Creación/recomendaciones

“Pelícano”

Por: Richard Parra

 

 

I

—Hermana, no quemes esa foto de mi madre —le digo a Meche, pero ella igual la lanza a la fogata.

En aquella imagen, Meche, mamá y yo aparecemos en el festival del toril de Vilcas del año 79. Bailamos la ronda y mi vieja bebe chicha de jora directo del pico de la botella.

Después Meche incinera su diario, sus poemas de amor y los documentos senderistas que el maestro Víctor Quispe nos repartía en el colegio.

—Nada mío debe quedar en esta casa —me dice—. La policía o los milicos me buscarán y no quiero problemas ni para ti ni para mamá.

—¿Y por qué vendrían?

—Es que me voy a la guerra, Miguel.

—¿Y para qué?, hermana.

—Tú solo di que me largué. Inventa lo que sea. Que estoy de sirvienta. De placera o de amiguita de camioneros.

Emana hollín de la fogata, trocitos de papel chamuscado revientan como canchita. Meche viste un pantalón de lona, una chompa de moroco, un chullo negro y unos botines gastados. Hasta se ha cortado las trenzas y las ha envuelto con periódico, pero no las quema.

—Apestarán —me dice—. Mejor las tiraré por el cerro Vilcas.

II

Anastasia paseaba por la playa.

—No me molestes, feo de mierda —me dijo después de invitarla al circo—. Una más y le digo a Ñato que te chanque.

La tarde siguiente, pasó del brazo del tal Ñato, quien calzaba unos mocasines remendados, y yo le dije:

—Anastasia, ¿por qué sales con cagones que no tienen un cobre? Yo trabajo en el mercado. Mira mis botines, mi guayabera.

Ñato, en respuesta, me lanzó una pedrada y yo me corrí:

—Si un día te chapo, Pelícano de mierda —me dijo—, te meto al desagüe, así igualito como fondearon a la puta de tu madre.

Otro día, los seguí por la costa. Les dije “cacanas de perro” y les lancé un pescado podrido. Luego los amenacé con una daga, los tumbé boca abajo y los amarré. A Ñato le corté el pescuezo de un extremo al otro y a ella le apuñalé el pecho. Como mi rostro quedó impregnado en sus ojos, se los saqué y se los tiré a los pelícanos.

Los gendarmes me chaparon y me mandaron a la prisión de Tambo de Mora donde dormía entre la porquería y los achiques. Los torcidos me tenían esclavizado y yo ya me disponía a meterles verduguillo a dos zambos pendejos, pero llegaron los milicos a decirnos que, si nos enlistábamos para luchar contra Sendero, el presidente Belaúnde nos indultaría.

Pensé que no me permitirían unirme al ejército por ser yo un degenerado, pero el militar que se presentó como el Chacal me dijo “precisamente huevadas como tú necesitamos en la institución”.

III

—Mami, Meche se fue con la guerrilla.

—¿Y por qué no la detuviste?, zonzonazo.

—Ella ya es mayor, madre, y sabe lo que hace.

 —Niñata estúpida, caracho. ¿No me digas que se fue con los profesores?

  —Así parece.

  —Caray, ahora tendré que mandarla buscar con tu tío Melchor. ¿Te dijo con quién se iba?

—Creo que con Víctor Quispe.

—Esa basura.

Más tarde, mi madre me envía a la casa del tío Melchor. Su mujer, una chiquilla de mi edad, me dice que ignora su paradero hace días. Después nos enteramos de que al tío lo asesinan en la penitenciaría de Huamanga  durante un motín. La represión, dicen, la lideró un tal Chacal.

Mamá se desmoraliza. Llegan reportes de todo el país. En Lima, hablan de guerrillas urbanas. En la selva, de chunchos insurgentes. En Huancavelica, de una guerra civil. Mi madre empeora. Sus tumores crecen. Sus varices se hinchan y sus gritos me atosigan hasta que, una mañana, la encuentro muerta: había tomado Racumín con chicha de jora.

Las siguientes noches, ahogo la tristeza con meretrices del damero y me envicio feo. Una noche, llego a pedirle a una ramera que me lo dé fiado pero su caficho, un chato recio, me mete un puñetazo en la nariz.

Pasados los días, recapacito sobre mi vida y concluyo que tengo que buscar a Meche, sacarla de Sendero Luminoso.

IV

Mi vieja era borracha y mucho le gustaba el cigarro y la pinga. Hasta se cachueleaba con fulanos.

Los viejos decían que mi padre era un cajonero que pasó por La Ensenada y se llevó a mi vieja por los pantanos después de darle un sencillo. También dijeron que al cajonero aquel le abrieron la panza en Pisco en un lío de chaveteros.

Un Año Nuevo, encontraron a mi madre en una cloaca. Como a la semana, Carbajal, un pescador alcohólico que vivía enamorado de ella, me dijo que el asesino de mi madre era un maestrito de la inicial Augusto B. Leguía. En la noche, a pesar de que el profesor aquel le juró hasta el último momento ser inocente, Carbajal le sacó los ojos con cuchara.

V

Se desata una tromba desde la cordillera y me extravío. No veo pastores. Apenas sigo unas huellas apachurradas en la trocha que, al atardecer, se arremolinan en la niebla.

—¿Y hacia adónde vas? —me pregunta una mujer.

—Al cerro Vilcas.

—¿Y para qué si por allá hay líos?

—Busco a la guerrilla.

—¿Eres combatiente?

—No, pero mi hermana sí. Y subo para buscarla. Quiero llevarla de vuelta a mi casa.

—No subas, amigo, la guerrilla te matará.

—Yo conozco a un tal Víctor Quispe que es camarada y fue mi profesor.

—No seas tonto. Además, si tu hermana está con los insurgentes, no creo que quiera regresarse.

—¿Los conoces?

—A veces vienen a mi casa.

—¿Y ubicas a una tal Meche?

—Ahora que lo pienso hay una igualita a ti.

—¿Dónde la viste?

—Anteayer, en el cerro.

—¿Y sabes dónde andarán ahora?

—Sí, pero mejor descansa, amigo, te ves mal.

—¿Cómo te llamas?, mujer.

—Avelina.

—Yo soy Miguel.

Pasadas unas horas, ascendemos por una cuesta rodeados de una densa niebla.

VI

Salgo de la casa de Avelina al amanecer. Más arriba, en el cerro, dos muchachos armados me intervienen y yo les pregunto por Meche. No me creen que soy su familiar.

—Eres un espía de los milicos —me dice uno.

—Este es un culeado de las mesnadas del Chacal —me dice el otro—. Hay que coserlo.

Pero, gracias a Dios, cuando ya están a punto de balearme, escucho a Meche que está más delgada. Su cabello sigue corto, su piel estropeada, como surcada por rajaduras.

—He visto milicos —le digo—. Como a cuatro horas por allá abajo.

—No te preocupes, Miguel. Esos perros siempre merodean por aquí.

—Eran hartos, hermana.

—Ya olvídate. Ahora cuéntame cómo está mi mamá.

—Mamá ya se murió, Meche. Por eso vine. A contarte.

—¿Y cuándo falleció?

—Hace seis meses.

—¿Y sufrió mucho?

—Se murió dormida, yo creo que ni cuenta se habrá dado.

—¿No me estarás mintiendo?, ¿no?

—No, hermana. El día anterior, le vino el aliento de vida y se la pasó diciéndome que te había soñado, me dijo que volverías a la casa.

—Ya, ya, Miguel. No me metas cuentos que no soy estúpida.

Más tarde, aparecen los milicos y huimos a lo alto a reunirnos con el grupo de Víctor Quispe. En la dispersión, sin embargo, las ráfagas hieren a dos cuzqueñas. Como no podemos transportarlas, Meche ordena que las oculten en una zanja.

—Quédense calladitas —les dice—. Acá, no las encontrarán. Mañana volveremos por ustedes.

Los demás continuamos el ascenso.

—¿Por qué no les entregaron armas a esas dos? —le pregunto a Meche.

—Ya no vale la pena, hermano. Sería por gusto.

Pelican Sketch

VII

Las balas caían cerquita nuestro, petardos, molotov. Ningún conscripto se atrevía a salir del escondite, pero el Chacal se arrastró como una víbora y, a pesar de que padecía de una rara fiebre, ejecutó a un terruco y, recién entonces, nos animamos.

Tomamos prisioneros. El Chacal les sacó las uñas, les arrancó las pestañas, les rebanó las plantas. Luego le dijo al gordo Vélez “oye, seboso de mierda, córtales la pichula a esas mierdas”, pero el gordo se acobardó. Entonces el mismo Chacal lo hizo y lo obligó a Vélez a comerse los testículos de un chiquillo. Después le hizo cargar el triple de peso.

Yo le dije al Chacal: “¿por qué no lo chifamos al gordo, jefe, que es una ramera cobarde que contamina?” El Chacal me replicó “mátalo tú, a ver si tienes las pelotas” y me acerqué al gordo, que iba rezagado, y le dije “te ayudo con el costal, wayque” y él me dijo “gracias, Pelícano, tú sí que eres un amigo”. Luego, cuando lo noté desprevenido, lo degollé.

VIII

Sueño: con Meche y los combatientes corremos por el bosque. Nos persiguen soldados y nos escapamos por entre unos árboles que se elevan alto. Más allá, llegando a una acequia, brincamos como venados.

Distingo un fuego: es Vilcas en llamas. Desde atrás nos disparan y el camino está lleno de brasas. Nos desviamos y arribamos a un ruinoso edificio. Lo han cañoneado los milicos: el techo ha cedido. Desmonte y escombros se apilan en el interior. En una pared leo “Desarrollemos la guerra de guerrillas”.

Adentro no hay puertas entre los ambientes. Los muros se entrecruzan. Los pasillos se encabalgan y, ahora, los guerrilleros estamos acorralados. De pronto, oímos galopes y distinguimos una estampida de toros que corre hacia nosotros.

IX

—Ahora, hermano —me dijo Meche—, tendrás que quedarte a pelear junto con nosotros.

—¿Y yo cómo pelearé contra soldados entrenados si no sé nada de guerra?

—Nadie sabía nada cuando llegamos acá. Ya aprenderás.

—¿Y hasta cuándo estaremos?

—Hasta que ganemos.

—¿Ganar qué?

 —Ocupar Santiago. Luego Ayacucho.

En Sancos, anexo de Santiago, entramos a una iglesia del siglo XVII y le cortamos los bracitos al Niño Jesús para quitarle sus joyas y venderlas. Detenemos asimismo al alcalde Nicasio. Ya nos habían dateado que le iba con cuentos al Chacal. Nicasio intenta pagar un rescate, pero, por orden de Víctor Quispe, que quiere que muestre si soy capaz de matar, le abro la cabeza con un machete. Esa tarde también los combatientes ahorcamos a dos arrieros de Santiago y repartimos su ganado entre los pobres.

X

Soñé con Carbajal que me dijo:

—Zambúllete en el mar como un mero y serás mero. Te saldrán escamas, branquias, aletas. Y, si hinchas la papada como sapo, serás sapo, batracio. Brincarás lejos, pegarás la verruga, tus babas. Y, si te pones en cuatro, te relames el hocico y ladras, serás perra, chacal, lobo.  

—Yo quiero ser Pelícano, Carbajal.

—En la playa revuélcate con sus plumas y te saldrá pico, pellejos entre los dedos. Luego traga agua salada y ábrete el costado para alimentar a tus polluelos con tu carne, hazte una sangría y resucitarás almas, como un Cristo.

—¿Y podré convertirme en otra persona?

—¿Y para qué, hijo, si los animales son puros? Perfectos. La gente, no. El maricón de San Agustín dijo que los hombres somos lo más bajo de la Creación.

—Tal vez un día, Carbajal, yo necesite ser otro hombre.

—Entonces, cómete sus tripas, su mierda.

XI

—Salvador Allende —me dice Víctor Quispe— quiso un socialismo democrático. ¿Y luego qué? La represión fue peor. Muertos, desaparecidos, exiliados. Si siguiéramos ese camino, Miguel, ese sería el resultado. Hoy, además, toda América está amenazada por Reagan. Mira Centroamérica. Argentina. Los contras. Todo intento democrático izquierdista será saboteado, como en Colombia, en donde matan impunemente a guerrilleros desmovilizados. Por eso, no nos queda otra opción que la violencia. Además, nosotros no empezamos esta guerra, Miguel. ¿Quién expropió tierras? ¿Quién incumplió con las promesas de la Reforma agraria? ¿Quién explotó a los indios? ¿Quién impuso el racismo? ¿Quién reprimió la protesta social? ¿Quién destruyó los sindicatos? ¿Nosotros? ¿O la Oligarquía? ¿El pueblo? ¿O los gamonales? ¿O los mineros? ¿Quién bombardeó con Napalm indígenas en la selva? ¿Nosotros? ¿O Belaúnde? Esto no es terrorismo, Miguel, no te confundas. Esto es defensa propia.

XII

En los límites de Santiago, Víctor Quispe ejecuta a machetazos a Iván Hoyle, un propietario de una finca y minas. Luego ordena que entremos al toril y derramemos combustible sobre los lomos de sus toros de lidia. Les prendemos fuego.

Meche y yo martirizamos a sus sirvientes hasta dar con el paradero de una soplona que le facilitó a Hoyle y al Chacal una lista con la identidad de varios colaboradores nuestros. A la traidora, la encontramos escondida en un granero. Y la hacemos hablar.

La noche siguiente, en un corral de chanchos, encerramos como a treinta conspiradores, los amarramos y los abatimos con barreta y pico. Meche le abrió la cabeza a una menor de un fierrazo y yo la panza a una mujer embarazada. Después no sé para qué Víctor Quispe nos pide que les echemos agua hervida a la cara.

Son dos días de escarmiento a las mesnadas del Chacal, después de los cuales nos retiramos al cerro Vilcas a descansar. A la semana, bajamos a Vilcas pueblo para la fiesta del toril. Bebemos, bailamos. Marcamos con fierro caliente ganados tiernos. A continuación sueltan toros y Víctor Quispe entra al ruedo. ¡Y cómo torea, carajo! Lo ovacionan. Luego me meto yo, pero el toro me tumba y Avelina me jala de los tobillos por debajo del cerco.

Esa noche los veo a Víctor Quispe y a mi hermana tumbados en un callejón. A las semanas, Quispe le dice a Meche “aborta, carajo, ¿no ves que estamos en guerra?”. Entonces con mi hermana bajamos a Vilcas pueblo y buscamos a Avelina. Allí, Meche toma unas grageas y en seguida Avelina, con unos palos de tejer, le destroza el embrión.

XIII

El Chacal me mandaba enterrar terrucos en las fosas, pero a mí me daba pánico meterme. “Es que en lo subterráneo”, me decía mi madre asesinada, “habitan los condenados, los muertos vivos”.

—Si tu sombra se mete a una tumba —me dijo ella—, tu espíritu se pudrirá, enloquecerás.

Y el Chacal conocía este temor mío y, con mayor razón, me mandaba a los socavones.

—¿Por qué tienes miedo? —me preguntó—. Si tú, Pelícano, ya tienes el alma desviada.

Me quedé pensando en esto y advertí que, en ciertos días, cuando guerreábamos sobre todo, el Chacal no se reflejaba en el agua, ni proyectaba sombra bajo el sol y, si lo hacía, era una cosa deforme.

Recuerdo que el bravo recluta Donato Ñahuis pisó la sombra del Chacal y, en la noche, se puso melancólico, cantó canciones chillonas y lloró desconsolado por su hermana Felipa que, según decía, era una comunista incorregible. Al amanecer, Ñahuis se voló la cabeza.

No sé por qué le agarré temor a los reflejos. Rompía los espejos de las casas de quienes ejecutaba y, si alguno se me quedaba mirando, le reventaba los ojos. No quería quedarme impregnado en la mirada de los muertos, como me quedé en los ojos de Anastasia.

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XIV

Hago la guardia con el Kalashnikov, pero me duermo. Luego el toro aparece por la cuesta. Logro verlo en la oscuridad porque está en llamas y, ahora, el animal corre en círculos, patea, como que embiste. Volteo para avisarle a Meche, pero ella no se despierta. El toro corre sobre el ichu. Su candela se alarga, flamea y oigo sus rugidos, sus pezuñas. Se me viene.

—Habrase visto, caracho —me dice Víctor Quispe tras patearme en las costillas—. Durmiéndose en plena guardia. Mira, imbécil, que ya vienen las mesnadas.

Iniciamos la retirada. Meche retrocede, quiere rescatar a una china y la hieren. Tumbada en la tierra mi hermana se retuerce, sangra, quiero llevármela. Pero Víctor Quispe me dice “no seas tarado”.

Antes de la guerra civil, los ojos de Meche eran prístinos. Se veía júbilo en su interior, alegría de vivir. Pero conforme se agravaron las conflagraciones, decayeron. En el momento de su fallecimiento, sin embargo, percibo en ellos un candor, cierta luz.

Toco a mi hermana y siento sus pechos muertos y, luego, cuando meto el dedo a la herida, algo frío.

XV

Armados por el Chacal, las mesnadas nos atacan en la cumbre. Resistimos por días. Nuestros camaradas de Lucanas nunca llegan y Víctor Quispe ordena la retirada.

Transcurren odiosos días. Heladas. Trombas. Llevamos semanas sin comer más que tubérculos crudos y nos refugiamos en cavernas. Víctor Quispe la pasa insomne por días y, por eso, la noche del ataque del Chacal, actúa errático. Se viste de mujer y huye, pero lo capturan.

A mí, escapándome me asestan un machetazo en la cara. Cuando despierto, apenas puedo caminar, pero me dirijo a Vilcas. Llegando, veo bultos mosqueándose: mulas y perros despanzurrados, el cuerpo de la camarada Maritza reventado a barretazos.

Las mujeres llevan a sus críos envueltos en mantas. Se cubren la cabeza con rebozos. Las mesnadas les han cortado el cabello para abochornarlas. Avelina me acoge en su casa, me limpia la herida y me sirve harina disuelta en agua. Cuando más tarde, vuelven el Chacal y sus milicos a seguir violando, ella me esconde en un silo.

XVI

Avelina me cuenta:

—En Vilcas, antes había maizales. Daba oca, papa y olluco. Con mis amigas armábamos espantapájaros y nos íbamos con waraca a espantar perdices y loritos, a zorras y venados. Juntas cosechábamos y desgranábamos y guardábamos las existencias en tambos. Los fines de mes, venían camionetas de comerciantes con sal y coca. También traían leña para trueque. ¿Y en las fiestas? Puercos, carneros, cabras, que luego nos comíamos. En esos días, no había enfermedad, ni la tuberculosis, ni la lepra blanca, ni la caracha que ahora abundan. Pero después del usufructo todo se fue a la mierda. Hoy, en los mataderos, donde señorea el Chacal, sus mastines son los únicos que tragan carne, de animal, de gente. Hacen chorrear tripas. Con tenazas, despellejan. Con carbones, queman vaginas, les echan ácido. Nos meten la verga con requesón, nos mean y nos culean como a degenerados. Pero la última vez que volvieron los cachacos, querido Miguel, las mujeres de Vilcas los esperábamos con las metralletas que nos enseñaste a usar.

XVII

No me reconocen en La Ensenada. Recorro la playa descalzo y encuentro a un pescador que lanza una carnada.

—La semana pasada se levaron a mi hijo —me dice—. Los milicos lo sacaron de su cama. Y no entiendo por qué. Si solo tiene dieciséis años.

Yo consuelo al pescador diciéndole que la guerra no es la gran cosa, y que a los menores no los despachan al combate. Que los tienen de servicio personal.

—¿Y tú como sabes? ¿Eres milico acaso?

—Era —le digo.

El pescador me cuenta que su mujer murió ahogada y que su hija vende la pesca del día en el malecón. La chica estudia la secundaria, toca la guitarra y quiere irse a Lima para ser secretaria. Esto también lo consterna al hombre: quedarse solo.

La tarde siguiente, me robo un cuchillo del mercado y me acerco a la chiquilla y le digo que soy militar, que puedo traerlo de vuelta a su hermano de la guerra. Luego la persuado de que me acompañe a pasear por la costa para observar a los pelícanos y contemplar el crepúsculo.

XVIII

Avelina me cuenta que un soldado, un tal Pelícano, se comió las tripas y la mierda del Chacal.

—Decían, Miguel, que esa mierda se movía por la tierra ensangrentada como un cangrejo.

Avelina me relata otro cuento: que el Chacal se convierte en un enjambre de moscas y recorre las punas. Que por eso muchos le ponen chancaca en las ventanas o un trapo con menstruación para apaciguarlo.

En un momento, le digo a Avelina que quiero ir a la tumba de Meche a morir, a podrirme sobre ella, pero se me ha olvidado cómo llegar. ¿Había que doblar a la izquierda en las chulpas? ¿O hacia el norte en el bosque de piedras?

Por la presencia de soldados en el pueblo, subo al cerro Vilcas con un pañuelo cubriéndome el machetazo que me asestaron en la cara. Arriba, por consejo de Avelina, me refugio en una caverna que penetra en la montaña y se ramifica. Dentro los cachacos no darán conmigo. Conozco confusos corredores, ríos subterráneos.

A veces Avelina viene a la cumbre y me trae menestras hervidas, aguardiente y caballa seca. La última vez me cantó toriles y me dijo que la guerrilla viene ganando. Que los camaradas que vinieron de Huanta han matado varios terratenientes de Santiago, que Vilcas, en cuestión de días, será zona liberada de nuevo.

En la caverna, me recuesto y veo al toro en llamas. A mi lado distingo a Avelina con su cabello lacio suelto, a Víctor Quispe con la boca carcomida por gusanos y también al Chacal y a su pelícano negro con el pecho sangrante. Oigo sus procaces palabras, sin embargo esas sombras se desbaratan y, de pronto, presiento en la carne los susurros de Meche que, desde lo profundo de la caverna, resuenan con ilusión.

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