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Los cuentos de Pilar Dughi

Entre los libros que se presentaron en la pasada edición de la FIL, hubo uno que despertó el entusiasmo de los lectores, al punto que la prensa cultural no demoró hacer eco de su presentación. No era para menos, puesto que si hay una obra que merece conocerse, apreciarse y, en especial, difundirse lo más que se pueda, esa obra es precisamente la de Pilar Dughi (1956 – 2006).

Sin embargo, luego de la algarabía ferial, las cosas han vuelto a su normalidad: visibilizar libros menores y celebrar refritos que no interesan a los lectores de verdad. No hay excusa: no dar cuenta de la poética de Dughi, aparte de un acto de mezquindad, es todo un reflejo del síntoma que identifica al circuito cultural limeño: la ignorancia, de la que somos testigos gracias a sus escritores que luchan por el guindón de la torta del reconocimiento y periodistas culturales (o llámalos reseñistas pura vida) que más parecen impulsadores de las grandes y pequeñas editoriales.

La obra de Dughi debe difundirse mediante los medios tradicionales y virtuales. Su poética ya es merecedora de nuevos lectores, que como tales, la asumen como una voz lejana, cuando lo cierto es que su propuesta narrativa es una de las pocas cosas honestas que le ha pasado a la narrativa peruana contemporánea.

Todos los cuentos (Campo Letrado, 2017) es no menos que un acontecimiento, por la sencilla razón de que los libros de Pilar Dughi venían siendo esquivos para no pocos lectores. Lo curioso es que no hablamos de una obra publicada hace mucho tiempo. Si la vemos en el arco temporal desde que esta se dio a conocer, sus libros aún tendrían que hallarse en los anaqueles de las librerías del circuito o, en todo caso, ubicarlos en las librerías de viejo/segunda mano. Algo pasó con la obra de Dughi, se perdió o, a lo mejor, ande por allí extraviada, fondeada.

Resulta imposible no someter a cuestionamiento la narrativa de Dughi. Eso fue lo que hice, volver a la autora y colocar en balanza su primer cuentario, La premeditación y el azar (1989), que publicó a los 33 años. ¿Cuánto ha resistido el libro? ¿Acaso seguirá vigente? Preguntas necesarias para acercarnos con seriedad a una poética que no tiene que ser valorada en la indulgencia emotiva, sino en la seriedad que, sin duda, ella hubiese demandado.

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La primera impresión que tenemos tras la lectura es que nos hallamos ante un primer libro marcado por la madurez de oficio. No se percibe en él ningún atisbo de apuro, que colegimos mediante la seguridad de la prosa y la profundidad temática. Este libro nos pone en bandeja una voz encontrada presente en los 15 cuentos que lo componen, pero ello no nos libra de encontrar algunas irregularidades a causa de la excesiva cautela de la autora al momento de narrar, pecando de cerebral en situaciones que merecían un mayor nervio emocional. Pienso en los cuentos “El canto de la mariposa”, “Uno de los trece” y “La víspera”. Pero no puedo ser ajeno a sus cimas, como “La noche de Walpurgis”, “El desayuno”, “El mensaje” y el homónimo que titula a este cuentario.  

Como indiqué líneas atrás, nos preguntamos por su vigencia y lo cierto es que un libro de esta factura, ciñéndonos a los caprichos de la especulación, la estaría rompiendo y formando magisterio de haberse publicado en estos años del nuevo siglo. Escuela en dos caminos que convergen: el talento que se trabaja (escribir es picar la roca) y la ética creativa.

Seguimos recorriendo estas páginas e ingresamos al segundo cuentario: Ave de la noche (1995). Aquí Dughi confirma lo que intuíamos en su primer libro: su señalado oficio, pero al que añade un elemento más, o, en todo caso, un refuerzo a la hora de perfilar a sus personajes: la profundización en la condición humana de los mismos. Al respecto, suele destacarse que en estos cuentos (15 también) la autora puso de manifiesto su conocimiento de psiquiatría, pero la relectura nos brinda otra dimensión: el poco favor que se le hace a Dughi trayendo a colación este conocimiento, que se justifica en la biodata, pero no en la experiencia literaria. Aquí nos preguntamos lo siguiente, inquietud que la mayoría sentimos con los cuentos de Julio Ramón Ribeyro y el primer cuentario de Guillermo Niño de Guzmán: ¿qué cuento es el menos bueno? Razones no faltan, en cada texto la autora refulge gracias a su mirada y oído privilegiados y a su oceánico saber humanístico. Su capacidad para escrutar la vemos en los pequeños y grandes detalles, no necesariamente asociados a la parcela de la cotidianidad, como sí en su libro debut. Hablamos de un libro consagratorio, justificado en cuentos como “Lector in Fabula”, “Orbe Novo” (atención en la contundencia de su brevedad, la misma que en el primer cuentario se mostraba de irregular), “Conciliación”, “Parábola de Cervantes y Lope”, “Dime sí”, “Las chicas de la yogurtería”, “Naranjos y limoneros” y “El cazador”.  

En 2008 publicó La horda primitiva, cuentario póstumo en el que hallamos las confluencias de los senderos recorridos en los dos títulos precedentes. Si el primero se identificaba por la seguridad de la prosa, el segundo por la acuciosidad de la voz (y la mirada), en el tercero se afianza el tema. Hay pues un aliento a descomposición anímica, que no solo debemos asociarla a la metáfora de la enfermedad. Sea por las situaciones contadas y el perfil de los personajes, Dughi nos muestra un mural de la degradación. Por otra parte, aunque este volumen no exhiba el engañoso voltaje verbal de La premeditación…, somos tranquilos espectadores de un dominio narrativo en estado de gracia. Seguramente, para muchos este no es el mejor libro de la autora, sin embargo, para quien escribe estas líneas lo es. La perfección formal (y no solo me refiero a las leyes a cumplir en un género tan jodido como el cuento), la tersura de la prosa y los constantes guiños al lector que nos llevan a buscar diálogo de influencia con la tradición narrativa del hastío que hallamos en Bartleby de Melville y los relatos de El muro de Sartre, nos entregan un aspecto que pocos libros peruanos de ficción ofrecen: la posibilidad de aprender a narrar. Si el “exceso” (para la media en cuentarios) en número de cuentos era su marca, ahora nos entrega siete que transitan entre el encapsulamiento de la dictadura de la novela corta y la perfección poética. Nos enfrentamos a una Dughi recargada, que ha escrito pensando en ella misma y también en el lector pero sin subestimarlo. Por esta razón, cuentos como “A mí no me importa”, “Los guiños del destino”, “¿Alguna novedad?” y “Aeda” nos obligan a realizar más de una lectura simbólica, esto, como segunda experiencia luego de la contundencia argumental y dicha estilística que prodiga la escritora.

En la sección Cuentos no recogidos en libros solo tenemos uno: “Solitarios bajo la nube estival”, publicado en el primer número de la revista Diégesis (2001). Cuento que cumple en su ley y en su oscura revelación de las ilusiones perdidas de los jóvenes de la generación de la protagonista, la del ochenta; sin embargo, no podemos equipararlo con aquellos que sí fueron publicados en libro.  

No me equivoco, ni caigo en la exageración: Todos los cuentos es una de las mayores publicaciones del año, le da brillo y color a la palidez narrativa que signa a la narrativa peruana en estos meses. Lo saben los lectores de Dughi y los lectores que aprecian la buena narrativa.

Y para terminar, el mensaje a la conciencia: hay que escribir de los cuentos de Dughi, también de la reedición de su novela Puñales escondidos (Cocodrilo Ediciones, 2017). En otras palabras, redefinir la estrategia: charlas, conferencias y mesas redondas solo interesan a los que ya saben de su obra, pero no despiertan la más mínima atención en los nuevos interesados en narrativa peruana y para ello es necesario copar lo primero: el registro de la difusión. Los reseñistas pura vida y las activistas del feminismo local tienen por delante una tarea, placentera como tal, puesto que nos estamos refiriendo a una tremenda narradora peruana.

G. Ruiz Ortega

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