Creación

“El cofre”

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Por: Rossana Sala

 

—No abras ese cofre —me lo decía muchas veces mi abuela.

Yo no me atrevía a preguntarle el motivo. Le hacía caso en silencio, pero mi curiosidad no se quedaba quieta.

Cada domingo, cuando toda la familia visitaba a los abuelos, el cofre estaba allí, inmóvil sobre su tocador. Era pequeño, redondo y de metal. Parecía que me esperaba, pero no era así. Mi abuela lo abría, lo observaba, sonreía, lo cerraba y colocaba en una repisa a la que yo, a mis ocho años, ni con la silla más alta de la casa, hubiera sido capaz de llegar.

—¡Ni se te ocurra intentarlo, Floppy! —me advertía, y yo la miraba intranquila desde una esquina, sintiéndome más chiquita de lo que en realidad era, tratando de imaginar qué escondía mi abuela. Qué secreto tenía. Por qué me dejaba ver solo de lejos esa cajita para luego, contenta y satisfecha, guardarla ante mis ojos.

—¡Es hora de almorzar! —como cada domingo, nos llamó el abuelo.

Pero ese domingo sería diferente. Ese domingo era mi cumpleaños y yo había decidido descubrir el tesoro escondido en ese cofre. ¿Tendría joyas antiguas? ¿Guardaría mi abuela el polvo mágico de las historias que nos contaba?

—¡El almuerzo está listo! ¡Vengan al patio! —volví a escuchar.

El abuelo, feliz, al lado de su inmensa parrilla, nos preparaba panes con salchichas y les ponía mostaza y salsa de tomate que mis primos y yo saboreábamos mientras que los más grandes se servían carnes, pollos y ensaladas.

Mi abuela y yo bajamos al patio y ella sirvió limonada y cervezas.

—Y ¿por qué no traes un poco más de pan? —me pidió.

 Fui a la cocina a buscarlo y vi las escaleras que me llevaban directo al segundo piso donde estaba el cofre.

—¡Floppy, ni se te ocurra ver lo que hay adentro! —me lo había ordenado tantas veces mi abuela. Recordé su sonrisa pícara al abrirlo y cerrarlo sin darme tiempo para que yo alcanzara a descubrir su contenido.

—¿Traes el pan? —oí que me pedían otra vez mientras mis piernas trepaban a zancadas los viejos escalones de madera.

—¡Ya voy abuela, dame un minuto! —le respondí de lejos para evitar sospechas.

Y, como siempre, la habitación de mis abuelos tenía la puerta abierta.

Entré.

Y allí estaba el cofre que yo tanto quería.

Busqué en el armario. Mi abuelo tenía una pequeña escalera que usaba para cambiar las luces de las lámparas y arreglarlo todo como solo él sabía. La encontré. La saqué tratando de no hacer ruido. Pesaba mucho. La apoyé contra la pared cerca de la repisa.

La repisa del cofre.

¡Estaba tan cerca de tener en mis manos el tesoro!

¿Tendría joyas? ¿Polvos mágicos? ¿Qué haría yo con ellos?

Mi corazón latía con fuerza. Podía sentirlo.

Por fin conocería el secreto de mi abuela.

Y me detuve.

¿Acaso quería descubrirlo?

¿Quería saber qué guardaba mi abuela?

Si ella nunca me lo había dicho, ¿por qué necesitaba yo saberlo?

—¡No abras el cofre, Floppy! —volvieron a sonar las palabras en mi cabeza y con mis manos sudorosas, guardé la escalera y salí de la habitación en silencio.

—Acá está el pan.

—Gracias pequeñita —me respondió el abuelo y me fui al jardín a jugar con mis primos.

Y así pasaron las horas y mientras saltaba soga, jugábamos a las escondidas y el sol empezaba a irse, no podía dejar de pensar en ese cofre, sintiéndome sin embargo tranquila por no haberlo abierto. Era extraño. Muchos meses sufriendo con la intriga pero había preferido respetar el secreto de mi abuela.

—¡Es hora de que te cantemos por tu cumpleaños! —oí la voz del abuelo mientras salía de la cocina entre los aplausos de la familia, con una inmensa torta de chocolate y nueve velas encendidas y allí, a su lado, como lo habían hecho tantos años en su vida, caminaba la abuela y ella, con su sonrisa pícara, traía mi regalo.

Era para mí.

Desde ese momento el cofre fue mío.

Han pasado más de sesenta años de esta historia. En una repisa alta de mi dormitorio tengo guardado el cofre. De vez en cuando lo tomo en mis manos y permito, siempre de lejos, que lo vea alguno de mis nietos y, sin embargo, debo admitirlo, hasta el día de hoy, no lo he abierto.

Rossana Sala es autora del libro No vaya a despertar a los caballos (Altazor, 2016). Sobre esta publicación, Alonso Cueto dice: “Los personajes de estos cuentos tienen en común su enorme capacidad de asombro. Son niños que creen a pie juntillas en la vida de sus fantasías como en el cuento que da título al libro o adultos que se encuentran en un viaje con seres inolvidables, como en el estupendo “Es que llamó muy despacito”. En todos los casos, nos hacen creer en sus fantasías porque todas ellas están narradas con la convicción de un narrador genuino. Estos relatos, escritos con una naturalidad musical, demuestran la verdad a la que aspira cualquier escritor: convencernos de la realidad del universo creado. Leyéndolos, uno se siente transportado a esa ilusión en cada línea. Algunas veces, figuras como la abuela, la madre y las amigas son ayudantes en esas travesías. Pero séanlo o no, en estos cuentos, la verdad de sus sueños siempre se impone.”

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