artículos/ensayos

América ante las fauces floridas del Mictlán

Por: Elías Morado

 

Dejar de escribir sería morir. 

A la memoria del periodista Javier Valdez (1967-2017)   

A diferencia de las concepciones mítico-históricas de los pueblos originarios de América, vinculadas íntimamente a la naturaleza y sus procesos orgánicos vitales, el Cristianismo es una religión que, al dejarse llevar por su desprecio hacia el Mundo y el Cuerpo, acabó por anular el principio de Regeneración. Al hacer esto, el concepto cristiano del Tiempo se autonomizó de los ciclos concretos y diversos de la Vida y la Muerte: agrícolas, lunares, migratorios, etcétera, a los que, sin poder anular, sí colocó en un segundo plano y hasta en un tercero. Con ello, lo que se impuso fue una idea abstracta del tiempo que no podía ser ya ni cíclica ni mucho menos regenerativa, sino lineal e infinita, a partir de lo cual, las ideas de Purificación y Pecado fueron introducidas dentro del imaginario social como puertas de acceso hacia lo eterno, ya sea que esto se representase como gloria en el Cielo o castigo en el Infierno. Lo que aquí observamos, es la radical suplantación de lo biológico e histórico, finito y concreto, por lo divino y eterno, absoluto y totalitario, para cuya efectuación el cristianismo instituyó al Papa y al Sacerdote como representantes de Dios en la Tierra, mientras que la Iglesia fue erigida como Casa de Cristo e instancia mediadora ante los Hombres. Para estos, así mismo, la Confesión y la Penitencia fueron dispuestas como instrumentos para la Purificación, simbolizando el camino hacia el eterno abrazo del Dios-Hijo. Al final, las comunidades humanas bajo el yugo cristiano solo conocieron una forma específica de lo eterno: el Pecado, renovable ad infinitum bajo la experiencia de la culpa, el dolor y el fracaso, para lo que ningún castigo resulta suficiente.

Dicho esto, podemos afirmar que el ethos de la modernidad es, precisamente, el que se levanta a partir de esta concepción pecaminosa de la existencia, y que encarna a través de la figura del Estado moderno, quien, en sí y para sí, hace valer su ser totalitario a través de las instancias burocrático-inquisitoriales que le dan forma y funcionamiento específicos, es decir, que hacen de este un ente político-religioso de naturaleza confesional. Ahora bien, no se crea que la religiosidad es el distintivo del Estado latinoamericano, como podría ocurrir desde una perspectiva real-maravillosista –si cabe el término. Sino indicar que esta es la particularidad de todo Estado moderno, precisamente por lo que de moderno tiene. El equívoco, en realidad, estaría en la creencia de que el ethos de la Modernidad se constituye exclusivamente bajo el dominio de la razón instrumental y la ascesis productivista. Si así fuera, la dinámica auto-destructiva y contra-productivista que es ya un aspecto inocultable de lo moderno, sólo podría ser explicada como el exceso incuantificable y ya-no-matematizable de sí, cuando en todo caso, la irracionalidad de lo moderno está ahí, constitutivamente, como un principio fundante.

Una inmersión crítica hacia el núcleo duro de la Modernidad puede llegar a ser toda una revelación. ¿Cuál?, la del Misterio Trinitario, que establece que Dios es Uno y a la vez es Tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas, un solo Dios verdadero todas ellas. Veamos, bajo los razonamientos de la aritmética más básica, la unidad que se multiplica por sí es igual a la unidad misma; no así, si atendemos al modus operandi trinitario, porque entonces esa multiplicación da como resultado tres. Sin embargo, tres multiplicado por sí mismo no es nueve, es otra vez tres, porque tres es igual a uno. Y es esta irracionalidad del Universo cristiano la que circularmente se cierra en el Cielo tan solo para abrirse paso en el Mundo bajo la forma del Amor de Cristo por la Humanidad (y, subsecuentemente, la del Amor del Fraile por el Indio) y, de ese modo, efectuarse al tenor de los tres principios teologales de la Ley de Dios: Fe, Esperanza y Caridad, los mismos que la Modernidad, en su sentido más convencional,  no sólo no abolió, sino que reafirmó como substancia básica de su propio Amor por la Técnica, pero en términos de Fe en el Progreso, Esperanza en la Ciencia, Caridad en la Abundancia. Así, sólo con la asunción de la irracionalidad intrínseca del dogma trinitario, podrá entenderse a cabalidad la naturaleza de la razón instrumental moderna, cuyo origen, desde las concepciones teologales de la cristiandad, es divino, o sea, un atributo que Dios misericordioso concede al Hombre con exclusividad para la comprensión, el ordenamiento y el control de las cosas del mundo –tal como quedara formalizado ya desde la época de San Agustín en el siglo IV.  

Si acordamos que la irracionalidad de lo divino subyace hasta en la más básica de las operaciones aritméticas, podríamos comprender por qué en América la racionalidad moderna acabó convertida en aritmética del terror. Esto, singularmente, se aprecia en las transformaciones del tiempo. Mientras que en la América protestante del Norte el tiempo fue convertido en dinero y reloj nuclear en cuenta regresiva, en la América católica del Sur el tiempo se convirtió en fila de espera: fila ante las ventanillas del partido por el bono mensual alimentario, fila ante el escritorio de los servicios de salud por la programación de una cirugía urgente, fila para el acceso al vehículo del transporte público, pero sobretodo, fila ante las puertas cerradas de la justicia.

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Alonso de Molina, Confessionario mayor, en lengua Mexicana y Castellana. México, 1565

A este respecto, resulta pertinente referirse al caso de la señora Miriam Rodríguez, una reconocida activista que buscaba a personas desaparecidas en el estado de Tamaulipas, al norte de México. Miriam había denunciado amenazas de muerte en su contra y había pedido protección a las autoridades. Años atrás, en 2014, había padecido el secuestro de su hija Karen Alejandra, menor de edad, a quien encontró en una fosa clandestina en el municipio de San Fernando, sitio en el que fueron encontrados al menos 289 cadáveres, no pocos de ellos de personas de origen centroamericano. Por su propia iniciativa, Miriam fue capaz de dar con los asesinos de su hija, quienes eran parte del cártel de Los Zetas y, además, logró que fueran apresados. La noche del pasado 10 de mayo de 2017 –cuando en México celebramos el Día de las madres– Miriam fue asesinada por un grupo armado en las puertas de su propia casa. Gracias a las organizaciones civiles, hoy sabemos que la señora Miriam Rodríguez, efectivamente, se quedó a la espera de que las autoridades pusieran en marcha las medidas especiales de seguridad en algún momento acordadas.

En países como México, en que la democracia se ha convertido en un circo de los horrores y la vida cotidiana en un caminar sobre vidrios, lo moderno se expresa a través de esa aritmética de la muerte por la cual a los mexicanos el tiempo de la vida se nos está yendo en contar cadáveres, tarea en la que nos afanamos aún a sabiendas de que los muertos por  la violencia del Estado son ya incontables. La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha contabilizado el hallazgo de 1,143 fosas clandestinas aparecidas a lo largo del territorio mexicano entre 2007 y 2016, de las que se han exhumado 3,230 cadáveres o restos óseos –cifras que rebasan por completo la capacidad del Estado para proceder a un trabajo de identificación. Quepa añadir, que la ciencia misma palidece ante esta realidad. Ejemplo de ello, es la incapacidad mostrada por la universidad vienesa de Innsbruck para establecer con certidumbre la procedencia genética de los restos óseos que el gobierno mexicano le entregó y que, presumiblemente, serían de algunos de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, víctimas de desaparición forzada en 2014.

Si yo tuviese que proceder a una definición, diría lo siguiente: “La Modernidad es la siniestra experiencia de vivir lo invivible a través del sinsentido de cuantificar lo incuantificable”. En realidad, se trata de un tipo de experiencia que ya había sido vislumbrada por Nietzsche y que refirió en términos de “exceso de historia” (Übermaß von Historie), experiencia por la cual la racionalidad moderna se impone en toda su irracionalidad como una abrumadora pragmática del cálculo que es paralizante y aniquilante de toda fuerza vital. Algo que se proyecta sobre la civilización como un auténtico –y también lucrativo– padecimiento. Cito: “Ese memento mori [recordatorio de muerte] medieval y de desesperanza que el cristianismo, respecto a todos los tiempos venideros de la existencia terrenal, lleva en el corazón”[1]. Sin embargo, lo que aquí quisiera enfatizar es el punto que esta situación ya ha alcanzado, en que parece observarse un fenómeno de implosión por el cual la Modernidad, abrazada por el cáncer de la necrofilia cristiana, se vuelve sobre sí misma y comienza a devorarse y a alimentarse de su propio y putrefacto cadáver.

En medio de esta situación es trascendental captar el sentido de nuestra historia como habitantes de este continente, y asimilar que el portentoso proceso de la Invención de América –como lo expresó Edmundo O’Gorman en la década de 1950– es el proceso de invención de la Modernidad misma. Sin embargo, resulta clave identificar que este enorme acontecimiento también significó la reinvención del Cristianismo, cuyo Logos, alojado al interior de ese proceso inventivo como un verdadero parásito, acabó por dominar al organismo del cual vive. Entender, finalmente, que la Iglesia también se reinventó y que lo hizo a costa de las poblaciones autóctonas, a quienes recreó bajo la novedosa figura del “Indio Americano”. Al hacerlo, al revitalizar el sentido de su vocación “salvífica”, la Iglesia no solo se reinventó, sino que también logró salvarse a sí misma, a través de la renovación de su razón de ser en esta nueva etapa de la Historia. Un Nuevo Mundo, una Nueva Iglesia, un Nuevo Adán. Es la Modernidad Trinitaria que así se pinta de cuerpo entero.

Desconectados de nuestras raíces más arcaicas, los latinoamericanos hemos aceptado alimentar con nuestra sangre el proyecto de civilización que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana concibió y dispuso para nosotros. De no iniciar una crítica frontal, estaremos condenados a vivir inmersos en esa dinámica por el cual la vida es experimentada y reproducida como un calvario en que la purificación del pecado justifica toda humillación. Comprendamos esto: América no adviene al Mundo por obra de la auto-conciencia, sino por un acto sacramental llamado Bautismo, por el cual el pasado entero de los pueblos originarios del continente fue condenado y desterrado de sus mentes y sus prácticas cotidianas por todos los medios de la violencia al alcance. En tanto proyecto civilizatorio, América fue la primera en ser racionalmente diseñada desde los púlpitos de los concilios y los debates teologales que tuvieron lugar en ambos lados del Atlántico durante el siglo XVI, siendo el “Indio Americano” el más acabado de todos sus productos. No creo exagerar si afirmo que él es la primera invención humanoide de probeta, cuyo manual de uso son las numerosas doctrinas, sermonarios y confesionarios escritos e impresos en lenguas indígenas por las órdenes de religiosos en Perú y México, libros en los que la enseñanza iniciática es poner al Indio de rodillas. La modernidad del Indio Americano realmente consiste en que su condición miserable y lastimera fue apriorísticamente concebida para que pudiera ser mantenida por medios artificiales a voluntad de su creador: sacerdote. Y es precisamente a él, a quien el Estado moderno le debe el modelo de sujeción y dominio que hoy caracteriza a sus políticas públicas: la invención, a diestra y siniestra, de tipos diversos de ciudadanía que conforme más singularizadas, más vulnerables son y, por lo tanto, más y más dependientes. Quien las inventa es quien por derecho las explota. Así, el enfermizo interés del Estado contemporáneo por la sexualidad de los ciudadanos, especialmente niños y jóvenes, expresa cuán ambiciosa es su vocación de dominio.

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Alonso de Molina. Confessionario mayor, en lengua Mexicana y Castellana. México, 1565

 

Lo paradójico, es que para encarar críticamente a la Modernidad hay que encarar críticamente al Cristianismo. Esto implica proceder a echar abajo el tabú que al respecto ha prevalecido en la sociedad –especialmente en la academia, donde con mayor refinamiento la religión cristiana se ha aposentado. En sus inicios, bajo los recursos de la gramática, la retórica y la dialéctica medievales; hoy, en tiempos de pusilanimidad intelectual, bajo las buenas maneras de los lenguajes políticamente correctos. En aquel entonces, la Suma y el Tratado; hoy, a duras penas, el Paper. En la actualidad, un Twit de ciento y tanto caracteres tiene más posibilidades de impactar al mundo e influir en la sociedad, que todo lo que han producido las academias de Filosofía de América del Norte y del Sur en los últimos 10 años. ¿Y saben qué? Me parece genial, por su gazmoñería.  No perdamos de vista que en nuestra región el dominio del Logos cristiano comenzó con Bartolomé de las Casas en Guatemala, Bernardino de Sahagún en México y José de Acosta en Perú, y que éste se ha prolongado hasta el presente a través de la Teología de la Liberación y su reconversión filosófica. En refuerzo de ese dominio y con presuntos tufos salvíficos, ha venido a asentarse el cáncer intelectual de la Teoría postmoderna, cuyos miembros dentro del feminismo no han hecho sino prolongar las labores catequísticas de las dos Teresas más influyentes de la era moderna: la de Ávila y la de Calcuta.

En síntesis, al absolutizar la idea de lo eterno como Vida o Castigo perpetuos, el Cristianismo no solo aniquiló el valor de la Vida como experiencia comunitaria que se realiza a través de complejos sistemas de regeneración. También extinguió el sentido de la Muerte, considerada por los antiguos habitantes de América como una dimensión constitutiva de la Vida misma, algo sin lo cual ningún ciclo regenerativo puede cumplirse a cabalidad. Que la Vida se prolonga hacia el ámbito de la Muerte y que, en un movimiento de reflujo, esta se prolonga hacia aquella, es algo que da cuenta de la íntima correlatividad que entre ellas puede haber. Dentro de la cosmogonía antigua de los pueblos originarios, la Muerte no solo es el ámbito donde se gesta la Vida, sino que es el sitio donde culmina simbólicamente el acto sexual entre las divinidades. En el caso de México, esas divinidades son la del Saber y la del Erotismo: Quetzalcóatl y Xochiquétzal. La historia cuenta que del semen de Quetzalcóatl surgió un murciélago, el cual voló y se prendió con sus dientes a la vagina de Xochiquétzal. Este arrancó un trozo de la vulva de la diosa y con él descendió al Mictlán, que es la Tierra de los Muertos. Cuando el murciélago dejó caer allí su bocado, la carne hizo germinar la tierra, de la que comenzaron surgir las flores amarillas más olorosas de que se tuviese memoria. Así, mientras que dentro de las concepciones cristianas el Inframundo fue representado como una cámara de torturas sin fin, para los antiguos mexicanos éste fue imaginado como un campo florido. Démonos, entonces, la libertad de fantasear que nos adentramos por las fauces del Mictlán, que caminamos entre sus flores y respiramos de ellas, y demos oídos al sabio canto de sus laboriosos insectos que tejen con miel y sangre la voz de nuestros antepasados.

*Ensayo leído en la Casa de la Literatura, el 24 de mayo de 2017, dentro del coloquio itinerante El ensayo como problema, organizado por Eduardo Subirats.

[1]  “Vielleicht gefällt diese Bemerkung nicht, vielleicht ebensowenig als jene Ableitung des Übermaßes von Historie aus dem mittelalterlichen Memento mori und aus der Hoffnungslosigkeit, die das Christentum gegen alle kommenden Zeiten des irdischen Daseins im Herzen trägt”. Nietzsche F.: “Unzeitgemässe Betrachtungen. Zweites Stück. Vom Nutzen und Nachteil der Historie für das Leben”, en: Werke in Zwei Bänden (I). München: Carl Hanser Verlag, 1967, p. 155.   

* Imagen destacada: Crepúsculo sobre un cementerio incaico en Ica. Elías Morado, 2017.

*Procedencia de imágenes: New York Public Library, Stephen A. Schwarzman Building, Rare Book Collection.

 

 

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