Relecturas

París: La fiesta inacabable

Por: María Belén Milla Altabás 

Aventurarse en la memoria de Ernest Hemingway implica asistir a un despliegue único de exquisitez narrativa, en donde la autenticidad se establece como única vía de correspondencia con el pasado. La edición príncipe de París era una fiesta (A moveable feast), apareció por primera vez en 1964, luego de un periodo de escritura intermitente que se prolongó durante tres años, entre 1957 y 1960. El manuscrito, como cuenta su segunda esposa, Mary Hemingway, viajó a Cuba, Ketchum, e incluso España. Era quizás una maleta de la que nunca pudo ni quiso deshacerse.

Cuando Hemingway escribía París era una fiesta, lo aquejaban el desgaste físico y emocional, la decadencia de un tiempo acumulado que cada vez más tanteaba su final. Muchos críticos entienden este ímpetu de evocación como la búsqueda entusiasta de la disciplina y la claridad creativas que ostentaba el joven escritor, y que tanta falta le hacían al Hemingway cercano a la escopeta. Esta novela propone a París como un espacio de formación artística y cultural de valor supremo en aquella época; y efectivamente lo era. Pero no solo eso. Más allá de las elocuentes anécdotas, los olores y sabores precisos que colman espacios y recuerdos; más allá del desfile de personajes míticos de la literatura y del arte del siglo XX, como Gertrude Stein, Sylvia Beach, Ezra Pound o Scott y Zelda Fitzgerald; más allá de la cotidianeidad que bien supo abrazar en París, de las reflexiones y pormenores del quehacer literario; este libro calla una verdad que pronto se volvería imposible de desatender.

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París no era sencillo. Lo dice muchas veces. Aunque se ha demostrado que Hemingway no vivía en la pobreza inquietante que se relata en la novela, los aprietos económicos configuran la actitud del yo narrativo al introducirse en el mecanismo de subsistencia parisina. Los contratiempos monetarios le brindan al testimonio de la memoria una aguda y punzante cercanía a la veracidad. Él mismo lo había planteado ya con detenimiento en sus abundantes reflexiones narrativas: se trata de registrar la realidad en su semblante más fidedigno. “Escribe una frase verídica como sepas”, se calmaba a sí mismo cuando le costaba continuar con la redacción, y es precisamente lo que nos ofrece en París era una fiesta. Pero la verdadera nobleza de esta novela se halla en la franqueza con la que nos acerca al vacío que esta ciudad suscita en él. Conforme avanza el texto, Hemingway se ocupa de guiarnos a través de sus enseñanzas literarias con la fe de cultivar en nosotros una nueva lectura de sí mismo: “Lo omití basándome en mi recién estrenada teoría de que uno puede omitir cualquier parte de un relato a condición de saber muy bien lo que uno omite, y de que la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da al lector la sensación de que hay más de lo que se ha dicho” (75)[1].

Es verdad que todo vuelco de la memoria es la formación de un relato. ¿Y qué es París era una fiesta, sino relato recortado y omitido adrede? La huella que nos deja es similar al hambre insaciable que él y su primera esposa, Hadley Richardson, padecen en “Una falsa primavera”, uno de los capítulos más entrañables de la novela. Luego de recordar las carreras de caballos de Auteuil, Hemingway evoca la cena en el restaurante Michaud que compartió con su esposa un día en que también ganaron dinero en el hipódromo. Al terminar la comida, se revela la omisión que encadena la novela; una ausencia que, sin poder ser identificada, estructura la importancia latente de todos estos recuerdos en el presente: “Pero al terminar y quedarnos vacíos de hambre, aquella sensación que en el puente nos había parecido era hambre seguía acuciándonos, y la sentíamos todavía cuando tomamos el autobús de vuelta a casa. La sentíamos al entrar en el cuarto, y después de meternos en la cama y hacer el amor a oscuras, la sensación estaba allí. Cuando me desperté y miré la ventana abierta y vi la luz de la luna en los tejados de las altas casas, allí estaba la sensación” (62). Esta “falsa hambre” trasciende a los personajes y no se detiene en la atención meramente fisiológica, sino que aparece como un fantasma a revolver la tenue certeza de una vida asegurada, del asomo de una felicidad temporal, acaso como memorándum de la “falsa primavera” que ya sospechaba Hemingway desde su juventud en París.

Esta novela no debe ser leída únicamente como una remembranza que estampa sus palabras con alegre nostalgia, menos como un intento de revivir los impulsos creativos de la juventud. Aquí también se encierra el hambre simbólica que es imposible de apaciguar. Aquella sensación habita en el sujeto como un primer acercamiento al vacío, un vacío que brilla al verse rodeado de tanta fiesta. Le debemos a Hemingway el presentimiento constante de que existen niveles más profundos que los percibidos en su narración. “Pero París era una muy vieja ciudad, y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la luna” (62), discurría el protagonista en una de las noches más sintomáticas que la ciudad pudo ofrecerle, a cambio quizás de evocarla, muchas décadas después, cuando la crisis sometiera su temple y su miedo a la muerte.

[1] París era una fiesta. Ernest Hemingway. España, Seix Barral, 2003.

 

 

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