opinión

Loayza, ensayista

luis loayza

Tras la muerte de Luis Loayza en París, podemos aseverar que cumplió literariamente al dejarnos la radiación de su escuela: la lectura voraz. Esta opinión sintoniza con el ánimo que en las últimas horas identifica a sus lectores en las redes sociales.

En lo personal, y con el perdón de los puristas, nunca he sido muy adepto de su narrativa, no por considerarla menor, por el contrario, si esta no hubiese tenido una contraparte, la impresión sería distinta. Poco o nada podemos hacer cuando sometemos a comparación la ficción de Loayza con aquella dimensión que lo perenniza como uno de los mayores ensayistas del continente.

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Los ensayos de Loayza, en principio, logran el noble objetivo de comprometernos con sus temas tratados. Lo dicho no es poca cosa, menos en estos tiempos en los que la celebración de la escritura difícil y la jerigonza académica se han convertido en sinónimos de calidad literaria y garantía de pensamiento riguroso, síntoma por demás penoso, porque pensar de esa manera, aparte de tremendo acto de ignorancia, es también un acto de mezquindad hacia uno de los géneros más hermosos que tiene la literatura, el ensayo.

Loayza sabía de las posibilidades expresivas del ensayo y nunca las traicionó por las leyes cartesianas del pensamiento académico. Como pocos, era conciente de la naturaleza fracasada del género, que como tal no pretende arribar a la verdad, sino al despliegue de la dimensión especulativa. Loayza había leído (y más de una vez) a Montaigne, autor hoy extrañamente denostado o pasado por alto por aquellos que alucinan que el género depende de un marco teórico para justificarse como tal. En esta parcela, no solo demostró que sabía de literatura, sino también de historia, sociología y política. A estos saberes sumó una intención generosa por la transmisión, es decir, lo ya sugerido líneas arriba: la rotunda claridad de su prosa. El ensayo, contra lo que algunos creen, es un género que exige, en esencia, transparencia expositiva, lo que no significa que su escritura se infeste del lugar común. El autor de Otras tardes fue seguidor de una escuela clásica de pensamiento, ajena del prestigio de la especialización y de la demagogia críptica de imbecilidades. En otras palabras, Loayza nutrió su formación gracias a lo leído, estudiado y asimilado en la Biblioteca.

Lo imaginamos picando libros y seleccionando información para filtrar lo que le servía y lo que no. Parece una estrategia fácil, pero no es más que humanismo en estado de pureza impresionista, que también conocemos en Samuel Johnson, Edgar Allan Poe, Alfonso Reyes, Octavio Paz y Jorge Luis Borges. En este grupo de maravillosos caníbales habría que ubicar a nuestro escritor.

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Muestra de su curiosidad la vemos en el imprescindible Sobre el 900 (1990). Historia, literatura y política que nos rescata a una generación privilegiada de intelectuales peruanos que, vaya uno a saber, no se les lee en la actualidad, quedando en el limbo de la mención a pie de página. Loayza no solo disecciona las propuestas de José de la Riva Agüero, Francisco y Ventura García Calderón y Abraham Valdelomar, también nos recrea una época en la se pretendió cimentar los cauces discursivos de la identidad peruana. La mirada del historiador se fusiona con el aliento interpretativo del escritor de ficción, senderos que confluyen, generando lo que un libro de este corte está llamado a suscitar: ánimo cuestionador, polémica, que no percibimos en lo expuesto, sino en la verdad emocional del lector de ocasión, en lo queda en él.

Entre sus ensayos más conocidos, una joyita de la intuición y la escritura: El sol de Lima (1974). Aquí nos ofreció un recorrido por la tradición literaria peruana a través de sus autores capitales. Por momentos polémico, como cuando abriga las valoraciones reivindicativas, a saber, la obra de José Santos Chocano. Aún me sigue seduciendo esta incursión en la vida y obra de uno de los poetas más maltratados por las últimas generaciones de lectores peruanos. He allí la capacidad del ensayista, revalorar a un poeta denostado mediante un juicio generoso pero no libre de rigor. Si se leyeran más estas páginas dedicadas a Chocano, otro sería su destino, menos anecdótico.

Desde que tengo conocimiento de Loayza, suele asociarse su interés libresco con el crisol de la cultura europea. Prueba de este interés lo vimos en el que, para quien escribe, es su muestrario mayor en ensayos: Libros extraños (2000). Si la obra ensayística del autor era dueña de una reconocida madurez en el punto de vista, ahora esta transitaba por los terruños celestes, inalcanzable para los simples mortales de la lectura simbólica. Loayza disemina admiración por Thomas de Quincey, James Joyce, Borges y las narraciones de Las mil y una noches. A la fecha, y solo por citar un ejemplo, su ensayo sobre el Ulises no solo es uno de los más extraordinarios que se hayan escrito sobre el tocado irlandés, sino que tienen el poder de motivar un avivamiento en los lectores actuales por una obra que ha caído en las peligrosas ciénagas de la mención y en la poca difusión a causa de dictaduras idiotas seducidas por la linealidad y la brevedad en novela.

Son pocos los que conocieron en persona a Loayza. Es sabido de lo cerrado que fue su círculo de amigos. Pero ahora poco o nada nos importa esa trivia. A escritores como él no tenemos que conocerlos, solo leerlos con atención para enriquecer nuestra formación. Sus ensayos bastan y sobran para saber la clase de lector que fue Loayza y el lector que posiblemente seremos tras indagar en sus páginas. Si eso no es trascendencia… 

G. Ruiz Ortega

2 pensamientos en “Loayza, ensayista

  1. No conocía a Luis Loayza, seguramente porque no leo un género que, aunque importante para el análisis de la realidad y confrontación de ideas, es poco expandido a nivel editorial. Gracias por habernos hecho conocer algunos rasgos de su importante obra.

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  2. Sè que Lucho Loayza era un hombre muy reservado. Mi tìo el pintor Anìbal Santivañez, con quien hizo amistad en Paris, fue uno de sus amigos cercanos, igualmente Julio Ramòn Ribeyro.

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