reseñas

Solo contar

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No hay mucho que discutir: a la fecha Alonso Cueto es uno de los escritores mayores de la narrativa peruana contemporánea. Hablamos de un autor que ha sabido construir lo que muchos no consiguen en años de trayectoria: lectores. Al respecto podríamos decir que Cueto siempre ha gozado de la promoción de los medios, si es que nos ubicamos en el lugar de quienes cuestionan su éxito. Sin embargo, Cueto no es el primero, ni el último, que ha recibido la atención. Se puede gozar de una logística mediática, pero si esta no viene sustentada de la genuina recomendación de los lectores, la mentira termina por imponerse en toda la dimensión de su rudeza.

En este sentido, la poética de nuestro autor ha sabido conducirse en la sencillez de su secreto: contar una historia. En la sencillez de su propuesta, Cueto ha entregado más de un título a considerar, como las novelas El tigre blanco, Demonio del mediodía, Grandes miradas, La hora azul y El susurro de la mujer ballena, esta última saludada hasta por los detractores del autor. A lo dicho, sumemos lo mejor que nos ha estado ofreciendo en los últimos años, recordemos los libros de ensayo Sueños reales y el imprescindible La piel de un escritor

La segunda amante del rey (Random House, 2017) es su última novela. Y debo confesar que la disfruté como lector, la leí en dos días a razón de hora y media por sesión. Y la disfruté por lo ya señalado: Cueto presenta una historia. En este caso, una historia atractiva en su sordidez: tenemos a Gustavo Rey y su esposa Leticia (Lali), un matrimonio de clase social acomodada que debe enfrentar una definitiva separación a causa del amor de Gustavo por una joven tarapotina llamada Jocelyne Sangama, a quien conoció en su empresa de seguros cuando esta se desempeñó como practicante de secretariado ejecutivo. Entonces, Lali, herida en su orgullo y temerosa de perder su posicionamiento social, decide contratar los servicios de la detective privada Sonia Gómez, quien cuenta con la ayuda de “El Mocho”. Sonia y “El Mocho” deben investigar a Jocelyne, y por su parte, Lali, mediante la sugerencia de una amiga, contrata los servicios de un prostituto argentino, Claudio Rossi, quien tendrá la misión de seducir a Jocelyn durante una semana, aprovechando el viaje de Gustavo a Miami por negocios. El regreso de Gustavo a Lima debe acaecer en un escenario que ponga las cosas en su lugar, es decir: la inalterabilidad social de Lali.  

Cueto no duda en mostrar todos sus recursos narrativos, porque La segunda amante del rey tiene tanto de novela policial, como de melodrama, tanto de testimonio social como de discurso íntimo. En otras palabras, en estas páginas se pone de relieve la luz del oficio narrativo del autor. Por ello, no sería extraño ver esta novela como una cátedra sobre cómo narrar una historia, ya que somos testigos de nudos argumentales que no se traicionan entre sí y que sirven para iluminar la metáfora mayor de la novela: la protección del arribismo conseguido. Sin embargo, la novela es también la exposición de los descuidos de Cueto como narrador. A saber, comete los mismos errores vistos hasta en sus títulos más celebrados: la debilidad de oído para configurar personajes provenientes de las clases bajas. Al respecto, pensemos en Betty y John, amiga y exenamorado de Jocelyn, respectivamente. Pensemos también en los empleados del hogar de Lali, Gladys y José. No es gratuito este reparo, porque el desenlace de la novela yace precisamente en un par de estos personajes. Sorprende, pero hay que decirlo: Cueto asume la configuración moral de ciertos personajes desde una distancia que bien pudo evitar si se decidía a investigar más. Señalemos también que en más de un tramo la historia se ve mermada por innecesarios apuros narrativos, que hallamos en descripciones, diálogos y tensiones emocionales de sus personajes, apuros que perjudican el proyecto en su nervio formal: la contextualización de la situación en pos de la verosimilitud.

La presente lectura nos deja impresiones polarizadas: fuimos partícipes tanto de las fuerzas como de las debilidades narrativas de Cueto. Sin embargo, en estos dos caminos no se resiente el interés por la historia contada. He aquí el triunfo de La segunda amante del rey como novela de asunto, pero sus yerros narrativos impiden que se imponga en la contundencia que prometía la historia, ubicándola en la irregularidad.

G. Ruiz Ortega

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