Creación

“Los buenos tiempos nunca duran demasiado”

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 Por: Joe Iljimae

 

Era el año 2000 cuando finalmente dejé de hacer películas de sexo explícito y me fui de la industria. Desde entonces mi vida ha cambiado por completo y de manera significativa, pero no de manera espectacular. 

Silvia Saint

 

 

Mi leyenda se empezó a escribir sobre las sábanas de una cama. Durante mucho tiempo fui el hombre más codiciado de la industria porno en Latinoamérica. Viajaba a todas partes; me codeaba con los peces gordos; me tiraba a las mujeres más despampanantes y lujuriosas del planeta; cambiaba de carro cada medio año; consumía lo mejor de las drogas; entraba gratis a cualquier sitio y la gente me pedía autógrafos y fotografías. Alcanzar todo esto no fue nada fácil. Tuve que abrirme camino desde abajo. Comencé como masajista y estriptisero en Chosica, como flete en la plaza San Martín, como gigoló en Miraflores y así, a punta de esfuerzo y maña, me cayó el golpe de suerte. Nunca imaginé que terminaría siendo el rey de la industria porno en español. Yo, un chiquillo sucio que vivía en la orilla del río Rímac, que jugaba al box con Los Buguis, que pintaba las paredes de mi barrio; yo, que era más pobre que una rata y el más pequeño y divertido de Los Buguis, alcanzando la cumbre de la fama por una pequeña casualidad del destino, por una complicidad del azar. ¡Quién se iba a imaginar! Alguna vez le dije a Romana que la vida era como un eterno juego de dados. A veces se gana y otras se pierde. Por lo general se pierde, pero bueno… Solo hay que saber tirar los dados y retirarse en el momento adecuado. Mi error fue no salir a tiempo y por eso ahora pago las consecuencias. Pero no me quejo, nadie puede quitarme lo bailado. ¡Soy Sam Lingán y tengo una leyenda! Como sea. Hasta hoy no dejo de preguntarme cómo una propuesta pudo cambiar el destino de mi vida. Creo que fue cuestión de haber estado en el lugar adecuado y de haber respondido con un peligroso “sí, señor” cuando me preguntaron si sería capaz de hacer pornografía. ¿Lo harías?…

 

Es verdad que al principio Sam me pareció el tipejo más vulgar y grosero del mundo. Pero después, cuando empezamos a acostarnos, esa impresión se borró por completo de mi mente. Él tenía un sentido del humor tan refinado que conquistaba a cualquier mujer que se atravesara en su camino. Supongo que a mí me conquistó de esa forma. No sé… Sam era un muchacho bajito, moreno, con buen cuerpo y con una pequeña y perniciosa verga. Yo lo conocí en Colombia, cuando su fama recién estaba empezando a despuntar. Alguien me dijo que era peruano y que de la noche a la mañana se había hecho un nombre dentro de la industria porno. Es muy raro que un actor se abra camino tan rápido en este negocio. Supongo que fue eso lo que me hizo ir a verlo grabar (además de saber que era compatriota mío, por supuesto). Por lo general somos nosotras, las actrices, las que escalamos a buen ritmo una vez entradas al negocio. También somos las que ganamos más, sobre todo si exageramos el papel ceñido por el guion. Un actor puede ganar por película entre trescientos o cuatrocientos dólares a lo sumo. Una actriz gana entre ochocientos y mil doscientos dólares. Bueno, hablo a nivel latinoamericano, pues actrices de la talla de Silvia Saint, Brianna Banks, Jenna Jameson, Tera Patrick, papisas de la industria, pueden darse el lujo de ganar entre cuatro mil o cinco mil euros por película. Pero ¿un actor? Y no estoy hablando de Nacho Vidal ni Rocco Siffredi, ni mucho menos del absurdo Ron Jeremy, sino de un actor que sale de la nada, de un barrio miserable de Ñaña, de un grupito de muchachos que lo único que soñaban en la vida era pintar paredes y fumar mucha marihuana. Eso me sorprendió de Sam. Era un tipo capaz de todo. Realmente de todo. Cuando fui a verlo rodar, lo encontré en el plató haciendo una autofelación de lo más cómica. A un costado había una negra de casi dos metros que se masturbaba mirándolo. Una escena muy simpática, para qué. Luego, tras el primer corte, Sam se puso a bromear con toda la gente de la producción. Por eso creo que lo encontré medio vulgar. Yo entonces ya estaba con ganas de dejar el mundo porno y quería volver a retomar mis clases de Periodismo en la universidad. Pero conocer a Sam me hizo recular unos añitos más. Me convenció cuando dijo eso acerca de los dados y la vida y otras bellezas. No le entendí muy bien al comienzo, aunque después supe lo que había querido decirme…

 

Filmar porno es un trabajo duro y agobiante, pero alguien al final tiene que hacerlo. Yo soy un cámara que comenzó —mucho antes de conocer a Sam— filmando películas de serie B en provincias como Ayacucho, Andahuaylas, Tacna y Lambayeque. Las cintas que más dieron que hablar por aquel entonces fueron El Pishtaco enamorado, El condenado de San Pedro, La Jarjacha, Noche sangrienta en Urubamba y El Chupacabra. Pero como casi toda producción de bajo presupuesto, este material se eclipsó de la noche a la mañana. Las cintas quedaron flotando en el espacio, en eso que los críticos llaman “el mausoleo audiovisual”. Así que me vi de pronto sin trabajo y con una jodida hipoteca que me destripaba vivo. Ser cámara es una profesión complicada. A veces se termina grabando matrimonios, quinceañeros, cumpleaños y otras zarandajas por un par de billetes que no sirven para nada. Y si se tiene mejor suerte, se entra a un canal de televisión donde te explotan y te maltratan psicológicamente hasta convertirte en un autómata. La aspiración de todo cámara es entrar al mundo del cine o a una importante productora para hacer documentales. Bueno, pero para eso se necesita un golpe de suerte y tener los dados de tu lado, como diría el buen Sam… Yo entré a la industria por idea de un amigo. Me dijo que quería montar una pequeña productora para hacer videos triple equis y enviarlos a Brasil y Panamá. Ya tenía un par de actrices y los equipos listos para rodar. Dijo que él mismo sería el actor hasta encontrar uno nuevo. Así que por el momento solo le faltaba un cámara y por eso requería mi ayuda. La idea me pareció descabellada, pero si me hubieran propuesto matar al Presidente por algo de dinero yo habría aceptado. Estaba en bancarrota y mi mujer acababa de dejarme por un pendejo que se computaba escritor… Debo de confesar, ahora que lo observo fríamente, que el porno me salvó de la locura y del despecho. La cosa empezó a funcionar y sentí que había nacido para trabajar en eso. ¡Carajo, lo hubiera hecho gratis! Fue justo en aquella temporada que conocí a Sam. Estaba bailando en un club de mala muerte donde se quitaba la ropa con cada canción nueva que expulsaba los parlantes. No era el prototipo ideal que pide la industria, pero me pareció un muchacho con ganas de tirarse al mundo o, por lo menos, de meterle mano. Cuando terminó de hacer su show, me acerqué a su sitio y le propuse el trabajo. Aceptó sin dudarlo el muy cabrón. Entonces algo me dijo que había encontrado una minita de oro y que por fin mi mala suerte se había terminado…

 

Menos mal que solo hago esto por medio de una webcam. Nadie me toca y nadie tiene por qué juzgarme. Estamos en una época libre, ¿no? Bueno, la idea fue de Sam y desde entonces no he dejado de hacer esto. Me gusta calentar a la gente que paga por verme. Hago lo que piden mientras el contador de mi computadora se va tragando todo su dinero. Dólar tras dólar. Es un trabajo justo. No le hago mal a nadie y mi novia está feliz con esto. Ella es tatuadora y trabaja en el centro de tattoos más grande de São Paulo. Vivimos juntas hace más de seis años y la pasamos de maravilla. Aunque a veces también tenemos nuestros problemas como todo el mundo, pero por lo general, somos una pareja muy estable. Yo descubrí la belleza del lesbianismo desde que Sam hizo su primera escena gay para la industria. Por aquel tiempo salíamos juntos y pensábamos casarnos y tener hijos como cualquier otra persona. Pero la relación no funcionó. Cuando vi aquella grabación, terminé tan indignada que lo primero que hice fue salir a buscar sexo casual para así poder vengarme de ese hijodeputa. La suerte me llevó a terminar en el baño de un bar con una mujer. Y la pasé realmente delicioso. Hacerlo con una chica me gustó tanto, me estremeció el corazón con tanta violencia y pasión, que empecé a practicarlo a diario. Yo sabía que Sam no era gay, que todo lo que hacía era puro profesionalismo, pero igual la cosa no me gustó. También sabía que estaba tirándose a una actriz después de sus grabaciones, una peladita que se creía la reina de ese mundo, una tal Romana Vergara no sé qué… Pero a mí ya no me importaba. Tampoco me importa lo que haga ahora con su vida. He escuchado algunas noticias que dicen que el peruanito está peor que un perro con distemper. No sé si será verdad. Ojalá que no…

 

Es verdad, mi fama en algún momento se desmesuró. De un momento a otro me vi en la cumbre de la industria. Iba de aquí para allá y en todos lados me reconocían. Especialmente los chibolos. Claro, en los colegios no había quien no conociera el porno. Yo saludaba y me tomaba fotos con los chicos mientras algunos adultos me miraban haciéndose a los locos. Eran buenas épocas, lindos tiempos. Pero al comienzo no fue fácil. Después de aceptar la propuesta del Mudo (así le decíamos al cámara), empezamos a rodar. Yo pensé que sería el único, pero me encontré con otros muchachos. Eran unos cuatro o cinco. Todos bien altos, fornidos, pintones, aunque rápidamente me di cuenta de que estaban nerviosos. Yo, por el contrario, estaba más tranquilo que Johnny Depp en casting de Tim Burton. Aguardábamos en una salita tenebrosa rodeada de fotografías de mujeres desnudas y negrazos con una pinga del tamaño de un brazo. Todo eso intimidaba, pero la cosa era confiar en uno mismo. Yo tenía mucha confianza en mi habilidad y sabía que los dados jugarían a mi favor. Aquel casting duró toda una tarde. A cuatro muchachos no se les pudo empalmar por más maniobras y trucos que hiciera la puta que contrataron para el rodaje. Al final, solo quedamos dos. Cuando tocó mi turno, yo salí como un rinoceronte arrecho. Monté a la prostituta en muchas posiciones y la obligué a que me entregara su hermoso y tronchado culito. Estoy seguro de que eso fue lo que le gustó al Mudo: mi actitud agresiva, violenta, llena de ansiedad. Forcejeamos un buen rato, pero al final pude imponerme. De aquella escena salió mi primer porno. El Mudo dijo que el forcejeo había estado excelente y que las cachetadas habían sido de “antología”. Desde ese momento, el puesto fue absolutamente mío. Lo que nunca supo el Mudo fue que todo eso lo aprendí escuchando las historias de un viejo al que Los Buguis le decíamos Huachipa. El viejo era un putañero de primer nivel. Siempre iba a los prostíbulos de Huachipa y se tiraba su jubilación con todas las putas que podía. Cuando regresaba, nos reunía y contaba sus hazañas en la verja de su casa. Nunca podré olvidar los consejos que nos daba aquel abuelo. Tampoco olvidaré el día que nos llevó al burdel para debutar. Ni uno de Los Buguis se salvó. Todos se volvieron hombres ese día. Yo también…  

 

No sé por qué me gustó tanto. Yo tenía para estar con actores churrísimos o con empresarios europeos. Era la actriz de moda en la industria latinoamericana. Las peruanas somos muy calientes cuando se nos da la gana. Además, las lisuras y las cochinadas nos salen mejor que a cualquier otra extranjera. Llevamos el universo de la calle en nuestras venas, el pantano de lo obsceno en nuestra carne. Y eso les gustaba a los directores. Pero a mí no. Yo siempre tuve otro sueño, otra visión del mundo. Quería ser periodista. Desde niña soñaba con estar al frente de las noticias cazando las frases más picantes de la gente. Además, me di cuenta de que tenía pasta para serlo porque era audaz, valiente, campechana, pero sobre todo porque tenía ganas de joder. Yo creo que lo único que necesita un periodista de verdad, aparte de la inevitable vocación por el riesgo, es tener ganas de joder. Es lo único importante. Bueno, yo seguí cursos de periodismo en la universidad, pero lo dejé a los dos años. Menos mal, pues ahora me doy cuenta de que el periodismo es realmente una desgracia… Así entré a trabajar como encargada de recepción del hotel Sheraton en Lima y luego vinieron otros empleos como contable y coordinadora de marketing, teleoperadora en un mall y trabajillos por el estilo que a las justas me daban para sobrevivir. Entonces decidí iniciar una carrera como modelo de lencería. Tengo buen cuerpo y un rostro original, así que no me fue muy difícil entrar al medio. Al poco tiempo empecé a posar desnuda en algunas revistas y mis ingresos se cuadruplicaron. Por aquel entonces, un director de porno colombiano me propuso formar parte de su staff. Sin ningún roche le dije que ya, que no había problema. El pago era bueno y las posibilidades para abrirse camino eran muchas. Así entré a la industria. Pensaba salir a los tres o cuatro años, juntar algo de dinero para luego empezar a escribir crónicas o hacer entrevistas. Ese era mi plan. Sin embargo, conocí a Sam y eso le dio un giro a mi vida. Y no me arrepiento, ya que empiezo a creer que el periodismo no es más que un lupanar de gente ágrafa donde se termina alcoholizado o vendiendo baratijas. A pesar de eso, no me quejo, pues hubo un tiempo en el que también salí en televisión, aunque solo fue durante la programación de medianoche y como reportera de ficción…

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Lo importante en las grabaciones porno es manejar mucho el zoom y los contrapicados, porque, por lo general, hay que estar encima o debajo de los actores. La luz es lo de menos. Se le puede dar mayor ganancia a la cámara y todo queda solucionado. Lo que sí no debe de faltar es el boom o la caña de audio. Eso es indispensable. Los gemidos, las lisuras, los suspiros, los diálogos, son imprescindibles. Es lo que en realidad le da vida a la película. Por eso yo cuidaba mucho la calidad de mi audio. Las primeras grabaciones con Sam fueron caseras. Montábamos un pequeño plató en cualquier lugar y nos poníamos a trabajar. Era algo grande. Cuando uno recuerda estas cosas sabe que lo mejor de la vida fueron los momentos más difíciles, los planes con mayor desesperanza, los proyectos pesimistas. Ahora que lo veo desde otra perspectiva, recién puedo disfrutarlo y decir que esa fue una de las épocas más hermosas de mi vida. En un año grabamos aproximadamente cincuenta películas en diversos cuartuchos del Centro de Lima. El producto se movió muy rápido y el dinero empezó a caernos como pan del cielo. Un día, mientras tomábamos unas chelas después del trabajo, Sam me contó su historia. Dijo que había llegado a Lima a los seis años de edad. Vino de Trujillo donde su padre tuvo un oscuro problema con el dueño de un tragamonedas de la zona. Se escondieron en Ñaña, un pueblito cerca de Chosica, y ahí pasó el resto de su infancia y adolescencia. No tuvo problemas para hacer amigos y formó parte de una pandilla llamada Los Buguis. Estos pintaban paredes, robaban gallinas, jugaban al box, iban al río a cazar indios. Luego, cuando ya se hizo mayor, empezó a robar a viejitas y mujeres encinta que encontrara por las calles… “Todo estaba bien hasta que me hice adulto”, me confesó llorando. Yo le di unas palmaditas y le dije que todo estaba bien, que siga desahogándose nomás. Entonces me contó que caminaba por los alrededores de los bares buscando monedas caídas y borrachines durmiendo en las esquinas para así poderlos despojar de su dinero. “Una vida de mierda, Mudo”, me dijo, “una vida de perros”. Luego, cuando se calmó, comentó que entró a trabajar como masajista en una galería de la avenida Tacna y de ahí pasó a ser striper en las discotecas de Miraflores y Surquillo. Al poco tiempo se fue de flete a la plaza San Martín y de gigoló al parque Kennedy. Así, todo muy oscuro hasta que me conoció y su suerte cambió por completo. Vinieron los buenos tiempos y tuvo derecho a ser feliz. “¿Y Los Buguis?”, le pregunté pensando en aquellos niños misteriosos. “Los mandé a la mierda”, contestó. “¿Por qué?”, exclamé sorprendido. “Porque se hicieron gente de bien”, dijo. “¿Gente de bien?”, pregunté. “Sí”, dijo, “se volvieron respetables”… A partir de entonces nos volvimos muy amigos. Cuando se hizo famoso (y esto fue mucho después), pidió que yo sea su cámara oficial. Fue un gesto que agradecí en el fondo. Una de las anécdotas más alegres que tengo guardada en mi memoria es cuando estuvimos grabando en Canadá. Ya habíamos armado el plató y las cámaras y la actriz estaba lista para chambear. Pero Sam no llegaba al estudio. Esperamos cuarenta minutos sin decir una sola palabra y cuando la actriz ya estaba a punto de mandarnos al infierno, apareció Sam más congelado que un pescado. Estábamos cerca de las montañas y el tiempo había empeorado tanto que provocó una ventisca que lo heló hasta los huesos. Se había venido en moto desde uno de los pueblos más alejados del lugar. Al entrar al estudio, nos dimos cuenta de que estaba con una hipotermia del carajo. Pero Sam quiso grabar de todas formas. Así que lo llevamos de inmediato a que tomara una ducha caliente para atemperarlo. Cuando terminó de ducharse, su piel había adquirido una tonalidad morada y los vellos de su cuerpo estaban erizados hasta la punta. Mi único comentario fue: “Sam, pareces un erizo, un culeado erizo con la pinga muy corta”. Todos se echaron a reír (hasta la actriz) y, desde entonces, nunca más llegó tarde a ninguna grabación…

 

Bueno, Sam no era tan bueno como lo pintan los demás. Era un tipo problemático, mano larga y drogadicto. Cuando estuvo conmigo los humos se le habían subido a la cabeza y se creía el rey del mundo. Es verdad que la pasábamos muy bien y que él me dio la idea de hacer cámara erótica por internet. Eso no lo niego. Además, a mí no me importaba que hiciera porno, pues conmigo cumplía en la cama y en otros gustitos personales. Algunas veces le decía que no sea tan sexual porque podía acabársele la leche y así meterse en problemas. “Pero tengo leche de sobra”, respondía mostrándome una gran sonrisa. Y era verdad. Sam nunca se agotaba. Tampoco le faltaba la leche. Lo hacíamos todo el tiempo y luego se iba a grabar como si se hubiera aguantado toda una semana. Pero a veces se pasaba de la raya con las drogas y se ponía violento y no había quien lo pare… Yo no soy mucho de hablar del pasado, por eso, lo único que diré es que soy profesional, que he estudiado lenguas y que hablo siete idiomas. Eso me ayuda mucho con el negocio del videochat. Puedo conversar con alemanes, franceses, chinos, ingleses, portugueses, rusos y españoles. Sam fue muy listo al proponerme hacer este negocio. Y no es nada malo, pues lo único que hago es complacer a los hombres solitarios a través de la webcam. Es sencillo. Todo empieza por medio de una Laptop, una cama, un vestuario, muchos juguetitos sexuales y un buen cuerpo. Luego una se sienta frente al computador y va haciendo todo lo que le dicen los clientes. A ellos se les descuenta el dinero de acuerdo a los minutos que duren conectados. Algunas veces, pero solo por jugar, lo hemos hecho con mi novia frente al computador conectado al chat. Nos reímos y follamos mucho. Ella es estupenda y creo que por fin he encontrado el amor a su lado. Si no hubiera sido por Sam y su escena gay, jamás me hubiera atrevido a salir del closet. Sin embargo, aún tengo escalofríos al recordar la imagen de Sam follando a otro hombre. Las cochinadas que le decía y todo eso me pusieron los pelos en punta. Una cosa es ser homosexual y otra muy diferente es “hacerse el homosexual”. Eso sí que no le perdono. Pero bueno, olvidando eso, yo estoy muy feliz con mi novia. Ella hasta me regala accesorios para lucir preciosa frente a mis clientes virtuales y a veces (y esto se lo agradezco infinitamente) me sugiere nombres para ocultar mi identidad. Así un día puedo ser Natasha, Candy Hot, Lolita, La comepollas, La mujer anal, etcétera…

 

Sí, pues. Era tan hermosa que no necesitaba tener a ningún hombre a su lado. Para eso le sobraban las mujeres. Y eso lo supe desde el inicio. Además, no la amaba y eso hizo las cosas mucho más sencillas. Lo de mi escena gay solo fue la excusa para que se soltara del todo y dé rienda suelta a sus deseos. Yo, por otro lado, era un actor profesional y tenía que hacer de todo para estar en la cumbre de la industria. Una vez me tiré a una enana; otra, a una mujer de doscientos kilos; otra, a una anciana. Debía estar a la altura de las situaciones más desagradables; debía soportar con estoicismo todas las cosas que vinieran para ser el hombre más cotizado de la industria porno en español. Fue entonces que decidí cortar con Viviana para siempre. Ya no la soportaba, y su airecito de mademoiselle se volvía cada vez más irritante. Es verdad que era una fiera en la cama, pero eso no es suficiente para alcanzar el amor. A veces pienso que la pasión amorosa solo sonríe a los que nunca la han salido a buscar. Por eso yo me encontraba jodido, cazado por una pasión simulada. Sin embargo, conocí a Romana y todo eso cambió. La cosa no fue complicada. Nos conocimos el día que terminaba de grabar una escena en el Gold Planet de Colombia. Yo había escuchado hablar de ella y había visto la mitad de sus películas. Era tremenda. Tenía un buen tiempo fuera de Perú y sus pelis solo se rodaban en Colombia, Brasil y Panamá. Me la presentó Esperanza Gómez, la actriz colombiana del momento. Fuimos a tomar unos tragos al bar del hotel donde se alojaba y hablábamos del trabajo, de Perú, de nuestros inicios. Recuerdo que le dije que me gustaría trabajar algún día con ella. Romana me miró y preguntó sonriente: “¿Me estás proponiendo follar contigo?” “Por supuesto”, le contesté nervioso, “pero profesionalmente”. Se rió y luego empezamos a hablar de otras cosas. Cuando estuve a punto de irme, me dijo que subiera al cuarto con ella. “Quiero comprobar algo”, agregó al ver la garra del asombro en mi rostro. Esa noche hicimos el amor tres horas sin descanso. Ella se corrió nueve veces y yo solo me vine una vez. Llevé la cuenta como nunca lo había hecho antes. Me hubiera gustado vaciarme por completo, pero debía de guardar algo de leche para más tarde. Así eran las cosas por esos tiempos. Lo que aún me sigo preguntando es qué quería comprobar Romana conmigo aquella noche. Nunca me lo dijo y creo que a estas alturas nunca lo sabré…

 

Bueno, lo que yo quería comprobar era si un penecito tan chico como el de Sam podía complacer a una mujer tan exuberante como yo. Siempre había estado con tipos con vergas monumentales y no la había pasado mal. Mi primer novio, un muchacho que andaba en motocicleta por la Costa Verde en Miraflores, tenía la pingota así de grande. Cuando lo hicimos en la casa de su abuelo, después de habernos masturbado en el parque, la sentí hasta mis entrañas. Me destrozó, pero fue un tremendo polvo. A decir verdad, el dolor es lo que más cachonda pone a una mujer. Ahora recuerdo que una amiga me dijo que mientras daba a luz a su hijo sentía tormento y excitación al mismo tiempo… Cosa rara y chocante. Pero bueno, así somos las mujeres. Aquella vez con Sam la cosa no estuvo nada mal. Me folló como nadie me había follado hasta entonces. En aquel momento, me di cuenta de que lo más importante está en las caricias y en el primer impacto, y no tanto en el tamaño. Desde entonces empezamos a salir juntos. Nos veíamos después de las grabaciones y follábamos en el cuarto de mi hotel o en los baños del Gold Planet. Yo sabía que Sam estaba viviendo con una muchachita llamada Viviana y que su relación era tan endeble como la tela de un arañita moribunda. Tarde o temprano uno de los dos mataría al otro o terminaría suicidándose. Era cuestión de tiempo… Y así, al cabo de unos meses, me enteré de que la chica había descubierto su lesbianismo y que por fin había terminado su relación con Sam. Cuando pasó esto, me mudé de inmediato al departamento que este tenía en Panamá y ahí empezamos a vivir. Fuimos la pareja más explosiva de toda la industria y nuestras grabaciones se empezaron a vender como pan caliente. La mejor escena que hacíamos era cuando yo actuaba de reportera y leía las noticias (cosa que me salía natural) mientras Sam me follaba o se masturbaba en mi cara. O también la clásica escena, cuando yo entrevistaba a un invitado y este, después de ofenderse por una pregunta, empezaba a ultrajarme en pleno programa. Todo eso estuvo bien por casi cuatro años. Después, vino el escándalo de la infección y el contagio en cadena por la industria. Sam nunca me avisó. Tampoco lo hizo con la producción y eso fue lo que lo tumbó. Lo habríamos podido ayudar, pero así era Sam: un imbécil…

 

Los buenos tiempos nunca duran demasiado. Es verdad que Sam la jodió y por eso todo el mundo pagó pato. Pero el mayor responsable fue el hijodeputa del médico que le dijo que la enfermedad no sería contagiosa diez días después de tomar penicilina. Yo no sabía nada al respecto; por eso, no detuve las grabaciones a tiempo. Sin embargo, un día sospeché que algo andaba mal. Sam había estado bastante distraído en sus últimos trabajos. Cuando le decía que se pusiera de costado para poder hacer un travelling circular con la cámara, él se acomodaba de espalda. Cuando le ordenaba que hiciera gestos vehementes con el rostro, se ponía serio. Ese no era el Sam de siempre. Para poder salvar las películas tenía que cerrar los planos y jugar con la actriz. A veces improvisaba un barrido con el intercambio de miradas de los actores o realizaba algunas panorámicas horizontales. Era como si Sam no estuviera en su papel y tuviera miedo de penetrar a las actrices. Pero lo que me convenció de que había algo oscuro en todo esto fue su negación a realizar la autofelación que lo había hecho famoso. Parecía tener cierto rechazo a su pene y dijo que por el momento no haría ese papel. Cuando fui a preguntarle qué carajos estaba pasando, me dijo que estaba un poco cansado y que tenía ganas de tomarse unas vacaciones. Yo me quedé sorprendido, pues Sam nunca había pedido vacaciones. Siempre decía que para él hacer porno era como estar en una playa de Cancún tomando el sol y viendo a las gaviotas flotar en el aire. Sin embargo, pese a todo ese deseo, siguió grabando como un endemoniado. Pero lo hacía mal. Los contratos empezaron a bajar, las actrices preferirían a otros actores, los empresarios ni lo miraban, los auspiciadores cambiaron de imagen. Fue entonces que le propuse hacer grabaciones independientes. Dijo que ya, que le parecía fenomenal. Así, ambientamos un pequeño plató que hacía de sala de masajes, donde Sam era el masajista que empezaba untando aceite en el cuerpo de una muchacha y luego, tras de ponerla cachonda, se la follaba en todas las posiciones inimaginables. Con eso nos fue bien una temporada, pero tuvimos que variar. El trabajo con la cámara no era tan fatigoso como con las escenas que tenían guion y cortes obligados. Ya no había que romperse tanto el lomo, la verdad. Ahora solo debíamos poner un trípode para la primera parte y luego, para la escena del sexo, moverse un poco y hacer planos conjuntos. Después de la temporada de masajes, tuvimos otra idea no menos morbosa: la del taxista. Sam manejaba un taxi y pescaba a mujeres hermosas que se dirigían a un punto de la ciudad. En el camino, las iba convenciendo para follar con ellas a cambio de una buena suma de dinero. Al final iban a un sitio alejado y tiraban en la parte posterior del auto. Todo esto se grababa por medio de dos camaritas ocultas dentro del taxi. Una ubicada en el parabrisas principal y la otra, en una esquina de la ventana trasera al copiloto. Con esta producción también tuvimos una buena temporada, pero al final cerramos de improviso por el escándalo de la sífilis. Todos los indicios cayeron sobre Sam y él aceptó ser el causante del contagio. Imagínense el alboroto que se armó. Hubo una paralización total en las grabaciones de la industria en Latinoamérica. Rápidamente empezaron a caer las demandas y los juicios. Sam se declaró responsable de todo. Sin embargo, dijo que había adquirido la enfermedad en el set y, al verse con ella, alteró los análisis médicos para seguir trabajando. Todos los actores empezaron a hacerse pruebas y muchos resultaron con la enfermedad. La sífilis había avanzado en cadena y algunas de las estrellas ya veían pequeñas manchas en sus sexos. Lo último que me dijo Sam cuando estaba en el medio de la tormenta fue que me regresara al Perú y que me olvidara de él para siempre. Y efectivamente, eso hice…

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Me dio pena cuando me enteré del asunto de Sam. ¡Sífilis! Qué asquito, ¿no? Eso le pasó por tirarse a medio mundo. Lo bueno de hacer videochat es que jamás te tocas con nadie. Yo siempre le dije que utilizara condón cuando grabara, pero él decía que eso le quitaba estética a su trabajo. Qué estética ni que nada, primero es la salud. Pero bueno, Sam siempre fue más terco que una mula. Mi chica fue la primera en enterarse. Me dijo que había visto la noticia en la televisión y que todavía no lo podía creer. Habían condenado a Sam por ser el causante de un brote de sífilis en toda la industria porno en Latinoamérica. Además, lo estaban obligando a pagar un montón de plata. Una actriz declaró en televisión que lo dejaría en la ruina por haberle pegado esa cochinada. Al principio, estuve un poco triste por él. Me dio ganas de llamarle y decirle que yo le podría ayudar con un poco de dinero. Pero conocía a Sam y me contuve en tratar de darle la mano, pues él me la hubiera mordido. Pero era lo menos que podía hacer por aquel peruano. El negocio del videochat me daba muchas ganancias. Si lo hubiera hecho desde antes, tal vez ahorita sería millonaria. Hay tanta gente enferma en el mundo… Ufff, si supieran. Me ha tocado cada tipo con un perno menos que otros. Algunos son curas que prefieren una buena paja por internet antes que violar niños o monjas en los templos. Otros son ancianos discapacitados, adolescentes traviesos, hombres casados y aburridos, solterones horribles, pastores de iglesias adventistas, etcétera. A todos les brindo una solución a su problema. Les doy una manito para que no terminen asesinando o ultrajando a otra persona. Mi trabajo es una especie de ayuda social, de socorro al prójimo. Después de todo, mis clientes y yo somos como hermanos de una secta, nos reunimos en un templo, listos a salir purificados. Por eso me siento satisfecha con mi labor. Salvo matrimonios, salvo vidas, salvo juramentos. Y todo eso, gracias a la idea de Sam…

 

Es verdad que ya no soy ni el remedo de lo que una vez fui, ni siquiera me parezco a la sombra que arrastraba al caminar por las soleadas calles de Ñaña. Ya no reconozco mis cabellos, mi cicatriz, ni mi tatuaje que descansa sobre mi omóplato derecho. Uno puede venirse abajo de diferentes maneras. Yo me vine con la peor de todas. Mi caída fue brutal. Pero para entender esto es necesario haber estado alguna vez en la cima de la vida. Cuando se ha pasado por ello, se puede juzgar mejor el derrumbe. Quizás de una manera más poética, más venial, más humana. Yo creo que esta vez los dados no habían jugado a mi favor. Lo que sucedió, más que un golpe, fue un proceso de demolición. Romana me dejó y me demandó por casi cien mil dólares. Yo se los di sin chistar. Sabía que tarde o temprano se los tendría que pagar. Fui tachado de toda la industria y me patearon como un perro dentro de la cárcel donde pasé ocho meses de mi vida. Pero eso fue después. Quiero decir, después de todo el alboroto. Lo que pasó al principio es algo que nunca conté. Sin embargo, ahora que vomito todos mis demonios, referiré algunos detalles del derrumbe. Creo que empezaré por las manchas que comenzaron a salirme en las manos. La primera vez que me di cuenta fue un sábado de madrugada, después de haber follado buena parte de la noche con Romana. Eran pequeñas manchas marrones que se parecían a los rescoldos del café cuando se mezcla con la leche. No dolían ni molestaban. Pero igual no dejaron de preocuparme. Fue entonces que empecé a buscar recetas o pastillas por internet para borrar aquellas máculas. Supuse que esas cosas eran producto del estrés o del abundante semen que gastaba a diario. Creo que por eso le comenté al Mudo algo acerca de unas vacaciones, no recuerdo muy bien. También empecé a tomar vitaminas para recuperar mis energías… Todo estuvo bien hasta ese momento. Lo terrible fue cuando me di cuenta de que esas manchas empezaban a salir en los contornos de mi pene. Traté de maquillarlas con polvos, camuflarlas por medio de cremas especiales, pero aun así, algunos productores se negaron a trabajar conmigo. Yo creía que todo esto era una mala racha o una terrible jugada del destino. Finalmente, fui al médico y, tras un par de pruebas, me diagnosticaron sífilis. Alarmado, busqué a otros médicos y todos arrojaron el mismo resultado. Uno de estos me dijo que podía detenerse con tiros de penicilina. Me recetó aquel antibiótico y me tranquilizó diciendo que mi enfermedad no era contagiosa, pues mi análisis había mostrado una lectura mínima de infección. Le hice caso y seguí trabajando sin decir nada a nadie. Eso sí, no volví a hacer la autofelación porque tenía asco de mi propio pene. ¿Pueden imaginárselo? Tiempo después, algunas productoras empezaron a pedirme pruebas de salud y comprobantes de sangre. Yo se las di, pero alteré los puntos referidos a la enfermedad. Como mi reputación era inmensa, no dijeron nada. Sin embargo, yo estaba temeroso de ser descubierto y trabajaba distraído durante las grabaciones. No podía concentrarme y follaba pensando en hamburguesas, partidos de fútbol, carrera de caballos y otros disparates. El Mudo se dio cuenta de eso y gracias a su ingenio salimos de la industria (cosa que me alivió muchísimo) y empezamos a grabar videos independientes con actrices desconocidas y mujeres de la calle. Hasta ese momento nadie sabía nada del contagio. Fue en este punto donde seguí tentando a la suerte y tirando mis dados a lo loco, ciego por la fama y el dinero. Nunca supe detenerme. Mi error fue aceptar, a espaldas del Mudo, la propuesta de un productor asiático para grabar películas en China, Mongolia y Filipinas. La industria oriental es gigantesca, un verdadero monstruo pornográfico, y yo no quería perderme la experiencia. Entonces entregué una falsa prueba de salud. Ahí fue donde la embarré. Mi calaverada fue descubierta rápidamente por el productor y fui denunciado de forma pública por ser el portador de la bacteria treponema pallidum, más conocida vulgarmente como sífilis. El resto ya es pura historia. Me demandaron, me enjuiciaron. Perdí todos mis derechos, todititos mis bienes. Fui rechazado por la industria porno a nivel mundial y mis videos fueron eliminados de la red. Fui condenado a pagar ocho meses de cárcel para luego pagar cuarenta y seis meses de libertad condicional. También tuve que hacer trabajos comunitarios y dar charlas en centros de salud. En otras palabras, me fui a la mierda. Pero lo peor aún estaba por venir…

 

Sí, pues. Sam se pasó de pendejo. Lo que más me dolió fue que no me dijera nada a pesar de seguir acostándose conmigo. Me tuvo infectada todo el tiempo y él seguía con su vida como si no pasara absolutamente nada. Cuando reventó la bomba, yo no sabía dónde meterme. Todo el mundo empezó a señalarme y a acusarme de apañadora. Mi reputación como actriz quedó por los suelos. La industria entera me aplastó. Pero la verdad es que no me importaba mucho la industria, pues mi visión en la vida era otra. Lo que sí me molestaba era verme expuesta a todo tipo de censuras y acusaciones sin sentido. Por eso tuve que demandar a Sam. La pelea que tuvimos al vernos fue horrible. Me puse histérica, agresiva, violenta, y por poco me da un colapso nervioso. Pero él ni siquiera se inmutó. Estaba con la cabeza gacha y me pedía disculpas solo por cumplir. No soltó ni una lágrima, ni si quiera un maldito gesto de dolor. Simplemente vino, recibió mis gritos, se disculpó y se fue. Me di cuenta de que ese hombre acababa de escupir al mapa de su propia vida, que sus naves ya habían sido incendiadas. Entonces me llené de rabia y frustración. Lo llevé a juicio y tras unos papeleos le gané una buena suma de dinero. No sé si me alegré cuando lo metieron en la cárcel. Yo ya me había mudado a Estambul, donde empecé a estudiar artes plásticas y donde seguí un tratamiento de salud. Ahora estoy tranquila, limpia y sin problemas. Me casé, tengo dos hijos y una perra llamada Loli. De alguna forma mi sueño de infancia se cumplió. No soy periodista, pero escribo de vez en cuando una columna de madame corazón y de poses sexuales en un periódico local. Nunca creía que el periodismo fuera más fácil que inventarse un polvo frente a la cámara. En verdad, hasta una estrella porno como yo puede ejercerlo. Ese oficio está muy vinculado a la falsedad como nuestras exageraciones sexuales en la cama del plató. Una pena…

 

Ya no quiero seguir hablando de Sam. Por el momento, me enfocaré en mi novia y mi negocio de videochat. Si alguna vez lo veo, trataré de darle algún apoyo. Si no lo veo, bueno, seguiré tranquila con mi vida. Por ahora solo quiero concentrarme en un nuevo baile que estoy ensayando para mi espacio virtual en internet. Después de eso, ya veremos lo que viene…

 

Regresé al Perú, pero no me olvidé de Sam. Con todo el dinero que ahorré durante mi carrera como cámara, monté un estudio de video y armé una productora para eventos especiales. Estuve al tanto del proceso que siguió mi antiguo socio después de haberse declarado culpable de la infección en la industria. Supe también que Romana se había ido a Estambul y que Viviana, la exnovia de Sam, vivía ahora en São Paulo. Por un periodo de seis meses se dejó de producir películas por las investigaciones y tratamientos que siguieron los actores. Esto abrió campo a los porno de bajo presupuesto que se grababan de forma casera y a los actores de medio pelo que querían sobresalir en aquel medio. Por otro lado, mi amigo Sam despareció del mapa. Su fama terminó como una estrella fugaz que impacta de improviso contra el Sol. Es la ley de la vida. Pero lo peor de todo es cuando llegas arriba y caes como un sacón de mierda sobre el pavimento. Bueno, así son estas cosas. Recuerdo que seis o siete años después, me enteré por medio de un colega, que Sam estaba viviendo en su antigua casita de Ñaña. Mi primer impulso fue de incredulidad y sospecha, pero me arriesgué a buscarlo. Llegué una tarde. En Miraflores, distrito donde yo vivía por entonces, el clima era horrible y nauseabundo. Uno caminaba por las calles y respiraba humo y agua por todas partes. Sin embargo, cuando entré a Ñaña, el ambiente estaba rodeado de sol y de una limpidez absoluta. Parecía uno de esos pueblos fantasmas que salían en las películas de vaqueros de los años cincuenta. Una gran estación de tren descansaba de cara al río y algunos palomillas jugaban a las escondidas dentro de los viejos vagones atracados. Busqué la dirección de mi amigo y toqué la puerta. Al principio golpeé despacio, luego, con mayor fuerza. Pero nadie abrió. Cuando estuve a punto de marcharme, un niño apareció por mi espalda y me dijo que debía entrar por la otra puerta, la que estaba a la vuelta de la casa. Le agradecí con un billete y fui hacia el lado indicado. Al llegar encontré la puerta abierta y pude observar que alguien veía la tele en el interior. Llamé, pero no me hicieron caso. Volví a llamar y nada. No sé qué impulso fue el que finalmente me hizo ingresar a esa maldita vivienda. Me acerqué lo más que pude hasta la persona que estaba observando la pantalla. “Buenas tardes”, le dije. Aquel espécimen pareció moverse. Continué: “estoy buscando a Sam Lingán, ¿vive aquí?” Hubo un pequeño quejido y luego otra vez silencio. De repente, la silla empezó a darse la vuelta y yo tuve un pequeño sobresalto. No me había percatado de que se trataba de una silla de ruedas. Me calmé, pero igual me mantuve en guardia. La persona que estaba sentada en aquel artefacto empezó a acercarse a mi lado. Al principio, no pude distinguir si era un hombre, una mujer o una bestia, pues estaba envuelto en unos harapos y tenía una gorra que le tapaba la mitad de la cara. Cuando estuvo a tres pasos de mí, dijo: “soy Sam”… Aquella respuesta me fulminó. No pude articular una sola frase y empecé a temblar de miedo. “Soy yo”, dijo nuevamente la voz, “¿no me reconoces?” Entonces se sacó la gorra y por fin pude verle el rostro. Efectivamente, era Sam, mi amigo Sam. Estaba destruido y flaco y con la piel descolorida. “¿Cómo has estado?”, preguntó. “Bien”, dije después de un rato de total desconcierto. Sam me miró y una pequeña risita flotó por sus labios. “¿A qué has venido?”, dijo. “Me enteré de que estabas por acá y vine a echarte una mano”, le contesté, “¿qué te pasó?” Sam retrocedió con la silla y fue a buscar un paquete de cigarrillos. Prendió uno y comenzó a fumar. “Nada”, dijo, “la sífilis avanzó y se me subió un poco el azúcar. Pero no te preocupes, Mudo, todo está en orden”. Hice un pequeño movimiento y casi eché abajo un estante lleno de chucherías y vidriado que Sam tenía a un costado de la sala. Luego, dije: “Sam, yo te puedo ayudar. No es posible que vivas en este estado”. Sam desenredó una carcajada que me pareció salida desde los infiernos. Me miró con unos ojitos llameantes y exclamó: “¡Qué! ¿Cómo? ¿Me estás proponiendo hacer porno de nuevo?” No supe qué decir. Él siguió con mayor violencia: “ya no tengo leche, Mudo, no tengo una sola maldita gota de leche. ¡Se me secó toda! He quedado vaciado después de tantos años de esfuerzo. Ja, ja, ja. ¡Mira!” Y levantó una frazada que le cubría la parte baja de la silla. Al hacer esto descubrió unos muñones negros y morados como coliflores chamuscadas. Ya no había piernas, ni pinga ni huevos. Sus eternos dados le habían jugado una mala pasada, le habían engañado. Todo había sido devorado por el tiempo, todo había terminado para él. Pobre tipo… “¿Todavía te sirvo para algo?”, preguntó con odio, como escupiéndome al rostro. “No”, le respondí asqueado, “ya no sirves para nada”. Luego, me largué de allí en busca de otro actor.

 

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