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Volver a “Ulysses”

Por: Joe Iljimae

Cada 16 de junio, un improbable grupo de personas de distintas partes del mundo se reúnen en Dublín, Irlanda, para rendir homenaje al Ulysses de James Joyce. Esta conmemoración recibe el nombre de Bloomsday –en honor a Leopoldo Bloom, uno de los protagonistas de la novela–, y se celebra desde hace más de 60 años y convierte a la capital irlandesa en el centro de un sueño literario realizado. Su atractivo tiene tal resonancia que, en el 2008, captó la atención de seis escritores españoles, quienes no solo crearon la Orden del Finnegans con el fin de unirse a la celebración, sino también para peregrinar hasta la Torre Martello –lugar donde inicia la novela con la entonación en latín del gordo Mulligan– y leer fragmentos del libro en voz alta.

Esta actividad es ante todo una excentricidad literaria. Y como tal, convoca a turistas que acostumbran a desayunar riñones de cerdo, vestir como irlandeses de principios del siglo XX, dar de comer a los gatos y beber Guinness en un bar de Vía Laietana, quitándose el bombín de la cabeza y el monóculo del ojo. En suma, una actividad hilarante en el que los celebrantes procuran emular las acciones de los protagonistas de Ulysses, comiendo, bebiendo y vagabundeando por los mismos escenarios en los que Stephen Dedalus y Leopoldo Bloom transitan por un día. Aunque, más que emular, pretenden encarnar a estos personajes del mismo modo en que Alonso Quijano simula ser el hidalgo caballero de las novelas que consume: una suerte de quijotismo irlandés, por así decirlo.

Sin embargo, no se puede dejar pasar por alto un dato curioso. Y es que pese a tanta mascarada cultural, la inmensa mayoría de estos celebrantes no son necesariamente gente que ha leído la novela. Todo lo contrario, son personas de nula relación con el texto por diversas razones, pero sobre todo, por una: “su grado de dificultad”. En efecto, el Ulysses sufre de una mala leyenda que ha hecho demasiado daño al público lector, aunque en especial a jóvenes escritores y a aspirantes a escritores. Sin querer generalizar, muchos de estos han sido –y lo son todavía– intimidados por la perniciosa propaganda que se le ha otorgado al libro desde su publicación. La crítica la ha señalado como una novela imposible, como un artefacto narrativo que suele ser abandonado antes del final, como un texto ilegible que complica la vida del lector, haciéndolo sufrir antes que henchirlo de placer. Puede que sea verdad, pero solo hasta cierto punto. Tal vez su dificultad radique en esa extrema exploración en los niveles de lenguaje, en la densidad de las dimensiones mítico–simbolistas de la materia narrativa, en su osadía creativa en cuanto a la forma, en ese vicio del autor por caer siempre en private joke o chistes que solo él entiende o en la hinchazón caricatural de contextos que Joyce creía que todo el mundo conocía. Pero después de estas características salvables, Ulysses es un libro totalmente legible. De hecho, cualquier aspirante a escritor o escritor o lector experimentado puede llegar a entender, a disfrutar y a dejarse llevar por la prosa embrujada de James Joyce sin tanto “imposible” o barrera intelectual.

Desde hace ya buen tiempo la crítica ha dado entender –atemorizando siempre al público– que solo gente como Calvino o Nabokov pueden acceder a Ulysses a diferencia del resto de mortales. Desde luego, esta crítica exagera. Pero no miente. No todos los lectores pueden penetrar en el texto a pesar que Ulysses –fuera de sus excesos formales– sea un libro circular y con una trama ubicable. Personas acostumbradas a la linealidad, a la acción vertiginosa del best–seller, a la intriga de tinte policial, al libro de lectura fácil y de entretenimiento, no podrán pasar de los primeros tres capítulos de Ulysses, y les damos el beneficio de la duda, pues esta primera parte de la novela mantiene un estilo clásico y lineal, hasta sencillo por decirlo de algún modo, a diferencia de la parte dos, en donde aparece Leopoldo Bloom desayunando unos riñones y, entonces, todo se convierte en forma y juego lingüístico que oscurecen la trama.

De modo que, este tipo de lector, poco familiarizado con las novelas del Boom Latinoamericano o con los juegos estructurales de Faulkner o Virgnia Woolf, tendrá un gran muro delante si intenta perderse entre los laberintos y ditirambos formales de Ulysses. Mas no así un lector con mayor experiencia y conocimiento literario. Hoy en día, gracias a la democratización de la cultura, somos muchas las personas que hemos accedido a los textos de escritores como Vargas Llosa, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Onetti, Sabato o João Guimarães Rosa, por solo mencionar a algunos autores latinoamericanos destacados por sus estructuras narrativas. Casi del mismo modo, consumimos películas o series que rompen con la linealidad y los tiempos y el diluir de la mente. Y como si esto fuera poco, también leemos a escritores contemporáneos preocupados por la forma, como el caso de Bolaño o Benesdra. Con estos antecedentes literarios, acercarse a Ulysses debería ser una cuestión muy natural y nada preocupante. Para alguien familiarizado con el crisol de puntos de vista y rupturas formales de Conversación en La Catedral o del ininterrumpido monólogo del yagunzo Riobaldo de Gran Sertón: Veredas, la novela emblemática de James Joyce será un artefacto narrativo totalmente asequible. Todavía más para un aspirante a escritor o un joven escritor que, se supone, tiene un bagaje de lecturas más fertilizado y un conocimiento más profundo del canon literario. Sí. Para este tipo de lector, sumergirse en Ulysses no será nada ningún problema y podrá gozar de ese impacto hondo y duradero que trae consigo esta gran novela.

A estas alturas, quitarle piso a esa exagerada leyenda que envuelve Ulysses como un texto imposible, es una empresa bastante difícil. Y el miedo que le tienen los lectores y aspirantes a escritores, seguirá haciendo mucho daño a la literatura. Desde esta perspectiva, no queda otro remedio que seguir instigando a las personas a que pierdan esa cobardía y pusilanimidad de enfrentarse a Ulysses, aunque quizá, solo quizá, en ese miedo y cobardía radique precisamente una parte del valor de este libro. Recordemos que el mismo Joyce carburaba la leyenda: “lo que yo pido a mi lector es que dedique su vida entera a leer mis obras”. O: “he escrito Ulysses para tener ocupados a los críticos durante cientos de años”. Sea como fuere, este es un libro con el que el mundo está en deuda y del que absolutamente nadie puede escapar. Ya lo dijo en su momento José María Valverde, traductor al español de la novela: “Ulysses equivale a la concepción de la relatividad en el universo de la física”. En este sentido, yo creo que desde su publicación,  todos los novelistas –lo hayan leído o no– han girado en torno a Ulysses. La gran pregunta es: ¿por qué?    

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Es famosa la frase que pronunció el poeta norteamericano T. S. Eliot al terminar de leer Ulysses: “¿Cómo se puede volver a escribir una novela después del inmenso prodigio del último capítulo?” Según los diarios de Virginia Woolf, el autor de La tierra baldía estaba “arrebatado, entusiástico”. ¡Y cómo no! Aquel monólogo de Molly Bloom es una de las cumbres literarias más importantes de todos los tiempos. Encontramos ahí el corazón de la memoria bifurcándose a través de la palabra en sensaciones y deseos: los caprichos y la histeria conyugal de Molly; sus recuerdos sexuales como su desvirgamiento, su primer beso, los manoseos en las dársenas, los besos de Bloom a sus pezones (según Molly, este la ordeña para tomar su leche con el té); los celos que tiene de las criadas a las que su esposo piropea; sus fantasías maternales y eróticas con Stephen Dedalus; su rechazo a la performance de su nuevo amante Boylan; su preocupación por las cuentas de la casa; sus pesares por su hijo muerto; su rol de artista como cantante lírica en los teatros de Dublín; su perplejidad tras el repentino pedido de Leopoldo Bloom de llevarle el desayuno a la cama; su evocación a las imágenes pornográficas que guarda Bloom en su cajón, etcétera. Todo este amasijo de recuerdos y deseos está escrito sin puntuación y de corrido, a manera de un cauce verbal interminable. En este capítulo nos damos cuenta de que Molly es una mujer vulgar, morbosa, de ideas ramplonas y sensacionalistas, pero también, aprehendemos la valiosa lección que Joyce nos enseña en Ulysses: que el hombre es, por encima de todo, “un animal de lenguaje”. Así, vemos que nuestra vida mental es básicamente un fluir de palabras, un universo erigido a base de idioma.

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Ahora bien, ¿por qué todas las novelas del siglo XX y XXI giran en torno a este libro? ¿Qué lo convierte en el núcleo de la novela occidental? En su ensayo Celebración de la novela, Miguel Gutiérrez dice que Ulysses perturbó, influyó y contribuyó al desarrollo de la forma novelesca en nuestro siglo, y que después de este libro, no se ha vuelto a escribir igual. En efecto, Joyce atentó hasta casi demoler la forma canónica de la novela, impidiendo a todo el mundo a seguir escribiendo al estilo de Balzac o Víctor Hugo. ¿Quiere decir esto que se rompió con el pasado? ¿Acaso se anuló para siempre la forma anacrónica de hacer una novela? Por supuesto que no. Miguel Gutiérrez contesta: “Gran parte de la grandeza de James Joyce es haber asumido la tradición entera de la novela, incluyendo, por su afán totalizador y búsqueda del absoluto, al propio Balzac, pues en Ulysses, para referirme solo a los novelistas, se hallan presentes Petronio, Rabelais, Sterne, Zola y muy especialmente Eduardo Dujardin, de quien Joyce robó y aprendió el uso del monólogo interior. Así, pues, la novela de Joyce significó una crítica de la novela anterior y a la vez abrió nuevos territorios para la exploración novelística, creando un nuevo paradigma de novela que tentativamente podemos denominar joyceano”.

Pero recordemos que no solo expandió “nuevos territorios, sino también, y al igual que el Boom Latinoamericano en su momento, Ulysses dejó efectos inhibitorios y castradores en algunos novelistas. José María Arguedas, por ejemplo, decía que no había leído el Ulysses por miedo. Sin embargo, sí había leído a Faulkner, quien a la vez había leído a Joyce, aprendiendo de este el cautivante vehículo de narratividad en su estructura novelesca. Así como Arguedas, todos los grandes novelistas de mitad del siglo XX llegaron a James Joyce directa o indirectamente, encallados para siempre en una nueva forma de narrar.      

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A la fecha son miles los estudios y comentarios y polémicas acerca del universo de Ulysses. Tras la publicación del ensayo de T.S. Eliot, las exégesis al respecto se han multiplicado sin llegar jamás a agotar el tema. En la mayoría de los casos, los estudios han echado anclas en el capítulo dieciocho del libro (monólogo de Molly Bloom), el diecisiete (el predilecto de Bloom por las listas narrativas y por el estilo en forma de catecismo –preguntas y respuestas), el quince (inmersión a los prostíbulos y técnica del formato teatral), el trece (la masturbación de Bloom viendo a la cojita Gerty Mac Dowell enseñándole las bragas) y el nueve (las teorías de Stephan Dedalus sobre Shakespeare en la Biblioteca Municipal). Es probable también que se haya esbozado uno que otro estudio del resto de capítulos, pero estos cinco enlistados son los favoritos de la crítica. Nabokov se pasea, sí, por todos los capítulos del libro en su Curso de literatura europea, pero más que una exégesis o profundización de ellos, hace una sinopsis y deja un exiguo comentario. Algo parecido sucede con Todos somos Bloom. Una relectura de Ulysses, excelente itinerario de lectura del escritor español Eduardo Lago. Es verdad que estos cinco capítulos mencionados forman parte de lo más sustancioso en la novela, sin embargo, creo que también existe uno más, un episodio tan mordaz y demencial que merece toda nuestra atención. Me refiero al capítulo doce del libro: Cícople.

Como todo el mundo sabe, James Joyce emplea un estilo diferente para cada capítulo de Ulysses. De hecho, y para ponernos más exactos, dentro de este andamiaje se puede encontrar un puñado de capítulos con más de una “voz” o “estilo” dominante. Pensemos en el capítulo trece, por ejemplo, donde Joyce parodia el estilo narrativo de las revistas femeninas de la época, dulcificando la prosa y llenándola de clichés y falsas elegancias, y luego, en la muy marcada segunda parte, recurre al fluir de consciencia de Leopoldo Bloom al que el lector ya se encuentra acostumbrado. Lo mismo sucede en el capítulo diecisiete o catorce del libro, donde predomina una dualidad estilística. Sin embargo, el capítulo doce tiene un plus adicional que lo hace especial al resto de capítulos en cuanto a “voz” o “estilo”. Este capítulo, a mi parecer, goza de una desorbitante explosión de estilos. No hallamos uno o dos, sino más de veinte estilos ubicables. De ahí que Joyce se despache con todo su conocimiento de la tradición narrativa de Occidente, transformándose de inmediato en Joyce teólogo de la época de Jacobo I, en Joyce periodista de sucesos, en Joyce novelista del renacimiento gótico, en Joyce medievalista, en Joyce cronista de la Restauración, en Joyce científico del siglo XIX, en Joyce ensayista de la época de la reina Ana, en Joyce narrador de un match de box, en Joyce bardo helenizante, en Joyce pintor de grafitis, etcétera. La perspectiva que tenemos de James Joyce como narrador en este capítulo se desmesura, pues precisamente ahí nos enfrentamos a toda la exageración, la superabundancia, la violencia estilística, la afluencia del idioma, la copiosidad de los géneros y a la enormidad del genio de James Joyce. En otras palabras, asistimos al big bang del lenguaje, al estruendo más sonoro de Ulysses en cuanto a multiplicidad estilística.

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Aunque no sea lo bastante compacto y vertiginoso como el famoso monólogo del capítulo dieciocho, la sección doce de Ulysses es un mapeo casi general de la tradición novelística en Europa. Sin ninguna duda, Joyce utiliza este capítulo para regodearse en dos asuntos: el estilo literario y la política antisemita.

La lectura del capítulo doce puede funcionar como una alegoría ideológica y moral por encima del resto de capítulos, donde más bien encontramos guiños y ciertas sugerencias contenidas por el tema o la historia. Como ya sabemos, Joyce organizó cada capítulo de Ulysses por disciplinas, órganos humanos, colores, técnicas y episodios de la Odisea diferentes entre sí. En la sección doce recrea una parodia irritante y cáustica del nacionalismo irlandés, en el que se lanza de lleno y explícitamente en la política de su época.

Los hechos de este capítulo contienen, en apariencia, una sencillez dramática. Son las cinco de la tarde y el libro de pronto nos instala en la taberna de un tal Barney Kierman, donde aparece un narrador anónimo que está bebiendo junto a un grupo de amigos en el que destaca un viejo al que todos llaman “el ciudadano”. Este sujeto es un ultranacionalista borracho al que le acompaña un asqueroso y feroz perro que trata de morder a todo el mundo. Los personajes hablan sobre la política irlandesa y se burlan grotescamente de los “circuncidados” que invaden Irlanda. A mitad de la charla, aparece Leopoldo Bloom, “el judío errante”, el cual es obligado a tomar una copita. En Ulysses se bebe mucho, los personajes no dejan de ingerir alcohol. Es más, hay varios capítulos (como el quinto, en donde se muestra una borrosa imagen de nación literalmente ebria; o el decimosexto, donde la prosa está vieja y cansada, además de un poco beoda) donde se usa la borrachera como inspiración. Así, Bloom se queda a beber y se estrella contra el antisemitismo demoniaco de “el ciudadano”. Aquí ambos exponen varias posturas políticas y defienden sus puntos de vista sobre Irlanda y los judíos. Al cabo de un rato, Bloom sale del bar un momento y en su ausencia el viejo borracho amenaza con romperle la crisma. A su retorno, Bloom se da cuenta de que el ambiente está demasiado caldeado y decide emprender la retirada. Entonces, todo se vuelca en su contra. “El ciudadano”, ofendido, trata de cumplir su amenaza y le lanza una caja de galletas con dirección a su cabeza. Leopoldo Bloom lo esquiva y huye asustado en un carruaje, mientras el perro rabioso lo persigue ladrando varias cuadras abajo. El capítulo cierra con la vislumbre bíblica de Elías subiendo al cielo sobre un carruaje de fuego. ¡Dios salve Irlanda!

***

En su Esquema de Interpretación de Ulysses, James Joyce especificó las características o lineamientos que seguía la creación de este capítulo. Como ya mencionamos, se titula Cíclope. El órgano del cuerpo al que hace referencia: los músculos. Técnica narrativa: asimetría alternante/gigantismo. Arte: la política/cirugía. El color es el verde.

Según los guiños a Homero, llegamos al libro nueve de la Odisea donde se narran las aventuras de Ulises en la isla de los cíclopes. Atrapados en la cueva de Polifemo, este gigante de un solo ojo devora a dos compañeros de Ulises, destrozándolos en instantes gracias a la gran fuerza de sus músculos. Cuando Polifemo pregunta a Odiseo su nombre, este le dice que se llama “Nadie”. A la noche siguiente, el héroe urde un plan para escapar. Emborracha al gigante con un barril lleno de vino sin aguar y le clava una rama de olivo en el ojo único, dejándolo ciego. Cuando huyen de la cueva, Polifemo empieza a gritar a los demás cíclopes de la isla que “Nadie lo ha herido”, por lo cual los gigantes lo toman por loco, creyendo que ha sido maldito por un dios. Polifemo, henchido de furia, lanza una maldición a Ulises junto con una pesada piedra que cae muy cerca del barco.

En el capítulo doce de Ulysses los nacionalistas representan a los gigantes de un solo ojo, quienes por su radicalismo mantienen una visión bastante mezquina del mundo. Y “el ciudadano”, ser violento y vulgar, simboliza a Polifemo dentro de su cueva (el bar). Como el lector ya habrá sospechado, la caja de galletas que le lanza a Leopoldo Bloom al final del capítulo doce, supone la gran roca que el cíclope herido de la Odisea le arroja a Ulises.

Es interesante caer en cuenta de que este capítulo es el único que fue escrito en primera persona y precisamente por un narrador anónimo. Si nos ponemos a analizar los paralelismos literarios, el héroe de Homero también oculta su nombre cuando es cuestionado por el cíclope. “Soy Nadie”, le dice. Así, podemos ver entonces dos correspondencias inmediatas: el narrador sin nombre de Ulysses y Bloom como héroe disfrazado dentro de “la cueva”. Pero aquel simbolismo del anonimato se extiende también a otros personajes que aparecen y desaparecen dentro del capítulo. Sin ir muy lejos, el mismo “ciudadano” no tiene nombre.

Si bien uno de los temas principales de Cíclope es la política o la sátira del nacionalismo irlandés, también lo es, como ya dijimos, la explosión de estilos literarios. En esta sección, de igual forma, “el gigantismo” al que alude Joyce es parodiado a través de una multiplicidad de estilos retóricos que se van intercalando entre las conversaciones y sensaciones del narrador anónimo. De esta forma, el autor salta de tema en tema utilizando interpolaciones constantes que se definen en voces dispares del juego estilístico.    

Estas intromisiones aparecen de golpe, rompiendo la linealidad de la narración en primera persona. Hemos podido encontrar más de veinte interpolaciones que varían visiblemente entre sí. Están ahí el estilo épico griego, el estilo de la crónica de sociedad, el estilo de una locución de match de box, el estilo de un contrato burocrático, el estilo de las antiguas epopeyas medievales, el estilo de la epopeya céltica en claro elogio a la cerveza, el estilo de la oralidad de los mercaderes de Dublín, el estilo del dialecto espiritista para convocar a los muertos, el estilo o la voz de las revistas científicas en referencia a la erección por estrangulamiento, el estilo lírico de los antiguos bardos celtas, el estilo henchido de los mártires independentistas de Irlanda, el estilo del debate parlamentario inglés, el estilo arcaico de las primeras epopeyas, el estilo paródico de la épica, el estilo puro de la novela medieval, el estilo del grafiti en las paredes, el estilo litúrgico o sacerdotal, el estilo poético helenizante, el estilo periodístico de los diarios de Dublín, el estilo teológico o de la Biblia inglesa y el estilo de la imitación de los efectos sísmicos o de hecatombe.

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Estas interpolaciones van tejiendo el capítulo, capa por capa, mientras sus personajes se dinamitan en discusiones políticas de bar. En este contexto, y por imposible que pueda parecer, Joyce sigue jugando con las formas. Sin quedarse corto ante el despliegue de estilos con el que nos ha bombardeado, agrega al juego otros artificios verbales como la aliteración, la asonancia, el infijo, el anagrama, el palíndromo y la onomatopeya. Por ejemplo, hace una emulación narrativa al “lenguaje” de una gallina:

<<Coño, qué mano suave tendría debajo de una gallina.

Co Co Coroc. Cluc Cluc Cluc. La negra Liz es nuestra gallinita. Pone huevos para nosotros. Cuando pone huevo está muy contenta. Coroc. Cluc Cluc Cluc. Entonces viene el buen tío Leo. Mete la mano debajo de la negra Liz y saca el huevo reciente. Co co co co Coroc. Cluc cluc cluc>>.

 Y como si no se cansara de seguir jugando en las casi sesenta páginas del capítulo, añade varias de sus famosas listas literarias, aquellas largas enumeraciones de “objetos” verbales que guardan cierta presión contextual entre sí. Es conocido ya el deleite y la debilidad que Joyce tenía por las listas. Teniendo como referencia su afán por maximizar y agrandar los textos, ¿cómo iba pues a obviarlas? El semiólogo Umberto Eco señala que “las listas consisten en acumulaciones, es decir, en secuencias y yuxtaposiciones de términos lingüísticos pertenecientes a la misma esfera conceptual”. En este caso, el enumeratio era una de las tentaciones más violentas que rondaba a James Joyce, aunque también representaba una inmensa parte del vasto opus que significa el Ulysses. De modo que, usar listas literarias le brindaba a su novela summa y coherencia narrativa. El libro, como un todo, está plagado de estas enumeraciones. Quizá el más conocido sea el que está ubicado en el capítulo decimoséptimo, dispuesto cerca de la última parte donde el narrador se pregunta: ¿Qué contenía el primer cajón que abrió? Y entonces se responde haciendo una exhaustiva lista de las cosas que Leopoldo Bloom encuentra en el aparador de su cocina. Algo muy similar sucede en el capítulo doce. Joyce utiliza por lo menos unas cinco listas literarias. La más importante, a mi parecer, es la que esboza acerca de los gigantes y héroes de la antigüedad, pues guarda relación inmediata con el estilo ciclópeo o el gigantismo de la sección duodécima. Sin embargo, no podemos pasar por alto el enumeratio de cofradías y elementos litúrgicos que mantiene una intensidad estética que impresiona por su voracidad y el vértigo del etcétera.  

Un último punto: la plasticidad del lenguaje. Es verdad que el solo hecho de hacer las migraciones de registros en las interpolaciones estilísticas, ya le da al capítulo una maleabilidad lingüística muy poco superable en toda la novela. Sin embargo, es importante anotar que este ejercicio de mutación solo es posible gracias a la dirección de una voz que lleva la batuta del capítulo. Nos referimos al narrador, en este caso, un narrador anónimo que cuenta el relato en primera persona.

Se dice que Louis Ferdinad Céline hizo una innovación sin igual en la novela por el uso de un lenguaje duro y escatológico en Viaje al fin de la noche. Quizá esta aseveración sea cierta, suponiendo por adelantado que no fue el primer escritor en usar ese recurso con solvencia. Once años antes ya lo había hecho James Joyce en el capítulo doce de Ulysess. Esta es la única sección del libro en donde el narrador se desenvuelve en un lenguaje oral, grosero y muy jergal. Con un ritmo extremadamente violento, la voz narrativa se ve libre de todo tipo de formalidades:

<<¡Qué nos dejen en paz con nuestra mierda! Que Dios salve Irlanda de ese jodido entrometido. El señor Bloom con su blablablá. Y sus viejos, antes que él, organizando estafas, el viejo Matusalén Bloom, salteador de caminos que se envenenó con diarrea y con ácido prúsico>>…

O: <<Las jodidas lágrimas en el bolsillo. Coño. Siempre diciendo majaderías. Más le valía irse a su casa con esa puta callejera con la que está casado>>.

Estos dos ejemplos forman parte de la narración previa a las interpolaciones. No están anexados en los diálogos, los cuales también refulgen de procacidad. Si Joyce utilizara esta oralidad obscena solamente en los diálogos, el efecto sería mínimo, nulo. Pero el autor no pretende cuidarse y agrega este lenguaje jergal en el mismo cuerpo narrativo, creando así una mayor impresión en el lector. Y todavía más, hace violentos cambios de registro. Si bien durante un párrafo puede estar narrando con “coños” y “mierdas” y “putas”, en el siguiente puede hablar con una decencia y un tacto medieval que raya en lo maravilloso. Por ejemplo:

<<Un buen muchacho, ese Joe, cuando está en buena forma, pero seguro que eso no pasa nunca. Coño, no le podía sacar nada de ese jodido Geraghty, ladrón en pleno día. Por comercio sin licencia decía. Mierda.

En la bella Inisfail se extienden unas bonitas y lindas tierritas, las tierras del Venerable Señor Michan. Allí se yergue una torre vigilante ante los ojos de cuantos moran en la lejanía. Allí duerme los poderosos difuntos como durmieron en vida, guerreros y príncipes de elevada fama. Una placentera tierra es esa en verdad, con murmurantes aguas, con corrientes ricas en peces, donde juguetean el salmonete, el sollo, la carpa, el hipogloso, la merluza giboso, el salmón, el róbalo, el mero, el lenguado, los peces comunes en mezcla general y otros ciudadanos del hermoso y tierno reino acuoso demasiado numerosos para ser enumerados. En las suaves brisas del Oeste…>>

¿Se nota la diferencia? Esa ferocidad en el cambio de registro narrativo crea en el lector un viso de ironía y una creciente admiración. No en vano se enfrenta a un escritor cuyos atributos esenciales son, como señaló el profesor Harry Levin, “las combinaciones de armonías verbales y la provocación de reacciones emocionales”. De ahí que esta imbricación se vea claramente reflejado en Cíclope, el espléndido capítulo doce de Ulysses.

***

Tal vez todo esfuerzo de apreciación crítica a cualquier capítulo de Ulysses, casi cien años después de su publicación, sea comparable en precisión y resultados a lo que sucede en la parábola de la hormiga y el elefante. Sí, me refiero a esa inútil lucha del insecto por querer doblegar al monstruo por el cuello. Quizá ese imposible se deba a que el libro esté destinado solo a un único lector, a “ese lector que sufre de un insomnio ideal” y que no es otro más que el mismísimo James Joyce.

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Un pensamiento en “Volver a “Ulysses”

  1. Bravo por esa sentencia final. Enhorabuena por el texto.

    Yo disfrute mucho leyendo “Ulysses”, pero las personas que habéis estudiado la novela disfrutáis con ella muchísimo más. Creo que ese libro, con sus innumerables planos de lectura, es el mejor filtro para clasificar a los lectores. A mí me gustó mucho, pero desconozco su riqueza paralela con Grecia y Homero (excepto aquellos detalles que son ya de dominio público absoluto). Me ha encantado descubrir la consonancia piedra-caja de galletas; o el motivo inspirador del ascenso del carruaje (una escena sobrecogedora cuando la lees en la novela).

    Gracias por tu artículo.

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