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Martín Kohan: “Nunca leí un libro de un tirón”

Martin_Kohan

Por: Carlos Zambrano Pérez

 

Es por el correo de Martín Kohan que llego a Libros del pasaje, la librería que desde mayo del 2004 está a pocos metros del cruce de las avenidas Costa Rica con Thames, en Palermo. Queda en Thames 1762 ¿A las cinco, ahí? Vuelvo a leer el mensaje (la foto que le tomé a la pantalla con el mensaje, porque no tengo internet en el celular). Esos primeros correos, en los que me presento y le hablo de aquella otra vez en que lo vi en el 2012, en la FIL, en donde me firmó Ciencias Morales, son de la última semana de mayo. Dos meses después, a pocos días del retorno a Lima, recorro ese lugar con piso y acabados en madera, acogedor por lo angosto, buscando algunos de los títulos que en diversas entrevistas Kohan ha dicho lo impresionaron: La familia, de Gustavo Ferreyra; La novela luminosa, de Mario Levrero; Glosa, de Juan José Saer; Los planetas, de Sergio Chejfec; Respiración artificial, de Ricardo Piglia. También busco los títulos de Borges que por esos días ha reeditado Sudamericana y que circulan ya en todas las librerías de Buenos Aires. Me detengo en la portada por completo blanca con relieves negros y azules de El Aleph, uno de los libros favoritos de Kohan por tener también uno de sus cuentos favoritos, el sexto de los diecisiete que publicó Borges en 1949 : “Emma Sunz.” Es sábado cinco de agosto. Son las cuatro y media de la tarde.

 

Martín, fuiste profesor de secundaria durante algunos años ¿Podrías hablar de esa etapa? Me interesa cómo se plantea esa relación entre alguien para quien la lectura es una forma de vida y un alumno no necesariamente interesado en ella. ¿Es posible interesar a un alumno en la literatura?  

Es posible, por supuesto, aunque nada garantiza que eso se logre. Se intenta con todos y se logra con algunos, a veces con muchos. Lo que creo, sí, es que algo pasa cuando alguien pone en juego una pasión. Esa pasión se transmite, se contagia, o al menos suscita alguna curiosidad; pero algo va a pasar. El problema es cuando un docente no transmite su pasión de lector, acaso porque ya no la tiene. 

En El último lectorPiglia habla de esta imagen del Che Guevara subiéndose a un árbol para leer. También está lo de Kafka y la cueva. Alan Pauls habló en algún momento de la lectura siempre con lápiz en mano, atento a la captura de algo ¿Cómo lees? ¿Tienes alguna manía, algún lugar ideal de lectura, por ejemplo, donde esa relación con el libro cobre especial intensidad? 

No tengo ninguna manía, en general, y tampoco para la lectura. Puedo leer prácticamente en cualquier lugar. Donde más me cuesta hacerlo es en mi casa, pero no por ninguna manía, sino porque es donde más me distraigo. Yo leo con lápiz en mano también, marcando y subrayando; pero tampoco eso es por manía, sino porque me permite trazar líneas de sentido en lo que leo (es decir, con otras palabras, leer).

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Hay una forma de recorrer librerías, como desafiándolas, como inspeccionando los anaqueles a la búsqueda de que el libro que uno busca precisamente no esté, a la búsqueda no del libro sino del espacio vacío; y sin embargo en Libros del pasaje todo lo que busco, todo lo que incluso sin buscar me propongo buscar de pronto, está: Operación masacre, de Rodolfo Walsh; Zama, de Antonio Di Benedetto; Cicatrices, de Juan José Saer; Los siete locos, de Roberto Artl.

Me acerco a la muchacha del mostrador, que está hablando con otra muchacha.

¿Te queda Novelas breves, de Juan Carlos Onetti, en Eterna Cadencia? (Le queda.)

¿Tienes Formas breves, de Piglia, en Anagrama? (Tiene.)

Pregunto entonces por los libros de Kohan que no se encuentran en Lima: Dos veces junio, El informe, Los cautivos, Segundos afuera, Museo de la Revolución. Las tienen todas (¿lo tienen todo?), aunque me especifican que en Debolsillo. En las versiones grandes, me dicen, esos libros ya no se encuentran en ningún lado. Luego una de ellas se queda pensando. Me dice:

Aunque sería raro, ¿por qué no mirás en Corrientes? 

 

Varias veces has mencionado que tu labor como docente universitario es en esencia formar lectores: Esta idea del lector formado me llama mucho la atención ¿Se puede enseñar a leer? ¿Qué es saber leer? O, si se quiere: ¿qué es ser un buen lector, para ti? 

Se puede enseñar a leer, claro: no es algo que uno nazca sabiendo. Y se enseña dando a ver distintas maneras de hacerlo: las distintas concepciones de la literatura y las distintas maneras de leer que de ellas se derivan. Ese proceso de formación es exigente y muy placentero, y dura toda la vida.

Hay una experiencia de la lectura ininterrumpida, de un tirón, muy intensa, de la que uno sale aturdido. García Márquez habla casi en estado de trance que tuvo con Pedro Páramo. ¿Recuerdas alguna en tu caso?

Nunca en mi vida leí un libro de un tirón.

 

A Kohan lo conocí en julio del 2012, un viernes por la tarde en que me fui a la FIL directamente del trabajo, empezando vacaciones, dispuesto a reventarme medio sueldo en libros. Fui directo al stand de Océano, por aquel entonces la importadora de Anagrama, y ya al tanto de los descuentos del 20% me puse a buscar autores que jamás había leído. La recompensa del flaneur librero es, por supuesto, el descubrimiento. Hice lo clásico: revisar primeras páginas, un poco del medio, un poco del final, un poco de entre el final y el medio. Me llevé Daniel Sada. Me llevé Vila-Matas. Me llevé Zambra. Por ahí, entonces, no sé bien cómo, encontré esa portada que me llamó la atención, una especie de escena medieval doméstica entre brujas y demonios, y que después supe era una pintura de Nino Caffe, Nero e Rosso; después lo que estaba debajo del título, Premio Herralde de novela, me remitió a Bolaño. ¿Quién era este Martín Kohan? Argentino. Bonaerense. Profesor de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Patagonia. 1967. La primera página de Ciencias Morales me la sé casi de memoria: “Alguna vez este colegio, el Colegio Nacional, fue solamente de varones. En esos tiempos ya distantes, los tiempos del colegio de Ciencias Morales, por no decir los más remotos del Real Colegio de San Carlos, las cosas debieron ser, por necesidad, más claras y más ordenadas. Es simple: faltaba ni más ni menos que la mitad de este mundo que ahora lo integra: Esa mitad hecha de jumpers, de vinchas, esa mitad hecha de cintas y hebillas, esa mitad que requirió la instalación de baños aparte en el colegio y vestuarios aparte en el campo de deportes, antes, mucho antes, en los tiempos de Miguel Cané, en los tiempos del profesor Amadeo Jacques, sencillamente no existía.”

 

Has afirmado varias veces que corriges mucho en la cabeza antes de sentarte a escribir, que desconfías también de los primeros entusiasmos ¿Cómo se da ese proceso creativo previo al papel? ¿Cuándo es que finalmente te sientas a escribir?

Es simple, son cosas que uno va pensando, probando mentalmente: tonos, comienzos de frases, escenas. Cuando doy con el tipo de narrador, con el registro de su enunciación, con su perspectiva y con su relación afectiva respecto de lo narrado, entonces considero que puedo empezar a escribir. Otros prueban estas variantes en el papel, ya escribiendo, y descartan las versiones que no los conforman; yo prefiero ensayar mentalmente y pasar al papel cuando esas cuestiones ya están dirimidas.

 

Ya con los libros en la bolsa seguí dando vueltas por ahí cuando en el megáfono se oyó que Kohan iba a participar en un conversatorio. Auditorio Blanca Varela. Allí lo vi hablando con otros tres participantes. El tema: la situación de la novela argentina en relación con la tradición.  ¿Preguntas? Pocas. Recuerdo una: la de una señora que le preguntó a Kohan si recordaba a un nieto suyo que había estudiado en la Universidad de Buenos Aires. Le dio el nombre y el apellido. Claro, me acuerdo, respondió Kohan con amabilidad. Entonces levanté la mano y le pregunté algo que ya no recuerdo, algo sobre Anagrama. Recuerdo en todo caso más su respuesta que mi pregunta: dijo que la circulación de los textos en Latinoamérica dependía casi absolutamente de la triangulación con Barcelona. Los textos a Latinoamérica llegaban de rebote desde ahí. Al final del conservatorio me acerqué para la firma.

 

En un artículo afirmas que no hay día en que, de una u otra forma, no pienses en la obra Mario Levrero. Tiempo atrás también mencionaste que Bahía Blanca la escribiste un poco bajo su influjo. ¿Cómo llegaste a Levrero y cómo influyó su obra en tu trabajo? 

Damián Tabarovsky, que editó El discurso vacío en Interzona y dio comienzo así a la publicación en Argentina de todos sus libros, me había hablado hace tiempo de Levrero. Al componer el diario que ocupa la primera parte de Bahía Blanca, resonaban en mí esos dos tremendos diarios que construye Levrero: el de El discurso vacío y el de La novela Luminosa.

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Hay un grupo de escritores que sueles mencionar: Sergio Chejfec, Gustavo Ferreyra, Juan José Becerra ¿qué te interesa en la forma de abordar la literatura en cada uno de estos autores? 

Son distintos entre sí, pero aprecio en cada uno de ellos, cada cual a su manera, la capacidad para producir algo singular con el lenguaje.

Además de los antes citados ¿Podrías mencionar cuatro libros de autores argentinos contem-poráneos que te hayan entusiasmado en especial? ¿Por qué?  

Menciono cuatro libros recientes: Tipos móviles de Leonardo Sabatella, Una ofrenda musical de Luis Sagasti, Matate amor de Ariana Harwicz, el último volumen de Cuadernos de Lengua y Literatura de Mario Ortiz. La literatura no es en ellos la continuación del mundo real por otros medios, sino otra cosa, radicalmente otra cosa.

 

Martín llega a las cinco con diez. Va todo de negro y todo de adidas. La mochila también es negra. Adidas, también. Sé por los correos que ese mismo día acaba de llegar de Santiago de Chile. ¿Martín? le digo, y le doy la mano. Mucho gusto, también la estira.

Libros del Pasaje tiene eso que tienen casi todas las librerías en Buenos Aires, un espacio paralelo en el que poder tomarse un café y un dulce y conversar y, ya si uno quiere, llevarse un libro. Es de hecho el ambiente que uno encuentra a esa hora: el jazz o el rock local que recubre esa otra especie de música que es la conversación ajena. Parece que está todo lleno, me dice, dando un último recorrido con los ojos al lugar. También podemos ir otro lado, y enumera algunas librerías cercanas: está acá a unas cuadras Eterna Cadencia, también Fondo de Cultura Económica. Repara, sin embargo, ya en la calle, en una pequeña cafetería al lado, demasiado moderna quizá, o dema-siado al paso, a la que me propone entrar, un poco resignado. Ya ubicados, me dice, discreto: “mirá a tu al- rededor, ¿vos te das cuenta de la temática?” Claro, el lugar está repleto de motivos que aluden a Juan Domingo y a Eva Perón. “Esta es una cafetería peronista”, sentencia, como quien descubre o como quien acusa un secreto. 

 

¿Y cuatro libros latinoamericanos, no argentinos? 

Bonsái de Alejandro Zambra; Prontos listos ya de Inés Bortagaray; Sangre en el ojo de Lina Meruane y Trabajos del reino de Yuri Herrera.

Escribiste alguna vez que una pesadilla que tuviste fue que tu hijo fuera de River ¿te pasó ese temor de que tu hijo no leyera, de que fuese de los que, cuando viajan, miran solo al frente? ¿Hay algo en el lector que eres que influye en la forma de ser padre que eres? 

En verdad, nunca dije eso. Cuando escribís un artículo para un diario, el editor suele elegir el título, y ese fue el caso. En cuanto a mi hijo, mi temor es que sufra, que no sea feliz. Que lea o que no lea, no sé, que haga lo que quiera, que no haga nada que lo mortifique. Puse especial cuidado en que el lector que soy no perjudicara al padre que soy, es decir, que no le restara tiempo de dedicación.

Quisiera preguntarte por Saer ¿Recuerdas esa primera lectura de Glosa? ¿Cómo llegaste a él? ¿Qué te impactó? Leída Glosa, ¿por dónde recomendarías continuar? 

Beatriz Sarlo incluyó Glosa en un seminario que dictó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1988. Yo no me había imaginado hasta entonces (tenía 21 años) que algo así pudiese escribirse. Trato de no recomendar lecturas a nadie, pero si me preguntás, diría que Cicatrices.

Has dicho, a propósito de los cuentos de Onetti, que le envidias esa forma de trabajar el amor que nunca llega a la cursilería. ¿Podrías explicar un poco esta idea?  

Es tan sencillo y concreto como eso: las frases de amor en los textos de Onetti me conmueven, y no sé cómo consigue expresarlas sin caer en aspavientos retóricos ni tampoco en retaceos. 

 

En la cafetería nos atiende una muchacha pelirroja, un poco en otra cosa. Martín pide un café. Así lo dice: un café. Yo pido lo mismo. Cuando los traen advierte discreto, entre divertido y resignado: mirá, me lo trajo en jarrito, yo odio que me traigan el café en jarrito. Es tan simple como eso: una taza de café. Ahora uno pide un café y tiene que explicar que solo quiere eso, ni en jarrito ni en pocillo: una taza de café. Me explica que en fin, nunca reclama, que si hay alguien que sabe de café, esa es su mujer. Es ella, que trabajó de barista durante años, la que sabe cómo se sirve un café. Si ella hubiese estado aquí, ya habría pedido que lo cambien, me dice mientras aparta la espuma con una cucharita para explicarme que en jarrito la composición es distinta. Hablar de eso nos lleva a hablar (me lleva a hablarle) de la atención en Buenos Aires. Le digo que hay lugares en donde me han atendido de maravilla, y lugares donde la atención ha dejado mucho que desear. Pasa en todas partes, agrego, pero aquí en Buenos Aires he sentido más la diferencia. Es un problema ese, me dice, porque hay lugares donde vos reclamás para que te cambien algo y no solo no te lo cambian, sino que incluso hay fastidio por parte del que atiende. Ya no estamos hablando de desconocer solo lo que es el producto que uno ofrece, sino también de los códigos o cordialidad en la relación con el cliente: si al cliente no le gusta, si no es lo que el cliente pidió, hay que cambiarlo. Insiste, en todo caso, en que no es él de los que reclaman, y me cuenta una cosa que le ocurrió una vez: fui con un amigo a comer algo. Las mesas para dos estaban apartadas, muy mal ubicadas, así que nos sentamos en una mesa para cuatro, más cómodas para conversar. La mesera nos dijo entonces, muy tajante, que esa mesa no era para dos, así que nos tuvimos que ir al sitio de en frente. Desde ahí podíamos ver la mesa que nos habían hecho dejar, y por eso vimos a las dos parejas que llegaron a esa misma mesa y la dejaron a los cinco minutos. Seguramente la atención no era muy buena. Ahí está: por estar esperando a cuatro, se terminaron perdiendo a dos. 

 

Leyendo Segundos afueraBahía Blanca, Fuera de lugar o los cuentos de Cuerpo a tierra se percibe un estilo ya muy reconocible: el trabajo casi obsesivo en la construcción de las oraciones (el uso del hipérbaton, la concatenación, la indeterminación mediante las enumeraciones de adjetivos) que, me parece, te ligan a Saer. ¿Qué tanta consciencia de ese estilo hay ya al escribir? ¿Cómo llegas a esa forma? En La forma inicialPiglia dice de Onetti que es de los escritores que encuentran una voz y luego, desde ahí, elaboran sus argumentos ¿Cómo se da en tu caso? 

Me alegro de que se perciba un estilo reconocible en lo que escribo. De libro en libro, procuro cambiar, buscar variantes; lo que insiste, lo que permanece, insiste y permanece por sí solo. Podemos llamar estilo a esas insistencias, a esas recurrencias, que siendo una marca de subjetividad se plasman objetivamente.

En Fuera de lugar hay, a la vez que el trabajo con el lenguaje, un gran manejo de la trama, que genera una lectura que si bien se disfruta en las palabras mismas también interesa por lo mismo que va contando (estoy pensando, por ejemplo, en esa despedida entre Marissa y Correa luego de la reunión en la mesa donde se cierra diciendo al lector: no sabían que no habría próxima vez) ¿Qué textos te han enseñado a manejar esa otra parte, la de cómo estructurar, administrar una historia?  

Muchísimos, ¡son cuarenta años de lectura! Algunos pueden estar influyendo incluso sin que uno mismo lo advierta. De eso se trata, como decíamos antes, una formación de lector. De la cual, claro, uno se nutre para escribir. 

 

¿Quiero hacer con Martín Kohan una entrevista? Quiero. Quiero estar al tanto de su formación y de los libros que lee, de la forma en la que escribe y de cómo se relaciona con eso que escribe. Pero espero el momento. ¿Cuándo es el momento? No sé. Supongo que cuando terminemos de conversar. Tengo, por si las dudas, algunas anotaciones, algunas palabras clave que pensé como puntos de partida: Piglia, Borges, UBA, Emma Sunz, Boca Juniors, Benjamin, Adorno, Onetti. 

Hay algo curioso que ha pasado aquí en Palermo, me dice Kohan, en pocos años se volvió un lugar muy de moda, de mucho turista, vos ves gente aquí de todas partes. Entonces, claro, han surgido varios de estos lugares donde uno se puede sentar y tomar algo, pero el problema está en la aten-ción. Es gente, por lo general muy joven, que entiende atender como una forma de disminución y entonces o te atienden de mala gana, un poco lo que me decías vos, o que no conocen lo que están ofreciendo, como acaba de pasar aquí. Hay gente para la que trabajar atendiendo es algo que se hace “mientras tanto”, hasta que se consiga algo mucho mejor. De ahí se pueden desprender muchas cosas. Ahora, no sé si te pasó que preguntás a la gente en la calle y es de lo más amable. Vos preguntás por algún sitio y el que está ahí realmente quiere ayudarte. Hay algo que pasa en los servicios que no se refleja en la calle.

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Hay una cuestión interesante en los estudios literarios actuales: el acercamiento a la literatura en tanto discurso (crónicas de conquista, la prensa, los diarios personales, las correspondencias, etc.), que me parece tiene relación con aspectos que también has abordado en tu libro sobre San Martín: el crítico literario como aquel que se pregunta cómo está hecho algo, cómo se construye, por quién, desde dónde. Entonces: ¿hasta qué punto es válida la idea de que los estudios literarios ya son en realidad estudios sobre el discurso en sí mismo?

Ya en Bajtin y Voloshinov estaba planteado así, si es que no antes. Inscribimos a la literatura en el sistema de los discursos sociales, y a la vez la distinguimos, entre esos discursos, buscando su especificidad. Luego puede hacerse también un abordaje de textos que no son de ficción, con las herramientas de lectura de la crítica literaria: es lo que hice con las narraciones históricas sobre las que trabajé en el libro sobre San Martín. Lo que Hayden White planteó en Metahistoria, hace ya casi cincuenta años, sirvió de marco teórico para aquel trabajo.

Te sorprendió que tuviera la edición de Segundos afuera en Sudamericana porque, según me dijiste, en Buenos Aires mismo ya es difícil de conseguir. Te comenté que si bien tus textos en Anagrama llegan a Lima, otros como El informeLos cautivos o la misma Dos veces junio no se encuentran. ¿Qué tan al tanto estás (qué tanto te involucras) en la circulación de tus textos?

Me interesa muchísimo que los libros que escribo lleguen a la mayor cantidad posible de lectores, y me frustra saber que algún lector se interesa en algo que escribí pero no puede dar con el libro. Sin embargo, no me ocupo de ese asunto, no es mi tarea, es tarea de los editores.

 

Hay otra cuestión de la que hablamos: la forma de ser de los argentinos. Hablan fuerte y hablan directo, digo, algo sorprendido. En Lima usamos las palabras de otra forma. Otro rasgo interesante: uno dice Buenos días, Buenas tardes, y te responden “Hola”. “Hola” es la palabra con la que se saluda todo el mundo aquí, no sé si importa mucho de qué generación seas. No sé si podemos hablar del argentino, responde Kohan, yo creo que podríamos hablar del porteño. Hay algo que tiene el porteño en particular y que a mí, en determinadas circunstancias, sí me podría llegar a incomodar: el exceso de confianza. Me pasó una vez en el bar al que voy (yo trabajo mucho en bares) que estoy trabajando y entonces viene alguien y me saluda; yo, como corresponde, saludo también, y entonces de pronto, sorpresivamente, la persona se sienta. ¡Se sienta! ¿Qué hacés frente a eso? Uno tiene que dejar de hacer lo que hacía y ponerse a buscar tema de conversación. Hay otra cuestión que ya se ha perdido aquí (me doy cuenta de que estoy hablando un poco ya como viejo) pero es algo que a mi padre le incomodaba muchísimo: el uso indiscriminado del vos. La verticalidad en el trato. Le incomodaba muchísimo eso que él se daba cuenta estaba cambiando aquí, y que hoy ya es una realidad. 

 

También, me parece, tienes agente literario. Beatriz Sarlo comentó, hablando de Saer, que no tenía agente, y que sin agente era imposible obtener premios. ¿Qué tan importante es esta figura del agente para un escritor?  

Tengo un agente literario, sí, porque no me gusta hablar de dinero: se ocupa él. En cuanto a los premios literarios, Saer con La ocasión obtuvo el Premio Nadal, lo que prueba que no es cierto que sin agente fuera imposible obtener premios. Luego, una evidencia: muchísimos escritores tienen agente y no ganan premios. Así que me temo que la regla falla.

¿Podrías mencionar algunas novelas en lengua extranjera que te hayan impactado recientemente? 

Me impactó mucho W.G Sebald, como a tantos. Me impactó mucho Edouard Levé, que acabo de leer.

 

Son un cuarto para las siete y me digo que tal vez ya sea hora de entrevistar a Martín. Le pregunto si tenemos un poco más de tiempo. Kohan mira su reloj y me dice que tenemos un poquito más, más o menos, me dice, porque quedó con un compromiso con un amigo para las siete. Estuve en Chile varios días y cuando llegás hay cosas que se te han acumulado, compromisos que uno fue asumiendo sin darse cuenta. Yo pienso entonces (aprendo a la mala) que lo primero que uno tiene que hacer antes de charlas como esta es preguntar cuánto tiempo se tiene. ¿Quiero entrevistar a Kohan en esos quince minutos que restan? No. Quiero utilizar esos quince minutos para seguir conversando, para darnos una vuelta por Libros del Pasaje y ver con él algunos libros, pedir algunas recomendaciones. Me dice que esto de los viajes se le ha dado mucho recientemente, y que andar cambiando de moneda puede llegar a ser agotador. Te vas a Colombia y te vas a Chile y el peso significa radicalmente otra cosa. Un café pasa de cien a mil pesos. Luego me dice: cuando fui a Lima me quedé cerca de este parque, el Parque Kennedy, y cuando regresé mi mujer me dijo: ¿Te fuiste a Perú y no conociste Machu Picchu? La próxima vez que vaya veo cómo hago un espacio y me voy para allá. Tengo mucha curiosidad. 

 

Mencionaste en algún momento tus reparos respecto de la idea de taller de escritura creativa, de enseñar a escribir. ¿La experiencia ya dictando el taller ha modificado en algo esa visión? ¿En qué sentido?

La experiencia de dictar taller es justamente lo que generó esa visión en mí. Confío mucho en la formación de lectores, y en lo que cada cual, como escritor, pueda aprovechar de ella. Pero tengo mis dudas con respecto a la formación de escritores de manera directa, no veo cómo no caer en recetas, en fórmulas, en dar consejos de escritura. Tampoco estoy de acuerdo en que, cuando se dice “escritura creativa”, se piense necesariamente en la escritura de ficción. Como si la escritura de crítica literaria no fuese creativa también.

Tengo la impresión de que, en tu caso, en la escritura hay una tensión entre el autor y el lenguaje cuyo punto final es, precisamente, hallar un lenguaje, un procedimiento. Esto me genera una duda, ¿cómo funciona en ti ese período entre la culminación de la escritura y la publicación? ¿Das los textos a leer a alguien? ¿Qué tanto tomas recomendaciones? Te lo digo porque siguiendo un poco lo que me parece es tu línea de trabajo la relación fundamental (y culminante) es la de autor-texto, ¿o no?

No diría que “un” lenguaje o “un” procedimiento, sino varios, y cambiantes. Doy los textos a leer, sí; a dos o tres personas de confianza. Luego debo decir que tuve siempre la suerte de contar con editores a los que admiro, como por ejemplo Luis Chitarroni, Leonora Djament, Fernando Fagnani, Jorge Herralde, Fabián Lebenglik. Si ellos tienen alguna sugerencia que hacerme, sería necio no tomarla en cuenta, al menos considerarla.

 

Cuando salimos de la cafetería, no sé bien por qué, le hablo de la entrevista que quería hacerle y que ya no podré hacer. Se queda pensando un rato ¿El lunes tenés tiempo? me dice. Le digo que el lunes a primera hora estoy saliendo para Lima. Hacé una cosa, me dice, mandámela al correo.

 

¿Puedes contarnos en qué estás trabajando actualmente? 

Estoy escribiendo una novela sobre un nacionalista argentino.

 

Los últimos diez minutos los pasamos en Libros del Pasaje. Para entonces a las dos muchachas de la tarde se ha sumado otro muchacho, que saluda a Martín con un abrazo ¿En qué andás, Martín? Aquí, le dice él, recomendando algunas cosas para el amigo. Este me encantó, me dice luego, sosteniendo un libro de Carlos Busqued: Bajo este sol tremendo. Quedó finalista en el premio de Anagrama, pero la novela le gustó tanto a Jorge Herralde que igual quiso publicarla. Me habla de Tipos móviles, de Leonardo Sabatella; de Villa del parque, de Jorge Consiglio, de La interpretación de un libro, de Juan José Becerra.

Son cinco para las siete y le pregunto si podemos tomarnos una foto. Encantado, me dice Martín. Me gusta que use esa palabra: encantado. Una muchacha que revisa libros en la sección de cocina es quien nos la toma. Mientras preparo la cámara, Martín le dice un chiste a la muchacha:

Ya se ve que el aparato es bueno, ¿no?

Ella se ríe, y yo también.

 

Muchas gracias, Martín. Para terminar: ¿un disco, una película, un lugar en Palermo en donde baste decir un café” para que te traigan, efectivamente, sencillamente, un café”? 

El mío queda en Almagro: se llama La orquídea.

 

Vuelvo a esos minutos posteriores a las siete en Libros del pasaje. Martín ya no está. Ya se fue. He estado revisando libros más o menos media hora y toca también irse. Regreso entonces al enorme anaquel de literatura argentina. Busco Borges. Saco El Aleph. Abro “Emma Sunz”: 320 pesos. Me lo llevo. Ya está oscuro cuando vuelvo a la esquina de Thames y Costa Rica y desde ahí vuelvo a mirar la cafetería ¿peronista?, concretamente la mesa donde una hora antes conversaba con Kohan.   

En esa mesa ahora hay dos extraños.

Los atiende la misma muchacha pelirroja.

La veo servirles dos cafés.

La veo servirlos en jarrito.

 

 

Carlos Zambrano Pérez (Trujillo-Perú, 1990). Es egresado de Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus cuentos han sido seleccionados por tres años consecutivos (2010-2011-2012) para Textura, mercado ambulante de cuentos, iniciativa organizada en la Facultad de Letras de esa misma casa de estudios. Ha publicado reseñas en la revista literaria El Hablador. En el 2011 obtuvo el primer lugar en el Concurso de Cuento Manuel Scorza, organizado por la Facultad de Letras, con el cuento “Orquídeas”. En el 2016 obtuvo una mención honrosa en el Premio Copé con el cuento “Se llevan todo”. Actualmente se dedica a la docencia.

(Imágenes de Martín Kohan, tomadas de 1 y 2.)

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