artículos/ensayos

Hablemos de la “Biblia”

Ancient-Bible

Por: Joe Iljimae

Es muy conocida la postura de William Faulkner frente a la Biblia. El autor de Las palmeras salvajes solía decir que para ponerse a tono antes de escribir, releía siempre algunas páginas del Antiguo Testamento. No menos apasionado era Borges cuando mencionaba sus estudios en latín de la Vulgata de San Jerónimo y, en inglés, de la Biblia de John Wycliffe. Y George Steiner, casi del mismo modo, hasta ahora no se cansa de insinuar que sigue en busca de una sola interpretación ideal entre las más de dos mil traducciones que tiene este gran libro. Entonces, si nos ponemos a repasar un poco la historia de la literatura universal, caeremos en cuenta de que la Biblia es uno de los libros que más ha residido en el trabajo creador de nuestros clásicos. No podemos pensar en Thomas Mann sin fijarnos en el texto de Isaías. Ni en Tolstoi sin una necesaria intervención de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Igual sucede con Dostoievsky, James Joyce, Virginia Woolf, Cervantes, Saramago, Shakespeare (de quién se dice, tradujo algunos Salmos), Conrad, Dante, Baudelaire y otros. Pero, ¿por qué? ¿Por qué estos clásicos absorbieron tanto de este libro? ¿Qué veían en él? ¿Qué los atraía tanto? Dice Eduardo Lago que el Ulysses es un libro que es todos los libros, un libro donde cabe la totalidad de la experiencia humana. Quizá Joyce no estaría muy de acuerdo con esto y respondería, casi sin dudarlo, que si existe un libro de esas dimensiones, ese libro definitivo sería la Biblia.               

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La Biblia es uno de esos libros de los que se habla mucho pero de los que se lee poco. Ni siquiera un tercio de creyentes religiosos lo ha leído íntegramente, al menos, una sola vez. Es usual que las sesiones litúrgicas de cualquier religión partan solo de fragmentos o resúmenes de los libros bíblicos. Caso contario y curioso sucede con los no creyentes (o los poco creyentes), quienes, en la mayoría de los casos, lo han leído en su totalidad y hasta con clarísimos visos de devoción. Es probable que esta extraña incongruencia sea parte de la principal configuración del corpus bíblico en nuestro siglo: un libro que es materia de estudio por minorías no-religiosas y alabado por una mayoría creyente que lo ha leído mal o, que en todo caso, no lo ha leído pero igual lo tiene muy presente. Sin embargo, esto no es nada nuevo. Desde hace más de trescientos o cuatrocientos años, la Biblia ha determinado en muy buena medida la identidad histórica y social de Occidente. En consecuencia, el libro ha proporcionado a la humanidad instrumentos factibles para la cita, el fraseo y la remembranza. Y curiosamente estos instrumentos están mucho más arraigados en la consciencia de la gente no alfabetizada que de la alfabetizada. Existen testimonios de personas que sin saber leer o escribir, repiten de memoria pasajes íntegros del Apocalipsis o del libro de Mateo. Incluso hay noticia de gentes a los que apodan “Biblia andante”, pues suelen recitar cualquier pasaje bíblico sin ningún tipo de material de apoyo. Frente a este contexto, podríamos decir entonces que la Biblia es el libro más manoseado y peor leído de todos los tiempos.

Pero no siempre fue así. Hasta la Edad Media, la Biblia fue un texto exclusivo para el clero, para los intelectuales venales de las monarquías, para escribas y para algunos pensadores disidentes de la iglesia oficial. Los profundos estudios del griego y las traducciones al latín han sido uno de los logros intelectuales más importantes de esa época. De hecho, nunca se leyó mejor un libro como entonces. Hermeneutas de la talla de San Jerónimo, Tyndale o Lutero, hicieron icónicas exégesis que son veneradas en la actualidad. Todavía más, las primeras traducciones de la Biblia son meros artefactos de lenguaje, ensayos de idioma, inventos de verbos, errores y aciertos de la más dura lingüística. En este punto, George Steiner nos recuerda que el hebreo pertenece a la rama cananea de la familia semítica noroccidental de las lenguas. Se componía originalmente de veintidós letras que representaban solo consonantes. La designación de las vocales mediante el añadido de puntos a estas consonantes vino mucho después. Además,  poseía únicamente dos tiempos verbales. Las acciones se dividían en perfectas e imperfectas.  Los modos que conocemos como simple, pasivo, reflexivo, intensivo y causativo, se expresaban mediante diferentes formas de verbo. Así, las notaciones de temporalidad eran difíciles de traducir al paradigma pasado-presente-futuro del inglés, español o cualquier otra lengua europea moderna. Según algunos estudios lingüísticos, el constructo verbal-gramatical-semántico del hebreo no se parece a otro del cual se tenga conocimiento directo. Esta peculiaridad sintáctica supone un profundo buceo hermenéutico a la hora de la traducción. Los especialistas señalan que el original del hebreo trasciende toda traducción a otra lengua.

Pensemos entonces en el grado de atención que tuvo San Jerónimo a la hora de llevar al latín toda la monserga anacrónica del original. Pensemos también en el constructo verbal que hizo Tyndale al trasladar la Biblia del latín al inglés. Todo esto y más, fue producto de una lectura atenta y voluptuosa de las Escrituras que hasta el día de hoy no tiene parangón.

En la actualidad, y por irrazonable que pueda parecer, la democratización de la Biblia ha apartado a sus lectores, aunque no los ha vuelto contra ella. Esto no quita, sin embargo, el estudio que especialistas aún mantienen con el texto. Desde el siglo XX, las traducciones de esta se han multiplicado y llegado a más de dos mil lenguas distintas. El proceso de traducción y retraducción no se detiene. Además, ahora podemos encontrar las Escrituras disponible en braille, en lenguaje de signos para sordos, en discos compactos y hasta en celulares. Hay noticia de gente que ha dedicado toda una vida de estudio a un solo libro del Pentateuco. Hay debates de horas y horas en torno a las prescripciones rituales del Levítico. Hay discusiones encarnizadas sobre los enigmas del libro de Job. Hay volúmenes que antologan miles de comentarios sobre el canon bíblico y los libros apócrifos. Hay glosarios y marginalia reunida en tomos. Hay libros sobre los libros de otros libros. Hay libros enteros sobre una sola palabra del Génesis. Es famosa la colección de quince tomos de un enjundioso estudio sobre la flora y fauna del Antiguo Testamento. Y, bueno, no hablemos de la agricultura, la minería, la ciencia y la astrología, que nos quedamos cortos. Con todo, la Biblia sigue más vivo que cualquier otro texto superior o anacrónico que exista.

Además, es importante señalar que este no es un libro fundamentalmente para los lectores, pues no los necesita. A estas alturas puede darse el lujo de prescindir de ellos. Y, como ya anotamos, existe gente que puede ejercer una devoción al libro sin necesidad de leerlo. Quizá en eso también radique su riqueza y su legitimidad infratextual.

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Decenas de obras maestras de la literatura clásica y contemporánea le deben su éxito a la Biblia. Aunque bueno, no es demasiado justo pensar en todo el armazón narrativo que representa este compendio en la creación de otros libros. Deberíamos centrarnos únicamente en extractos o pasajes que la componen. En otras palabras, las novelas o poemas que han nacido de ella salen, en la mayoría de los casos, de episodios o fragmentos y no de su totalidad. Pese a que los autores conozcan bien la Biblia, y pese  a que se regodeen en su influencia, solo se ciñen a una pequeña ramita de la frondosidad  bíblica para crear ficciones a partir de ella. Pensemos por ejemplo en Thomas Mann. El autor alemán utiliza los primeros dos libros del Pentateuco (aunque también incluye el universo de los Patriarcas de todo el Nuevo Testamento) para armar su famosa tetralogía José. El mejor de los libros de esta colección, al menos para mí, es Las tablas de la ley. Aquí Mann hace un repaso inteligente de gran parte del Génesis y del Éxodo y se complace al describir la deliciosa orgía de la tribu de Israel con el becerro de oro que, brillantemente para él, es un “toro, un vulgar toro al que todo los pueblos del mundo rendían holocausto”. Pensemos también en John Milton y en sus dos libros de obligatorio estudio en las facultades de teología: Sansón y El paraíso perdido. En el primero de ellos, Milton se enfoca en la magistral novelita bíblica del libro de Jueces: la historia de Sansón y Dalila. Y en el segundo, un poco más ambicioso, crea a partir de la mitología pre-bíblica: el conflicto cósmico. De igual modo, podríamos pensar en Saramago y sus imprescindibles El evangelio según Jesucristo y Caín, encarnados en los libros de Mateo y Génesis respectivamente. Y también en Dante con La divina comedia, la cual parte de una recopilación documental de los libros proféticos (me atrevería a decir que en especial a los libros de Habacuc, Sofonías y Hageo) y del Apocalipsis. De hecho, sería inverosímil pensar en Marcel Proust sin Sodoma y Gomorra. O en Kafka sin Las Tablas de la Ley o el libro de Daniel. ¿Se podría entender ¡Absalom, Absalom! de Faulkner sin pensar en el segundo libro de Samuel? ¿Y qué pasaría con Racine sin la reina Ester? ¿Y qué con el romanticismo de Victor Hugo y Vigny sin Moisés y Sansón del Pentateuco? Dado el caso, también nos podríamos poner un poco poéticos. La mujer de Lot aparece, según Borges, en la poesía medieval inglesa, pero también en la poesía de Blake, de Joyce y en el centro del poema de D.H. Lawrence She looks back. Caín tampoco ha cesado de iluminar un puñado de  trabajos poéticos. Sin duda fue el fetiche de Byron, Beowulf, Coleridge y otros. El mismo Borges, sin ir más lejos, hizo uno de sus eternos jueguecitos literarios en su libro Elogio de la sombra con el poema Fragmentos de un evangelio apócrifo. Y así, como se puede apreciar, esta literatura siempre ha sido extraída de fragmentos bíblicos y no de un todo bíblico. Lo mismo sucede en el campo de la música, la pintura y cualquier otra exteriorización artística. Por eso, no estaría de más decir que sin la influencia de la Biblia, el arte clásico y moderno sería totalmente irreconocible y mucho más pobre en su tradición.             

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En una conferencia realizada en Harvard en 1969, Borges exaltó la épica como la forma más antigua de la poesía. El autor de El jardín de los senderos que se bifurcan, dijo que existía un tríptico de libros a los que él podía llamar las obras capitales para la humanidad: La Ilíada, La Odisea y los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Según Borges, las historias de Troya, de Ulises y la de Jesús, “han bastado a la humanidad”. Sin embargo, existe una diferencia entre las dos primeras y la última. Dice Borges que la historia de Cristo no pude ser contada mejor, pero la de Troya y la de Ulises, se presta a reformulaciones.

De este modo, la Biblia exhibe también una magistralidad narrativa que se revela como una suerte de canon supremo e inamovible. Al parecer, y esto es muy borgiano, no se sujeta a otra hermeneútica que no sea solo la reescritura literal.

Enfoquémonos por un momento en la vastedad lingüística que contiene este libro. Primero, su riqueza interpretativa, semántica, léxica y gramatical despliega un nivel y una prodigalidad literaria no superadas hasta hoy. Ni siquiera el Finnegans wake de James Joyce puede compararse a los estadios interpretativos –por palabra– que tiene la Biblia a la hora de la traducción. Cada palabra del hebreo primitivo puede tener hasta seis significados distintos y calzar de manera equívoca en una frase, cambiando todo el conjunto primigenio de la idea. George Steiner anota en su Un prefacio a La Biblia hebrea que cada momento de traducción es en sí mismo un movimiento interpretativo. En este sentido, la sola mutación o elisión de un marcador vocálico en el texto hebreo puede alterar todo el edificio de la teología universal. No sucede así con otros libros como el Ulysses o En busca del tiempo perdido por solo brindar dos ejemplos. Ningún exégeta o estudioso puedo darse el lujo de decir que ha dado con una interpretación justa de las Escrituras.

Dos ejemplos rápidos. Todos conocemos en el Éxodo la historia de la “Torre” de Babel. Pero, ¿realmente era una torre? En el original del hebreo dice Migdal, palabra que, según los especialistas de la lengua, no significa necesariamente “torre”, sino objeto “grande”, “elevado”, “alto”, que tiene “su cabeza en los cielos”. La inferencia original podría apuntar hacia un ídolo gigantesco y no hacia una “torre”. Entonces viene la pregunta: ¿Qué cosa le habría gustado destruir más a Dios: una torre o un ídolo? La respuesta, por lo demás, es obvia. El otro ejemplo también es conocidísimo. ¿Realmente una “virgen” dio a luz a un hijo mesiánico? Esto se vuelve dudoso, pues la palabra hebrea Almah significa “mujer joven” a secas y no “virgen”. En vista de ello, las traducciones pueden ser en completo engañosas.

Teniendo en cuenta estos datos, detengámonos a pensar ahora en la plasticidad narrativa de todo el conjunto bíblico. ¿Qué hay en ella? ¿Qué esconde? Sin duda un ejercicio de voces y géneros y puntos de vista. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia hace gala de recursos literarios y formas narrativas muy distintas en cada libro. El Ulysses de James Joyce emula también esta forma de narrar, variando capitulo a capitulo en técnica y lenguaje. De hecho el Ulysses utiliza esta estructura de manera magistral, superando de lejos la primitiva forma bíblica. Sin embargo, podríamos decir que este recurso en el Ulysses se yergue como un artefacto epigonal. La Biblia, en todo caso, vendría a ser uno de sus precursores. Este cambio de registros o de miradas narrativas que mantiene las Escrituras se debe al conglomerado de autores que participan en ella. Aunque si juzgamos los libros que escribió un solo autor, como en el caso del Pentateuco y Job (Moisés) o todas las epístolas de Pablo en el Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que los libros son independientes y cambian siempre (en algunos casos sutilmente) de voz narrativa. De ahí que el Génesis no tenga el mismo tono sufriente y vertiginoso que el Éxodo, o que la epístola de Efesios sea distinta a la epístola de Gálatas.

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Pero a pesar de estos cambios de voz, la Biblia pareciera tener un solo narrador, por más que algunas veces los escritores se presenten en primera persona (vemos mucho de esto en los libros de los profetas menores, por ejemplo), lo cual resulta confuso. Una vez alguien me dijo que “la Biblia es una gran novela”. Al principio me burlé de esta tonta definición, pero luego, me puse a pensar al respecto. ¿Por qué no? Quizá no estemos hablando básicamente de una novela, pero ¿qué es pues una novela? ¿No es acaso el género literario que lo permite todo por antonomasia? ¿No es el género más plástico y más infinitamente maleable de todos? Javier Cercas sostiene que la novela es un género de géneros donde caben todos los géneros, pues se alimenta de todos. Y no miente. De ahí que la Biblia pueda ser el embrión de lo que más adelante explotaría Cervantes en El Quijote hasta el cansancio. Sí, La Biblia no es una novela, pero muy bien podría serla. Quizá sea lo más parecido a un engendro de novela o a un monstruo camino a convertirse en novela. Y si fuera así, el protagonista de todo el libro no sería Dios (tal vez tome un protagonismo secundario), sino el propio lenguaje.

En este aspecto, el lenguaje bíblico teje formas e imágenes de manera caleidoscópica en todo el conjunto. Los libros de Job o de Isaías, por ejemplo, mantienen una pluralidad polisémica y una riqueza en el juego del lenguaje que son totalmente admirables. Además, como sostiene Steiner, todo en el lenguaje bíblico está preñado de una intrínseca multiplicidad de presuntos significados, de implícitos giros y juegos de palabras dentro de una unidad consonántica idéntica.  Una sola palabra bíblica late dentro de un aura de significantes concéntricos y ecos verbales. Todo en la Biblia es verbo, juego lingüístico, exploración del idioma. ¿Qué es sino el Cantar de los Cantares?

Pero también es un libro de géneros. Empecemos por lo más ubicable. El Antiguo y Nuevo Testamento son un conglomerado de mitos, fábulas, leyendas, literatura erótica, proverbios, tratados morales, crónicas históricas, poemas, salmos, narraciones didácticas, sentencias jurídicas, proféticas o sapienciales, sagas tipológicas, textos litúrgicos, novelitas, cuentos, parábolas, adivinanzas, chismes, cronologías, geneologías, etcétera, hilvanados todos de manera más o menos contingente.

Al día de hoy sabemos de obras medo-persas o mesopotámicas análogas a algunos de los géneros mencionados. Sin embargo, ningún otro manuscrito tan antiguo como la Biblia reúne todos estos en un solo libro.

La épica está presente en todo el Pentateuco. La poesía en Los Salmos y el Cantar de los Cantares. Las parábolas en los Evangelios. Las novelitas en los libros de Ruth, Esther, Jueces, Job y los dos libros de Samuel. La narración didáctica en el libro de Jonás, pues aunque se conozca más por el relato de la ballena, el libro va por otra vertiente. Hay también admoniciones y amenazas en Habacuc, Sofonías (este es el más iracundo de todos) y Hageo. La historia pre-cristiana en los dos libros de Crónicas, Esdras y Nehemías. Además, hay un caldero hirviente de narraciones folclóricas y prescripciones rituales o legislativas en Levítico. Y, para no creer, también inaugura de alguna forma el relato policial mucho antes que Edgar Allan Poe. Como en Los crímenes de la calle Morgue, el libro de Daniel resuelve un misterio dentro de una habitación cerrada.

La historia es la siguiente:

El rey Ciro pregunta cuál es la razón por la que Daniel no adora a su dios. Daniel replica que no cree en dioses falsos, “fabricados con la mano”. Ciro, enojado, le dice que su dios es un dios vivo, pues por las noches le dejan comida y vino en una habitación sellada y por las mañanas desparece, lo que es una irrefutable prueba de su existencia. Incluso escuchando esta confesión, Daniel sigue negando al dios “falso”. El monarca le asegura que si no es capaz de demostrar que alguien come y bebe por la noche en ese cuarto, lo ejecutará por impío. Entonces Daniel se avienta a la caza. Cubre con ceniza el piso de la habitación y espera el día siguiente. Cuando el rey llega al sitio, se da cuenta de que el sello de la puerta no ha sido tocado. Sin embargo, al entrar a la estancia encuentran huellas en la ceniza. Esto demostraba claramente que por medio de una puerta falsa, los sacerdotes ingresaban al lugar a banquetearse con la comida del dios Bel. Bueno pues, misterio resuelto.

Historias como estas, enriquecen al texto bíblico y dan mayores luces de su arsenal técnico y narrativo. En este contexto, el crítico y novelista inglés, James Wood, incluye los Salmos en su Breve historia del monólogo como un antecedente muy primitivo de esta técnica literaria. Aunque no deja de señalar que ese “monólogo” bíblico está exento de intimismo, pues su carácter litúrgico lo priva de los tópicos subjetivos necesarios en su forma. Pero si bien el libro de Salmos no es un monólogo totalmente desarrollado, es a su manera un modelo embrionario, una semilla decisiva de lo que vendría siglos después.

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A menudo suele hablarse de la Biblia como un libro moralizante o evangelizador. En lo personal, creo que hay un gran equívoco en este señalamiento. Como todo gran libro, las Escrituras no tienen nada de moralizador. Por el contrario, es un texto amoral en muchos sentidos. Su atractivo no es para nada de índole moral, ni obedece a consideraciones netamente cristianas: es estético. Probablemente los autores no cayeron en cuenta de esto al momento de escribir los libros que componen el conjunto; y si lo intentaron (quizá la idea de estos lo fuera), no lo lograron. Menos mal. Podríamos decir que en su búsqueda de una moral anularon la moral, la desaparecieron, la llevaron a un plano inferior y, por eso mismo, los textos bíblicos gozan de libertad estética sin estar aparentemente ceñidos a nada.

George Steiner va más allá. Él señala que en aquella antigüedad se escribía en búsqueda del testimonio, del documento mitológico, de la crónica histórica. En otras palabras, se consignaban semblanzas. Así, el ensayista agrega que quizá los autores de La Biblia seguían este patrón sin pensar en la prédica o la imposición moral. Steiner se equivoca en este punto, pues al revisar, por ejemplo, solo los Salmos y Proverbios, nos encontramos con frases que exhortan y condicionan al lector a ir por los caminos “del bien” o la “rectitud”. ¿Las epístolas a Efesios o a Filipenses no contienen acaso incitaciones morales para los gentiles?  Entonces, si existían inclinaciones al discurso moral en algunos libros de la Biblia, pareciera como si estos hubieran sido secundados por la forma y el lenguaje. Si estos autores querían contar una “verdad moral”, se veían obligados a exteriorizarla a través del idioma. Por un proceso natural dentro de los mecanismos de la creación, la subjetividad humana se les transformaba entonces en “objetividad literaria”. De modo que todo lo escrito eludía la intimidad del narrador, desapareciéndola, transgrediéndola, y creando frente a los ojos del lector un material autosuficiente e impersonal. Dicho de otro modo, el tinte moralista perdía color y se deslizaba a un segundo plano.  

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Pero como señalaba antes, la Biblia también es un libro inmoral, un texto engañoso para alguien que solo lo conoce de oídas. Si se analiza con cuidado, más del setenta por ciento de las Escrituras contienen material sumamente “indecente”, violento,  rupestre e incendiario. El Pentateuco está lleno de asesinatos, violaciones, holocaustos humanos (algunos exégetas concuerdan que el pedido de Dios a Abraham de sacrificar a su hijo iba muy de acuerdo con la sangrienta moda de entonces de matar gente en nombre de “algo”), incestos (las hijas de Lot emborrachándolo y acostándose con él), canibalismo, guerras, saqueos, degüellos, adulterios, humillación de inocentes, escarnio, peregrinación forzada, etcétera. Y todo esto solo en los cuatro primeros libros.

Yo recuerdo un relato que marcó duramente mi adolescencia. Se encuentra en el segundo libro de Reyes. La historia trata del profeta Eliseo, una panda de muchachos y unos osos del monte. Eliseo acaba de despedirse de su maestro Elías quien ha subido al cielo montado en una carroza de fuego tras el llamado de Dios. Eliseo se encamina hacia Beth-el y, entonces, unos rapaces salen de la ciudad y se burlan de él, diciendo: “¡Calvo, sube! ¡Calvo, sube!”. Naturalmente, Eliseo monta en cólera y los maldice en nombre de Dios. De inmediato, dos osos salen del monte y despedazan a cuarenta y dos muchachos. Eliseo mucho más tranquilo sube a la montaña de Carmelo y luego retorna a Samaria. ¿Acaso existe algo más malvado que esto? El “naturalismo” bíblico vuelve tan real esta imagen que causa en el lector una impresión profunda e imborrable.

En más de un libro del Antiguo Testamento se puede apreciar también a un Dios vanidoso, inmisericorde, ególatra, quien por momentos dictamina genocidio de inocentes. Cuando pide arrasar con los Amalecitas o los Filisteos, incluye a niños y ancianos. Recordemos también que mató a Onán (nombre que da origen al termino onanismo que se usa como sinónimo de masturbación) por practicar el coitus interruptus. En Deutoronomio 15: 16-18 dice: “Si un esclavo no está contento contigo, tomarás un punzón y le horadarás la oreja y te servirá para siempre. Y lo mismo le harás a tu esclava”. En Números 19: “El que toque un cadáver y no se purifique debe ser eliminado”. Levítico 20:13: “Si un hombre yace con otro, los dos morirán”. Levítico 21:9: “Si la hija de un sacerdote se prostituye, deberá ser quemada viva”. Etcétera. A juzgar por lo que se lee del Pentateuco en adelante, ¿qué podemos pensar del rey Salomón con sus más de mil mujeres? ¿Qué del rey David matando a un subordinado para apoderarse de su esposa? ¿Qué del intento de asesinato al infante rey Joas? ¿Qué de las maldades de Acab y Jezabel? ¿Qué de la aplicación de ceguera a los sirios? ¿Qué de las sentencias a morir en un horno de fuego o dentro de un foso repleto de leones como en el libro de Daniel? ¿Qué del racismo de Esdras hacia las otras naciones del norte de Israel? La verdad, nos quedamos cortos. Por su parte, el Nuevo Testamento tampoco se salva. Ahí apedrean prostitutas, asesinan a traición, venden humanos, cortan orejas, crucifican gente, acuchillan sin piedad. Las barbaridades hierven en toda la Biblia. Esto no quita, desde luego, que también tenga espacios de sosiego y de buena voluntad. Queda, sin embargo, el efecto de que existe mucha más violencia que mensajes de esperanza. ¿No sería entonces “peligroso” que un niño cristiano lea las “Sagradas Escrituras” sin riesgo de “contaminarse”? Pensemos un poco: ¿cuántos libros de la Biblia tienen finales felices? De los sesenta y seis, creo que ni un tercio los posee. Yo recuerdo finales felices en el libro de Ester, Ruth y Job. Quizá los Evangelios también los tengan, aunque personalmente no concuerdo con ellos. Sea como fuere, esta “inmoralidad” o bestialismo en lugar de achatar el universo bíblico, lo eleva. Esa falta de escrúpulos en los autores al momento de narrar presupone un acierto estético. Así, la Biblia se delinea como un mundo soberano, independiente, gracias a la frialdad con la que va narrando. En vista de esto, los textos muy pocas veces caen en la manipulación retórica para “suavizar” el relato. La Biblia lo cuenta todo sin asco. Y precisamente por eso se transforma en un mural de formas y en una casi inigualable sinfonía verbal que mantiene una verdad: la verdad literaria.

Otra de las cualidades destacables de este gran artefacto narrativo, es la concisión o su fragmentarismo. Steiner dice que la concisión del relato bíblico es inversamente ingente a la prodigalidad de las opiniones motivadas por él. Es cierto. El recurso utilizado en la Biblia (versículos) va a la deriva de una narración caleidoscopio. Su economía en el lenguaje desafía y quizá supera la prodigalidad ahorrativa de Shakespeare. Una sola historia con todas sus idas y venidas es claramente visible en cuatro o seis versículos. El relato de Eliseo y los osos del monte, por ejemplo, no ocupan más de diez líneas. La de Daniel y la habitación cerrada, solo ocho.

Por lo demás, La Biblia goza  también de fantasía y mitología. Encontramos serpientes y asnos parlantes (aquí la historia de Balaam y su asna que habla en el libro de Números), dragones alados y monstruos que salen del mar, unicornios (Deutoronomio y Job están poblados de ellos), gigantes, basiliscos, inmuebles que se enferman de lepra (en Levítico se anuncia que: “y si la plaga hubiera crecido en las paredes de la casa (…) entonces arrancarán las piedras en que tuviera la plaga”), hombres que viven dentro de peces, hombres que trepan al cielo en caballos de fuego, hombres que sobreviven al fuego, hombres que caminan en el mar, una barca con todas las especies de animales metidas en ella, una mano invisible que escribe Mene mene tekel uparsin en la pared del rey, etcétera, etcétera, etcétera.

Por todo esto y más, la Biblia se ha ganado un espacio inamovible dentro del canon literario. Es, además, es uno de los pocos artefactos literarios que más interroga al hombre y lo vuelca a cuestionarse. Como cualquier otra gran ficción, la Biblia nos ayuda a entendernos mejor, complementa nuestra visión del mundo y de nuestra vida misma, nos añade algo que por sí solos nunca podremos tener. Pero, como ya anotaba Steiner, siempre será el libro más conocido y menos conocido de todas las producciones humanas. Una luz inmensa, aunque vista como a través de un cristal oscuro. Y eso, lamentablemente, es una pena.  

       

 

 

 

 

 

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