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Dragon Ball Z: La épica del manga

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Por: Joe Iljimae 

Hoy en día, una gran parte del mundo sabe que Dragon Ball Z es un anime japonés que relata las aventuras de Gokú (un extraterrestre de raza saiyajin criado en la Tierra) en su continuo intento por salvar la Tierra de distintos enemigos que van haciéndose presentes a lo largo de la saga. Es verdad que mucha gente, sin haber visto nunca jamás esta serie animada de televisión, sabe que Gokú puede volar, transformarse en Super Saiyajin (a veces en un mono gigantesco) y teletransportarse de planeta a planeta en cuestión de segundos. Y es probable también que varias personas hayan escuchado que cada 9 de mayo se celebra en Japón el Día de Gokú con toda una parafernalia otaku, surrealista y multitudinaria tan comparable al Carnaval de Río de Janeiro.

Esta violenta cantidad de información no se ha detenido en más de veinte años y, la verdad, parece una cosa de nunca acabar. Es evidente que la historia creada por Akira Toriyama no tiene parangón en cuanto a éxito comercial y aceptación por parte del público consumidor de televisión. La serie no se agota (hace poco estrenaron la muy lograda Dragon Ball Super) y el meollo del relato es capaz de repetirse una y otra vez sin cansar jamás al espectador. Así, cada cierta temporada salen al mercado películas anexadas a la historia principal, lo que genera una conmoción planetaria de spoilers y debates y marchas de fanáticos a muerte. También se hacen presentes versiones actualizadas de videojuegos basados en el material original de Toriyama. Se mueven cantidades industriales de merchandising por todo el mundo. Se escriben libros. Se filman documentales. Se hacen parodias. Se hacen convenciones especiales del anime. Se siguen doblando horas y horas del dibujo a otras lenguas. Se siguen vendiendo álbumes de la serie. Se hacen covers con su soundtrack. Se conmemoran fechas especiales del calendario Z (la primera resurrección de Gokú, por ejemplo). Se hacen conciertos con sus opening. Se hacen videos porno con sus personajes. Se hacen juguetes. Piñatas. Horas locas. Etcétera. Por molesto que pueda parecer, Dragon Ball Z es uno de los fenómenos más importantes nacidos dentro de la llamada “cultura popular” que mejor recepción ha tenido en la historia del mundo.

Casi 50 años después de la eclosión de las series animadas de televisión, podemos afirmar que muchos de los dibujos que en su momento se consideraron grandes trabajos creativos (Mazinger Z, Thundercats, He-Man, El fantasma del espacio, entre otros) no han sobrevivido –o al menos no han sobrevivido bien– en el tiempo como sí lo ha hecho Dragon Ball Z, caricatura que se ha vuelto un producto clásico y simultáneo a la vez.

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Desde que apareció, Dragon Ball Z ha determinado en gran medida la vida de millones de personas en el mundo. El anime salió al mercado el 26 de febrero de 1986 y se expandió por todo Latinoamérica a mediados de 1994. A partir de entonces, todo, o casi todo, cambió para la generación nacida en los 90. Tras un rápido sondeo se puede conjeturar que muchos de los temas de discusión en las escuelas giraban en torno a la batalla de Gokú y Freezer en el planeta Namekusei (hay gente que asegura haber visto la saga de Freezer como si fuera una telenovela), o a la incógnita de si Vegeta, el “príncipe de sangre pura”, se convertiría o no en un Super Saiyajin (1). A menudo, el muchacho que tenía el álbum completo de stickers de la serie se transformaba, de buenas a primeras, en el niño más respetado del salón y de todo el vecindario. Me pregunto: ¿qué niño de la época no tuvo sus primeros atisbos de morbo con la joven y curvilínea Bulma? ¿Habrá por ahí algún adulto que creció con Gokú y que ahora se atreva a negar que la heredera de Corporación Cápsula fue su primer ícono erótico? O, en el caso contrario, ¿podríamos descartar la fascinación de las niñas por la brusquedad y ternura de Vegeta al volverse padre? ¿Acaso ellas no soñaron con ser la Androide 18 y dar una paliza a todos los Guerreros Z?

En efecto, Dragon Ball Z marcó vidas (millones de vidas) de toda una generación. Lo interesante de la saga, sin embargo, no solo se encarna en esta onda generacional, sino también en el cambio o ruptura que en un momento muy determinado Akira Toriyama ejecuta para explorar un nuevo registro. A partir de 1989, la serie animada se divide en dos grandes bloques o universos que han logrado retroalimentarse con el paso de los años: la narrativa “realista” y la narrativa de la “ciencia ficción”.

La historia de Gokú comienza con Dragon Ball. Esta tuvo 153 episodios en total, producidos en formato anime por Toei Animation. Aquí se relata las aventuras de Son Gokú, un niño con cola de mono y de extraordinario poder, quien, junto a la adolescente y brillante Bulma, se lanza en busca de las siete esferas del dragón. En el camino, ambos van haciendo amigos y aprendiendo los secretos del universo de las artes marciales, mientras se enfrentan a enemigos que aspiran conquistar o destruir la Tierra con el uso de las dragon ball (2). El primero de ellos será el monstruito Pilaf. Luego, seguirán la cúpula de la Patrulla Roja y el primer Piccolo Daimaku.

De hecho, toda esta primera parte podría ser considerada como una novela de aprendizaje o bildungsroman, pues asistimos al desarrollo de Gokú como peleador, “ser humano”, amigo y defensor de la Tierra, en un arco de tiempo que dura desde su infancia hasta su adultez, momento en el que Gokú contrae matrimonio con Milk y se muda a la Montaña Paoz.

Ahora bien, si separamos la dosis de fantasía y desmesura, caemos en cuenta de que Dragon Ball está cargado de un extraño realismo proveniente del folclore y del misticismo chino. No es nada nuevo decir que Toriyama basó la historia de Son Gokú en la portentosa novela china del siglo XVI Viaje al Oeste: las aventuras del Rey Mono, escrita por un autor anónimo. Las similitudes de sus personajes y los guiños referenciales son evidentes. Además, el paralelismo que existe entre ambas obras no solo recae en sus principales protagonistas, sino también en la estructura narrativa, la cual siempre depende de bisagras esencialmente folclóricas y budistas.

Por ejemplo, en Dragon Ball aparecen muchos personajes con nombres chinos o con vestimentas propias de aquel imperio. De ahí que el nombre de Ten Shin Han provenga del arroz de Tiajin, una provincia china situada a orillas del río Hai. Asimismo, el tercer ojo de Ten es un guiño clarísimo a la creencia buda o hindú de Oriente. Los colores de la vestimenta de Gokú pertenecen a los colores de la ropa usada por monjes budistas. El dragón Shen Long –que nada tiene que ver con la cultura japonesa– es una copia blasfema de uno de los siete dragones celestiales chinos. Krilin, por su lado, utiliza ropa y técnicas de monje Shaolin, mantiene la cabeza rapada y lleva seis puntos en la frente como los antiguos guerreros de la Dinastía Zhou. Y bueno, hasta el caparazón de tortuga que carga el Maestro Roshi es una referencia a la leyenda del viejo ermitaño chino que lleva sobre sus espaldas una casa.  

Ahora, si pensamos en el Rey Mono de Viaje al Oeste, inevitablemente vemos al Gokú con cola de Dragon Ball. En principio, Gokú tiene un arma al que llama “báculo sagrado”. Esta varita tiene la capacidad de crecer según el capricho de su dueño y es indestructible. El Rey Mono, por su parte, también tiene como arma principal un báculo –aunque en lugar de madera es de hierro fundido– con el don de cambiar de tamaño y número. Además de esta singularidad, ambos poseen una nube en la cual pueden trasladarse a gran velocidad. Los dos personajes son risueños, fuertes y muy diestros en el dominio de las artes marciales. Los dos pueden convertirse en monos gigantescos. A los dos les encanta pelear y comer mucho.  

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Con todo, este primer bloque exhibe misticismo, folclore y realismo ficcional. Es, también, el relato más personal y épico de Gokú. A diferencia del siguiente apartado de la serie, Dragon Ball mantiene una continuidad narrativa basada en la aventura, en el descubrimiento de los extramuros del mundo, en la épica de la crónica de viaje. En otras palabras, somos testigos de la educación sentimental de nuestro héroe que, en Dragon Ball Z, se transforma y rediseña casi por completo. Y para mejor.

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Efectivamente. Existe una ruptura poética y comercial entre el paso de Dragon Ball a Dragon Ball Z. A juzgar por las estadísticas de raiting y difusión, la franquicia de productos sobre el universo Toriyama se universaliza tras la aparición y desarrollo de los relatos introducidos en Dragon Ball Z. Aunque, según expertos, el futuro auge de la saga fue tomando forma desde el último Torneo de las Artes Marciales en Dragon Ball. Sea como fuere, una década después de transmitirse la segunda parte de la vida de Son Gokú, la franquicia generó ingresos en todo el mundo ascendentes a tres mil millones de dólares, un record nunca antes visto en la historia del anime. Hasta hoy han pasado poco más de quince años desde aquel momento y las ventas se han desorbitado, multiplicando por mucho la primera suma.

En apariencia, cada vez que se habla de Gokú se piensa de inmediato en Dragon Ball Z y no en el bloque anterior. Es usual ignorar la primera parte de la historia que, como ya indicamos, está cargada de folclorismo, épica y sabor a producto creado exclusivamente para niños. Incluso pareciera como si por momentos Dragon Ball nunca hubiera existido en el imaginario colectivo.

Sí. Es una pena decirlo, pero recién con Dragon Ball Z comienza el fenómeno.    

¿Tendrá algo que ver el cambio de enfoque que hizo Toriyama de bloque a bloque? ¿O quizá el éxito de la serie radicó en el salto del misticismo más puro de Dragon Ball a la demencia colorida de la Ciencia Ficción en Dragon Ball Z? Es probable que fuera así, pues la propuesta de la segunda parte del relato es la historia no contada de Gokú: su nacimiento como extraterrestre y su justificación como individuo que solo vive para pelear.

Al parecer, Akira Toriyama sucumbió a los encantos formales de la Ciencia Ficción. En este nuevo bloque expone una galería más explícita de episodios truculentos, imposibles, especulativos y ciberpunk. Mientras en Dragon Ball había un tímido coqueteo con el género (máquinas combativas, cápsulas creadoras, resurrecciones, villanos de opereta de singular carisma, armados casi siempre con armas de tecnología avanzada y otras bellezas), en Dragon Ball Z se vive del género. Así, Toriyama logró expandir sus posibilidades creativas dentro de la saga, dejando muy atrás la fantasía folclórica y “regionalista” de su primera entrega. El cambio de registro es muy violento: casi de golpe nos enteramos de que Son Gokú era en realidad un Saiyajin, raza extraterrestre y guerrera, cuyo planeta había sido destruido cuando él era apenas un bebé. A partir de este punto de quiebre, asistimos a una suerte de odisea en el espacio y en el tiempo: cruzadas interestelares, viajes al pasado y al futuro, alienígenas y organismos cibernéticos poderosísimos, vida después de la muerte, naves espaciales, máquinas que aumentan la gravedad aumentada al cien por ciento, líneas cronológicas alternas, dioses que aparecen y desaparecen, planetas imposibles, técnicas de teletransportación, etcétera. De hecho, podríamos decir que en Dragon Ball Z se llega a un punto en el que el telurismo oriental se anula casi por completo y, luego, se occidentaliza. De igual manera, el espíritu de aventura y la épica de viaje (otras marcas muy de Dragon Ball) desaparecen en la nueva historia. Pero como contrapartida a esto, se repotencia la acción y las larguísimas batallas de corte mesiánico. Dicho de otro modo, se intercambian los esquemas narrativos de la serie. La acción pasa a un primer plano, mientras la aventura y la comedia se relegan a una mera base para sostener el valor de la primera. En este contexto, y solo gracias a Dragon Ball Z, Son Gokú logró ser elegido como “el personaje de manga más poderoso de todos los tiempos” por la famosa lista japonesa Oricón. Con las batallas o torneos de Dragon Ball, esto no habría sido posible. Y tampoco sin el valioso cambio de registro de Akira Toriyama hacia la Ciencia Ficción. 

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Muy al contrario de lo que cree mucha gente, Dragon Ball y Dragon Ball Z sí mantienen una línea narrativa bastante interesante. Esta, en apariencia, es engañosamente simple. Sus arcos narrativos están presentes de manera lograda en las batallas que enfrentan Son Gokú y sus amigos contra todos “los malvados” de la serie. Los diálogos o monólogos más épicos aparecen en los momentos precisos en que todo parece haberse ido por la borda. ¿Acaso el monólogo de Son Gokú, tras enterrar a Vegeta y encarar a Freezer en Nameku, no es una de las cosas más conmovedoras y brutalmente hamletianas de todos los tiempos? ¿Acaso el monólogo de Vegeta, ese orgulloso príncipe Saiyajin, reconociendo a Son Gokú como el número uno, no es genial?

El periódico norteamericano The Wall Street Journal describió la narrativa de Dragon Ball Z como el resultado de una combinación de Star Trek y Pulp Fiction por “la odisea sangrienta y bestial en un espacio aleatorio a la realidad”. De hecho, Akira Toriyama crea una nueva narrativa muy correspondiente al siglo veintiuno, donde ya no solo importa trascender los medios, sino también aproximarse al mundo real, al receptor, dejando que este invente posibles universos paralelos y versiones propias de la serie. De modo que Dragon Ball Z se sostiene en una narrativa que expone un universo expandido, personal y compartido con el espectador.      

Lo interesante también es la correspondencia que mantiene entre sí, pues Dragon Ball Z es una serie totalmente orgánica. Si Son Gokú, antes de aniquilar a Majin Boo, le dice que le gustaría que renazca “como un buen tipo para pelear otra vez”, no es en vano. O si los Androides 17 y 18 aparecen en algún momento para asesinar a Gokú, la narrativa los vincula rápidamente con un plan de venganza de la Patrulla Roja que apareció en Dragon Ball. Por improbable que pueda parecer, Toriyama no deja cabos sueltos en su creación.

Otro punto a favor, es que la serie no subestima al espectador. Tampoco se edulcora para ganarse el corazón de la crítica o del público infantil. Todo lo contrario, por momentos Dragon Ball llega a lo explícito, a lo morboso y a lo incendiario. No en vano censuraron la serie en varios países y cortaron capítulos enteros con demasiada violencia o incitación sexual. En España, por ejemplo, se eliminaron siete minutos de un episodio para evitar controversias. Sin embargo, Toriyama, ajeno a todo elemento naif, siguió sacando material de lo morboso, de lo violento, de la sangre y de la desnudez del cuerpo. Por eso el Maestro Roshi continuó presentando recurrentes hemorragias nasales cuando se excitaba tocando o viendo las partes íntimas de una mujer.

Ahora bien, es importante señalar que la serie tiene también muchos desaciertos narrativos. Por ejemplo, vemos la presencia del espantoso deux ex machina en algunos episodios, el abuso de muletillas insultantes, la redundancia temática en todas las sagas, la linealidad fácil en la estructura, el regodeo en la dilación episódica, el sarcasmo forzado y la aparente falta de profundidad en muchos de los personajes. Una revista norteamericana describió a Dragon Ball Z como una serie de “batallas melodramáticas interminables que pueden durar más de doce capítulos y que resultan, a la larga, más complejas que una telenovela de amor”. Además, reprochó la ambigüedad de muchos de los personajes con sus ideologías y formas de ver el mundo. Pero ¿y qué? ¿Realmente importa todo eso?

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Sea como fuere, no cabe duda de que Dragon Ball Z se mantiene hasta hoy como uno de los animes más importantes de toda la historia, ejerciendo constantemente una gran influencia dentro de la cultura pop contemporánea. Y pese a todos sus aciertos y puntos débiles, no hay que olvidar que Dragon Ball Z no tiene pretensiones artísticas ni mucho menos culturales. La serie solo busca entretener o, como diría Akira Toriyama, “busca representar una forma de entretenimiento que se transmita de generación en generación”. Y, aunque le incomode a mucha gente, lo ha logrado. Lo ha logrado bien.

 

(1) Estado de poder físico y espiritual que solo pueden alcanzar los Saiyajin puros o mestizos de esta raza guerrera.

(2) Son siete esferas mágicas que invocan un gigantesco Dragón llamado Shen Long, el cual que puede cumplir cualquier deseo.

 

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