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Patricia de Souza: “El problema del feminismo es político, no solo ideológico”

Pensamiento e incomodidad. Esto es lo que nos ofrece Patricia de Souza en su tremendo libro Descolonizar el lenguaje, publicado el año pasado por la editorial chilena Los Libros de la Mujer Rota. La escritora peruana no se guarda nada y reflexiona sobre el papel de la mujer que escribe, valiéndose de una variedad de ensayos y artículos que ponen de manifiesto su capacidad de análisis y, ante todo, compromiso. En estas páginas respiramos tradición literaria, puesto que la autora nos acerca a escritoras que por medio de su obra formaron las bases del feminismo, feminismo que debe dejar su condición nominal para convertirse en lo que se supone debe ser.

G. Ruiz Ortega

Luego de leer Descolonizar el lenguaje me queda claro que la Mujer es su fin, no un medio. Vendría ser un llamado de atención.

Como toda persona, la mujer no puede ser un instrumento de intercambio en la sociedad patriarcal, un objeto sin sujeto. Eso está claro. Por otro lado, nos quedamos satisfechas muchas veces con plantear el problema y soluciones a corto plazo, ¿pero qué pasa con las “formas” y el cómo analizamos estos problemas? Ahí queda mucho que indagar y decir como sujetos completos y no fragmentados, con un derecho a la libertad plena en la representación y el lenguaje en cual nos expresamos.

Estamos también ante una postura política de tu parte. Aunque hoy en día se considere que hay más espacio para la mujer, este aún resulta insuficiente. Por ello, cuán vigente es la figura de Flora Tristán. En el ensayo que escribes de ella queda patente tu admiración.

Tomar conciencia del asunto es obviamente asumir una posición política. Nuestra herencia simbólica nos ha quitado ese prurito analítico de saber con “qué instrumentos razonamos”, cómo los hemos aprendido, y cuál es su valor de uso. Esto lo entiendo más tarde, cuando me empiezo a hacer preguntas, justamente escribiendo. Si en la ficción no se razona de la misma manera, la intuición y la impresión son más fuertes, se leen cosas en el intertexto, es decir, el trabajo acabado, es lo que me fascina de este ejercicio. Aunque desde el inicio me impuso muchos problemas: el código lingüístico en el que me expresaba, la forma narrativa, etc. Es decir, la forma es también un valor.

Señalas, del mismo modo, que para Simone de Beauvoir la “feminidad” es una construcción social y cultural. En este sentido, Flora Tristán construye su imagen teniendo todo en contra. No solo reclama una herencia, sino también un lugar. Mientras leía este ensayo, pensaba que figuras como ella son más reconocidas en la academia, no por mujeres fuera de ella. Claro, es imposible que todas las mujeres sean conocedoras de sus postulados, pero extraña que no sea al menos una referencia cultural.

Es cierto que es así, y esto tiene que ver con la “dominación cultural”. En La dominación masculina, Pierre Bourdieu analiza ese “capital simbólico” que se nos es entregado desde la escuela, las mujeres son adoctrinadas a desarrollar un solo tipo de “feminidad”, en contra de la idea de Beauvoir, que esta identidad es más bien una construcción o un “terreno en obras”, y algo adquirido. Es el sempiternal debate entre lo que es natural, y lo que es adquirido, entre “naturaleza y cultura” que han tocado muchos y muchas mujeres y hombres dedicados a pensar. Decididamente, a falta de referencias propias, yo he emprendido ese recorrido, todavía tengo lagunas, y por eso sigo leyendo y creciendo en interrogantes. Es importante comprender para después, “nombrar”, parafraseando a nuestra compatriota Flora Tristán. Ahora bien, la Academia petrifica un poco a estas figuras rebeldes, caso Flora Tristán, anulando el discurso subversivo, esto es de acuerdo a la época en que se la lea, o sea,  bajo el prisma de la opinión que domina. Las mujeres además no son tomadas en serio, por dar un ejemplo, solo este año se incluyeron autoras en el concurso de bachillerato en Francia, un país con una larga tradición de escritoras (“la “república mundial de las letras”, sic), solo ahora se lee a Madame De Stael, a Duras, o a Madame de Lafayette para obtener un diploma. Nosotros estamos más rezagados, no hemos creado un aparato crítico, ni nos preocupa mucho el tema. Cuando lo hagamos, la literatura habrá sido reemplazada definitivamente por otras formas de expresión, estamos en plena transición a mi modo de ver.

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Partiendo de Deleuze, dices que “nosotras, las mujeres, somos de alguna manera extranjeras en el idioma que hablamos y escribimos.”

Tiene que ver con la anterior respuesta, si no somos capaces de vernos como seres enteros, con una historia (Lacan decía que éramos significados sin significantes) pues no hacemos sino hablar en un idioma alienado. De ahí la “extrañeza” y la despersonalización que puede significar escribir, somos de alguna manera extranjeras y parias sin dote simbólica. Al tener conciencia de esto, creo que podemos cambiar un poco la manera cómo nos representamos a nosotras mismas desde un tiempo y una cultura. No podemos ser eternamente seres acríticas y ahistóricas…

Bien sabes que estamos atravesando un auge en la autoficción. Se la saluda y se la critica. Pero señalas sobre su importancia para las mujeres. Dices: “Cada vez que un hombre publica un libro, decimos fácilmente que posee “un mundo”, mientras que una mujer solo despierta desconfianza de sus congéneres.”

Lo digo en el caso de las mujeres que lo hacen con esa conciencia crítica, si la literatura no emancipa, aliena. Y reproducción no es su fin, al menos no la mía. El uso de la primera persona es subversivo porque lo han monopolizado los hombres y las mujeres dudan de su Yo, sobre todo, temen el juicio público y ser apartadas socialmente. El problema que surge en este momento del mundo de la posverdad, es cómo hará la literatura para parecer verosímil sin serlo. La primera persona, además de dar una presencia a la mujer como ser que nombra y explora, es también una posibilidad de subjetividad verdadera y menos desarraigada. Ojo, no estoy hablando de la autoficción como espectáculo, que es el formato que se le está dando a raíz de la dominación de las redes: yo soy el centro, escúchenme, no es precisamente eso sino un pacto autoficcional que puede tener algo de estrategia de sobrevivencia y de solidaridad con voces silenciadas. Si alguien escribe para convertirse en su propia mercancía y en espectáculo, hay que interrogarse sobre ¿qué es la literatura? ¿Todo lo que se escribe es importante? Desde un punto de vista humano, sí, pero desde el epistemológico y literario, no lo sé. De todas formas estoy segura de que las clasificaciones “literarias” van a erosionar. Se ha liberado la palabra, para bien o para mal, pero es así. La gente tendrá que decidir qué posee valor y qué no en esta Torre de Babel. Creo que se venderán libros, como se hacen series, por paquetes, sin jerarquía estética, además los cuentos populares, las narraciones orales, empezarán a proliferar. En suma, si no consideramos a la literatura como una construcción de subjetividad, estaremos muy desilusionadas porque el mundo ha cambiado. Yo creo que si escribo es por esa razón, escribir es mi modo espiritual de organizar la experiencia caótica a la que estamos expuestas.

Obviamente, hay un pesimismo en los ensayos. La mujer sigue siendo “el segundo sexo.” Más allá de las libertades inimaginables que ha conseguido, y en poco tiempo, sigue subordinada porque aún no tiene “la palabra.”

No lo considero como pesimismo sino como ejercicio de lucidez. El sistema político patriarcal, dominado ahora por la ideología económica, nos ha hecho creer que si las leyes existían, y si existen países donde las mujeres tienen una situación menos paupérrima, el problema está solucionado. Por ejemplo, no porque escriban más mujeres nos liberamos de la dominación masculina, muchas mujeres reproducen el mismo esquema que las tortura y las denigra. Más bien diría que soy optimista, yo creo que es posible cambiar a través de una construcción de nuevos arquetipos de mujer. Sobre todo, creo que se tiene acceder al discurso para modificarlo. En la ficción se ejerce otro tipo de relación con el mundo, es más libre, pero es obvio que una mujer emancipada será más audaz y menos convencional. Incluso diría que la audacia y la libertad tienen que ver con la confianza en los propios códigos, por eso insisto en que hay que descolonizarse.

portada extendida

A tu juicio, ¿crees que la lucha feminista se ha estancado? La presente publicación es también una crítica al feminismo.

Es una crítica al feminismo que no se separa efectivamente del pensamiento hegemónico, sobre todo de una lógica neoliberal: la mujer se empodera igualando al hombre, compitiendo y reproduciendo esos valores que ella misma combate. El neoliberalismo y el feminismo están muchas veces reñidos, o son antagónicos porque hacen del cuerpo de la mujer una mercancía, piénsese en los “vientres de alquiler” que se promueve en algunos lugares en Europa. O la prostitución regulada que promueven algunas feministas (sic). El problema del feminismo en este tiempo es político, no solo ideológico. Hay formas de dominación y control a través del pensamiento aparentemente “liberador” de un feminismo occidental. Es delicado y complejo, y hay que ejercer una crítica de los valores culturales que se promueven como universales.

Se deduce, en más de un tramo del libro, de que para ti la batalla contra la desigualdad no está en las leyes, sino en el ámbito cultural.

No solo se trata de imprimir leyes, sino de la representación que nos hacemos de nosotras, de la representación del cuerpo. Un ejemplo, en las sociedades neoliberales se acepta fácilmente el “matrimonio igualitario”, pero se rechaza el aborto, ¿por qué? Yo creo que es porque culturalmente no se acepta que la mujer sea dueña de su cuerpo (la prohibición que exploré en mi novela El último cuerpo de Úrsula, valga la autorreferencia para que vean que he pensado en el tema a posteriori) y se la castiga cuando decide sobre él. Hay que leer a Francoise Heritier, autora de Masculino/femenino, quien, desde la antropología, analiza este tema, o las “estructuras sociales del parentesco, de Claude Lévi-Strauss, y falta una lectura desde una perspectiva nuestra, más cercana a nuestra cultura. El cambio empieza por otra representación del cuerpo, menos vasalla, menos aculturada por los medios.

En uno de los ensayos escribes sobre la importancia de la distancia en ti, tanto como persona y escritora. Lo sentencias: sabes lo que no quieres ser: “una parasitaria, una aculturada.”

Escribir es una reconstrucción, un recomenzar siempre, un ejercicio de libertad, y de empatía también, porque sola, sin los demás, es imposible. Ponerse en duda, tropezar y avanzar.

Hablas también de tu mestizaje, de la riqueza que hallas en él.

Por supuesto, parte de lo que considero como una riqueza cultural es ese estar atravesada por varios orígenes, no solo en el aspecto étnico, sino mental. Yo vine pronto a Francia y aquí sufrí un choque cultural, luego he regresado a América Latina, empezando por México, Venezuela, y siempre voy a Perú, donde siento que hay un fondo no explorado, una riqueza oculta a nivel cultural, que no es la Marca Perú, que me parece un absurdo, sino una trayectoria humana menos estereotipada y más compleja.

Vives fuera del país y, como imagino que sabes, estamos viviendo una presencia sostenida en narrativa escrita por mujeres. Sin embargo, cuando tú comenzaste a escribir y publicar, las mujeres eran contadas. Es obvio que las escritoras peruanas de hoy también tienen que batallar contra los prejuicios, pero cuando tú te diste a conocer el contexto era muchísimo más jodido.

No me voy a atribuir el rol de oprimida, hay muchas opresiones más duras, pero sí es cierto que me di de golpes con ese medio masculino tan castrador. Creo que supe voltear las mangas de la camisa para no quedarme solo en harapos, sí, ahora que lo pienso creo que fue así. Solo después he comprendido la marginalidad que veía desde un lente muy burgués y convencional, casi dócil. Por ejemplo, que publiquen más mujeres es un fenómeno demográfico, somos más numerosas que los hombres, además de la facilidad de acceso a los medios de impresión, difusión, etc., pero eso significa estar menos colonizadas. Esa es la pregunta que debería surgir espontáneamente. Aplicando la lógica neoliberal, hay más consumidores y consumidoras de cosas baratas porque la producción se ha industrializado en detrimento de la calidad y la durabilidad de los objetos. Podríamos aplicar este razonamiento al campo del arte. Que existan más mujeres que escriban no es sinónimo de más libertad. Solo es un árbol plantado delante de un bosque.

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