artículos/ensayos

Hablemos de librerías

Por: Carlos Tupiño Bedoya

Mientras revisaba los libros en las estanterías de Librería Sur, un título captó mi atención. Solo bastó una rápida mirada al texto de la contratapa, al índice y a su contenido para percibir que era un libro para aquella persona que está a la búsqueda de libros y de librerías, que disfruta como nadie la visita a una librería. Era para mí.

Librerías (Edición ampliada. Anagrama, colección «Compactos», 2016) de Jorge Carrión es un libro al que su autor señala como «ensayo». En sus páginas se aprecian los resultados de las investigaciones sobre la historia de muchas librerías: de aquellas que el tiempo se encargó de darles la jerarquía de «mito», de otras que cerraron sus puertas hace tiempo y, también, de las que siguen en vigencia, ofreciendo libros para los públicos más diversos.

Sin embargo, el libro es también una excelente crónica de viaje, producto del impresionante recorrido en el que ha visitado una gran cantidad de librerías en diferentes ciudades del mundo. En cada una de ellas, el autor ha ido recolectando señales de su recorrido que hicieran las veces de certificado de sus visitas a esos lugares habitados por libros, libreros y por todo aquello que encierra la historia de cada una de ellas. El autor escribió:

«Para acceder al orden cartográfico de toda librería, a esa representación del mundo –de los muchos mundos que llamamos mundo– que tanto tiene de mapa, a esa esfera de libertad en que el tiempo se ralentiza y el turismo se convierte en otra clase de lectura, no hace falta pasaporte alguno. Y, sin embargo, en librerías como Green Apple Books de San Francisco, en la Ballena Blanca de la Mérida Venezolana, en Robinson Crusoe 389 de Estambul, en La Lupa de Montevideo, en L’Ecume des Pages de París, […] sentí que estaba sellando algún tipo de documento, que iba acumulando estampas que certificaban mi paso por una ruta internacional de las librerías más importantes o más significativas o mejores o más antiguas o más interesantes o simplemente más accesibles en aquel momento, cuando de pronto comenzó a llover en Bratislava, cuando necesitaba un ordenador conectado a Internet en Amán, cuando tenía que sentarme de una vez y descansar unos minutos en Río de Janeiro o cuando estaba cansado de tanto templo en Perú o en Japón.

Fue en la Librería del Pensativo de Ciudad de Guatemala donde recogí el primer sello. »

En estas páginas no solo está el recorrido que hace Carrión por todos esos locales llenos de libros sino, además, en el inicio y final de cada capítulo presenta, a manera de epígrafe, algún texto en los que libros, libreros y librerías están presentes; todos ellos provenientes de diferentes autores y libros. Cito uno de ellos: «Gramsci, Trotsky, Mandel, Lenin y por supuesto Marx. En 1976 cambió el viento, y seguían vendiendo esos libros. ¿Y qué iban a hacer los libreros? ¿Destruir eso que era dinero, dinero que les había costado ganar? Los ponían bajo el mostrador y los vendían a escondidas. Varios desaparecieron por eso. HÉCTOR YÁNOVER, El regreso del Librero Establecido».  Esos datos de autores y libros fueron incrementando la lista de libros para mi biblioteca. »

En la «Introducción», el autor dice: « […] voy a empezar hablando de todas las librerías del presente y del pasado y quién sabe si del futuro a través de un solo relato, “Mendel el de los libros” […]». A lo largo del libro encontramos capítulos en los que el título de un libro sirve de enlace para empezar a contar la trayectoria de librerías del pasado y del presente. También figuran nombres de personajes del mundo literario que frecuentaron esos establecimientos y sirven de vinculación en la historia de esas librerías que presenta Carrión. Son detalles que transmiten el sentir de todo ese conjunto compuesto por librerías, escritores, libreros y editores.

Los capítulos de Librerías descubren a las librerías más antiguas del mundo  –algunas aún en funcionamiento–, la ciudad de Atenas y su zoco de librerías, la mítica Shakespeare and Company, las librerías políticas, la ciudad de Tánger con la presencia de Paul Bowles y lo que significó ese lugar como punto de encuentro de personajes como Tennessee Williams, Truman Capote y otros, en la que resalta la Librairie des Colonnes; también están las librerías de los Estados Unidos y Latinoamérica, de ciudades como Melbourne y Sydney en Australia, Ciudad del Cabo en Sudáfrica  y de muchas ciudades más; en cada librería que visita está presente su historia, sus libreros, aquellos personajes que las frecuentaban y las reuniones que se hacían en muchos de esos locales. Como en toda buena crónica, están presentes las experiencias del autor en la búsqueda de las librerías, sus contactos con editores, libreros y lo que cuenta de ellos, además de los libros que fue adquiriendo en esos recorridos.

Librerías ha sido para mí como un diálogo imaginario con su autor. Luego de leer «lo que el autor me contaba» sobre sus visitas y experiencias en las librerías de diferentes partes del mundo,  mis recuerdos –activados por esa lectura– empezaban a traer al presente mis experiencias en las librerías que visité durante mis viajes y los libros que fui adquiriendo en esos locales.

En uno de los capítulos escribe sobre la importancia de entender el idioma al ver los libros de una librería en un contexto diferente al nuestro, situación que resulta fascinante y frustrante a la vez. Eso me hizo recordar la noche de un mes de enero, mientras caminaba por una calle de Berlín –en la zona que estuvo en el lado oriental antes de la caída del muro–, encontré una pequeña librería; no recuerdo su nombre, pero sí su aspecto cálido –que contrastaba con el frío reinante en la calle–, algo antigua y llena de libros. No pude pasar de largo. Me encontré rodeado de libros escritos en alemán. Me dediqué a observar y admirar el diseño de las portadas, de las ediciones y el nombre de los autores, pero no entendía lo que decían los títulos ni las reseñas de las contratapas. Era, como dice Carrión: fascinante y frustrante a la vez.

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«Mientras que en las librerías de libros nuevos acostumbra a predominar el orden, en las de viejo lo hace el caos: la acumulación desordenada del saber.» Es cierto. En las librerías y ferias de libros viejos no hay un orden como en una librería de libros nuevos. Durante mis recorridos por esos establecimientos he conseguido libros muy interesantes, por ejemplo: un ejemplar de la primera edición de Cuentos de circunstancias, de Julio Ramón Ribeyro –mi cuentista favorito–; un antigua edición de Lima, hora cero, de Enrique Congrains; un pequeño libro de excelentes cuentos que lleva por título Lima en 10 cuentos, publicado en 1966; también pude encontrar la primera edición de La tía Julia y el escribidor luego de que Mario Vargas Llosa recibiera el Premio Nobel; ya había leído esa novela y era parte de mi biblioteca, pero deseaba tener la primera edición de una de las novelas del Premio Nobel (deseos de un bibliófilo). Jorge Carrión menciona uno de los libros que compró: Contemporary Arabic Calligraphy y reproduce un calígrafo árabe; al ver esa imagen me puse a revisar un libro que me trajeron de regalo que fue comprado en una librería de libros viejos en Marrakech, Marruecos; no sé cómo se llama el autor, ni el título, ni su contenido… está escrito en árabe; haré las consultas necesarias para encontrar la traducción de esos datos y saber de qué trata; ese libro ocupa un lugar especial en mi biblioteca; no lo puedo colocar por nombre de autor ni de título.

Conforme seguía en la lectura, la sentía muy personal. Otras palabras que me trajeron recuerdos fueron: «Sin duda una librería es más hospitalaria cuando, a copia de visitas o de azares, trabas amistad con algunos de sus libreros.» Durante un viaje a Santiago de Chile visité la librería Eduardo Morel Libros, ubicada en la Galería La Merced, en la cuadra 6 de la calle Huérfanos en donde hay otras librerías. Las imágenes de la visita a esa librería están presentes en mi memoria. Es un local pequeño que luce un aire de antigüedad, como reflejo de los libros y revistas que vende. Fui atendido por Antonio Salinas, librero encargado de ese interesante establecimiento. Luego de varias consultas terminamos conversando de diferentes temas y tuvimos una charla muy amena. Me comentó que le gustaban los cuentos de Ribeyro y me mostró varios de los libros antiguos y ediciones muy interesantes que tenían en ese acogedor local. En esa visita pude conseguir un libro que estuve buscando por mucho tiempo: Las vanguardias literarias en Hispanoamérica, de Hugo J. Verani; también adquirí algunos números de la revista Proa. Al final terminamos intercambiando correos electrónicos y teléfonos para estar en contacto.

No hay que estar de viaje para establecer una relación con los libreros. Desde los inicios de la Librería Sur, conocí a Malena y Walter Sanseviero, libreros de corazón e hijos del recordado librero Eduardo Sanseviero. Cada visita a Sur es un placer, no solo por la calidad de los libros que ofrecen sino por la cordialidad y el trato de todo el equipo que siempre atiende las consultas bibliográficas de los visitantes. En mis investigaciones sobre el vanguardismo, el «olfato» de Walter Sanseviero para esos temas ha sido de una ayuda invalorable. Gracias a Walter y Malena tuve la oportunidad de participar en la presentación del libro poesía peruana 1921 – 1931 vanguardia + indigenismo + tradición, de Marta Ortiz Canseco y editado por Iberoamericana, Vervuert y Liberia Sur. Fue el libro que me condujo a las investigaciones que realizo en la actualidad. En Walter y Malena vi reflejadas las palabras que escribió Carrión: «La tradición de los libreros es una de las tradiciones más secretas. A menudo familiar: Natu, Milena, Ulises, Rómulo, Guillermo y Malena [Sanseviero], como tantos otros libreros, son a su vez hijos o incluso nietos de libreros.»

Sobre los libreros, el autor señala un pasaje de Memorias de un librero de Héctor Yánover. Cito un fragmento de ese texto: «[…] Un librero es un hombre que cuando descansa lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita libreros y editores. Entonces un día, este hombre decide escribir un libro sobre su oficio. Un libro dentro de otro libro que irá a juntarse con los otros en los escaparates o los anaqueles de las librerías. Otro libro para acomodar, marcar, limpiar, reponer, excluir definitivamente. El librero es el ser más consciente de la futilidad del libro, de su importancia. […]».

En Librerías también encontré una referencia que hace el autor a las cadenas de librerías con un café. Cuando se refiere a Barnes & Noble de Estados Unidos, hace mención « […] a las más de setecientas sucursales urbanas, cada una con su cafetería Starbucks en el interior […]». Inmediatamente, viajé en el tiempo hasta la visita que hice a uno de los locales de Barnes & Noble en Ocean County, New Jersey. Luego de comprar The Civil War. A concise history, de Louis P. Masur y Travels with Charley In search of America, de John Steinbeck, me dirigí a tomar un café en el local de Starbucks dentro de la librería. No era el lugar de las antiguas tertulias literarias en un café, pero sí fue el momento oportuno para una buena lectura acompañada de un café, luego de recorrer los extensos pasillos de esa librería.

En las páginas que el autor escribe sobre las librerías en las estaciones de trenes, pude ver reflejadas las librerías que visité en las estaciones del metro de New York y de Hamburgo. Librerías pequeñas en las que se pueden encontrar autores y títulos interesantes. También en los aeropuertos he encontrado librerías en las que he adquirido excelentes libros; en los de Miami y Newark visité los locales de la cadena Hudson Booksellers; en ellos conseguí: Literary Brooklyn. The writers of Brooklyn and the story of American City life, de Evan Hughes y Leaves of Grass, de Walt Whitman, una hermosa edición que conmemora el 150 aniversario de la primera edición. Ese libro reproduce el texto del año 1855 y tiene una introducción escrita por Harold Bloom.

Las páginas de Librerías son evocadoras de mis recuerdos. Sobre la librería Strand de New York, Carrión escribió que «se jacta de disponer de dos y medio millones de títulos». Me impresionó como lo hizo mi visita a la librería Books-A-Million, conocida como BAM por sus siglas en inglés. Resultó sorprendente recorrer ese inmenso local en medio de estantes repletos de libros; había narrativa, poesía, ensayo, historia, idiomas, fotografía y todo lo que uno se pueda imaginar.

A lo largo del libro desfilan los nombres de muchos personajes de la literatura, poetas, pensadores, artistas y, por supuesto, los nombres de los libreros; también figuran cuantiosos títulos de libros y autores que tratan sobre las librerías e historia de los libros. Considero esa información como una importante fuente bibliográfica sobre el tema.

He disfrutado la lectura de Librerías desde su primera página. Es un libro no solo para los bibliófilos sino también para aquellos que quieran conocer librerías, libros y libreros de diferentes partes del mundo. Recomiendo su lectura.

 

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