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Stephen King y la elefantiasis literaria

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Por: Joe Iljimae

Hasta el 19 de junio de 1999, día en que lo atropelló una camioneta mientras realizaba sus acostumbradas caminatas de siete kilómetros por los alrededores de su casa, Stephen King había ganado más de una veintena de premios literarios, entre los cuales destacaban los icónicos Premios Hugo y O. Henry [1] de las letras norteamericanas. A juzgar por la obtención de estos significativos galardones y por la calidad de muchos de sus libros, el autor de El misterio de Salem´s Lot debió haberse visto desetiquetado de aquel irresponsable marbete que calificaba su trabajo de literatura light o chatarra desde inicios de su carrera como novelista. Sin embargo, entrampando en medio de tanta mezquindad escolástica, no fue así. La etiqueta siguió membretada dentro del imaginario de la crítica debido a que King escribía libros de subgénero y era, para horror de la academia, un continuo e incansable autor bestseller.

Por suerte, todo este prejuicio literario cambió, o al menos intentó cambiar un poco, cuando el 2003 la Fundación Nacional del Libro le concedió el National Book Awards por su “trayectoria y contribución a las letras estadounidenses”. Obtener este prestigioso y, quizá, máximo galardón literario en Norteamérica, brindó en definitiva otro cariz a su obra y silenció a los puristas que hasta entonces lo habían desdeñado y tratado como lo peor. Aunque, claro, no logró silenciar a todos. Por ejemplo, el crítico y ensayista Harold Bloom, enloqueció al enterarse de la noticia. Rápidamente escribió al jurado de la Fundación Nacional del Libro la siguiente esquela pública: “Que crean que en sus obras [las de King] haya una pizca de valor literario, logro estético o inteligencia creativa no hace más que constatar su propia estupidez”. Casi tan rápido como un jab de box, los miembros del jurado respondieron a través de un portavoz: “Agradecemos su preocupación, pero tenemos que ampliar nuestra concepción de lo que es literatura, señor Bloom”. Y, por inverosímil que pueda parecer, el tiempo les dio razón.

En los últimos años, King fue volviéndose un escritor respetable. Aunque tardíamente, la crítica y los lectores comenzaron a tomar sus libros mucho más en serio. Hoy, por ejemplo, ya no hace falta defender su literatura. Y supongo que nunca existió esa necesidad extraliteraria, pues su obra se defiende tranquilamente sola. Poco a poco los críticos y escritores más solemnes también han empezado a reivindicarlo. De hecho, el ganador del Pulitzer, Michael Chabon, festejó la decisión de la Fundación Nacional del Libro y observó con agudeza que “supuestamente el siglo XX se aplicó a derribar las barreras entre alta literatura y cultura popular pero todavía representa una transgresión dar la medalla del National Book Award a alguien como King”.

Sea como fuere, desde hacía ya mucho tiempo que Stephen King está dentro del panteón literario junto a Nabokov, Borges, Faulkner, García Márquez, Irving, Updike y otros, sin la absoluta necesidad de premios o luz verde por parte de la “crítica especializada”. Como todo gran autor, King no precisa de estos artificios. Novelas de la talla de Apocalipsis o Un saco de huesos no tienen nada que envidiar a lo mejor de la narrativa universal y se defienden sin otra exigencia que su propio valor artístico. Si bien el genio novelístico de King sería suficiente para su canonización, existe un plus que lo diferencia y lo vuelve un autor imprescindible para la literatura contemporánea. Stephen King es, a saber, el autor norteamericano vivo que más y mejor ha contribuido a popularizar la pasión por la lectura en la gente, creando así una avalancha de lectores como solo lo hicieron en su momento Dickens o Alejandro Dumas, demiurgos signados bajo un solo principio: contar una historia bien contada. 

Pero ¿qué impulsa a un autor bestseller con ingresos anuales estimados en más de cincuenta millones de dólares a seguir escribiendo? ¿Quizá la búsqueda de reconocimiento? A estas alturas, Stephen King ya es una leyenda y no necesita probarle nada a nadie. Pese a llevar escritas más de cincuenta novelas, centenares de relatos cortos y artículos periodísticos, King parece seguir escribiendo impulsado por algún demonio o hado fatal. Hace algunos años escribió la novela Ur de manera exclusiva para el lector electrónico de la plataforma Amazon Kindle. Su relato Montando la bala apareció publicado completamente en Internet, sacudiendo los cimientos de la industria editorial, pues se dio el lujo de prescindir del triunvirato autor-editor-lector. Todavía más, incursionó en la creación de guiones de películas y series de televisión, escribiendo, por ejemplo, el episodio “Chinga” de The X Files. También ha probado con la no ficción, publicando los inteligentes libros Mientras escribo y Danza macabra. Y como si todo esto fuera poco, por iniciativa de uno de sus hijos, se adentró en el universo del cómic.

Frente a este panorama, Stephen King parece un escritor que hace su obra en un presente absoluto y continuo. Sin exagerar, podríamos decir que el autor de Cementerio de animales es un completo vicioso. Sí, un vicioso de la escritura, un yonqui de la literatura, un irredento grafómano que no puede abandonar el vicio creativo. Después de ganar el National Book Award, King dijo en una entrevista concedida al Paris Review: “Para mí, escribir es una adicción. No puedo estar un solo día sin escribir. Incluso cuando no me gusta cómo estoy escribiendo, si no lo hago, el hecho de no sentarme a escribir todos los días me molesta mucho. Poder escribir es fantástico. Cuando va bien es genial; pero cuando no, cuando sólo está okey, es una muy buena manera de pasar el tiempo”. Analizando esta declaración, podemos pensar que Stephen King escribe básicamente por dos razones: para complacerse a sí mismo y para complacer a otras personas.

Entrado ya en la respetable edad de los setenta, King no ha podido curarse de este vicio literario. Si no escribe sus “2000 palabras diarias como cuota mínima”, ingresa a un doloroso cuadro de intranquilidad espiritual. Como lo ha repetido muchas veces, simplemente no puede vivir sin escribir. Y así parece serlo de verdad. Quizá esta ansiedad creativa responda a qué gran parte de sus libros sean edificados a base de vehemencia, levantados siempre a pulso y exceso desmedido, como si escribir más y más páginas lo salvara de algún castigo irremisible.

Es probable que de ahí sus novelas sufran del abuso de la desmesura o la incontinencia narrativa. Y es probable también que lo mejor de Stephen King se halle precisamente en esa incontinencia, o sea, en sus libros más voluminosos y descontrolados. Así saltan a la vista obras como Apocalipsis, It, Cementerio de animales, El resplandor o Un saco de huesos por su enorme calidad literaria y también por su enorme extensión, llegando incluso a sobrepasar las quinientas páginas la más corta de estas.

En una de sus ponencias organizadas por la Cátedra Alfonso Reyes en México, Mario Vargas Llosa sostuvo que “todas las grandes novelas, no solo son grandes novelas, sino también, suelen ser novelas grandes o voluminosas”. No sé si esta sentencia llegue a ser exacta o se aplique a todas las grandes novelas escritas hasta hoy a expensas de su extensión, pero por lo menos parece calzar con precisión en el universo narrativo de Stephen King. Y es que en determinado momento, sus novelas más agigantadas producen un placentero vértigo por la superabundancia de realidades, la riqueza de elementos psicológicos, de materiales narrativos y lingüísticos que introduce en la historia compitiendo brazo a brazo con cualquier otro trabajo de semejantes proporciones.

De hecho, cuando King se embarca en estos inmensos proyectos, hay algo que cambia notablemente y que sospecho que cualquiera de sus lectores debe haber notado. Me refiero a ese giro individual o existencial que toman los personajes de estas largas novelas, opacando muchas veces el esquema fantástico o de horror que guía la trama y de lo cual tanto se lo ha acusado. En Apocalipsis o El resplandor, por ejemplo, prima siempre la dimensión humana antes que la quimera o la distopía, todo esto gracias a una configuración psicológica que trabaja a fondo para dar vida a los personajes y llevarlos al límite de su existencia. De esta manera, sus personajes están cargados de una situación emocional muy fuerte y conflictiva que, como sabemos, es una característica rastreada de la literatura decimonónica y que se ve por grandes destellos en la obra de Stephen King.

Ahora bien, toda esta desmesura narrativa tiene un nombre y puede considerarse también como una enfermedad: la elefantiasis literaria. Siendo muy consciente de ello, el autor de Carrie se reconoce como el más identificable de todos los enfermos por elefantiasis literaria. Pero ¿qué es esto? En términos médicos, la elefantiasis consiste en un síndrome que conlleva al aumento enorme o al gigantismo de algunas partes del cuerpo, generalmente de las ubicadas en las extremidades inferiores. De modo que, aplicado a la literatura, la elefantiasis se refiere a la continua desmesura de las novelas que crecen casi siempre con exceso sin que el autor las pueda detener. Como toda terrible enfermedad, la elefantiasis es imposible de curar. 

Algo que les encanta a los snob literarios son las comparaciones. Y pensando un poco en ellos, podríamos decir que Stephen King no será jamás un Don Delillo o un Cormac McCarthy (enfermos también de elefantiasis), así como estos tampoco serán Balzac o Sthendal, del mismo modo que estos últimos tampoco podrán ser nunca Cervantes o Platón. Hay que ser responsables y justos. Stephen King no necesita ser otro más que Stephen King para ser tomado en serio. A punta de trabajo y disciplina ha creado su propio universo, su lenguaje, su modo de abordar la literatura y su enorme genio. Además, aportó algo nuevo y personal a las letras norteamericanas como lo hicieron los mejores escritores de su generación. Sí, King ha sido el responsable de reconfigurar y modernizar el género terror en la literatura. Según el argentino Ariel Bosi, autor del simpático libro Todo sobre Stephen King, el escritor norteamericano “modernizó el horror, aggiornándolo al imaginario del siglo XX y captando la atención del lector popular que no tenía un referente inmediato en el género”.

No soy experto en literatura de terror, pero hasta donde sé esta temática se instituyó con mayor fuerza a finales del siglo XIX y principios del XX, revalorizando así a escritores góticos como Horace Walpole, Ann Radcliffe o Matthew Lewis, y ratificando el valor de las obras de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant. Incluso tengo noticias de que hubo colectivos que reivindicaron el satanismo y el vampirismo como géneros espuriamente literarios. Por otra parte, es de dominio público saber que los mayores exponentes de esta “edad de oro” de la literatura de terror fueron, entre los más conocidos, H. P. Lovecraft (clásico del horror cósmico), Clark Ashton Smith (clásico del dying earth [2]), Lord Dunsany, John D. MacDonald y H. G. Wells. Sin embargo, pese a la calidad de sus obras (pensemos en la insuperable La sombra sobre Innsmouth) tuvieron un público bastante escaso que se reducía a colegas y aficionados a este tipo de literatura; salvo algunas excepciones, por su puesto, como el caso de los libros de H. G. Wells que detentaron cierta resonancia.

Bastará decir que el género terror no gozaba entonces de la misma popularidad desbordante que mantiene hoy en día. Aunque cueste creer, fueron los esfuerzos del círculo de amigos de Lovecraft quienes evitaron que su nombre y su literatura se eclipsaran tras su muerte. Algunos esfuerzos posteriores por revitalizar el género fueron en su mayoría rotundos fracasos. Poco a poco este género fue perdiendo prestigio y bajando de escalón en escalón hasta llegar a lo último del escalafón literario. Para remate, los nuevos autores de libros de terror trivializaron la materia y, asustados por el nulo interés de los lectores, empezaron a recargar sus libros de efectismo, regodeándose así en una suerte de terror plástico que vulgarizaba y convertía las sensaciones humanas en simples accesorios para sostener el suspenso de sus historias.

Bajo este contexto, naturalmente, el género terror pasó a convertirse a un género apestado. Encima de todo, el modernismo más brutal en la historia de la literatura hizo su entrada en la primera parte del siglo XX aplastando por completo a los géneros “menores”. Se publicaron entonces Ulysses de James Joyce y La tierra baldía de T.S. Eliot, dos de los libros más importantes de todo Occidente y, también, dos de las obras casi imposibles de entender sin el auxilio de un itinerario de lectura y el soporte inmediato de algún estudio crítico. Una buena parte de académicos y lectores pensó entonces que algo completamente difícil de leer y, sobre todo, de interpretar, era literatura “pura” y buena.

Con todo, leer libros de terror o de subgénero se volvió en algo inapropiado, fatalista y casi vulgar para la academia y los defensores de las “buenas costumbres literarias”. ¿Tenían razón? En parte sí y en parte no. Dado el sabotaje literario de ciertos autores al género terror, el prejuicio podía sustentarse, mas no perpetuarse. ¿Quién en su sano juicio podía despreciar por siempre al género ensayado por Edgar Allan Poe?              

Frente a esta coyuntura, el genio de Stephen King entró a cambiarlo todo. No solo popularizó el género terror, sino también puso en evidencia las farsas y triquiñuelas de los autores que habían mutilado el género hasta casi desaparecerlo. Con sus libros, King hizo lo que no habían hecho estos escritores hasta entonces: restar importancia al mismo “terror” y anteponer las emociones humanas a la fantasía o el suspenso del mismo modo que lo hizo en su momento Edgar Allan Poe. En ese sentido, Stephen King prefirió otorgar mayor relevancia al drama existencial, a las pulsiones que mueven al hombre, a la psique de la civilización moderna y a los mecanismos de nuestra cultura contemporánea. Partiendo de este punto, renovó por completo las bases de hacer terror en literatura, elevando y enriqueciendo así este género tan vapuleado y mal visto.

Desde su primer trabajo publicado, King fue utilizando como ingrediente principal las fobias de su sociedad. Quizá por eso ha logrado insuflar mejor que ningún otro la verosimilitud narrativa y dramática en este tipo de novelas. A estas alturas, nadie puede sorprenderse que David Foster Wallace mandara a leer Carrie a sus alumnos de Escritura Creativa. Quizá quería enseñarles que dejen de pensar que solo existe un tipo de literatura y que los géneros aparentemente “menores” podían llegar a ser también géneros mayores. Pero fuera de esta especulación, Carrie mantiene una interesante complejidad narrativa y está repleta de subtextos y matices para su interpretación. Desde luego que a un lector como Foster Wallace no se le podía pasar una cosa como esa, así como tampoco se le pasó el otro mérito que King guarda en su narrativa.    

La diferencia de Stephen King con el resto de escritores del género terror es su forma de abordar las historias. Al momento de escribir, el autor de Apocalipsis describe la realidad desde la fantasía y no al revés. Tal y como lo señalaba David Foster Wallace, para un escritor de ciencia ficción o de terror, la realidad debería ser la fantasía de aquel surrealismo. Y precisamente así trabaja Stephen King. Él no hace fantasía, lo que intenta hacer es realismo partiendo desde la fantasía. Quizá por eso sus historias le salen tan bien y son excesivamente verosímiles, pues introduce ese realismo con bestialidad dentro de un universo fantástico ya establecido desde un inicio.

Pero si bien Stephen King es un gran maestro del género terror, también tiende a equivocarse o a repetir cierto molde estructural. Sospecho que el autor conoce perfectamente el límite de su genio y sabe muy bien hasta dónde puede llegar probando otros géneros y las consecuencias que estos rastreos literarios le pueden hacer pagar. Aunque el simple hecho exploratorio y el sondeo en otros universos temáticos solo demuestra una cosa: su incansable ambición literaria y su necesidad por crecer y expandirse, ya que King no solo es un escritor de libros de terror, sino también es un indiscutible fabricante de vastas mitologías humanas. 

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Apocalipsis. Sin la menor duda, esta debe ser la mejor novela que Stephen King haya escrito hasta ahora. Es un libro con un fondo oscuro y violento, acaso abyecto, que describe a través de asociaciones simbólicas la complejidad interna/psicológica de los seres humanos. King nos muestra el bestialismo, la irracionalidad y la locura que emergería de nosotros al vernos frente a una situación límite como el fin del mundo o de nuestra especie. Pero también nos muestra la justicia, la bondad, la valentía o el idealismo que en algunos casos podría aflorar, partiendo del hecho de que todo ser humano es, por definición, un ente ambiguo y ambivalente que jamás podrá ser completamente malo o completamente bueno.        

Como gran parte de las ficciones de Stephen King, lo que caracteriza a Apocalipsis es la audacia por exponer el telón de un gran tema universal por medio de alguna excusa fantástica o terrorífica. En este caso, como ya señala el título, “el apocalipsis” del mundo. La historia es básicamente la siguiente: el escape de un virus creado en un laboratorio secreto de Estados Unidos provoca una pandemia brutal que extermina al noventa por ciento de la humanidad. Los supervivientes, gente en apariencia inmune al virus, se ven envueltos en un mundo escalofriante y violento y, poco a poco, comienzan a tener extrañas pesadillas en las que, por un lado, aparece una anciana negra que los incita viajar a Nebraska y, por el otro lado, una sombra con ojos malignos y resplandecientes que los estimula a introducirse en los caminos del mal. Los personajes empiezan a reunirse en bandos: el grupo de la anciana negra y el grupo de la sombra con ojos malignos. Cuando están completos, el enfrentamiento entre ambos regimientos es inevitable.

Si bien Apocalipsis es un libro de aventuras o de marchas, es al mismo tiempo una ficción que describe un mundo ampliamente simbólico. De ahí que no solo sea la fabulación de una sociedad aniquilada o distópica, o del enfrentamiento entre el bien y el mal, sino también una exploración dedicada al comportamiento del hombre y a sus sueños. En esta novela, King establece desde las primeras páginas un elenco coral del universo humano. Nos topamos con individualidades y gregarismos, con locos y santos, con una infinidad de voces y perfiles que empiezan en un momento a desbordar todo el relato. Sin embargo, el genio de Stephen King enhebra este rompecabezas de voces diversas con impecable precisión, utilizando como principales aliados el vértigo del ritmo narrativo y el socorro de la hibridación del estilo indirecto libre.

A pesar de su abigarramiento y vastedad, Apocalipsis nunca parece un universo caótico, descentrado, disperso o sin orden. Todo lo contrario, la novela está perfectamente organizada y esquematizada, sobre todo en el ámbito de los personajes principales que se mueven signados por algún ideal. De este modo, hay dentro de ese universo demenciado una fuerza que imprime trabazón y coherencia al conjunto, estructura y armonía hasta en los más ínfimos detalles. Esa fuerza no es otra cosa más que el punto de vista o las sensaciones de los personajes. Gracias a que la novela está escrita en estilo indirecto libre, King puede producir fácilmente una hibridación del narrador anónimo con el interior de sus personajes, colmando así la novela con los puntos de vista y la psicología de los protagonistas.

Por otro lado, la rapidez narrativa otorga a la historia una sensación de movimiento continuo, de gente que avanza y corre y que no parecer tener pausas ni hiatos de tiempo. Todo ahí es actividad y flujo, todo es una eterna oscilación que no deja respirar. En este plano, Stephen King es acción pura y delirante, con una prosa que recorre el libro con la vehemencia de un animal rabioso.  

El autor despliega en Apocalipsis una extraordinaria audacia narrativa, llenando ese universo ficcional con detalles y matices que configuran las acciones ulteriores de sus personajes. Trashcan (“el hombre basura”) o Harold Lauder son dos grandes ejemplos de esta labor narrativa. De este modo, todos los protagonistas de la novela concluyen su destino en detrimento a su personalidad o filosofía, más que lo hechos ajenos como el virus o la exterminación de la raza humana. Y es que el “apocalipsis” de la novela está precisamente en la vasta cantidad de personajes y su exposición de personalidades, sus choques políticos y argumentales, sus encuentros teológicos o sexuales, etcétera. King nos enseña que no existe salvación para ese apocalipsis individual.

Un dato que todo lector de Stephen King debe conocer es la preocupación formal del autor por los personajes “malos”. Al parecer, King se esfuerza por entenderlos y apreciarlos y darles una mayor profundidad humana. Pensemos por ejemplo en Harold Lauder de Apocalipsis, en Jack Torrance de El resplandor o en Annie Wilkes de Misery. Son todos personajes redondos y a flor de piel que dejan en la mente del lector una estela de nostalgia o de repudio al recordarlos, así como los más grandes personajes de Cervantes o Dostoievski.   

Como lo señalamos líneas arriba, Apocalipsis pertenece a la estirpe de novelas omnívoras o infectas de elefantiasis. En su edición de bolsillo sobrepasa las mil seiscientas páginas. Vemos aquí una propensión totalizante que se encarna en la novela, hallamos pues esa vocación numérica de querer extenderse, inflarse, crecer, multiplicarse en todos los aspectos, ángulos y niveles textuales. En lo personal, no cabe duda de que la extensión en esta ficción narrativa forma, definitivamente, parte constitutiva de su calidad literaria.

Lo curioso de Apocalipsis es que cuando el lector se sumerge en la historia olvida por completo el número de páginas y, para su asombro, termina deseando muchas (¡muchas!) más. Y es que el poder de persuasión de la prosa de King  anula toda la distancia entre el libro y el lector, elimina la actitud crítica y eclipsa las palabras dando primacía a las imágenes, los hechos y las sensaciones de los personajes, abarcando así múltiples niveles de realidad enriquecedores para la novela. Hay, además, un carácter visual en las descripciones y una sensorialidad plástica en las acciones que el lector tiene la sensación de estar viendo lo que ocurre en la novela. En ese sentido, su estructura o, mejor dicho, su montaje, se parece mucho al de una serie de televisión.  

Como toda ficción de estas proporciones, Apocalipsis es también un libro imperfecto. Algunos capítulos llegan a estirarse demasiado y van perdiendo fuerza a medida que se agrandan. Ciertas muletillas o conectores se repiten con exceso, aunque llegan a ser olvidadas durante la lectura. Pero lo más importante que debemos reprochar a King es su irresponsable intento de hacer “fantasía” dentro de su ya ubicado universo fantástico. Me explico. Stephen King no necesita forzar la fantasía o el terror dentro de su estructura novelesca pues aniquila su propio universo que de por sí ya es fantástico. Dos rápidos ejemplos. 1) Dentro de Apocalipsis hay un “ojo invisible” que vuela por todo el mundo, se teletransporta, acecha y se mete dentro de la mente. 2) También existe un personaje que se convierte en demonio o en pájaro y, cuando se molesta, muestra unos dientes del tamaño de un caimán. Estas dos cosas resultas inverosímiles y forzadas dentro de la narración. Y no porque King las describa mal o las haga presentes en situaciones comprometedoras, sino porque el autor olvida que en lugar de buscar la fantasía debe buscar la “realidad”, pues solo esa “realidad” en su particular universo podrá convertirse a la postre en una adecuada fantasía para el lector. Y así como todo el mundo acepta en la novela la muerte del noventa por ciento de la población por un virus o las apariciones de Madre Abigail en los sueños de los personajes, se podrá aceptar también cualquier otra fantasía que se justifique con el propio universo novelesco de Apocalipsis.            

Para terminar: desde hacía mucho tiempo se critica y desdeña mucho el lenguaje que utiliza el autor, aunque hasta ahora no llegó a entender con exactitud por qué. Me pregunto si estos fiscales de las letras, académicos sin biblioteca, han leído realmente algunos de sus libros. ¿Lo habrán hecho? Sospecho que, en la mayoría de los casos, no ha sido así, pues estas críticas son casi siempre bastante antojadizas e infantiles. Al menos en todas las novelas que he leído, King demuestra dominar el idioma a la perfección. Su prosa es asequible, límpida y sofisticada por momentos. Hacer menoscabo de su relación con el lenguaje es ciertamente una gran irresponsabilidad. Sus lectores sabemos que Stephen King conoce el idioma, pero no hace fetichismo ni ampulosidad con él. Sin embargo, en Apocalipsis hay pasajes hermosos y llenos de poesía como en lo mejor de Carson McCullers, y, por otro lado también, pasajes rebosantes de una prosa trepidante y violenta como en las novelas de Cormac McCarthy o Don Delillo.    

Con todo, Apocalipsis es la obra que a cualquier escritor le gustaría escribir y la gran novela que todo aspirante a escritor desearía plagiar, pues esta nos recuerda que el mundo no es el que vemos, sino es un mundo que está lleno de cosas oscuras y peligrosas al otro lado de la página. Y eso, King lo sabe muy bien.   

[1]  Premio concedido también a William Faulkner, Flannery O´Connor, Truman Capote, John Updike y otros grandes escritores. 

[2] Subgénero que combina la fantasía, el terror y la ficción postapocalíptica, con historias ubicadas en futuros distantes y cuando la Tierra o, incluso, el Universo están muriendo.

 

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