opinión

Sobre traducción

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Marcelo Cohen

Pese a su brevedad, Música prosaica (2016) de Marcelo Cohen es uno de los libros de ensayos más reveladores que he “leído” en los últimos meses. No recuerdo bien cómo llegó a mis manos, solo sé que la edición viene a cuenta de la estupenda editorial chilena Montacerdos. Ahora que escribo estas líneas, hago esfuerzos por dar con la circunstancia en que me hice él, mas es tarea imposible. Lo que importa es que lo tengo desde hace más de un año y he vuelto a sus páginas en estos últimos días, en los que he aprovechado para desintoxicarme luego de tres meses y medio dedicados a la edición de un libro que se publicará este año en Perú.

El autor argentino nos habla del oficio de la traducción, actividad por demás incomprendida e injustamente subvalorada, cuando lo cierto es que más de uno le debe no poco de su formación lectora a las mujeres y los hombres que se han encargado del delicado tránsito de un código lingüístico a otro. No será la primera ni la última vez que lea sobre traducción, de alguna manera, llama mi atención no el sentido cognitivo del oficio, sino sus márgenes emocionales, en cómo termina el traductor tras la faena que también podríamos llamar ejercicio de estilo.

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De los libros de autores peruanos que han plasmado su pasión por la traducción, pienso en un par de títulos, que no dudo recomendar: De los ideales de traducción a la traducción ideal (Alastor Ediciones, 2016) de Ricardo Silva Santisteban y Atajos a la nada (Nido de Cuervos, 2017) de Renato Sandoval. El primero, en la línea del ensayismo clásico, iluminador en cuanto a la idea (como reza el título) de la traducción y que nos provee, entre varios aspectos a destacar, información de lo poco que sabemos de la traducción en el Perú. SS nos acerca a una riqueza de registro mediante una prosa en estado de paz, dueña de un espíritu didáctico que no dudamos agradecer, puesto que si hay algo que escasea en estos tiempos es precisamente la generosidad de conocimiento. En cuanto al título de Sandoval, consideramos que no pudo elegir mejor sendero. Fijémonos en el subtítulo: Opiniones y versiones. Aquí se nos presenta la inseguridad del punto de vista, que encausa el proyecto hacia una libertad discursiva, por ello, el autor nos brinda la radiografía de una pasión que garantiza referencia en el largo plazo. A diferencia de las prácticas poéticas y narrativas, para Sandoval la traducción es una exploración que tiene como destino el fracaso y en esa certeza (la única en el libro) repotencia su prosa, o sea, la personalidad de su palabra, llámalo elevación de estilo, si gustas.

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De las muchas cosas que dejan los cuatro ensayos de Cohen, no tardamos en llevar a cabo una búsqueda que nos permita establecer diálogo con otros autores que también hayan escrito sobre la traducción. Resulta necesaria esta tarea en tiempos en los que la encriptación del lenguaje parece ser el peaje a las esferas celestiales del conocimiento, que en su carácter de exclusividad solo resulta útil para aquellos que conozcan precisamente el código especializado, lo que más temprano que tarde asegura su tácito destino: el olvido.

Cohen, si tuviéramos que describirlo, sencillamente se luce. Quedan de manifiesto su compromiso con la palabra (hay que tenerlo para escribir de esta manera) y su peculiar manera de pensar. Ensayos como “Nuevas batallas por la propiedad de la lengua”, “Música prosaica”, “Dos o más fantasmas” y “Persecución”, están tachonados por las luces del pensar que descansan en un seductor ritmo reposado. Ajeno de la exhibición de conocimiento inútil y del muestrario del logro personal, Cohen escribe desde su condición de lector que hurga entre líneas. Resulta curioso, porque en otra pluma, los presentes ensayos habrían arribado a un corolario de lugares comunes sobre las desdichas técnicas de la traducción. Percibimos una furia o violencia interna, cualidad extraña que nos permite sentir que hay algo más que estilo y sabiduría en lo que nos cuenta Cohen. A esta oscura dimensión la podemos llamar de varias formas, las nomenclaturas no estarán ausentes en la tentativa por erigirse como la que defina el misterio. En lo personal, prefiero que se mantenga el misterio, no resolverlo y quedarme con la epifanía, como testimonio de lo que tendría que ser la experiencia literaria, esa sensación de perdurabilidad, empresa a la que se arriba porque en lo poco Cohen lo deja todo. Esto es escribir, y también pensar.

G. Ruiz Ortega

 

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