recomendaciones/Texto de presentación

“Simulacro de sortilegios” / EAW / Schwarz

Por: Herman Schwarz

Buenas tardes. Agradezco haber sido invitado a esta reunión convocada para presentar el libro Simulacro de Sortilegios (Sur Librería Anticuaria), que reúne la poesía completa de Emilio Adolfo Westphalen. Eso se ha debido a que durante un tiempo hice unas fotografías del poeta y también a la decisión de sus hijas, lo que me honra grandemente. Ellas, sobre todo Silvia, ya que Inés vive en México, saben de los momentos que me ha tocado vivir con su padre durante los últimos años del siglo pasado.

Me honra también que una de las dos fotografías que ilustran el libro que hoy se presenta sea mía. Esa foto fue hecha el día en que conocí a EAW, el año 1982, en la sala de la casa que su amiga Blanca Varela tenía en Barranco.

En esa época EAW era una leyenda viva de las letras peruanas.

Sucede que la vida de EAW, desde la niñez, se había traslapado con un segmento apasionante de la historia peruana del siglo XX. EAW estudió la primaria con Rafael de la Fuente Benavides, más conocido por el seudónimo de Martín Adán, quien lo inició en la poesía y en la lectura de José María Eguren. Más tarde con Estuardo Núñez visitarían la casa de Eguren y también a José Carlos Mariátegui en la redacción de Amauta.

Ser el menor de su clase exacerbó su timidez. “Emilio no decía nada, nunca hablaba, más bien leía. Fuimos descubriendo que leía mucho más que nosotros,” cuenta Estuardo Núñez en una entrevista hecha en 1997. Resulta que estando aún en el colegio, EAW transcribía los manuscritos de La casa de cartón de Martín Adán usando una máquina de escribir. Nadie sospechaba entonces que, en esos momentos, él mismo escribía ya poesía.

Dos libros publicados en 1933 y 1935 de apenas 150 ejemplares cada uno, lo colocaron en un sitial expectante como iniciador de la poesía surrealista y lo incluyeron en la historia de la Literatura Peruana. Su primer libro, Las ínsulas extrañas, fue muy bien recibido en Lima. El titulo estaba tomado de un verso procedente de un poema que, según EAW, era el más hermoso poema escrito en español: el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. En Lima aparecieron prontamente las críticas elogiosas de Carlos Cueto Fernandini, Vicente Azar y Luis Valle Goicochea. Y desde fuera del país, el poeta norteamericano Sherry Mangan elogió la obra de EAW e incluyó en una carta la traducción de un poema.

Otras reacciones favorables fueron las de Vicente Huidobro, don Juan Larrea, el dramaturgo mexicano Celestino Gorostiza, el filósofo argentino Francisco Romero y Bertrand de Jauvenel. Pero, según dice EAW, lo que más lo impresionó fue recibir una tarjeta de Valerio Larbaud, pues tenía gran admiración por ese escritor francés.

Abolición de la muerte, su segundo poemario, aunque considerado por su autor como superior al primero, no tuvo la misma repercusión.

Estos dos libros los publicó en la primera mitad de la década de los años 30. Y luego, el silencio.

Un silencio a medias.

Entre 1947 y 1949 publicó –con sus ahorros- los 8 números de Las moradas, considerada por muchos como la mejor revista cultural hecha en el Perú. Le hace la competencia Amaru editada por la UNI, también dirigida impecablemente por él entre 1967 y 1971 y de la que llegaron a ser publicados 14 números.

Su poesía sería reunida en México (1980) por el FCE en el volumen titulado Otra imagen deleznable, compuesto de una edición de los dos primeros libros con algunos poemas inéditos.

Durante los años setenta, diversas Agregadurías culturales lo retendrían en Europa hasta inicios de los ochentas.

En 1982 publica dos plaquetas: Arriba bajo el cielo y Máximas y Mínimas de sapiencia terrestre editadas en Lisboa por su amigo Paulo Da Costa Domingos.

Uno de los tuvo la suerte de recibir ejemplares de esas cortas ediciones fue Edgar O’Hara, quien las reseñó y tuvo el cuidado de enviarle los recortes publicados a EAW, residente entonces en Portugal. Esa sería la llave que luego nos permitiría a ambos, a Edgar y a mí, sentarnos frente a él ese abril de 1982, cuando hicimos la entrevista para la revista Testimonio en la casa de Blanca Varela.

Yo había sido advertido de que fotografiar a EAW no sería fácil. La cosa era clara: no le gustaban las entrevistas ni ser fotografiado. Una prueba concreta de eso consistía en que no habían fotos suyas en los archivos de los periódicos.

20604158_1623387847694078_3275644384137574532_n

“Tú conoces mi escasa disposición para las entrevistas -escribió en 1988- calculo que no llegaron a cinco las que me vi obligado a conceder hace unos años. Mi experiencia de entonces me confirmó en mi recelo ante ese medio de comunicación (o ese seudogénero literario). Quizá la insatisfacción consista –al menos en mi caso– en sentirse urgido (por el tenor y tono de preguntas) a defenderse (inconscientemente) con una réplica falsa o aproximada –no correspondiente por entero (o en absoluto) a opiniones criterios de uno en determinado momento. Hay que contar –por  otra parte– con la tendencia del entrevistador a escudriñar de preferencia lo pasado –a escarbar en pos de antecedentes influencias parentescos. Lo malo es que yo no puedo ayudar mucho al respecto dada una memoria deficiente (de la que yo mismo desconfío) –acostumbrada a cambiar y tergiversar lo sucedido –o a restar importancia (luego de un tiempo) a la manera como lo que llaman la corriente viva de la historia lo arrastró a uno o (más probablemente) pasó al costado –salpicándole con su barro y su mugre.”

Esta nota escrita por EAW, titulada Respuesta a Carlos Germán Belli (marzo de 1988), explica el motivo de su renuencia a dar entrevistas. La cita permite ver que no se trata únicamente, digamos, de su consabida timidez y o mutismo, sino también de cierta desazón que le genera la presión que se le ejerce para precisar datos que él considera puedan ser inexactos.

Pero también dice que las pocas entrevistas brindadas, 5 en total, fueron hechas por obligación. Lo que yo recuerdo de esa entrevista fue haberlo visto bastante animado y locuaz.

CONTRAPUNTO ENTREVISTA Y LAS REACCIONES DE EAW

A Edgar le dio -de saque- su opinión al respecto. “Me parece que estuviera dando un examen y a mí nunca me han gustado los exámenes ni los examinadores, ni los concursos ni los premios… Desde la época del colegio yo era silencioso, no decía nada… Y ahora me quieren sacar con tirabuzón las palabras.”

– “Es que me intriga saber si aprobará el examen”. “Podría hablar con los ojos”, retruca Edgar.

Y EAW responde:

“Eso será para el fotógrafo, entonces… Si lo consigue captar.”

Eso fue directo para mí, y no lo sentí como un rechazo exactamente sino como un reto y la cosa transcurrió bastante bien. Él estaba sentado en el vértice de un mueble de concreto bien provisto de cojines atenuantes, frente a un ventanal que tenía como fondo la inmensidad del Océano Pacífico. La luz era perfecta. El amplio espacio donde estábamos permitía moverme alrededor sin interrumpir la charla. Rodeados de cerámicas precolombinas, peruanas y aztecas, y de enormes cuadros de Szyszlo, un ambiente propicio para la charla.

En un momento Edgar le pregunta si ese largo silencio entre sus primeros dos libros y la edición del 80 significó que había dejado la escritura o simplemente dejado de publicar sus poemas.

“No”, respondió categórico, “no he escrito poesía. Además, eso no tiene nada de raro, porque lo raro en verdad es escribir poesía, ¿no? ¿Por qué asombrarse de que uno deje de escribir poesía? Más extraño es que haya gente que hace poesía, escultura o pintura, cosas tan inútiles y sin razón de ser, salvo la complacencia y el goce que producen en ciertos momentos, goce y complacencia que, además, pueden variar.”

Esos fueron los años de su reinstalación en Lima. Era normal verlo caminar con sus pasos largos y seguros por las calles de Barranco y Miraflores. Alguna vez lo encontré en la Galería de la Municipalidad de Miraflores viendo una muestra de Ramiro Llona adonde había llegado a pie desde su casa y le ofrecí llevarlo de vuelta.

En 1989 recuerdo haberlo visitado para llevarle un libro que yo había publicado sobre el pintor Víctor Humareda con el respaldo del Concejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Concytec, y surgió la idea de elaborar un proyecto para hacer una exposición sobre César Moro en la Alianza Francesa. Como yo conocía el trámite, hice todo el papeleo y no tuvimos problema en conseguir el financiamiento para la investigación y la elaboración del catálogo. Me encargué de buscar documentos en la BNP y de la reproducción de las obras de César Moro que formaban parte de  la colección personal de EAW.

La relación se volvió más estrecha cuando -a mediados de los noventa- enfermó y tuvo que ser internado en el Hospital Rebagliatti y luego en la Maison de Santé de Chorrillos.

Fue muy duro para él enfrentar la pérdida de su independencia. A pesar de todo se mantuvo intelectualmente activo y participaba en diversas ceremonias y eventos públicos. En algún momento intervine porque una universidad lo quería proclamar Prohombre de la Nación y eso me pareció pomposo y medio cursi y les respondí que no estaba en condiciones de participar. No le gustó nada y me lo hizo saber. Desde ese momento, fue a cuanta ceremonia era invitado.

En 1997 recibió de la PUCP el premio Southern por su trayectoria en la vida cultural del país. Ese mismo año le otorgan el Honoris Causa de la UNI.

Al año siguiente se fue a España para recibir el premio Miguel Hernández.

1999 recibió el Honoris Causa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Con su enfermera, la Sra. Gladys Torres, y la silla de ruedas nos íbamos para todas partes: al MALI, a la Bienal de Lima, a la Plaza de Armas, a almorzar al chifa, una de sus comidas favoritas. Le gustaba que le llevara de contrabando a la clínica su tallarín saltado, frito. Y siempre tenía su botella de vino Merlot, caleta, para cualquier ocasión.

Poco a poco se fue apagando, hasta que simplemente dejó de contestar el saludo. Algunos amigos cercanos, muy queridos, dejaron de venir porque no soportaban verlo así, pensando que no era consciente de sus presencias. Creo que estaba al tanto de todo. Solo apagó el volumen.

En aquella entrevista del 82. Dice: “La llama se extingue… Pierre Reverdy escribió algo que yo he tomado alguna vez… “La poesía es a la vida lo que el fuego a la madera: emana de ella y la transforma durante un momento, un corto momento… Ella es la forma más ardiente y la más imprecisa de la vida… Luego, la ceniza”. “Eso es la poesía,” remata EAW.

Se ganó el derecho a estar en el silencio absoluto y a que nadie lo presione a contestar siquiera el saludo, con esa humildad con la que vivió se fue yendo.

Cierra la entrevista del 82 con una cita de Rilke. Dice: “Casi todos los poetas insisten demasiado y así logran dejar la huella apasionada de sus dedos sobre la arcilla, testimoniando, por decirlo así, su poder. Pero se da muestra de un poder mucho mayor si se escribe, llegado el momento, como si uno fuera nadie.” “Este sería mi ideal, -enfatiza EAW- que no se supiera quién ha escrito lo que he escrito… Un ideal, como todo ideal, inalcanzable…”

Texto leído el miércoles 2 de agosto. Sala José María Arguedas. FIL de Lima 2017.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s