recomendaciones/Texto de presentación

Ese oscuro objeto del deseo

DIv3V9yW0AArEeh

 

Por: Victoria Guerrero Peirano

 

Generación cochebomba, de Martín Roldán Ruiz, narra la vida de Adrián R. y sus amigos, miembros de “la mancha”, sus juergas en un mundo hostil, desencantado y en crisis, sin trabajo ni proyectos de futuro, a mediados de los años ochenta. Desde el comienzo de la novela, el protagonista establece una relación con Olga, otra asidua de “la mancha”, por quien se siente atraído al encontrarse con ella casualmente en un concierto y con quien, luego, establece una relación amorosa, aunque, de un momento a otro, ella desaparece de su vida: “Era el vigésimo sexto día que no veía a Olga y eso ya tenía olor a tragedia” (206). A su vez, desde el principio, empieza a revelarse, en capítulos intercalados, un sujeto que responde al apelativo de “ella” y su interlocutor al de “él”, que son parte de una trama conspirativa paralela al desarrollo de las aventuras que atraviesan Adrián R. y sus amigos subtes’, pertenecientes a una clase media baja que lucha por sobrevivir. Estos son: Pocho Treblinka, el Innombrable y Carlos Desperdicio, quienes coquetean con cierto espacio lumpen.

En la novela, confluyen los temas de la violencia política y el de la movida subterránea, movimiento contracultural de la década de los años ochenta —con un revival en los  noventa— que agrupaba a jóvenes peruanos —de toda condición social— en torno de la música y, en algunos casos, del activismo político y social anarcopunk, con una estética de bajo presupuesto, autogestión y, en muchos casos, entre las bandas más emblemáticas, como Narcosis, plasmada en letras de crítica social. La atmósfera es decadente y violenta. Los sujetos construyen su masculinidad en las sucias calles limeñas, en la pelea del macho callejero que se confronta con la profunda frustración por la falta de expectativas en un país a la deriva a causa de la represión estatal, la crisis económica y la radicalidad de los grupos alzados en armas.

Desde las primeras páginas del libro, somos testigos de esta violencia al hacernos partícipes, como lectores, de una violación masiva de dos travestis. Yo diría que es una de las escenas más brutales del libro: en medio de un concierto en la mítica discoteca No Helden, aparece la policía y los espectadores son llevados a la cárcel sin ningún reclamo de por medio. Tal era, por cierto, una situación cotidiana que afectaba sobre todo a la población masculina de aquella época. La ciudad era salvaje, y sus habitantes también. “El sucio policía verde”, de Narcosis, no era solo un grito emitido por la euforia en una canción, sino una angustia real vivida por los cuerpos en el día a día. En ese sentido, creo que Martín Roldán retrata muy bien esa atmósfera, la apatía de los jóvenes que no encuentran una salida a sus propios dilemas, su no futuro en un contexto sudaca, y que, no obstante, encuentran, en la movida subte, un lugar de desfogue creativo frente a la pérdida constante de sueños, de familia, de amor.

Cuando empecé a leer esta novela, el personaje que más me llamó la atención fue Olga: primero, por su posición en un espacio mayoritariamente masculino: en “la mancha”, las mujeres actuaban generalmente como fans o groupies y pocas veces como protagonistas del mundo subterráneo —lo cual resulta extraño si pensamos que, en otros ámbitos culturales, como, por ejemplo, la poesía, la presencia de la mujer fue uno de los acontecimientos más importantes de la década, no solo por su número, sino también por su fuerza—; y, segundo, porque Olga tiene una “doble vida”: la chica subte, por un lado, y, por otro, la chica que se radicaliza e ingresa a militar en Sendero Luminoso (SL), en el que, como es sabido, las mujeres no son meras observadoras, sino que tienen un lugar activo dentro del grupo, e incluso, en muchos casos, un lugar de mando o privilegio.

Entonces, así, la construcción de lo femenino también estaba siendo puesta en cuestionamiento en aquella década. Sin embargo, la pregunta que surge a continuación es por qué a las mujeres la movida contracultural no les fue suficiente para cuestionar los estereotipos de género en un espacio que se definía como de “vanguardia”. Es verdad que SL, por medio de un discurso de “igualdad y liberación”, “seduce” a muchas de estas jóvenes, pero ¿por qué la movida subte no ocupó ese espacio y, más aún, por qué la mujer es narrada como un “oscuro objeto de deseo”, es decir, como la portadora del “mal” en la novela?

Evidentemente, esta definición nos devuelve al estereotipo de la mujer y a su doble naturaleza: virgen y prostituta, leal y traidora, y, por tanto, necesitada de dominación. De hecho, fue tanto el impacto que la mujer subversiva causó en el escenario local que estas fueron representadas inmediatamente en la literatura nacional, como en el caso, por ejemplo, de Adiós, Ayacucho, de Julio Ortega, una de las primeras novelas que aborda el tema del conflicto armado interno en el Perú. En esta novela breve, publicada en 1986, se narra un episodio en el que el personaje principal se encuentra en su recorrido con miembros de SL, cuyo líder era una mujer y cuya presencia resulta excepcional, pero, a la vez, impactante en un mundo de hombres de diverso poder con quienes se topa el protagonista en el camino. Años después, en otro cuento El viento de los volcanes (2002), de Roberto Reyes Tarazona, se grafica la metáfora de un potencial peligro del Otro desconocido: la naturalizada imagen de una mujer andina con su hijo en brazos. Cito del mismo el siguiente diálogo:

“—Espérate, vamos a aclarar. ¿Qué es eso de Sendero? ¿Quién es de Sendero?, ¿tú?

—No, yo no. Ella —la mujer del guagua— y sus acompañantes […].

—Pero ¿cómo puede ser?, ¿y su bebito?, ¿para qué lo lleva?

—Lo lleva porque lo tiene que llevar. Además no sería raro que debajo de la manta guarde una pistola”. (221)

Ella, la campesina, aparece como una verdad que se revela de manera atroz: que ella y su hijo no son lo que aparentan, sino algo muy diferente y que está en las antípodas de lo que la sociedad ha definido tradicionalmente como el rol materno, es decir, básicamente, de reproducción, cuidado y sacrificio por los hijos, por lo que puede afirmarse que, en este cuento, se expresa un significante femenino en el que un sujeto “inofensivo y poco sospechoso” pasa a cumplir un rol bastante activo en otros campos, antes predominantemente masculinos, como el de la guerra. SL reconoció el sentido “subversivo” de la mujer, de su lugar relegado dentro de una sociedad poscolonial, con sus cuotas de racismo y misoginia, y aprovechó para captarla.

De la misma manera, en la novela, van emergiendo los otros rostros de Olga: así, de ser sujeto de deseo, sensible y creativa a los ojos de Adrián R., pasa a convertirse en una persona dura, inflexible, pero seductora:

“Olga, contra todo pronóstico, contra todo lo que se creía de ella, como si lo tuviera todo preparado y como queriendo complacer a alguien o a muchos que seguro la estaban observando, trepó, jadeante, al borde del puente, alzándose por sobre las cabezas y arengó con su voz, que ya no era la dulce de siempre, sino la de una líder implacable: ¡Imbéciles! Qué han logrado rompiendo las casas de gente pobre como nosotros ¿dónde está la consecuencia? ¿qué culpa tienen las gentes de esta violencia para nada… dos seudolíderes que se pelean por sus pequeñas diferencias y nosotros que los seguimos, sabiendo que hay discrepancias más profundas que la de esos dos lúmpenes?” (221)

A medida que transcurre la novela, se asoma el desencanto sobre el objeto amoroso, tanto por la transgresión de haber cruzado la línea que dividía a subtes de subversivos como por el hecho de que se sigue subrayando la posición de sospecha que recae sobre la mujer: ser un signo doble: “y arengó con su voz que ya no era la dulce de siempre, sino la de una líder implacable” se subraya en Generación cochebomba, y, por tanto, Olga, o cualquiera similar, es ya un sujeto no confiable para el mundo subterráneo, además de que ser “dulce” e “implacable” resultan adjetivos irreconciliables, salvo en la poesía.

Como se puede observar, esta escena evidencia esa inquietante esfera de las relaciones entre el rock subterráneo y los grupos subversivos. La organización y efectividad de estos es admirada por algunos miembros de “la mancha” que ven en ellos una manera más efectiva de combatir al sistema. Total, ambos estaban contra el sistema, y eso era lo que los unía, aunque tanto para unos como para otros la manera era distinta: para el subte, ser saco, es decir, senderista, era otra forma de opresión; mientras que, para los senderistas, ser subtes era jugar a ser incendiarios sin serlo. Por esto, el final de la novela es desencantado: Adrián R. no puede estar ni con unos ni con otros, y Olga sigue siendo implacable, su palabra es dura.

El amor no fue un camino de salvación tampoco.

Finalmente, esta novela retrata el duro aprendizaje de los jóvenes de aquella época, sus excesos y su fragilidad, su manera de convertirse en hombres y mujeres en un mundo en ruinas, parricida y autoritario. Por ello, cabe también preguntarse si la literatura peruana, por fin, se revolucionará contra la opresión del patriarcado, pues nos afecta a tod@s. Evidentemente, a unos en mayor medida que a otros.

 

Lima, 18 de octubre de 2017. Texto leído en el auditorio de Librería Sur.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s