Creación

“Promesa”

Por: Jeremy Torres-Montero 

 

 

Para: Oswaldo Reynoso 

 

 

I was scared of dentists and the dark.

Vance Joy – Riptide 

 

 

Luces amarillas, double black label, blues, cuatro rostros y un guitarrista perdido entre los sonidos menguantes que me lanzan contra la angustia: la estupidez que, remota, sigue lacerando. Perdido. Incapaz de encontrarme entre las cuerdas que acaricia y la estrechez de este rincón. 

 

(Si tú la ves, dile hola. Quizá esté en Tánger. Se fue de aquí la primavera pasada, Oí que está viviendo ahí.)*

 

Es medianoche y las historias no terminan. Yo espero que no terminen, que se prolonguen en escamas desprendidas, con ternura, de la piel del tiempo. Pero sus ojos, los de ellos, se detienen minuciosos e interrogan con el brillo que, reflejado en sus pupilas, los hace parecer de bronce.

Somos los Vintage Dogs en el lugar de siempre, el bar de Don Lucho. Un antro que hemos visitado un centenar de veces: un gigantesco camaleón de quincha y cemento en una metrópoli que apesta a hierro y sal. Hoy quedo maravillado por el segundo piso: un cajón con balcones de madera antediluviana que apenas resiste el peso de cinco ancianos que hablan del Fútbol Club Municipal. Los saurios solemnes se llevan la mano al pecho y entonan el himno que nos hace creer, a nosotros los peruanos, que todo es matemáticamente posible: cual si un momento angular del universo revertiese el hambre del agujero negro. «Perú campeón, Perú campeón, es el grito que repite la afición», corean los viejos de piel tostada y canas cabelleras. «Muchachos, se acuerdan de las dos pepas que le metió Franco Navarro al Boys en el setentainueve», celebra el vejestorio con pinta de maldito que sujeta el vaso de cerveza con una mano temblorosa. Hace una pausa, para beber y prosigue: «Ese diablo era macanudo cuando combinaba con Malásquez». El viejo a su derecha, uno que intenta ocultar la calva con tres hebras de cabello estratégicamente ubicadas, eleva la cerveza y grita, sin importarle que su voz sea una extensión de saudade: «Y en este dos mil quince volveremos a Primera, carajo. ¡Echa Muni! Campeones de Segunda División». Los hinchas celebran el recuerdo, el momento, y se pierden en la nostalgia de victorias que vivirán, para siempre, percudiendo su presente con aquellos vestigios de antaño.

«Soy igual que ellos».

—Más de cuarenta viernes para llegar al que hoy transcurre —dice Navidad—. Escribo desde que tengo uso de razón. A natural born writer, como dice por joder le enfant gâté —señala, con el movimiento de sus ojos, a Heartbreaker—, además, escribí mi primera novela a los diez años, como todo el mundo sabe, y fui más que Macauly Culkin en su mejor época —eleva el meñique, es un gesto francés, él dice, elegante y pétreo — y gané todo lo que es posible ganar hace treinta años, cuando tenía tu edad, Promesa. Quiero agregar algo, sé que lo he dicho antes, pero Like a Virgin de Madonna trata sobre…

—La entrega de una mujer totalmente enamorada, y todo el rollo que tomaste prestado de Tarantino —le interrumpe Sonsoalegre con un tono que es mezcla de Barrios Altos y salón de belleza luego de sorber el whisky—. Supéralo, Navidad, la que ahora da la hora es Tessy.

Recuerdo una anécdota de la juventud de Sonsoalegre. Él nació en una quinta donde los choros rehabilitados, las peperas y los chanconcitos de academia pre universitaria abundaban. En su barrio siempre lo jodían por su extravagancia al vestir: camisas rojas entalladas, pantalones blancos, perfumes de los caros y abundante bisutería adornando sus muñecas. Un martes el Matacabros, un maldito que había acuchillados a cinco peluqueros, dos travestis y un gatito, le buscó pelea. Sonsoalegre, guantes de oro del Ultimate Gay Warrior, derribó al asesino de tres zurdazos. Matacabros terminó hospitalizado por un trauma encéfalo craneal que lo dejó con insuficiencias cognitivas y parálisis total por el resto de su vida.

—¿Tessy? —pregunta Navidad.

—Tessy Sorrentino, the lead singer, la vocalista de Red Mambo Park —dice Heartbreaker—. Y, según recuerdo, el padre biológico del Matacabros.

—Ah, a la que llaman Mademoiselle Galaxia.

—Sí, pero luego de que murió el último miembro de la banda, de cáncer a la próstata, decidió iniciar una carrera solista como Tessy —agrega Sonsoalegre—. La semana pasada fui a visitar a Matacabros, me siento culpable luego de haberle arruinado la vida a golpes. Sigue sin saber que soy amigo de su padre, bueno, ahora madre. La ironía, la ironía.

—La semana pasada nos cruzamos con ella en Rodeo Drive. —Navidad le sonríe a Heartbreaker—.  Este intentó llevársela a la cama, y ella le dijo que ya no estaba para psicópatas funcionales con el ego de Steve Jobs.

— Tina no me quiere follar porque ella nunca se tira a alguien que la supere en belleza. —Todo en Heartbreaker es Bogart, como él diría: «Since Casablanca, chiquillo»—. Now is your turn, Promesa. ¿Cuál fue la razón? 

 

(Dile de mi parte que estoy bien, aunque las cosas se suceden lentas. Ella pensará que la he olvidado, no le digas que no es así.)

 

Muerdo la colilla, aspiro con fuerza y dejo escapar el torrente gaseoso. Los halos grises desdibujan mi rostro. Aprieto el puño al retirar el vicio, y las cenizas caen alborotadas mientras mi índice se inflama. Estiro el brazo y me hago con la botella de Doble Negra para elevarla contra la luz amarilla: dentro veo una silueta danzando, un homúnculo sacrificado, tributo a la Estrella de la Mañana. Bebo un sorbo y es sol negro derramando sus entrañas: percibo el roble, algo de vainilla, descendiendo lenta y amarga. Es puro infierno cimbreando hasta conectar un gancho de zurda contra mi jodido hígado.

—¿La verdad o prefieren la mentira? —les preguntó y exhaló para apagar al demonio que danza victorioso sobre mis vísceras.

—Nos importa una fucking mierda. Lie, Promise. Miente. Crea

—Promesa, no se trata de realidad o ficción. Se trata de narrar. Crear un mito. Mentir. Somos dioses, farsantes, pincelando realidades; usando esta realidad. Al final mis mentiras, las tuyas, o las de quién chucha sean terminan siendo más palpables que este instante al que llamamos mundo —dice Sonsoalegre y dejar caer los hielos de su vaso en el suelo—. Es lo mismo que hace el ochenta por ciento de la gente que usa Instagram.

—Así es —agrega Navidad—, ¿acaso te creíste que escribimos desde antes de jalarnos el pájaro? Eso es connerie, Promesa.

 

(Tuvimos una pelea, como a veces les sucede a los amantes. Y pensar cómo se fue aquella noche, todavía me da escalofríos.)

 

Los ancianos se apoyan, uno sobre el otro, para salir hacia el jirón Quilca; la humedad calma el ardor de sus rojos cachetes: son cadáveres entumecidos por la nostalgia. Uno de ellos, el más viejo, improvisa un festejo que saca fuego de la acera mientras las sombras, que se extienden desde su cuerpo, se asemejan a mulatas demoníacas sometiendo la juventud que no posee.

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El guitarrista detiene la melodía y hace una mueca al ver a los saurios del Municipal. Hace un vaivén de manos cuando nota que lo observo. Le devuelvo la seña y espero entienda la cortesía.

—Está bien. Me siento lo suficiente ebrio como para decir la verdad.

—Genial, chiquillo. —Heartbreaker me guiña el ojo—. Un demonio de canción —dice al notar que se acerca el guitarrista.

 

(Y aunque nuestra separación me llegó hasta el corazón, aún vive en mi interior, como si nunca hubiésemos estado separados.)

 

—Su nombre es Rafaela. —«Hacía tiempo no pronunciaba su nombre»—. Eso es lo que creo —me corrijo—: Eso es lo que quiero creer. Hice un ovillo con todas mis creencias y me entretuve, durante tres años, tratando de encontrar el principio y final de aquella cuerda. La conocí… —lo digo dudando. Navidad se encoge de hombros y Sonsoalegre me muestra los dientes—. La conocí una tarde inmemorable, en ese entonces era un bobo con cabello alborotado de veintiún años. Fue inmediato, saben, vi su foto y quedé prendado. El cabello del color del ocaso, sus ojos pura fantasía y una perforación en la nariz. —Hearbreaker se cruza de brazos, es la primera vez lo veo tan concentrado—. Fue una serendipia de esas que, se supone, deberían suceder entre Manhattan y las máquinas de escribir que evocan California. Demente como el talibán presto a morir por los jugosos coños de setentaidós vírgenes. Era su voz, la forma en que me arrullaba y entendía, aunque haya sido por una ventana de chat y nada más.

 

[Lo observo desde que nació. He visto el cambio en sus facciones: la inocencia cediendo a la abominación a falta de la maldición sobre un lienzo. Me entretengo con cada paso que da, escuchando las historias que su mente elabora para persistir al tiempo.

Aquel día, recuerdo, el cigarrillo se consumió sobre sus dedos y el cadáver ceniciento se desarmó, precipitándose en copos hacía la alfombra. Examinó su rostro en el espejo: la mueca confirmó el sentimiento que lo seguía noche y día: la angustia de un fantasma dispuesto a una venganza incapaz de ejecutar por lo intangible de sus acciones. Era él, y lo negaba, lo que fue, lo que estuvo destinado a ser, y lo que sería: un viejo sentado en un sillón verde, cansado de tanto delirium, de las historias que quedarían atrapadas en la prisión de su mente. Bebió un sorbo de escocés y observó el arma: un puñado de pastillas de diversos colores y formas cotidianas. Cerró la mano sobre la dosis ansiada. Sus labios se movieron y entendí aquello que articuló: un adiós que ella nunca escucharía; pero, como suele suceder, se arrepintió al último instante y, de la boca abierta, cayeron como lágrimas. Enseguida caminó hacia su vieja máquina de escribir y tecleó como marioneta poseída por la gracia de no saberse propia y sonrió como un idiota. Pues la vio. ¡Juro que la vio! Ya que en ese instante el ovillo transmutó Uróboros, y yo también la vi.]

 

—Lo único que buscaba era compañía, su compañía, y el peso de su cabeza descansando sobre mi pecho.

 

(Si te acercas a ella, bésala una vez de parte mía. Siempre la respeté, por hacer lo que hizo y mantenerse libre.)

 

El guitarrista se aleja del rincón. Por la expresión en su semblante dejó de estar perdido. Sujeta la guitarra mientras sus dedos recorren la textura del nylon y liberan aquellos dulces venenos que reviven el dolor en los abscesos. Hace una pausa y golpea, con la punta de los dedos, el curvilíneo cuerpo de madera durante siete segundos; tres adicionales antes de regresar a lo delicado del viento. Se acerca a nuestra mesa. Tiene el rostro afilado: pómulos que las sombras desdibujan en una mueca cercana a la muerte y le dan el aspecto de un amable segador. La raja, que son sus labios, se expanden y muestra los dientes: caninos todos, unos sobre otros: témpanos de calcios diseñados para complementar la monstruosidad de su semblante. Una fealdad tan misteriosa que, en la simetría de su trazos, no encuentra error y es sublime.

Heartbreaker no oculta el desagrado.

Sonsoalegre  y Navidad se comunican con señas para no interrumpir el sonido que, desde la guitarra, pareciera escapar desde mi tráquea.

 

[Miró al cielo y supe, por la proyección detrás de su mente, que su esperanza consistía en que ella viese el mismo cielo. Lo supe absurdo. Él dedujo lo mismo. Firmamentos distintos, noche y día, nunca tarde, aunque era tarde. Jamás en sincronía. Era aquella mala memoria la que surtía su materia gris de registros que, inertes, le llenaban de vida. Pegó el teléfono celular a su oreja y los fluidos se aglomeraron en sus lagrimales. Activó el altavoz y, la operadora, repitió lo de costumbre: «Si desea puede dejar su mensaje en la casilla de voz». Él, sumido ante la alegoría, sapiente de que nada ganaría, depositó el vibrato en aquel cajón de olvido. Un mensaje que ella nunca escucharía, u oiría por obligación, para luego borrar con la suavidad de sus yemas aquel recuerdo y el sonido de su voz. Y con su voz, lo que él fue para ella.]

 

—Promesa… tú no vives en el pasado. —Heartbreaker me observa a través de su vaso—.  You die every fucking day, Promise. Tú te mueres cada día.

 

(Oh, sea lo que sea la haga feliz, jamás le cerraré el paso. Aunque el regusto amargo permanezca desde la noche que intenté que se quede.)

 

Navidad clava sus ojos sobre los míos. Pasa sus nudillos por la comisura de sus labios y, con la manga de su camisa, limpia el sudor que humedece su frente. Observa al guitarrista y le cede su silla.

Heartbreaker pone los vasos uno al lado de otro, alza la vista y el amable segador le da a entender que disfrutaría de aquel whisky.

—El sexto para decir salud por quién demonios sea ella —dice Sonsoalegre y coloca un vaso adicional—. Y, Promesa, que sea el último que bebes. 

—Trataré de que sea el último.

—Sigue con la razón detrás del motivo. —Navidad enciende un cigarrillo y luego de un par de pitadas me lo entrega—. Déjame decirte algo antes, muchacho. Tienes pinta y talento de sobra, luego, si quieres, podemos visitar a Lucía Pegba, la más grande seguidora de Safo y una genio de la física.

—No tengo ganas. De todas maneras gracias, Navidad.

—Guitarrista, después de esta canción de Dylan puedes tocar una de Madonna.

—Lo siento, no toco pop.

—No te mantengas en silencio —insta Heartbreaker.

—Escribo porque soy un perdedor—. Me armo de valor y lo digo con más fuerza, y en el tono de mi voz la repetición se hace inocua—. Soy un perdedor —grito desesperado e hipo a causa del alcohol—, un maldito y triste perdedor. Un apátrida que conoce apenas aquella historia de amor. Uno que sigue amando a esa mujer que era letras y voz, y al no conocer la textura de su piel, o el sabor que supura su sexo, sigue buscando la magia que sintió en otras que apenas recuerda.

 

(Veo mucha gente, cuando salgo por ahí, y oigo su nombre aquí y allá, cuando voy de pueblo en pueblo.)

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[Planeó un viaje. Por el tono del follaje sé era julio. Leí sus itinerarios: de martes a martes. Como pie de página su letra temblorosa: siete días para cambiar mi vida. El celular sonó en ese instante. Él lo ignoró un par de veces, pues no reconoció el número. Al cuarto timbrado respondió y la alegría transfiguró su semblante en el de Mary al ver a Max, los de la película con títeres. Indagué en su mente y era su voz, la de ella, y otra vez delante nuestro: ilusión forzada tras sus ojos: sus labios eran gruesos, se arrugaron y estiraron y dijeron: «Yo te extraño.» Le prometió, por segunda vez, tantas cosas que el pecho se me encogió de solo pensarlo. Él buscó una foto para complementar la forma de su rostro y no encontró ni un archivo en jpg que le diese forma a sus facciones. Memorizó sus palabras, las de ella, como fueron siempre en la ventana del Messenger: en Arial, siempre en negrita, para unirla y darle una razón patética, física, a sus recuerdos. Él aceptó aquel retorno. Le contó de sus planes y, ambos, separados por la distancia y los segundos aleatorios prendieron cigarrillos; y así, con ese lazo, con ese aroma y los glifos ascendiendo livianos como cadenas de fantasía se pensó cercano a la salvación.]

 

—Por eso, y ustedes son testigos, cuando conozco a alguien que mueve mis fibras guardo silencio. —Dejo caer la colilla y la piso con la punta de mis botas—. Ya que deseo esa persona, por arte de magia, sujeta mi mentón y diga: «Sí, soy yo».

 

(Nunca conseguí acostumbrarme, y aprendí a dejar de escuchar. Una de dos, soy demasiado sensible, o me estoy volviendo blando.)

 

—Pero no regresa, y sin embargo es fantasma que vuelve cada noche.

Me rodean y comparten la congoja. Sonsoalegre, como nunca, me abraza sin temer que esté vulnerando su espacio personal. Sus lágrimas caen sobre mi rostro y creo, por un instante, son las mías.

Heartbreaker que, hasta entonces parecía una estatua de bronce por el filtro ambiental de las luces amarillas, sirve el whisky.

—Promesa, el sexto al suelo —dice Navidad y arruga la frente antes de alcanzármelo.

Sé que ella no bebía. Inclino el recipiente y derramo el whisky en el suelo. Y sí, de algo tan banal puedo decir que tengo certeza. Me hubiese gustado saber quién era. Por esa razón escribo, es mi forma de evocar ese pasado. La inocencia que compartí con ella al ser… letras y voz. Ideas. Por eso seguiré escribiendo hasta morir, ya que espero algún día que ella se acerque, con tan solo uno de mis libros, vuelta realidad.

—Mujeres. Ellas nos quitan el aliento y nos dejan como hueso y pellejo —dice Navidad.

—Como decía el tío Joyce: Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema… Something like that, chiquillo.

—En el caso de Promesa, James Joyce le diría: Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices —agrega Sonsoalegre.

—¿Bardo, Did you have…? —Heartbreaker no está seguro si el guitarrista entiende el inglés y decide preguntarle en español—. ¿Bardo, tiene usted algo que decir sobre Promesa?

—La canción lo dice todo. Es una casualidad que me hace creer en el maktub. Y, dado que ella fue tan solo voz, el sonido de las cuerdas es más que suficiente.

—Yo creo que Promesa debería olvidarla. Los fantasmas son producto de la mort, y si ella es fantasma… Sé qué me entienden —sentencia Navidad y en el temor de su voz percibo el propio.

—Eso es lo que traté de sugerir, chiquillo. Si te pone triste, podemos cambiar el tema, chiquillo.

—No es tristeza. Es melancolía pues por primera vez digo la verdad en voz alta. Déjame terminar, Rompecorazones.

 

(Puesta de sol, luna amarilla, vuelvo a interpretar el pasado. Me sé de memoria cada escena, a pesar sucedió tan rápido.)

 

[Pasaron cuatro meses desde aquella última llamada. Promesa repitió hasta el cansancio el único mensaje suyo en la casilla de voz: «Perdóname por ser una pésima enamorada. Antes usaba esto como escape y, ahora, quiero escapar de esto. Me encuentro en Fráncfort, regresaré en dos semanas y nunca más habrá esperas».

Se sintió timado por ella y lloró como nunca hasta entonces. Cogió la máquina de escribir con la que creó su primer poema, el que le dedicó al saberse perdidamente enamorado, y lanzó el armatoste contra el suelo tantas veces como le fue posible. Su teléfono celular sonó en aquel instante. Desesperado lo buscó y no era ella. La voz de su padre y un llanto compartido en el dial lo hicieron romperse por completo: «Ha muerto tu abuelo. Fue un infarto fulminante mientras leía a Byung-Chul Han». Él supo que, de tanto vivir en el pasado, debían ser suyos aquellos veinte gramos menos. Esa misma noche compró el boleto para volar hacia la Argentina. La mañana siguiente llegó a Villa Gessel, la tierra de su abuelo. Estando ahí se sorprendió de la infinidad de ninfas deambulando en aquel elíseo. Días después del velorio conoció a una de esas dríades: tan perfecta como en sus sueños lo fue ella y le puso Rafaela: sapiente el fantasma rondaría entre sus cuerpos. Ella fue alumna de su abuelo. Le contó historias de aquel viejo de porte inglés, sus anécdotas sobre la segunda guerra mundial después de las clases de Historia. «A veces hablaba de vos, de su nieto predilecto. Supe que eras tú apenas viéndote». Aquel día se besaron por primera vez y ella reconoció en la textura de sus labios caligrafía china que deseaba escrita en su interior.

Finalmente sucedió.

Al despertar a su lado se supo pronto a la salvación, pero un impulso idiota le hizo pronunciar el nombre que no le correspondía. Aquel viaje fúnebre pudo ser la oportunidad para alejarse del fantasma, pero rescindió a la salvación. Lo supe, como al inicio, víctima del ovillo transmutando sus deseos en homúnculos cercenados por la agonía palpitante de un recuerdo. Ninguna Rafaela respondería ante su estúpido llamado. Cada rostro sería obliterado hasta que él pudiese reconocer el de ella. Si tan solo pudiese decirle: «Mortal, ella tiene vida nueva con el hijo de un Abraham». Pero es absurdo, lo mío es medir la longitud de la cuerda. Si de algo sirve me tranquiliza descubrir en él la belleza y brillos propios del oro recorriendo sus fracturas.]

 

(Si ella vuelve a pasar por este camino, no soy difícil de encontrar…)

 

—Es domingo, Promesa. Happy birthday. Uno de estos días te llevaré a Venice y caminaremos hacia Dog Town antes de sacrificar lagartijas en el nombre de dios. Después de todo, no siempre acechan los fatales veintisiete.

—Gracias, Harlan Heartbreaker. Supongo te harás cargo de la cuenta.

As always, chiquillo.

—Feliz cumpleaños. Te prometo escribiré una crítica de esas que te harán vender millones.

—Gracias, Sonsoalegre. Me conformo con unos miles. Debo irme. Guitarrista toca esa canción de nuevo la próxima vez. Debo agregar que serás el nuevo miembro de los Vintage Dogs.

—Con gusto, Promesa, y muchas gracias por invitarme a tu cofradía.

—Te regalaré un disco autografiado por Madonna…

—No me jodas, Navidad, regálame The 1975 firmado por Matt Healey.

 

[Los ladridos de los perros lo despiertan. Bosteza y se tambalea como un monigote puesto al viento. Alza la vista y ve un destello, se le ocurre que es una aurora boreal, en el firmamento. Aquello lo aterra, ya que nunca imaginó vería tanta belleza sobre los nubarrones de Lima. A causa de la impresión se le resbala la botella de aguardiente y se hace pedazos sobre el asfalto. Desesperado se tumba boca abajo y delira mientras lame el suelo. Los vidrios le destrozan la lengua, se adhieren a sus mejillas, y cortan su garganta. Rompe en llanto, no por el dolor, sino por el reflejo de sus ojos en el fragmento más grande. Se pone de pie y escupe flemas sanguinolentas.

Tose y la vista se le nubla, pero reconoce la forma de aquello que emite los resplandores en el cielo: un gigantesco disco negro estático sobre el firmamento.

«Un sol negro derramando su luz», piensa antes de caer al suelo y recordar el último verso de la canción que tocaba el guitarrista: «Cuéntale que puede buscarme, si es que tiene tiempo.»]

 

… 

 

*De: Canción Si es que la vez, dile hola, de Jeff Bucley.

Jeremy Torres-Montero es autor de la novela de ciencia ficción El camino de los Aegeti (2011) y del cuentario Kintsukuroi (2016).

 

 

 

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