Creación/recomendaciones

“Colmena 624”

Por: Jorge Cuba Luque

Cuando por fin pude despedirme de Gonzáles, el jefe de redacción, era casi medianoche y al día siguiente tenía que madrugar: a las cinco de la mañana llegaría Tito, el nuevo fotógrafo, en una camioneta del diario que nos llevaría hasta el distrito de Punta Negra a cubrir la información sobre el incendio de la municipalidad. Al regresar por fin a mi departamento encontré que alguien se las había arreglado para introducir —valiéndose de una ganzúa o una llave maestra— un enorme sobre manila, cerrado y con una tosca inscripción: “Sr. Roberto Razzeto, Colmena 624-2A”. Me recosté en mi sillón favorito, mirando desconfiadamente a mi alrededor, mas todo parecía estar en su lugar; receloso leí nuevamente las señas del sobre y decidí abrirlo: dentro había un papel escrito a máquina que solo decía: “25 de agosto, 15:30 hrs.”, y además —casi me caigo del sofá— cinco mil dólares en novísimos y crujientes billetes de a cien. Me puse tenso y me abalancé hasta la puerta para asegurarme de que estuviese bien cerrada, bajé todas las persianas, encendí una lamparita y apagué las otras luces. Cogí nuevamente la hoja escrita, el dinero y el sobre. “Colmena 624-2A”, no había dudas, esa era mi dirección pero lo cierto es que yo no me llamo Roberto Razzeto ni tampoco lo conocía, yo me llamo Joaquín Correa.

*

Las horas de esa noche se arrastraron con morosa pesadez y por supuesto que no pude dormir: ese dineral significaba algo malo, muy malo, pero no sabía qué, y ese tal Razzeto quién seria, ¿un narcotraficante?, ¿un asesino a sueldo? ¿un funcionario al que se estaba sobornando?, ¿un chantajista?, imposible saberlo. Lo cierto era que algo iba a ocurrir el 25 de agosto y se me ocurrió que debía averiguarlo, aún faltaban dos días. Por otro lado ya vendrían a recuperar esos cinco mil verdes, pero yo ya había empezado a hacer planes con ellos —el cambio en el mercado negro no era nada desdeñable—, sentía como si me los hubiera ganado con el sudor de mi frente y había que estar muy loco para devolverlo como niño bueno.

Mis escasos vecinos quedaron descartados como posibles destinatarios de aquel dinero: en el primer piso vivían dos muchachas que solían levantarse pasado el mediodía y acostarse pasada la medianoche debido a que tenían un trabajito nocturno en no sé qué discoteca; en el tercero había una pareja de jubilados cuyo vivir era leer todos los diarios capitalinos de cabo a rabo y mirar a la gente que desfilaba por la Colmena entre la Plaza San Martin y la 2 de Mayo. Empezaba a enredarme en especulaciones, oyendo a medias los ruidos citadinos cuando un insistente claxon me hizo mirar de súbito mi reloj pulsera: el cuadradito luminoso marcaba las cinco en punto, me asomé a la ventana y vi la camioneta de Ex-preso. Tiré el sobre y la hoja al water, cogí mi enorme casacón impermeable y refundí en mi bolsillo más oculto los cincuenta billetes de a cien. Antes de salir me acerqué a la mesa de noche: dudé un momento, pero abrí el cajoncito y saqué la Smith-Weson —debo confesar que yo no porto armas, si la compré fue porque un amigo urgido de dinero insistió en vendérmela—, la contemplé un par de segundos y la guardé en el bolsillo interior izquierdo del casacón. Bajé a la calle sintiéndome estúpidamente un agente del FBI.

*

Tito era nuevo en Expreso, pero ya tenía unos diez años paseándose por todos los diarios y revistas de Lima, y de todo sitio lo echaban por borracho, pero a pesar de ello estaba muy bien cuajado en el oficio.

—¿Y esa cara? —preguntó al verme aparecer junto al vehículo.

Bajamos por la Plaza San Martin; a esa hora ya huían los últimos noctámbulos y aparecían los primeros canillitas, muriéndose de frio, caminando casi de puntillas sobre el pavimento humedecido por la garúa. Nuestro chofer era Dongo, también un veterano que se sabía la vida y milagros de toda la prensa local. La pareja empezó a hablar de fútbol, sobre no sé que escándalo con un masajista y se olvidaron de mí, así que no tuve remordimientos en quedarme profundamente dormido.

*

—Compadre, ¿le traigo el desayuno a su habitación? —sonó junto a mi oreja izquierda la voz cachacienta de Tito, que me removía un brazo, despertándome.

—Anoche no pude dormir —le dije con afectado mal humor, mientras ordenaba mi libreta de apuntes.

Hacía varios minutos que habíamos llegado a ese insulso y grisáceo pueblucho. Antes de empezar a trabajar nos dirigimos los tres a una fonda donde tomamos un desayuno tan opíparo que parecía almuerzo dominguero. Luego Tito y yo fuimos a ver las ruinas del edificio municipal y charlé un momento con el alcalde entre los chics de la Canon de mi compañero. El alcalde tenía una doble —y contradictoria— hipótesis: “Había sido casual, pues la instalación eléctrica era de la época de Matusalén”, aunque no descartaba que “manos extrañas” hubiesen intervenido porque “¿sabe usted, joven?, tengo muchísimos enemigos políticos”, me dijo en tono íntimo el viejecito-burgomaestre. El comisario no quiso declarar, “para no entorpecer las investigaciones, ¿entiende?”, y cuando nos disponíamos a regresar se nos acercó un lustrabotas, un chiquillo de unos diez años y me dijo “maestro, fue el negro Tuco”, “¿pero quién es el negro Tuco?”, preguntamos, “ah, es un loco que pide plata en el mercado, yo vi cuando empezó a prender candela, fui a avisar pero nadie me hizo caso, maestro”. Tito le dio veinte soles y le tomó una foto, “testigo clave”, podría ser la leyenda, opinó. Encontramos a Dongo sentado al timón de la camioneta, pero roncando como un oso, con un periódico entre las manos. Lo despertamos con un susto, como si un insecto se deslizara por su cuello: nos mentó la madre a ambos al mismo tiempo, como si Tito y yo tuviésemos la misma mamá, como si fuéramos hermanitos. Esta vez Tito fue a mi lado, quejándose de su bajo sueldo y lo fregado que eran las comisiones de madrugada en invierno, luego hubo un silencio. A mitad del camino me quedé mirando.

—Oiga, compadre, ¿desde cuándo carga usted esos juguetitos? — me preguntó, con voz preocupada, dándome palmaditas justo donde llevaba el arma.

La pregunta me sorprendió, me había olvidado por completo del tal Razzetto y de lo que llevaba encima. Traté de inventar cualquier excusa convincente, como que era por seguridad, por los asaltos, pero ni yo mismo me lo hubiese creído; felizmente no hizo más preguntas. Proseguimos en silencio hasta regresar al centro de la ciudad y nuevamente Dongo volvió a entrar por la Colmena y se detuvo frente al Bransa.

—Invítenme un cortado, malandrines —ordenó mirándonos por el retrovisor.

 En el Bransa continuaron hablando de futbol mientras yo trataba de atar cabos aunque en realidad no tenía muchos cabos que atar, pero había por lo menos dos posibilidades: o a Razzetto le estaban pagando para que hiciera algo, o para que dejara hacer algo, y, por supuesto, el mensajero había dejado el dinero en mi departamento por error.

—¿Y tú qué crees?” —me preguntó Dongo, pero como no sabía de qué hablaban solo encogí los hombros sonriendo tontamente.

Tito afirmó que sí, que Paquito Ostolaza era maricón. “¿Maricón?”, me escuché preguntar, sorprendido de que el goleador máximo del fútbol peruano en los últimos años, el “crack” indiscutible del Alianza Lima, fuese del tercer sexo; bueno, estaba sorprendido pero en realidad no tanto, después de todo, ¿quién no tiene siempre algún secretito bien guardado?, aunque para ser franco hubiese preferido que fuera alcohólico o drogadicto, porque yo soy hincha del Alianza. Sin embargo, hablando en serio, todo ese asunto ni me iba ni me venía; terminamos el café y nos marchamos. Al regresar a Expreso redacté apresurado mi nota sobre el incendio, luego me fui al vestíbulo junto al baño y por suerte no había nadie: no podía cargar el dinero todo el tiempo ni tampoco dejarlo en casa, por lo que escondí el bulto de los dólares bajo uno de los pesados closets, pero antes tomé un billetito de a cien, para los cigarrillos, y me fui de allí. En el baño me encontré nuevamente con Tito, que muy paternal me dijo que si andaba en aprietos se lo contara, para eso estaban los amigos, claro que si, “no te preocupes”, le dije, el arma la llevaba para casos extremos.

*

Regresé a casa, me dejé caer en mi sillón favorito y me puse a esperar: estaba convencidísimo de que, como en las películas de gángsters, vendrían unos esbirros a quitarme el dinero, a lo mejor venía Razzetto mismo en persona. Pasaron cerca de dos horas y la tarde languidecía, mas no quise dormirme y perder de esa manera tiempo sin poder encontrar pistas. Bajé a la calle y antes de decidirme por un camino u otro, escuché que me llamaban: una mujer que pujaba con una gata tratando de levantar un auto para cambiar una rueda me pidió que la ayudara.

—Encantado, amiga —dije mostrando la mejor de mis sonrisas.

 Fue cuestión de unos diez minutos, y al terminar me propuso llevarme y yo le propuse ir a celebrar el cambio de neumático a algún lugar.

—Me parece bien, podríamos ir a La Herradura —aceptó, rendida ante mis irresistibles encantos.

Era lo que se dice un hembrón, y de seguro cobraba caro, pero ahí tenía yo los cien dólares. Dijo que el auto —un magnifico BMW del año— era de su hermanito, un oficial de la Marina, y que ella se llamaba Milagros, y de seguro que en la cama sabía hacer muchos milagros. La ciudad fue quedando atrás y nos internamos en el serpentín de La Herradura. El auto se apartó del camino y nos detuvimos junto a un barranco frente al mar, para entonces ya la tenía abrazada y le acariciaba los senos. El ruido del mar al reventar contra las rocas me producía un efecto afrodisiaco: su boca empezó a resbalarse por mi cuello y su mano entre mis piernas. No sé cómo el asiento del carro se convirtió en cama, pero ambos ya estábamos echados y yo tenía el pantalón abajo aunque ella solo llevaba la blusa descubierta donde un inexistente sostén mostraba unos blanquísimos y enormes senos. Me alistaba para el asalto cuando la vi hacer un extraño movimiento y de pronto su mano derecha me apuntó con un revólver.

—Bueno, papacito, anda soltando esos cinco mil que dejé en tu casa —habló en tono nada romántico.

No sé cuantos hombres habrán sido asesinados calatos, pero en ese instante me imaginaba las risotadas que mis compañeros de Expreso habrían dado al verme muerto, abaleado y con el calzoncillo en la mano, y claro, las fotos tomadas por mi compadre Tito. Pero la situación no era para risitas, Milagros parecía hablar en serio y yo estaba tan asustado que hasta se me había dormido la cuestión.

02

—iDe una vez, los billetes, que se me hace tarde! —insistió de mal talante.

—Los dejé en mi casa —mentí.

—iEn tu casa no hay nada, imbécil! —replicó.

—Bueno, están en mi casaca, pero no me mates, por favor —mentí e imploré al mismo tiempo.

Debido a mi afán amatorio el casacón había ido a parar a la parte posterior del auto: me indicó que lo tomara, pero “cuidadito con lo que haces”. No hay nada peor que sentirse asustado y ridículo al mismo tiempo: ahí estaba yo, semidesnudo y amenazado por una mujer armada; no me quedó más remedio que jugármelas, así que cogí el casacón y lo sacudí con gran fuerza en su cara. Un disparo tronó junto a mi cabeza, pero la agarré de los hombros y soltó el arma; la puerta en la que se recostaba se abrió de pronto y ella salió como una flecha. La Smith-Wesson cayó de mi casacón, la tomé y sin pensarlo dos veces corrí tras Milagros, desnudo como estaba. La endemoniada mujer no había podido correr mucho, había llegado al borde de un precipicio. A un par de metros de ella la quise asustar un poco, apuntando con el arma a sus magníficos senos.

—Vamos muñeca, cuéntame toda la historia de nuestro amigo Razzetto o te perforo — le dije.

Vi que se puso pálida cuando di un paso adelante, pero no fue por mí, sino porque estaba parada sobre un terreno sin base que empezó a desprenderse, dio un horrible grito y cayó al fondo del acantilado sin que yo pudiera hacer nada por ella.

 Me sentí un idiota, solo frente al mar con un arma apuntándole a nadie y sin pantalón. Por hacer algo se me ocurrió apretar el gatillo, pero solo escuché un “click”, una y otra vez “click”: olvidé que me la habían vendido sin balas. Volví al auto y me vestí apresurado, maldiciéndome por dármelas de seductor. Milagritos tenía planeado matarme le diese o no el dinero, pero ahora estaba muerta, pobrecita, si por lo menos antes la hubiese probado. Tenía que largarme de allí cuanto antes: encontré su cartera y aparte de sus cosméticos y algo de dinero solo había una tarjetita con el logo de un centro comercial; la parte posterior estaba manuscrita, pero no pude leer bien la menuda letra, solo que firmaba “R.R.”. Me guardé la tarjeta y salí disparado.

*

Regresé a casa pasada la medianoche, junto con mis vecinitas: estaba tan cansado y hambriento que no hice caso de las bromas e insinuaciones que me dirigían para que las acompañara a su departamento. Comí  algo de lo que tenía guardado desde no sé cuántos días y me preparé un trago. Tirado en la cama saqué la tarjetita: indudablemente R.R. era mi amigo Razzetto y decía lo siguiente: “24 agosto, presiona más a Paquito, aún no recibo los cinco mil, ¿qué sucede?, te quiere, R.R.” ¿Paquito?, ¿el mismo Paquito Ostolaza?, me pregunté. No quise ir muy de prisa, podría ser coincidencia, pero ¿cuántos Paquitos había que pudiesen tener cinco mil dólares para regalar?, claro que no muchos, a menos que hubieran jugado fútbol en los grandes clubes de Europa y ahora estuviesen ganando aquí un sueldo de ministro de Estado. ¿Qué podían significar las dos fechas distintas, la de la tarjeta, el 24 de agosto, y la del mensaje del sobre manila, fechada un día después?, y qué papel desempeñaba Milagritos en todo este cambalache? Cerré los ojos para poder pensar mejor, pero se me entrecruzaron imágenes, recuerdos, veía a Milagros desnuda y apuntándome con un arma, persiguiéndome por una pasadizo infinito y finalmente me dormí hasta las diez de la mariana del día siguiente.

Desperté cansado pero me di una ducha fría, tomé un café negrísimo y me fui al diario. Gonzales me dio los buenos días con sus más exquisitos denuestos por llegar tarde y me ordenó cubrir la huelga de hambre de unos empleados del Banco Agrario. Antes de salir vi los titulares de Expreso y el más saltante decía “Asesinan a Bella Esposa de Futbolista”, junto a una foto de archivo de Paquito Ostolaza abrazando a Milagros. El corazón se me paralizó.

—¿Le duele algo, compadre? —me removió Tito con su voz aguardentosa.

—¿Y qué le pasó a esta niña? —pregunté con exagerado tono de indiferencia.

—Ah, parece que su amante la despachó porque no quería que siguiera con Paquito.

—¿Eso dice la policía?

—No, pero todo el mundo sabe que el amante de Teresa es Razzetto —explicó Tito como quien repite que dos más dos son cuatro

—Hey, un momento, ¿quién es Teresa?

—Quién va a ser, la esposa de Paquito —contesté aburrido.

—¿Pero no se llamaba Milagros? —pregunté entonces confundido.

—Nones —respondió simplemente Tito, que le ponía un cartucho a su Canon —. Oiga, compadre, veo que el asunto le interesa bastante.

*

Salí a la calle y por supuesto que no fui a ver a los huelguistas de hambre, me interesaba saber más detalles sobre ese enredo en el que alguien me había metido. Milagros (es decir, Teresa) era la esposa del futbolista-maricón. Razzetto era el amante de Milagros-Teresa, hasta ahí íbamos bien, pero ¿pero por qué enviarle dinero a Razzetto si todo el mundo (menos yo, por lo visto) sabía que “La gran figura del balompié peruano” no era muy hombrecito que digamos?, he ahí la cuestión. Me di una vuelta por el centro, por los portales de San Martin y me encontré con un muchacho de La República, Rojas.

Tomamos un café en el Zela e intercambiamos chismes sobre nuestros respectivos periódicos.

—¿Y qué te parece lo de la mujer de Paquito? —pregunté con tono de suficiencia como quien ya se las sabe todas, para ver si pescaba aguín nuevo dato.

—Era de esperar —respondió Rojas, prendiendo un cigarrillo.

—En cualquier momento la policía va a hacerle una visita a Razzetto.

—¿Por qué a Razzetto?, pregunté disimulando la sorpresa, tomando el ejemplar de La República que estaba sobre la mesa.

—Mírale bien la cara —dijo poniendo un dedo sobre la foto en la que, en un gimnasio, aparecía Ostolaza abrazando a otro tipo, Razzetto, un cuarentón de buena pinta y bien plantado.

—Es su masajista, argentino, se conocieron cuando Paquito jugaba para el Manchester United, eran los únicos extranjeros, luego se fueron ambos al Real Madrid, después al Bayern Munich, de allí al Boca Juniors, hasta que terminaron aquí, en el Alianza Lima; en total, seis años de feliz romance.

—¿Pero y Teresa? —pregunté ya sin disimulo.

—Pantalla, pura pantalla; recién se casaron el año pasado, cuando los rumores empezaron a sonar feo. Pero el tiro le salió por la culata a Paquito porque el argentino le echó el ojo; no te imaginas el hembrón que era.

—No, no me la imagino —respondí recordándola con las tetas afuera, apuntándome con un arma y decidida a eliminarme tan pronto como le devolviera sus dólares.

—Bueno, amigazo, me marcho a trabajar —dijo Rojas y se fue hacia el permanente tráfago humano del Parque Universitario.

Había sido un encuentro providencial, ya el rompecabezas estaba casi completo. Saqué la tarjeta y leí nuevamente el mensaje de “R.R.”. Se preocupaba porque no recibía el dinero que debía recibir. Lo que no sabía Rojas era que a Razzetto le estaban pagando, pero ¿para qué, si la debilidad de Paquito era un secreto vox-populi? Recién entonces leí el anverso de la tarjeta: “Boutique Razzetto Sport. Todo para el Deporte. Gerente General Roberto Razzetto. Colmena 642-2A”. Salí del bar corriendo y busqué el número. Por fin encontré el 642, casi junto al edificio donde yo vivía. La boutique estaba cerrada, toqué pero nadie respondió. El cartel de anuncio era más bien discreto y un pequeño letrero decía “Hoy Inauguración, 15:30 hrs”. A un costado había una entrada para subir a los otros pisos del edificio y me introduje en pos del 642-2A (y no del 624-2A, que era mi dirección). También estaba cerrado, toqué pero tampoco abrieron. Parece increíble, pero se me ocurrió probar con mi llave y qué suerte —ni siquiera en las películas de detectives— la cerradura se movió, empujé suavemente la puerta y entré.

04

Era una oficina con ventana a la calle, había un gran escritorio “tipo ejecutivo” rodeado de algunas sillas. El escritorio estaba en desorden, como si alguien hubiese estado ahí hacia poco (Razzetto, quién más). No soy ningún cucufato pero no pude evitar un “oh” cuando dentro de una carpeta vi varias fotografías pornográficas de Paquito con R.R., de Razzetto encima de Paquito, Paquito haciendo resaltar su trasero y todas las gracias que se suelen hacer cuando se quiere fotografiarlas y tenerlas de recuerdo. También había cintas de negativos, me fijé y eran las de las fotos, por si fuera poco habían también cartitas de apasionado calibre donde nuestro extraordinario futbolista reiteraba sus sentimientos “para contigo, Roberto”. Hubiera permanecido mucho tiempo leyendo esas misivas de amor marginal de no ser porque escuché una voz de inconfundible acento rioplatense.

—Levantá las manos, ché—. Lo hice y al mirar al frente vi en persona, por fin, al famoso Roberto Razzetto que me apuntaba con un enorme pistolón.

—Hola —susurré.

—¿Quién sos? —gruñó.

—Un amigo de Paquito. Cinco mil es demasiado por esta porquería —dije sin pensar, señalando el material porno.

—No te creo, vos sos un intruso y ahora sabés demasiado, así que me acompañás.

—Sí, soy su amigo.

 Todo estaba clarísimo —aunque en ese momento de nada valía—, Teresa y R.R. le vendían a Paquito las pruebas de sus orgias a cinco mil dólares, tal vez pensaban irse luego al extranjero o qué sé yo.

—Vamos a dar un paseo —me dijo y recordé el que hice en La Herradura el día anterior. También pensaba matarme, aunque no podía hacerlo en su oficina.

Para ganar tiempo le contesté que yo tenía los cinco mil, que Teresa los dejó en mi casa por error, que en la tarjeta hubo una falla de impresi6n. Otra vez pensé que tenía que jugármelas, así, cuando estuve a su lado, lo cogí de la muñeca para que soltara el arma, pero sus brazos parecían de acero; ambos caímos al suelo, sonó —otra vez— un disparo, pero yo no sentí nada, Razzetto dio un gemido, me separé de él y un chorrito de sangre empezó a salir de su camisa, a la altura del corazón y aún tenía el arma en su mano derecha. Al parecer nadie se percató de nada, y me fui como había llegado: sin que nadie me viera.

*

No regresé a mi casa de inmediato, sino que me fui a caminar por algunas calles del centro, buscando un bar donde tomar un trago para calmar los nervios. Por fin entré a una cantina del jirón Cuzco. Estaban escuchando Radio Reloj y el locutor leía las noticias sobre los huelguistas de hambre del Banco Agrario; saqué mi libretita y escribí unas notas. Me tomé un ron con Coca Cola, pagué, me fui al diario y redacté la misma noticia que había escuchado por la radio. “Mañana temprano, Correa”, se despidió Gonzales.

Llegué a casa hecho añicos, pero no pude dormir. Daba vueltas en la cama, sintiendo el ulular de las sirenas policiales pues ya habrían encontrado el cadáver de Razzetto. Al día siguiente, en el diario, el principal titular de Expreso me dio otra sorpresa: “¡Escándalo Sexual!”, y contaba la historia porno-homosexual-triangular y de extorsión. Todos los diarios decían que Razzetto se había suicidado por remordimiento de haber matado a su amada Teresa, por no poder liberarse de su pasado de pederasta junto a Ostolaza. Ese mismo día se suicidó —realmente— Paquito por tanto bochorno que le habría hecho la vida imposible. Yo estaba anonadado. Volví de la calle luego de reportear la escasez de cebollas en los mercados de Lima y redacté mi nota. En ese momento había poca gente en Redacción. Fui al vestíbulo, levanté su pesado closet y el dinero no estaba: ya imaginaba quién lo había tomado, sin embargo no me sorprendí de no enfadarme. En una de las oficinas me encontré con el fotógrafo Ibáñez.

—¿Qué de Tito? —le pregunté.

—Ah, ayer renunció —contestó apurado.

Me lo esperaba. Me senté junto a la ventana, con una taza de café; desde aquel cuarto piso se veía hasta la avenida Tacna en su cruce con La Colmena. Todo había empezado con un error, después por mi culpa, murió Teresa, luego Razzetto y finalmente se mató Paquito; de no haberme entrometido, el masajista y Teresa estarían felices en alguna otra ciudad con cinco mil dólares en el bolsillo, y Paquito continuaría metiendo goles para el Alianza Lima y pronto se habría conseguido nuevo amante, pero aparecí yo y lo malogré todo. El único ganador había sido Tito, pero no le guardaba rencor, me daba igual. Saqué de mi cartera el billete de a cien que tomé para los cigarrillos e hice un avioncito verde, abrí la ventana y lo arrojé con fuerza; vi cómo el aire jugaba con él haciéndolo volar con delicadeza. Antes de que aterrizara cerré la ventana y me fui a mi escritorio a continuar bebiendo mi café. Recordé las últimas 48 horas que me arrastraron por donde al azar se le antojó; pensé una vez más en el avioncito, quién se lo encontraría.

De Colmena 624. Relatos (Lima, Ed. Línea y punto, 1995).

Ilustraciones: Rosendo Li.

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