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Espiral de palabras

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La algarabía que viene generando la narrativa peruana en los últimos años —de la que somos testigos mediante una variopinta gama de discursos, como los entusiastas, los veraces y los demagógicos— ha opacado la atención sobre la poesía que se viene escribiendo. Asistimos a una suerte de eclipse que no solo afecta a las nuevas voces, sino también a autores con trayectoria. Claro, se dirá que la narrativa siempre ha gozado de mayor luz que la poesía, pero pensar así es ceñirnos a la realidad distorsionada de que el libro solo se justifica en su condición de mercancía. Peor: es darle la espalda a la tradición literaria peruana, cuya riqueza le debe absolutamente todo a su poesía. En esta desatención podemos hallar a varios (¿involuntarios?) responsables, en este sentido, me es imposible no pensar en la prensa cultural, atontada y extasiada con la novedad narrativa.

Los lectores de poesía peruana hemos venido percibiendo que algo ha estado ocurriendo en los últimos tres lustros. Sobre lo que ha venido ocurriendo se ha especulado mucho, pero quien escribe prefiere ver la situación como un necesario silencio en el que se han reforzado poéticas, como también la desaparición de algunas. Lo peor que le puede pasar a un poeta no es ser un mal poeta (la ley se aplica a todos: nada está dicho hasta que te mueras), sino enfrentarse al horror de la verdad: que la práctica poética jamás fue lo suyo.

A inicios de año publiqué mi recuento literario de 2016, en él escribí lo siguiente:

“Pero algo ocurrió este año, algo que hará callarse por muy buen rato a los críticos de la poesía peruana última (me incluyo), algo que no deberíamos calificar de milagro, mucho menos de suerte, porque ni la suerte ni los milagros suceden en conjunto. En este sentido, hago un llamado a preservar en nuestra memoria este 2016 como un año en que los nuevos poetas se sacudieron de la mediocridad y de la posería escénica. Se concentraron en lo que importa: sus textos.”

Cuando hablamos de nueva poesía peruana, nos referimos a la escrita y publicada a partir del 2000. En este arco de tiempo hemos visto de todo. Fuimos testigos de contadas consolidaciones, pero no pudimos ser ajenos a los espectáculos del parecer poeta, que terminó distrayéndonos de la verdaderos poetas. Ante ello, la obra poética de Paul Forsyth ha sabido mantenerse al margen del parecer, y bajo este cuidado nos ha presentado siete poemarios que lo ubican, en especial desde su tercer título El oscuro pasajero (2012), entre las voces poéticas más atendibles. El camino no ha sido fácil, percibimos en su escritura una exploración con el lenguaje pautada por el nervio expresivo, ejercicio que lo ha llevado a logros y a la vez a la irregularidad por exceso, pero la irregularidad es el precio a pagar cuando se busca la fuerza y verdad en poesía. Al respecto, pensemos en Anatomía de Terpsícore (2014), título bisagra que nos señala los caminos que el poeta no volverá a transitar.

Por ello, tras leer su última entrega, El sendero del irivenir (Celacanto, 2017), nos queda muy claro que Forsyth no solo ha escrito su mejor libro, sino también uno de los más contundentes de la poesía peruana del presente siglo. Razones no faltan: asistimos a una festividad de la palabra en aliento a locura y experiencia sensorial límite (tengamos en cuenta que el título pertenece al tercer volumen de la trilogía Los colores invisibles de César Calvo, que inició con la conocida novela Las tres mitades de Ino Moxo).

Dividido en El desierto en silencio, La frecuencia del relámpago, La diosa blanca y El oasis bajo la lluvia, el presente poemario se manifiesta como un solo poema atravesado en cuatro direcciones temáticas, que nos guían hacia un lisérgico follaje de palabras que se conducen a la esencia presente/ausente de sus cuatro cruces, que nos hacen partícipes de una experiencia polarizada: la desesperación verbal y su calma. Solo de esta manera el autor consigue lo que busca: la revelación del poema. Para tal fin, el poeta no duda en potenciar los registros que domina, sometiendo a cuestionamiento su tradición poética personal. En esta actitud detectamos las potenciales influencias de los norteamericanos Robert Creeley y Charles Olson.

Lo que en sus anteriores entregas el exceso verbal era un señalamiento, aquí su explosión se erige en la contundencia de su virtud. Como ya indicamos, Forsyth parte de su limitación: saber qué camino no frecuentar. En esa limitación encuentra su cima expresiva. Las objeciones (cuándo no el terreno de la subjetividad) a este libro quedan de lado, y las preguntas se presentan en cuanto a lo que Forsyth hará en el futuro, mientras tanto haríamos bien en destruirnos (y también salvarnos) en estas páginas.

G. Ruiz Ortega

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