse a vagar por los alrededores del río Tennesse. En este proceso rompe con su familia y, para sobrevivir en aquel inframundo en el que voluntariamente ha caído, se convierte en un pescador de siluro. Poco a poco comienza a mantener contacto con hampones, prostitutas, drogadictos, alcohólicos, violadores y con toda una fauna humana que ronda y malvive por el río. A orillas de esa marginalidad, Suttree levanta una casa flotante. Luego, junto al ladronzuelo Harrogate (Rata de ciudad) se pierde entre diferentes escenarios en los que la miseria y la aniquilación del hombre campean a sus anchas. Así, la decadencia más brutal del ser humano se convierte en el prisma por el cual se mueve esta gran ficción norteamericana.

A saber por palabras del autor, Suttree es un doliente vaciamiento autobiográfico que fue escribiendo por retazos desde que tenía veintiséis años. Aquel “gregarismo solitario” del protagonista y su ruptura definitiva con su familia, sociedad y pasado, nos recuerdan un poco a la biografía del autor antes de cambiar su primer nombre por el de Cormac. De igual modo, el vicio del alcohol, el tráfico de basura, la vida trashumante, la convivencia con prostitutas y la adherencia al mundo del hampa, todas descritas en las páginas de Suttree fueron reinos por los que McCarthy transitó para poder sobrevivir.

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Como ya sabemos, en una novela cualquier tipo de realidad se transmuta en ficción pura y, en el proceso, se emancipa de toda dependencia de sus fuentes, estableciendo leyes y parámetros que eliminan cualquier cercanía con la realidad real. En este sentido, McCarthy hace, deshace e inventa aprovechándose de su propia biografía mudada a la ficción.

Por otro lado, mucho se le ha criticado al autor de No es país para viejos su vicio por la descripción y el hacinamiento de palabras. Pero precisamente estos “vicios” cumplen una función esencial en su obra, ya que su intervención se manifiesta como parte indispensable de la técnica literaria, librándose así de ser un mero adorno retórico. Las inmensas descripciones del contexto o de las acciones más morosas sirven para pincelar los estados anímicos de los personajes sin necesidad de que sus universos psicológicos se sumerjan en una exploración interna o efectista.

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Cormac McCarthy ha construido con Suttree una vibrante epopeya de la negación. No es por nada, pero todos los personajes que pueblan el libro siempre están negándose a sí mismos o negando cualquier normativa entronizada por la sociedad. Son transgresores y rebeldes, pero, sobre todo, hombres libres que predican (silenciosamente) el arte de la evasión. Jamás se quedan en un solo sitio y, por eso mismo, siempre están perdiéndose en la inmensidad de la ciudad. Son individuos que operan y triunfan a espaldas de la ley, prestos para agredir o fugar a la primera ocasión que les convenga. Esta mitología humana destaca por su marginalidad, escepticismo y ferocidad. Son, en suma, encarnizados personajes que solo buscan sobrevivir el día a día. The New Yorker ha utilizado la frase “aventura heurística diaria” para describir las vidas de los seres creados por McCarthy y hasta ahora no he descubierto algo mejor para expresar lo que sucede con los protagonistas de Suttree.

Esta ficción podría traducirse entonces como la credencial del vagabundo, como el escudo patrio del desarraigado y del errante, como el símbolo definitivo de aquel hombre que ha roto cualquier vínculo convencional con su sociedad y con su tiempo. Y el lector, aunque de lejos y con ciertas sospechas, se une y disfruta también de aquel happening de la negación universal al que, por diversas circunstancias y fronteras, se encuentra vedado en la vida real.

Desde las primeras páginas en las que vemos a Cornelius Suttree escapar del funeral de su hijo, deducimos su condición esencial de fugitivo. Poco a poco se va transformando a los ojos del lector en la encarnación del hombre sin propósitos, en el símbolo del ser que se autosabotea para gozar los placeres del fracaso y del hundimiento. Aunque parezca mentira, Suttree no es ningún imbécil, pues sabe perfectamente lo que hace. Podríamos decir que a veces es hasta muy sensato y lúcido en sus determinaciones. Pero precisamente (y en extraordinaria paradoja) esas dos características lo arrastran a emborracharse, a meterse en continuas peleas en los bares, a viajar en tren sin tener dinero ni destino, a recluirse en los bosques durante semanas como una bestia salvaje, a practicar ritos vudú y magia negra, a despertarse en lugares insanos, etcétera. Aquella extrema lucidez hace de Suttree el prototipo del hombre autentico, libre de convenciones y de actos que la sociedad acepta o condena. En otras palabras, Suttree reproduce esa larga gesta realizada por héroes dostoiveskianos que en pleno uso de sus facultades mentales se lanzan al vacío tras darse cuenta de la inutilidad del ser y de la patética situación del individuo frente al mundo.

Con episodios memorables como el envenenamiento masivo de murciélagos, la violación nocturna a las sandías, la explosión de un túnel por el que Harrogate intenta ingresar a la bóveda de un banco, el merodeo de Suttree por las alcantarillas infectas de Knoxville, el relato del hombre que tiene escondido a su madre en un congelador para seguir cobrando su pensión y otros, McCarthy nos sumerge a un complejo laberinto de muchas puertas que se abren y se cierran mostrando el rostro más grotesco y oscuro del ser humano que muchos de nosotros, por temor y asco, preferimos no mirar.

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Al ser el siglo XXI una época ajena a la elocuencia, la negación y el desplazamiento, no estaría de más volver la mirada hacia Cormac McCarthy, hijo de esa enorme ascendencia de maestros de la retórica, la negativa y la trashumancia que tanto han atentado contra los principios o creencias que nos hacen suponer que todo lo establecido o impuesto por los pactos sociales es lo únicamente correcto. Sí, prestar mayor atención a esa raza contaminada por la leyenda de la “Piedra de la elocuencia” que, desde su aislamiento y ostentación verbal, ha sabido mostrarnos el lado primigenio de la condición humana, de nosotros mismos.

 

[1] La Piedra de Scone fue un bloque de piedra arenisca que se utilizaba en las ceremonias de coronación de los reyes escoceses durante la Edad Media. La leyenda oficial de los reinos de Escocia e Inglaterra afirma que la Piedra de Scone fue utilizada por Jacob para apoyar su cabeza antes de dormir en el desierto. Esto sucede en un pasaje del Génesis en el que sueña con la llamada “Escalera de Jacob”. Algunos sabios y alquimistas le han conferido poderes sobrenaturales.

[2] Todas las historias de amor son historias de fantasmas. Debate 2013.

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2 pensamientos en “Cormac McCarthy, la epopeya de la negación

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