opinión

John Ashbery

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Por: Germán Carrasco

Se pega como chicle. Pero hay que pasar por su tobogán sinuoso y a veces demasiado extenso. La poesía de John Ashbery se presentó en mi caso como una escritura de la libertad, cuando se sobrevaloraban y se pulían miserablemente los diamantes mezquinos que se producen mediante prescripciones, podas y el ‘sobra esto y sobra aquello, hay mucho fárrago o ripio’ y todas esas tonterías que debíamos escucharles semana a semana en la Fundación Neruda a un ser gay de barba parecido a Alf que hablaba con ceceo y se creía Ernesto Cardenal. ¿Será esa rapadura fascista la madre del rap posterior, que de tanto lavarles la lengua con jabón, luego como reacción, aflore una necesidad volcánica de expresarse?

Entonces, desde Ashbery —con su aspecto de pastor protestante mediático, tipo Rex Humbard o Jimmy Swaggart, pero sin la cara de patos malos— nos liberó: no a sacar esto y lo otro, no al machete y esa estupidez de la goma de borrar, sino avanzar como en un poema que recoge fruta por el camino. Y en ese camino se hace uso de todas las formas de expresión desde las más demóticas a las más elegantes, también echando a la basura el falaz “no mezclemos las cosas” del cliché político. Es cosa de ver las expresiones y el habla de algunas personas para decir “uf, con este no haría el menor negocio y ojalá no se me cruce de nuevo en esta breve vivida”.

Generosidad en el habla, charlatanería y fluidez como oleaje que trae de todo: pecios (restos de una nave naufragada), trozos de madera, piezas de colección, trozos de conversaciones escuchadas al pasar, accidentes varios; todo lo que muchas veces es considerado ripio es cortado de cuajo de los poemas, lo que se considera “superfluo o sobrante”.

El sujeto aparece disuelto, no se sabe a veces quién está hablando. Es puro acontecer. El sujeto a veces da por hecho una historia a la que no asistimos y nos habla como si lo estuviera haciendo hace una hora, como si el lector fuera un amigo de años de las voces que aparecen en el poema. Los objetos caen como una avalancha dentro del poema. Sin embargo no se trata de un vidente ni un surrealista: la conciencia monitorea. Lo que interesa es el desplazamiento, la fuga que registra, el movimiento de las ideas más que las ideas mismas.

Todo esto es un alivio ante la superstición de la coherencia, como si el poema tuviera que ser un párrafo con principio, desarrollo y final. Como la redacción cretina de redactor o censor de la mayoría de los diarios o revistas chilenas.

Los poemas de Ashbery son inclusivos, no estratifican entre experiencias mayores o sublimes y menores; establecen relaciones y sacan conclusiones incluso a partir de lo supuestamente anodino. Respiramos aire tras las restricciones.

Como dice un poema, con una mezcla de ridiculez y ternura:

 

“no tiene por qué haber historia, aunque sea

hora de acostarse y los animales de los cuentos infantiles

adopten poses fraternas, expectantes”.

 

A ver, revisemos un poema del libro Hotel Lautréamont. Este fragmento lo hice hace una chorrera de años, cuando el lector y librero Sergio Parra me mostró Hotel lautréamont:

 

Un altar de madera flotante

 

A estas alturas, de todos los que lo abordaron, son pocos

los que pueden describirlo con alguna certeza: un vagabundo

era la opinión de consenso: cortés con los viejos,

indiferente con los niños, extremadamente interesado en los adultos jóvenes,

pero, por qué recordarlo —y hasta el día de hoy— son pocos los que lo hacen,

cierto, yo me encontré con él

en algún porche en Culver, intercambiamos —como es requisito—

la inclinación de cabeza, las camisas mordiéndonos el cuello.

A ver dime, cómo es la cosa contigo

y con aquellos que no poseen significado, a quienes nada pertenece,

pero así y todo el vacío siempre te acompaña,

congestionado de tristeza, un tambor

para alertar a los paganos, para intercambiar miradas,

y alguien, a quien más tarde nadie recordará, ¿llega

y se manda cambiar por la puerta lateral?

 

En el baño había un considerable jaleo.

Alguien había emprendido el vuelo inadvertidamente, y en los residuos

que llegan a la playa hay papeles que firmar,

sellos que poner. Oh, por qué desconcierta en este caso la presencia de un

extraño, somos

suficientes para supervisar el etiquetado de instrucciones; hasta incluso hay

algo de tibieza en estas frías tardes de fines de verano, una no-estación en que

recordamos

cuán caluroso y definido era todo hace sólo algunas estaciones

cuando ellos llevaban sus sombreros de tal o cual altura

y esos autos, como incluso ahora mismo se hace en ciertos recintos

de pasajes regados y estrechos en los que flores-trípode

aparecen y mueren en un santiamén para honrar,

con toda seguridad, al dios-almizcle.

Mientras en tanto que la antecámara vomita gente cuyos saludos

espesan el aire y lo hacen denso como ciénago en la revancha de un glaciar,

y son las actitudes normales

las que se eliminan, no hay llanto, ¿no hay manera de huir de ellas?

Ah, seguro que alguno de ustedes sabía de todo esto,

había conspirado con mucho tiempo contra él sin decir nada: seguro

que uno de ustedes corrió a la carretera con las noticias, o tal vez a pedir ayuda.

 

Entonces el ídolo cierra un ojo, hace piruetas y con las inclinadas

filas de remeros son vistos en retirada, retrocediendo con una prisa indebida.

Es tiempo de pensar en la primavera, o en bolsillos de una desesperación nunca extrema

o en la amenaza de una nube benévola aunque zaparrastrosa, un pensamiento

se suscita: no siempre fuimos así, algo pareció intervenir

en la mitad del camino hasta aquí; en cualquier caso, gran parte de los acontecimientos

descascarán eso a lo que por el momento intentamos dar forma.

A pesar de estar perdido

diviso algunas puntas de la isla, las sobras de los picnics

más cerca de lo que uno pudo haber imaginado y aún más cerca el que viene

a resolverlo todo, dado que firmaste un documento

absolviendo a los otros de su eterna responsabilidad, jurando

amar esta luz, estos pájaros, este credo estrepitoso

tan familiar como una persiana que golpetea y, sobre todo, prometiendo

no seguir así como así con tu negocio sino hacer la cosa, verla vaciada, vacía,

una caja en la cual quepan cuatro estaciones nuevamente

tal como ocurrió alguna vez, antes que el fuego se posesionara del cielo

y los aeroplanos con su plumaje jaspeado fueran vistos haciendo señas, siguiéndole la

corriente

a la canción del viento que aquí mismo —en esta parte del poema—, se hace pedazos;

la típica lata, la cuestión que ya se sabe.

 

Porque es indecente durar tanto:

un destello de tu ser pasmado en el espejo es suficiente: la niebla monta

sobre las nudosas raíces de los árboles, y uno aún puede

detenerse a tiempo. Y no tiene por qué haber historia, aunque sea

hora de acostarse y los animales de los cuentos infantiles adopten poses fraternas,

expectantes.

Y entonces, en un momento tranquilo, mas tenso

se nos revelan las identidades cruzadas,

el heredero legítimo permanece en la puerta.

Cierto: es sólo una pintura, pero alguien la enmarcó y la colgó

y cuando tantos estados de ánimo coinciden, cuando todas las ventanas

continúan con la destrucción, su toque de queda nos ancla

en la lógica, ya no más reprensible ni ejemplar

sino emblemática, algo así como lo que sería

otra persona que habla en un auto viejo cerca nuestro.

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