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La prosa: Quintero

978841593438

Una de las experiencias más gratificantes que en calidad de lector he tenido en  estos últimos meses, ha sido sumergirme en la prosa del narrador venezolano Ednodio Quintero (Las Mesitas, 1947). Aunque seamos justos y reforcemos la certeza: Quintero, gran prosista (aquí, la calificación de “gran” no es reconocimiento, es solo mera descripción).

Lo dicho no es poco, y me alegra porque desde hace algunos años la narrativa en español viene experimentando cambios de rumbos, muchos de ellos forzados y algunos naturales en su honestidad. Al respecto, se nos habla de tendencias, híbridos, andamiajes estructurales, hasta de la necesidad de una escritura hacia adelante, que no dudo en calificar de juegos discursivos en pared con las supuestas nuevas sensibilidades del presente siglo. En esta especie de mentira, más de uno acaba confundido, desde autores con obra atendible hasta aquellos que comienzan a forjar poética. Ni hablar de la crítica de medios, que prefiere asegurar el veredicto, asumiendo el extrañamiento como mérito literario. Obviamente, tenemos saludables y genuinas excepciones, que el lector atento y con personalidad conoce, por ello, incluyamos a Quintero en este selecto grupo.

Nuestro autor ha labrado su reconocimiento gracias a su Prosa (en mayúscula). No nos referimos a una prosa adornada, menos a una esclava de los vaivenes del efectismo. Por ahí no va, porque la prosa del venezolano transita por la tersura y la sabiduría. En ella, en apariencia, Quintero no parece mostrar nada nuevo, pero en esa carencia de novedad accedemos a una experiencia límite: el estado sensorial en conflicto. Hablamos de un conflicto proveniente de la calma oral, es decir, la sustancia discursiva, que prepara al lector para la epifanía que depara Quintero: contar lo imposible mediante una prosa alimentada de poesía y locura.

Esta es la impresión que nos deja su última novela, El amor es más frío que la muerte (Candaya, 2017), en donde el narrador protagonista, un hombre mayor, realiza un recuento de su vida ni bien huye de un hospital para apestados. Quintero relata una partida física hacia un paraíso, mas ese paraíso no es otro que el enmarañado circuito de la memoria y del sueño. He allí la aparente imposibilidad narrativa de la novela (hallar el lazo que permita el diálogo entre las situaciones abiertas/reales e íntimas/oníricas), más aún cuando la misma viene pautada por la linealidad discursiva. Ante ello, Quintero se abre paso, en tranquilidad y sin pedir permiso a la narratología. En otras manos –no importa cuán experimentadas se muestren– una novela como esta no hubiese demorado en naufragar en la inverosimilitud, o si gustas, en la falsedad, teniendo como boya de salvación alguna jugarreta estructural.

La realidad mimética, el mundo onírico, la especulación, el testimonio y el desgarrador ajuste de cuentas del narrador protagonista con los suyos y, ante todo, consigo mismo, confluyen en una tramposa armonía y en un omnipresente aliento erótico. El narrador protagonista lo cuenta todo (para más señas, es escritor) y cambia de registro sin hacer uso de forzadas estrategias; además, en esta narración no hay lugar para la duda de lo que se cuenta (lo sublime y lo escabroso adquieren un solo sentido), porque nos damos cuenta de que lo relatado es solo pretexto para presenciar el acontecimiento de estas páginas, que a estas alturas ya lo sabemos: la palabra de Quintero.

Hemos indicado que la novela exhibe una calmada oralidad, también hemos saludado su sabiduría, que calificamos de iluminadora y corrosiva. Sin embargo, si rastreamos entre sus líneas, en la prosa no vista, en la médula de su respiro, hallaremos su influencia mayor. En este sentido, la trayectoria del autor lo posiciona como un estudioso de la narrativa japonesa. Nos referimos a una tradición que ha hecho de la observación y la reflexión las columnas de su radiactividad. Los resultados los tenemos a la vista, Quintero ha asimilado esta tradición, convirtiéndola en la base de la construcción de su escritura, el punto de partida para el festín vesánico que transmite su poética, consiguiendo para el lector lo que pocos en la actual narrativa en español y que podemos ver en toda su magnitud en esta novela: un hechizo que impide el desprendimiento de sus páginas.

Querido lector: tienes que leer a este gran prosista.

G. Ruiz Ortega

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